Mejor tarde que nunca…

2013-07-30-10-13-34-1

El siguiente texto es mi traducción de un artículo de Wright que vi publicado en Internet en Australia antes de Navidad. Me gustó mucho el texto, especialmente la última parte, y quise traducirlo y compartirlo aunque la Navidad ya haya pasado.

Una palabra incomprensible, un mundo que no comprendía:

El desconcierto de la Navidad

N. T. Wright

Jesús nació en un mundo en que todos eran sordos y ciegos en lo que a él se refería. Pero algunos, temerosos y temblorosos, permitieron que sus palabras les desafiaran y transformaran. Eso es lo que se nos ofrece en la Navidad.

Uno de los más grandes periodistas [británicos] de la generación anterior, Bernard Levin, contó la historia del día en que una gran celebridad visitó su escuela. Con todos los estudiantes reunidos, el director, tal vez queriendo impresionar al invitado especial, le pidió al joven Levin que subiera a la tarima.

La celebridad, quizás tratando de ser amable, le preguntó al niño qué había comido en el desayuno. “Matzo brei,” respondió Levin.

Un plato típico de los judíos de Europa Central, matzo brei se prepara con huevos fritos, galletas matzo, azúcar moreno y canela. La madre de Levin era inmigrante y, aunque llevaba años viviendo en Londres, seguía preparando el plato. Para Levin, la comida y su nombre eran perfectamente normales.

Pero la celebridad desconocía el plato y pensó que había oído mal. Repitió su pregunta. Levin, ahora perplejo y ansioso, dio la misma respuesta. La celebridad parecía preocupada y miró al director: ¿Cuál será esta palabra que está pronunciando?

El director, adoptando un tono de «no te preocupes», le preguntó una vez más a Levin qué había comido en el desayuno. Consternado, con ganas de llorar y pensando para sus adentros “¿Qué será lo que he hecho mal?”, una vez más el niño dio la única respuesta que podía dar: “matzo brei”.

Los que estaban parados en la tarima intercambiaron miradas incrédulas y le dijeron al niño aterrorizado que regresara a su silla. Nunca se volvió a mencionar el incidente pero fue una prueba terrible para Levin.

Una palabra judía pronunciada ante un mundo que no la comprendía; una palabra pronunciada por un niño ante adultos que no la comprendían; y el nombre de un alimento que otros no conocían – todo suena muy juanino. “En el principio era el Verbo … y el Verbo se hizo carne” (Juan 1:1, 14). Estamos tan acostumbrados a ese pasaje, a sus grandes cadencias, al mensaje solemne pero positivo de la Encarnación, que corremos el riesgo de pasar por alto la incomprensibilidad, la particularidad, la extrañeza casi vergonzosa del Verbo:

“La luz resplandeció en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron, el mundo fue hecho por medio de él pero el mundo no lo conoció, a lo suyo vino pero los suyos no lo recibieron”. (Juan 1:5, 10-11).

En su prólogo Juan está diciendo dos cosas a la vez (en realidad son doscientas, pero me concentraré en solo dos): primero, que la Encarnación del Verbo eterno era el evento que toda la creación siempre había estado esperando; y segundo, que ni la creación ni el pueblo de Dios estaban preparados para dicho evento. Al escuchar las palabras de este extraño Verbo, judíos y gentiles por igual se lanzaron miradas angustiadas unos a otros, al igual que la celebridad y el director cuando oyeron a un niño decir la verdad en una lengua que no entendían.

Ese es el desconcierto de la Navidad. Al redactar el prólogo, el propósito de Juan era que lo tuviéramos presente en nuestras mentes y corazones a lo largo de la historia que iba a contar. Es la única ocasión en el Evangelio de Juan en que se menciona a Jesús como “el Verbo”, pero lo que el autor pretende es que observemos cada escena – el llamado de los primeros discípulos, la conversión del agua en vino, la confrontación con Pilato, la Crucifixión y la Resurrección – y pensemos para nuestros adentros: ‘Así es cuando el Verbo se hace carne’. O, para decirlo de otra manera: ‘Fíjate en este hombre de carne y aprende a ver al Dios vivo’.

Pero observa lo que ocurre conforme la historia se va desarrollando. Viene a lo suyo pero lo suyo no lo recibe. La luz brilla en la oscuridad, y aunque la oscuridad no la puede dominar, intenta hacerlo por todos los medios. Él dice la verdad, con palabras simples y sencillas, al igual que el niño que dijo el nombre de lo que había desayunado, pero Caifás y Pilato no comprenden y no pueden decidir si Jesús es loco o malo, o ambos dos.

Aunque Juan no vuelve a referirse a Jesús como el Verbo de Dios, el tema es traspuesto a lo largo del Evangelio con variaciones sin fin. El Verbo Vivo pronuncia palabras vivas y la reacción es la misma. “Esta palabra es dura”, dicen sus seguidores cuando les dice que él es el pan que descendió del cielo (Juan 6:60). “¿Qué significa esto que dijo?” pregunta la multitud, perpleja, en Jerusalén (Juan 7:36). “Mi palabra no halla cabida en ustedes”, dice Jesús, “porque no pueden escucharla” (Juan 8:37, 43). “La palabra que he hablado, ella lo juzgará en el día final”, insiste (Juan 12:48), cuando la multitud lo rechaza.

Juan dice que cuando Pilato escucha la palabra tiene miedo, ya que la palabra en cuestión es la afirmación de Jesús de ser el Hijo de Dios (Juan 19:8). Si no reconocemos esta extraña y oscura faceta del Evangelio, la obra maestra de Juan se hace anodina (lo mismo sucede con la Navidad) y pensaremos que se trata sólo de ‘noticias de solaz y alegría’ [letra del villancico God rest ye merry gentlemen]. En realidad, se trata también de incomprensión, rechazo, oscuridad, negación, oídos sordos y juicio.

En la Navidad, el Dios vivo no vino a decirnos que todo estaba bien. En su evangelio, Juan no dice que Jesús habló la verdad y todo el mundo dijo “Por supuesto, ¿cómo no nos dimos cuenta antes?” La luz clara y brillante de la antorcha de Dios alumbra en las tinieblas de nuestro mundo, nuestras vidas, nuestros corazones y nuestras imaginaciones, y las tinieblas no la comprenden. Dios, en forma de niño, dice palabras ciertas pero nadie sabe de qué está hablando.

Tal vez compartas ese mismo desconcierto, esa misma incomprensión, esa sensación de que las palabras que se hablan deben significar algo, pero que son opacas para ti. Si te encuentras en esa situación, la buena noticia es que, junto con esa historia de incomprensión y rechazo, hay una historia paralela de personas que oyen y reciben las palabras de Jesús, que las creen y que descubren, como él mismo dijo, que son espíritu y vida (6:63). “Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). “Si permanecen en mis palabras, conocerán la verdad y la verdad les hará libres” (Juan 8:32). “El que guarda mi palabra, nunca verá muerte” (Juan 8:51). “Ya ustedes están limpios por la palabra que les he hablado” (Juan 15:3).

No creas que el mundo se divide naturalmente entre los que pueden y no pueden entender lo que Jesús está diciendo. Ninguno de nosotros puede comprenderlo con nuestro proprio entendimiento. Jesús nació en un mundo en que todos eran sordos y ciegos. Pero algunos, temerosos y temblorosos, han permitido que sus palabras les desafíen, rescaten, sanen y transformen. Eso es lo que se ofrece en Navidad, no una religión mejor enfocada para aquellos a quienes ya les gusta ese tipo de cosas, sino un Verbo que es incomprensible en nuestro lenguaje pero que, cuando aprendemos a oír, entender y creerlo, transformará todo nuestro ser con su juicio y misericordia.

De las miles de cosas que fluyen directamente de esta lectura de Juan, elijo tres que son particularmente urgentes.

En primer lugar, la visión de Juan de la Encarnación, del Verbo que se hace carne, contrasta fuertemente con la negación liberal que caracterizó la teología dominante hace treinta años y cuyos efectos a largo plazo todavía se pueden ver y percibir. Yo crecí escuchando conferencias y sermones en que se afirmaba que la idea de que Dios se hizo humano era un error de categorías. Ningún ser humano podría ser divino; por lo tanto, Jesús debe haber sido simplemente un ser humano, aunque un ser humano muy brillante (aquí el director de la escuela le da al niño una palmadita en su cabeza). Jesús apunta hacia Dios, pero en realidad no es Dios.

Una generación más tarde, como resultado directo de esa escuela de pensamiento, un clérigo me escribió afirmando que la iglesia no sabe nada con certeza. Si quitas el Verbo encarnado del centro de tu teología, todo se irá desenhebrando poco a poco hasta que lo único que te queda es el equivalente teológico de la sonrisa del Gato Risón [de las aventuras de Alicia]: un relativismo cuyo único principio moral es que no existen los principios morales, ni las palabras de juicio (porque lo único realmente malo es la afirmación de que las cosas están mal), ni las palabras de misericordia (porque estás bien tal como eres, lo único que necesitas es una reafirmación de ello).

Esa es la situación en que se encuentra nuestra sociedad en este momento, y el mensaje de Juan para la Navidad nos recuerda, de manera incómoda y oportuna, que hemos de volver a aprender la diferencia entre la misericordia y la reafirmación, entre un Jesús que encarna y habla las palabras de juicio y gracia de Dios, y un Jesús casero que nos da buenos consejos sobre cómo descubrir quiénes somos realmente. No es de extrañarse que el Evangelio de Juan haya estado tan pasado de moda en muchos círculos.

En algunos círculos se ha hecho muy popular “la teología de la encarnación”, la cual afirma que nuestra tarea es discernir lo que Dios está haciendo en el mundo y hacerlo con él. Pero eso es sólo la mitad de la verdad y, en realidad, la mitad equivocada. La teología de la Encarnación de Juan enfatiza que el Verbo de Dios vino como luz en las tinieblas, como un martillo que despedaza la roca, como un nuevo mensaje de juicio y misericordia.

Es como decir que la misionología encarnacional se trata de averiguar a cuáles cosas Dios está diciendo No hoy en día y cómo hemos de decirles No junto con él. Esa fue la lección que Barth y Bonhoeffer tuvieron que enseñar en Alemania en la década de los 1930, y sigue siendo muy relevante en el mundo de hoy que se está volviendo simultáneamente más liberal y más totalitario. En esta Navidad, abre los ojos, se juanino y escucha otra vez las palabras extrañas pronunciadas por el Verbo hecho carne.

En segundo lugar, la estructura del prólogo de Juan reafirma el orden de la Creación en el punto en que se le está cuestionando hoy día. Conscientemente, Juan hace eco del primer capítulo de Génesis: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra, en el principio era el Verbo” (Juan 1:1). Cuando el Verbo se hace carne, el cielo y la tierra finalmente se unen, como Dios siempre quiso.

Pero la historia de la Creación, que comienza con la dualidad del cielo y la tierra, alcanza su clímax en la dualidad del hombre y la mujer. Cuando el cielo y la tierra se unen en Jesucristo, se revela el glorioso propósito de Dios para toda la Creación y se reafirma la creación del hombre y la mujer a imagen de Dios. Hay algo en la encarnación del Verbo en Juan 1 que va en paralelo con Génesis 1 y habla de la Creación cumplida. Vemos lo que está sucediendo: Jesucristo ha venido como el Novio a quien la Novia ha estado esperando.

No es ninguna casualidad que la primera señal que dio Jesús haya consistido en rescatar una boda del desastre y convertirla en un triunfo. No es ninguna casualidad que encontremos a un hombre y una mujer al pie de la Cruz. El incipiente gnosticismo que afirma que la verdadera religión trata de “descubrir quiénes realmente somos” también asevera que quienes somos realmente no tiene nada que ver con nuestra condición de hombres o mujeres con cuerpos físicos. Pero el mensaje de Navidad trata de la redención del buen mundo de Dios, su maravillosa Creación, para que sea la cosa gloriosa que él quiso que fuera. Este mensaje es extraño, hasta incomprensible, en nuestra cultura actual. Pero si tienes oídos para oír, entonces escúchalo.

En tercer lugar, volvemos a la comida, la comida cuyo nombre es extraño, intimidante, hasta incomprensible para los de afuera, pero lo más natural para los que lo conocen. El niño viene y nos habla del alimento que él ofrece: él mismo, su propio cuerpo y sangre. Es una palabra dura, y tal vez necesitemos recordar lo duro que es, porque la familiaridad puede llevarnos a suponer que es algo fácil que exija poco esfuerzo de nuestra parte. No lo es. Es el Verbo que juzga al mundo y salva al mundo, el Verbo ahora convertido en carne, en matzo, el pan de la Pascua, el pan que es la carne del Niño Jesús, dado por la vida del mundo.

Escucha, porque el Verbo incomprensible, el niño, te habla. No seas condescendiente; no lo rechaces; no lo sentimentalices. Aprende el lenguaje dentro del cual él tiene sentido. Y ven a la mesa para disfrutar del desayuno, del desayuno que es él mismo, el Verbo hecho carne, la Vida que es nuestra vida, nuestra luz, nuestra gloria.

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