Tercera reflexión semanal de Tom Wright para el Adviento

2013-07-30-10-13-34-1

El texto para esta semana es tomado de una conferencia que Wright dio en Dallas el 16 de noviembre del 2016.

Reflexiones sobre el prólogo del evangelio de Juan

En el principio era el Verbo … Y el Verbo se hizo carne, y tabernaculizó entre nosotros; y contemplamos su gloria.

En su prólogo, Juan nos insta de forma positiva a ver toda la historia que nos va a contar en el marco del lejano horizonte de los dos primeros libros de la Biblia. A fin de cuentas, Juan enfoca su historia una y otra vez en el Templo—en la manera en que Jesús lo eclipsa, en la advertencia implícita de Jesús para el Templo y sus guardianes, y en el acto final de Jesús que el Templo era incapaz de llevar a cabo.

¿Qué tiene eso que ver con Génesis y Éxodo? En realidad, todo: porque cualquier persona con ojos del primer siglo sabe que Génesis 1 y 2 describen la construcción del Templo supremo, la realidad única del-cielo-y-la-tierra, el Cosmos único dentro del cual se sostienen, en una interrelación y un equilibrio, las dos realidades del espacio de Dios y el espacio nuestro. Las siete etapas de la creación son las siete etapas de la construcción de un templo, donde el constructor va a residir y tomar su “descanso”: aquí está Sión, mi lugar de reposo, dice el Dios de Israel en los Salmos.

Por supuesto, el elemento final de la construcción del Templo es la Imagen: la Imagen verdadera a través de la cual el resto de la creación ve y adora al Creador, la Imagen verdadera a través de la cual el creador soberano y amoroso se hace presente, en y con Su creación, para ir logrando sus propósitos. Génesis 1 declara que el Dios que hizo el mundo es el Dios del-cielo-y-la-tierra, “el Dios que obra a través de los seres humanos en el mundo”. (Ojalá hubiera una sola palabra en inglés para eso, tal vez sería más fácil en alemán, o tal vez podríamos tomar el griego y hablar no sólo de un Dios antrópico, un Dios que tuvo un cuerpo en la vida humana, sino de un Dios diantrópico, un Dios que deseaba expresarse perfectamente al obrar mediante los seres humanos en el mundo.) Con esta visión de Génesis ante nosotros, entendemos tanto el comienzo como el clímax del evangelio de Juan: en el principio, en arche, bereshith: el principio era el Verbo … y el Verbo se hizo carne. Y el último viernes, el ‘último día de la semana’ más importante, el representante del gobernador del mundo declara que “Este es el Hombre”: al igual que Caifás antes, Poncio Pilato dice muchísimo más de lo que se da cuenta, reconociendo que Jesús es el Hombre Verdadero, la Imagen Verdadera. Al mirarle a él, la gente ve al Padre; a través de él, el Padre está presente y obra de manera poderosa para lograr sus propósitos. Y al final, cuando la luz haya brillado en la creciente oscuridad y la oscuridad haya tratado de extinguirla, la última palabra es otro eco de Génesis: tetelestai, consumado es. El trabajo se cumplió. Luego sigue el reposo del séptimo día, el reposo en la tumba, antes del primer día de la nueva semana cuando María Magdalena llega al jardín y descubre que la nueva creación ha comenzado. Juan está escribiendo un nuevo Génesis, y la muerte de Jesús coloca en el centro de esta nueva realidad del-cielo-y-la-tierra la señal y el símbolo de la Imagen a través de la cual el mundo verá y reconocerá a su Creador y lo conocerá como el Dios de amor imparable, la señal y el símbolo de la Imagen a través de la cual el Creador ha establecido ese amor en el clímax de la historia del mundo y como la fuente de los ríos de agua viva que ahora fluirán para refrescar y renovar su mundo entero. Esa es la principal historia que Juan está contando.

Pero si este es un nuevo Génesis, también es un nuevo Éxodo. Debo confesar que durante años, al leer Éxodo yo malentendí lo que Moisés decía repetidamente a Faraón: Deja ir a mi pueblo para que me sirva en el desierto. Pensaba que esto era sólo una excusa: queremos volver a casa, a nuestra tierra prometida, pero mejor le decimos a Faraón que queremos adorar a nuestro Dios y que no podemos hacerlo en esta tierra, rodeados de sus dioses. Pero la lógica del libro de Éxodo, y de hecho del Pentateuco como un todo, no permite esa interpretación. Si lees Éxodo en una carrera, llegarás rápidamente al Monte Sinaí en el capítulo 20; hasta ese punto es un libro que no se puede dejar, relata un incidente dramático tras otro. Pero de repente el ritmo se afloja y nos encontramos con diversas reglas y reglamentos, aunque todavía no tantos. No te detengas ahí; sigue adelante, porque toda la narración se está moviendo rápidamente hacia la meta y el objetivo finales, que es la restauración de la creación misma, el propósito para el cual Dios llamó a Abraham y su familia en primer lugar, la unión del cielo y la tierra de nuevo, pero ahora con un símbolo dramático y una señal que apunta hacia el futuro. La entrega de la Torá es sólo un primer paso; lo que importa es el Tabernáculo. El Tabernáculo es el microcosmos, el pequeño mundo, el lugar del-cielo-y-la-tierra, la tienda misteriosa e indomable que se mueve––¿o tal vez el mundo es el que se mueve, mientras la tienda se queda quieto? ––en la cual el Dios vivo vendrá a morar, a tabernaculizar, en medio de su pueblo, en la columna de nube de día y en la de fuego de noche. Todo el libro de Éxodo se está moviendo hacia ese momento, en el capítulo 40, cuando la tienda se arma, se construye y se decora con el más alto arte humano, que también es parte del sentido, y la Gloria Divina viene a morar en ella, de manera que ni siquiera Moisés pudo entrar a causa de esa presencia gloriosa. Éxodo 40 responde a Génesis 1 y 2: se renueva la creación, se mantienen unidos el cielo y la tierra, se detiene el deslizamiento del mundo hacia el caos. Y el pueblo de Dios, fabricantes y cuidadores de tiendas y peregrinos dondequiera que la gloria los lleve, han de vivir la vida peligrosa y desafiante del pueblo en medio del cual mora, en una extraña y humilde soberanía, la promesa y la esperanza para toda la creación. (Esto, por supuesto, es la razón por la cual Levítico está donde está y es lo que es, con los sacerdotes como los seres humanos que están en el punto donde el cielo y la tierra se intersectan, pero esa es otra historia.)

Juan luego incorpora todo esto y mucho más––p.ej., el Templo de Salomón en 1 Reyes 8 y la visión en Isaías 6––en la densa realidad y el clímax del Prólogo. En el principio era el Verbo; y el Verbo se hizo carne, y tabernaculizó entre nosotros; y contemplamos su gloria. Se nos ha permitido entrar donde Moisés no pudo. Hemos visto la gloria, la realidad del-cielo-y-la-tierra, el microcosmos humano, la Tienda donde el Dios de Éxodo es revelado como el Dios Único de la creación y la nueva creación. El Éxodo por medio del cual se rescata y se renueva la creación; la nueva creación que nace el octavo día después de que el poder oscuro, el gran y terrible Faraón, haya sido derrotado de una vez por todas. Esta es la historia que Juan está contando.

El archivo con el texto en Word se puede descargar aquí. reflexiones-sobre-el-prologo-de-juan

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