Primer capítulo de Después de Creer, de NT Wright

Después de creer

ÍNDICE

Prólogo

  1. ¿Para qué estoy aquí?
  1. La transformación del carácter
  1. Sacerdotes y reyes
  1. El reino que ha de venir y el pueblo preparado
  1. Transformados por la renovación de la mente
  1. Nueve variedades de fruta y un cuerpo
  1. La virtud en acción: el sacerdocio real
  1. El circulo virtuoso

Epílogo: Para leer más

1

 ¿PARA QUÉ ESTOY AQUÍ?

 1

Jaime tenía algo más de 20 años cuando sucedió. Su vida estaba transcurriendo con normalidad, sin dramatismos, tan solo los altibajos normales. De repente y como de la nada apareció un viejo amigo, que se dirigía a una reunión en una iglesia cercana. Jaime fue también allí y esa misma noche, para su completo asombro, su vida quedó patas arriba y vuelta del revés.

-Nunca supe que había pasado todo esto -me dijo cuando nos encontramos años después (por supuesto, Jaime es un nombre inventado)-. Cuando hablo sobre ello, parece como que yo fuera un «chalado de la religión», pero es la pura verdad: encontré a Jesús. Era tan real para mí como lo son ustedes en esta habitación. De repente, todos los viejos clichés resultaron ser verdad. Me sentía limpio, clarificado y más vivo de lo que nunca antes había estado. Era como si hubiera entrado en un sueño profundo, para despertar después en un mundo nuevo. Totalmente renovado. Nunca supe bien a qué se refería la gente cuando hablaba de todas esas cosas de Dios, pero creedme: todo ello tiene sentido.

Jaime me estaba contando esta historia, porque se acababa de meter en un laberinto. Había estado acudiendo a la iglesia en la que había pasado por esa maravillosa experiencia de cambio en su vida. Había aprendido mucho sobre Dios y sobre Jesús. También sobre él mismo. Le habían enseñado, muy acertadamente, que Dios le amaba más de lo que podría imaginar; desde luego, tanto le amaba que envió a su Hijo para que muriera por él. Los predicadores a quienes había escuchado insistían en que nada de lo que los seres humanos hagamos puede ser aceptable para Dios, ni ahora ni en el futuro. Todo es un don de la pura gracia y de la generosidad divina. Jaime se había bebido todo esto de un trago, como alguien que, después de caminar quince kilómetros en un día caluroso, recibe un gran vaso de agua fría. Era realmente una maravilla. Gracias a ello le era posible vivir.

Pero luego se dio cuenta de que estaba frente a un gran interrogante:

-¿Para qué estoy yo aquí?

Lo planteó así mientras paseábamos. Y lo resumía de esta forma: -Dios me ama, sí. Ha transformado mi vida de tal manera que tengo ganas de rezar, de adorar al Señor, leer la Biblia y abandonar todos esos viejos y autodestructivos caminos por los que me he movido. Es fantástico. Está claro (la gente en la Iglesia sigue diciendo esto también) que Dios desea que transmita a los demás estas buenas noticias, para que puedan descubrirlas por sí mismos. Está bien. Uno se siente un tanto extraño, y no estoy nada seguro de que yo sea muy bueno para ello, pero lo estoy haciendo lo mejor que puedo. Y obviamente, a todo ello le acompaña la gran promesa de estar un día junto a Dios para siempre. Sé que un día moriré, pero Jesús ha garantizado que todo el que confíe en él, vivirá en el cielo. Esto es fantástico también. Ahora bien, ¿para qué estoy yo aquí ahora? ¿Qué ocurre después de creer?

Jaime llamó a mi puerta, porque se sentía insatisfecho con las respuestas que había estado recibiendo tanto de amigos como de otras personas de la iglesia a la que asistía. Lo más que eran capaces de decir era que Dios llamaba a algunos para ciertos aspectos concretos del servicio cristiano: para el ministerio pastoral con dedicación completa, por ejemplo, o para ser maestros, doctores o misioneros; o para alguna combinación de esas u otras tareas similares. Pero Jaime no sentía que nada de eso fuera para él. Estaba terminando su doctorado en informática y se abrían ante él todo tipo de opciones. ¿Resultarían irrelevantes todos esos conocimientos y todas esas oportunidades para los temas espirituales? ¿Tendría que estar simplemente haraganeando durante unas décadas, esperando la muerte, ir al cielo, y en el ínterin dedicar algo de su tiempo libre a persuadir a otros para que hicieran lo mismo? ¿Era eso realmente? ¿Es que no puede suceder nada más después de alcanzar la fe y antes de morir e ir al cielo?

Más aún, Jaime se había dado cuenta de que esta pregunta encerraba algo así como un puzle. Muchos de sus nuevos amigos vivían de forma muy estricta y disciplinada. Habían aprendido muchas normas de comportamiento cristiano, primordialmente en la Biblia, y creían que Dios quería que siguieran esas normas. Pero Jaime no podía entender cómo cuadraba todo eso con la enseñanza básica de que Dios lo había aceptado como era, gracias a Jesús y a su obra, simplemente por su fe. Si eso era así, ¿por qué tenía que sentirse atado por todas esas viejas normas, algunas de las cuales parecían francamente caprichosas?

Mirando atrás, me gustaría poder decir que tengo las respuestas correctas. Para ser honesto, no puedo recordar exactamente lo que le dije, aunque la última vez que he sabido de Jaime parecía haber recibido el mensaje. Pero no es el único en enfrentarse a esta pregunta. Muchos cristianos en el mundo occidental de hoy se han planteado este mismo rompecabezas y una de las principales razones para escribir este libro es ayudarles a resolverlo.

El otro día me acordé de Jaime, cuando vi el e-mail de un amigo. Muchos -escribía- encuentran demasiado fácil aceptar la idea de que «uno puede simplemente creer en Jesús, y luego no hacer realmente nada más». Muchos cristianos han enfatizado tanto la necesidad de la conversión, del acto de aceptación y compromiso de la fe, de la afirmación inicial de esa fe (que Jesús murió por mí, o algo similar), que tienen una cierta laguna en su visión de lo que significa ser cristiano. Es como si, estando parado a la orilla de un rio ancho y profundo, miras la otra orilla. En esta orilla, confiesas tu fe. En la otra, está el resultado final, la propia salvación final. Ahora bien, ¿qué se supone que hace la gente entre tanto? ¿Mantenerse simplemente en esta orilla y esperar? ¿Es que no hay un puente entre ambas orillas? ¿Qué nos enseña todo esto sobre la propia fe? Si no actuamos con cuidado -escribía mi amigo-, el acto inicial de fe puede convertirse en un «simple asunto de asentimiento a una propuesta (Jesús es el Hijo de Dios, por ejemplo), sin necesidad de que se opere una transformación».

Transformación. He aquí una idea interesante. Pero, ¿es correcto pensar así? ¿Hay que dar por supuesto que los cristianos deben enfocar sus vidas de esa forma? ¿No equivale esto a sugerir que hay una forma de ir del presente al futuro, de cruzar ese ancho río llamado «El resto de la vida», un puente construido en los viejos tiempos, cuando la gente pensaba que podías usar tu propio esfuerzo moral para resultar bueno a los ojos de Dios? Pero, si el esfuerzo moral no cuenta para nada, ¿en qué consiste en definitiva ser cristiano, además de poder ir al cielo y quizás convencer a otros para que vayan contigo? ¿Hay alguna razón para hacer algo más, después de creer, además de mantener tu nariz razonablemente limpia, hasta que llegue la hora de morir e ir junto a Jesús para siempre?

Algunos que le dan vueltas a todo esto, se enfrentan también a otra preocupación. El mismo Jesús, seguido por los que escribieron el Nuevo Testamento, parece haber planteado algunas exigencias morales muy severas a sus primeros discípulos. ¿Dónde encajarían? Si ya estamos salvados, ¿por qué tiene importancia lo que hagamos? Y también, ¿son realistas esas exigencias en nuestros días? No todos los cristianos se enredan con estos dilemas, pero muchos sí lo hacen y este libro les enseñará que el viejo puente que quizás desconocen o consideran inútil, aguantará bien su peso y unirá las dos orillas del río con gran estilo. El puente en cuestión tiene varios nombres. Uno de ellos, el más obvio, es carácter. De esto trata este libro.

2

Hay una segunda razón para escribir este libro. Mucha gente que nunca se planteó la pregunta a la que se enfrentó Jaime, podría haberse ocupado de ella. Permítanme presentarles a otros dos viejos amigos (también con nombres supuestos): Juana y Felipe.

Juana y Felipe se enfrentaron una tarde durante una multitudinaria reunión-debate de la Iglesia. El problema era que ninguno de los dos discutía la misma cuestión. Juana tenía muy claro lo que decían las normas que aparecen en las Escrituras. El mismo Jesús había insistido en que divorciarse de la propia esposa, para casarse con otra, era adulterio. Por supuesto que quienes lo hacen pueden ser perdonados, cuando se arrepienten de su pecado y cortan con él arrepentidos; ahora bien, ¿cómo pueden ser perdonados quienes se han vuelto a casar y viven una nueva relación con apariencia de adulterio, una relación, además, a la que no tienen intención de renunciar, sino que consideran, más bien, como correcta y hasta como un don de Dios? En particular, ¿cómo puede la Iglesia pensar ni por un momento nombrar pastor a alguien en esa situación? (Por este asunto precisamente se había convocado el debate eclesial). ¿Cómo iba a poder alguien así, en esa situación, enseñar a los jóvenes lo que es bueno y lo que es malo? ¿Cómo podría preparar a las futuras parejas para un matrimonio para toda la vida, si él mismo había hecho caso omiso de las normas? Cuando se cree en el Evangelio -decía Juana-, se te entrega el Nuevo Testamento como tu manual para toda la vida. Las normas que contiene están muy claras. O las cumples o no.

Felipe fue igualmente claro. Jesús no vino para darnos un montón de normas. Después de todo, ¿no dijo san Pablo que Cristo es el fin de la ley? El punto central de las enseñanzas de Jesús es la aceptación de la gente, particularmente de aquellos que estaban excluidos por los poseedores de la verdad (Felipe no miró a Juana al decir esto, pero todos entendieron el mensaje). Jesús vino para ayudarnos a descubrir quiénes somos realmente y a veces, como pasó con los primeros seguidores de Jesús, se tarda tiempo en descubrirlo y se comenten errores al hacerlo. Pero finalmente se puede conseguir. ¿No contó Jesús la historia de un padre que acoge a su hijo pródigo, mientras el hermano mayor, «poseedor de la verdad», critica a su padre y no participa de su alegría? Él, Felipe, preferiría tener como pastor a alguien que haya pasado por dificultades y haya descubierto que Jesús lo amaba a pesar de todo, en vez de a alguien que estableciera una ley de gran calado, oprimiendo a todo el mundo con un conjunto de leyes que la mitad de la comunidad no se plantearía ni siquiera cumplir. Eso, sencillamente, lo que hace es estimular la hipocresía. Puesto que el Jesús en quien creemos es el Jesús que nos acepta tal como somos, la vida que sigue en marcha después de creer, es una vida que celebra esa aceptación. Es también un camino de honestidad, de sinceridad con uno mismo y de apertura a los demás.

No creo que Juana y Felipe se dieran cuenta, pero la razón por la que ambos se enfadaron y se sintieron frustrados según avanzaba el diálogo, era el distinto origen de sus puntos de vista. Juana dijo que «partía de la Biblia», dando a entender que Felipe no lo hacía; sin embargo las cosas no son realmente tan fáciles. Juana buscaba normas; quizás deberíamos decir: «Normas» con mayúscula, unas Normas que has de cumplir, te apetezca o no. Quería un pastor que enseñara eso y que viviera también de esa manera. Así, todo el mundo conocería su posición. Por otra parte, Felipe estaba deseoso de encontrar formas de ser auténtico, descubriendo aquello que a uno le parecía profundamente cierto, como por ejemplo vivir sin hipocresía y con una honda, rica y vulnerable honestidad. Eso es lo que él buscaba en un pastor. De esa forma respetaría y confiaría en alguien que fuera así.

Fue una reunión incómoda. La gente se exaltó en seguida (lo que, como reflejó Juana más tarde, era en sí mismo contrario a las normas). Se dijeron cosas que no se hubieran querido afirmar (lo que, como Felipe intuyó en cuanto las expresiones de enfado salieron de su boca, era en sí mismo una forma de hipocresía). No estaban simplemente discrepando sobre la respuesta a la pregunta. Discrepaban sobre la pregunta en sí misma. ¿Cómo toman los cristianos las decisiones morales? ¿Cómo sabe cualquiera de nosotros, cristiano o no, lo que es bueno y lo que es malo? ¿Existen cosas buenas y cosas malas? ¿O es la vida más complicada que todo eso? ¿Existen las normas con N mayúscula? ¿Cómo se relacionan con la gente real, no con robots morales? Dentro de la visión de Juana, Felipe aparecía como uno de esos peligrosos relativistas que piensan que no hay cuestiones morales blancas y negras, sino solamente sombras grises, y que también mantienen que lo más importante es mantenerse fiel a uno mismo. Oyendo a Juana, Felipe solamente era capaz de percibir un duro y frío legalismo, que no tenía nada que ver con el Jesús que él había conocido, el Jesús amigo de los pecadores que contaba historias sobre ángeles que celebraban con una gran fiesta la recuperación de la oveja perdida. La radical confrontación entre ambas maneras de abordar la cuestión del comportamiento cristiano, se repite semana tras semana y año tras año, en iglesias y reuniones eclesiales, en sínodos, asambleas, convenciones, conversaciones privadas y, a menudo también, en los silenciosos debates que se dan en el interior del corazón y la mente de cada individuo. De hecho, no es sino la versión cristiana de la mucho más amplia pregunta que toda persona sensible se acaba haciendo alguna vez: no solo cómo debo vivir, sino también cómo puedo saberlo.

Esta es otra «Gran División», distinta de la que hemos visto hace un momento, aunque la respuesta final a ella es la misma. Allí, en el puzle de Jaime, la Gran División tenía lugar entre la fe inicial que se tiene en la conversión, y el momento final, después de la muerte, con la promesa de la salvación de Dios ofrecida a cada persona. En buena medida, este libro aborda la cuestión de lo que puede servir de puente para la disyuntiva planteada: ¿qué debo hacer en todo ese tiempo existente entre los dos momentos? Pero también quiere tratar sobre la cuestión que subyacía al enfrentamiento silencioso entre Juana y Felipe aquella incómoda tarde: ¿cómo tomar decisiones morales? ¿Tenemos que elegir entre un sistema de normas (que solo necesitaríamos trabajarlo poniéndonos de acuerdo) y un sistema que nos permita descubrir-quiénes-somos (quién-soy-yo) realmente y ser fieles a ello? ¿Existen otros caminos no solo para poder descubrir cómo debemos vivir, sino para vivir realmente de esa manera? ¿Qué ocurre, no solo individual sino colectivamente, después de creer?

La misma respuesta vale para ambas preguntas: por eso este libro se dirige a ambas al mismo tiempo. El propio Jesús, respaldado por los primitivos escritores cristianos, habla repetidamente sobre el desarrollo de un carácter particular. El carácter -lo que trasforma, moldea y marca una vida y sus hábitos- generará el tipo de conducta que las normas habrían indicado, pero que una mentalidad «guardiana de las normas» nunca podrá lograr. Y producirá el tipo de vida que, de hecho, será fiel a sí misma, aunque el ser al que será finalmente fiel es el ser redimido, el ser transformado, y no el ser meramente descubierto del pensamiento popular. Espero que este libro ayude no solo a los Jaimes de este mundo a encontrar la razón por la que están aquí, sino que sirva también para que las Juanas y los Felipes puedan debatir en un marco más amplio, más bíblico, más satisfactorio y en realidad más cristiano. En último análisis lo que importa, después de creer, no son ni las normas ni el autodescubrimiento espontáneo, sino el carácter.

3

¿Para qué estoy aquí? ¿Cómo saber lo que está bien y lo que está mal? Estas preguntas se las plantean todos los seres humanos, y quizás todas las comunidades, de cuando en cuando. Pero hay un tercer grupo de preguntas que también tienen que ver con el tema central de este libro, que son de mayor amplitud y van más allá de los confines de la Iglesia, alcanzando a un mundo tan confundido y amedrentado como el nuestro.

En verano del 2008 un volcán, que había estado rugiendo de vez en cuando, desató repentinamente una erupción de enorme fuerza. No era un volcán en sentido literal, pero sí tuvo un efecto devastador similar. El conjunto del sistema financiero del mundo occidental que había dominado la cultura global durante varias generaciones, se infló de tal manera que explotó, desintegrándose bajo su propio peso. Fue como un gigante que se hubiera subido a un árbol para coger y comer toda su fruta, y luego, por su excesiva ambición, empezara a estirarse para alcanzar los árboles próximos y comerse también toda su fruta. Al ser su peso tan sumamente grande, se desplomaría el primer árbol y el gigante acabaría medio aplastado por la caída, mientras estaba comiendo todavía.

Hay muchas y complejas razones por las que se produjo el caos financiero el año 2008 y el lector puede estar tranquilo, sabiendo que no voy a entrar a discutirlas. Pero enseguida muchos resaltaron el hecho de que en los últimos veinte años se dejaron de lado todas las normas y regulaciones que existían para detener la irresponsable, por arriesgada, política de dinero fácil. Eran demasiado restrictivas -habían dicho a los políticos-. Una economía sana necesitaba asumir riesgos, premiando a los que lo hacían. Todo el mundo se apuntó al carro, sin darse cuenta de que estaban acelerando su llegada al precipicio. Así pues, ahora, se ha empezado a decir que hay que volver a las normas y las regulaciones. Es hora de apretarse el cinturón.

Todo esto encaja con otros muchos aspectos de la cultura de nuestros días. Desde el 11 de septiembre de 2001 los aeropuertos han instalado chequeos obligatorios con nuevas tecnologías, para aumentar la seguridad. La mayoría de nosotros casi hemos olvidado lo que era subir a un avión sin que nuestras personas y equipajes pasaran por chequeos y escáneres. Los que visitamos regularmente los Estados Unidos, nos hemos acostumbrado a ser fotografiados y a que se tomen nuestras huellas cada vez que pasamos por las aduanas. Pero viajemos al sitio que viajemos y, especialmente si vas a quedarte allí más de unos días, hay que rellenar un formulario, responder unas preguntas, ser fotografiados y demás. Miles de personas, de quienes puedes decir con solo un vistazo que no tienen intención de dinamitar aviones, tienen que malgastar mucho tiempo y dinero, enredados en complejos procedimientos oficiales para certificar que son ciudadanos respetuosos de la ley (aunque después de hacer largas colas para volver a repetirlas por falta de algún papel sin importancia, puede que no se sientan tan respetuosos con la ley). En mi propio país, el Reino Unido, cualquiera que se ofrece voluntario para hacer algo por la comunidad que tenga que ver con niños, debe pasar largas y complejas pruebas policiales, por si hubiera algún rastro de mala conducta en su historial. Esto se aplica incluso a gente de setenta u ochenta años, que han tenido una vida intachable, a los que amigos y familiares conocen de arriba abajo. Ya no confiamos en nadie. Al escribir esto, me doy cuenta de que algunos pueden pensar que estoy siendo peligrosamente irresponsable, por el mero hecho de cuestionar el sistema con planteamientos como los que acabamos de hacer. La cosa sigue empeorando: se anuncian más escritos oficiales. Y la situación solo favorece a los abogados, que ganan siempre que alguien sea demandado. El mundo occidental se ha convertido en un amasijo de leyes, normas y regulaciones de todo tipo, que agobian al ciudadano.

Hay razones culturales profundas para haber escogido este camino. Pero por el momento, simplemente necesitamos advertir que nuestra cultura ha oscilado entre desregulaciones en áreas clave de la vida -dinero, sexo y poder, por decirlo con crudeza-, y lo que podríamos llamar re-regulaciones. La desregulación ocurrió porque la gente quería hacer sus cosas, ser fiel a sí misma y ver qué pasaba. Pero, cuando la desregulación conduce al caos, sea en las finanzas, en las relaciones humanas (sexo) o en la forma de hacer la guerra, la política, los interrogatorios, la prisión u otras manifestaciones de poder, la gente empieza a estar ansiosa por reintroducir normas que nos reconduzcan por el anterior camino. El problema es que reintroducir nuevas regulaciones no es ir al fondo del problema. Hacer lo que te apetece no es lo suficientemente bueno, pero las reglas por sí mismas no resolverían el problema.

Lo que sigue me fue confiado a principios de 2009, cuando hablaba con un banquero a quien conozco bien, que había estado cerca del núcleo central de la caída de los mercados financieros del verano de 2008, y estaba -cuando hablamos- intentando resolver el rescate de lo que podía ser rescatado, para volver a poner las cosas en un cierto estado de cordura y control. Me dijo:

-Tom, pueden introducir tantas regulaciones nuevas como quieran. Sí, son necesarias algunas instrucciones; fuimos demasiado lejos dando libertad a la gente para que se jugaran enormes sumas de dinero y se hicieran negocios locos. Pero cualquier banquero o broker puede fácilmente contratar un contable listo y un buen abogado para ayudar a tocar todos los palos que el gobierno les dice, y luego, por detrás, darle la vuelta al sistema y hacer lo que quiera. ¿Con qué objetivo?

-Entonces, ¿cuál es la respuesta? -pregunté-.

-El carácter -contestó-. Mantener las normas está bien de momento, pero el problema real de la última generación es que hemos ido perdiendo la idea de que el carácter importa; que la integridad también importa. El sistema resulta saludable solo cuando se tiene confianza en que los que lo controlan harán lo correcto, pero no por ser gobernantes, sino por la clase de personas que son.

Esto se compadece bien con las pragmáticas perspectivas de J. K. Galbraith, que escribió a principios de 1950 sobre el derrumbe financiero de finales de 1920. Sugería que el mejor camino para mantener el mundo financiero a flote es escuchar a la gente que vivió aquel momento. De hecho, sugirió que los derrumbes financieros ocurren precisamente porque los que vivieron los anteriores ya no están o están retirados, por lo que ya no pueden, con los recuerdos y el carácter formados por esa previa experiencia, advertir a la gente que no se comporte irresponsablemente.

Desde que tuve esa conversación, ha ocurrido algo más en la vida pública del Reino Unido, que ha resultado casi igual de explosivo. La gente de otros países puede contemplar con cierta diversión el alboroto formado, porque tiene que ver con políticos corruptos -en muchos países se asume que los políticos son corruptos de por sí, y que nada se puede hacer para evitarlo-, pero en mi país nuestro sistema financiero se ha visto sacudido hasta sus mismos fundamentos. De repente se ha sabido que algunos políticos habían estado demandando «gastos» para todo tipo de cosas, lo que resulta ridículo y fraudulento para quienes pagan impuestos, tales como pagos hipotecarios por propiedades inexistentes. Y la excusa era que todos actuaban «dentro de las normas». Quizás; ¡si fueron ellos mismos quienes establecieron esas normas! Cuando algunos de estos políticos fueron interrogados, declararon que, en efecto, ellos no veían nada malo en usar dinero público para lograr una mayor riqueza. Y, cuando después de intensas presiones públicas, los políticos aceptaron que se publicaran sus gastos, se aseguraron de que todos los elementos clave estuvieran bien tachados o resultaran ilegibles. La gente había estado sospechando un poco durante años, pero esto ha hecho trizas cualquier confianza que quedara.

En un cierto nivel esto ha sido una pura farsa, aunque cara y ofensiva. Pero la razón por la que se plantea aquí el tema es que revela otro ámbito en que la cuestión moral en los comienzos del siglo XXI está emergiendo. ¿Qué sucede en democracia «después de creer»? ¿Y en el sistema financiero occidental? ¿Y en la vida pública, y en la comunidad global del mundo de mañana? ¿Podemos vivir con «normas» y «regulaciones» o más bien serán estos estímulos para una mentalidad de control de caja, más que para desarrollar un carácter profundo, inteligente y digno de confianza? Paralelamente, ¿qué puede ocurrir si permitimos a la gente «ser auténtica consigo misma» confiando sencillamente en que todo salga bien? ¿O es que eso solo funciona una vez que el carácter ha sido desarrollado de forma que la gente actúe con un espíritu de servicio público desinteresado (como parecen estar haciendo ahora alguno de nuestros políticos para lograr credibilidad)?

Otra forma de vida se presenta además con una historia similar. Hace un par de años me encontraba compartiendo una tribuna con una muy distinguida estrella del rugby en Inglaterra. Él estaba hablando de los grandes cambios que habían tenido lugar en ese juego durante los últimos quince años, con el incremento de la profesionalización y de la enorme presión a que se ven sometidos hoy los jóvenes jugadores para conseguir «resultados». Y dijo:

-Hoy los jugadores están excesivamente entrenados. Se les enseñan decenas de movimientos: cómo responder a tal situación, cómo defender con tal estrategia, cómo mantener el juego bajo control, cómo desatascado… Pero muy pocos de ellos juegan ya por simple disfrute, adquiriendo, al hacerlo, ese sexto sentido sobre cómo funcionan los entresijos del juego, lo que les capacitaría para improvisar en situaciones totalmente nuevas. El resultado es que se sienten perdidos cuando sucede algo inesperado. No se les han enseñado unas reglas para hacer frente a esas circunstancias; lo que realmente les falta es un carácter formado profundamente, capaz de leer el juego con una especie de segundo sentido, y aportar una solución rápida y sagaz.

Las preguntas por las que empezamos, pueden haber parecido específicas para los cristianos (más que para el resto del mundo) y, desde luego, para un específico tipo de cristianos (aquellos que enfocan las cosas en términos de conversión inicial y salvación final, sin mucho entre medias). Pero no lo son. En realidad, son las mismas preguntas a las que se enfrenta hoy el conjunto del mundo occidental. Y como Occidente ha dominado la cultura, la política y la economía mundial -e incluso el deporte, al menos en ciertas áreas- durante algún tiempo, eso significa que, antes o después, el resto de la comunidad global tendrá que hacerles frente. Nuestro punto de partida: ¿qué ocurre «después de creer»?, parecía inicialmente solo referido al cristiano individual. Sin embargo, como hemos visto, también concierne a toda la familia eclesial, a las Juanas y los Felipes que van dando vueltas una y otra vez al círculo de rompecabezas morales. Y apunta también, fuera de la Iglesia, a los rompecabezas a que se está enfrentando el mundo en toda su extensión: no solo cómo pensamos con claridad y sabiduría sobre qué hacer en nuestra vida personal, eclesial y pública, sino también de qué forma podemos descubrir cómo hacerlo.

Volvemos de nuevo a una respuesta concreta y en ella nos mantenemos: el carácter. Curiosamente, Jesús apremió a sus seguidores para que lo desarrollaran. Ahora debemos fijarnos en una de sus más famosas confrontaciones, que abre el tema de forma aguda y llamativa.

4

Una de las escenas más recurrentes en los relatos evangélicos es la del joven rico, guapo y brillante, que acude corriendo a Jesús con una pregunta urgente (Mt 19,16-30; Me 10,17-22; Le 18,18-30). Quizá deberíamos recordar que en el mundo antiguo las personas serias no se ponían públicamente a correr. Resultaba indigno. Pero aquel hombre quería realmente encontrarse con Jesús y necesitaba que contestara a su pregunta, o eso creía él. Entonces, olvida su dignidad y corre a verle para preguntarle:

-¿Qué obras buenas he de hacer?

Está excitado, sin aliento, ansioso por ver lo que le va a decir tan extraordinario maestro. Jesús parece tener un listado interior con todo tipo de cosas; veamos lo que dice en esta situación.

El fogoso joven hace la pregunta, porque es una referencia para su futuro. Él quiere esperanza y, como casi todos los seres humanos, cree que las acciones del presente tienen futuras consecuencias. Al ser un judío del siglo r, está pensando en concreto en la venida de una nueva era de Dios; ese momento en el que -así lo creía la gente- el Dios que había creado el mundo llegaría finalmente a juntar cielo y tierra, llenando toda la creación de justicia, paz y gloria.

-¿Qué debo hacer -espetó- para lograr la vida eterna?

Ahora, antes de avanzar más, debemos purificar nuestras mentes de la imagen que aparece en cuanto oímos palabras como esas. Cuando los judíos del siglo primero hablaban de la «vida eterna», no estaban pensando en «ir al cielo» tal como normalmente lo imaginamos. «Vida eterna» quería decir la era que viene, la hora en que Dios juntaría cielo y tierra, la hora en que el reino de Dios llegaría y su voluntad sería cumplida tanto en la tierra como en el cielo.

-Cuando eso suceda -pregunta el hombre a Jesús-, ¿seré yo parte de todo ello? Y, ¿cómo poder saberlo? ¿Qué tipo de persona debería ser yo en ese momento, si he de formar parte de la nueva era, cuando Dios rescate este triste y viejo mundo, y haga lo que siempre prometió? ¿Cómo moldeará esa futura realidad la clase de persona en que me estoy convirtiendo ahora? Y, si esa es mi meta, ¿cuál es el camino que conduce a ella?

Aunque el joven era un judío del siglo I, la pregunta subyacente que se hacía es compartida por gente de todo tiempo y lugar. A menudo se plantea en términos de «felicidad»: ¿cómo encontrar la auténtica felicidad, esa vida plenamente satisfactoria para la que me siento hecho, y que tan a menudo parece escapárseme entre los dedos? Los Estados Unidos han hecho referencia en sus documentos fundacionales a esta misma búsqueda: «Todas las personas tienen derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». Esto, desde luego, presupone la pregunta planteada ya por los antiguos filósofos: ¿cómo sabemos en qué consiste la auténtica felicidad? Puesto que numerosas personas parecen perseguirla sin encontrarla, ¿tendremos claro lo que realmente es, y cómo ir en su búsqueda? ¿Qué debemos hacer en el momento actual para alcanzar el objetivo de una existencia plenamente humana, el desarrollo de todo nuestro potencial, y convertirnos en seres humanos conscientes del fin para el que estamos hechos?

Mucha gente asumirá que uno de los objetivos del cristianismo es dar respuesta a la primera pregunta (¿cómo comportarme?), mientras dejan la segunda (¿cómo llegar a ser verdaderamente feliz, cuál es el fin para el que fui creado?) para los filósofos y los no religiosos. Después de todo, para mucha gente la pregunta sobre cómo debo comportarme se solapa con la otra, cómo puedo ser realmente feliz, ya que tendemos a aceptar que las normas de conducta están diseñadas para impedir nuestra felicidad; o por decirlo a la inversa: si realmente queremos la felicidad, debemos romper, o por lo menos, acomodar las normas.

Creo que la vida es más compleja e interesante que todo eso. Preguntas como cuál debe ser mi conducta adecuada o cómo ser feliz, son vistas por la auténtica fe cristiana como accesorias o derivadas de otras. Si podemos deslindar esas otras -y la historia del joven rico que fue corriendo a Jesús, indica el camino para ello-, podremos ser capaces de hacer camino simplemente con lo accesorio. Espero mostrar en este libro que la visión bíblica de la finalidad de la vida humana abrirá una perspectiva en que las preguntas sobre el comportamiento, por un lado, y una vida humana en plenitud, por otro, quedan ensambladas. Pero es la pregunta sobre el comportamiento y sobre las raíces bíblicas de la respuesta cristiana a ello, de lo que se ocupa este libro principalmente.

Aquellos que estén dotados de una mirada especialmente aguda, podrían haber percibido que la pregunta cómo debo comportarme, contiene en sí misma dos preguntas diferentes. La primera se refiere al contenido de mi conducta: ¿cómo debo actuar? En otras palabras: ¿qué cosas especificas debo hacer y cuáles no? La segunda, por su parte, se refiere a los medios o métodos de mi conducta: una vez que se lo que debo o no debo hacer, ¿de qué medios me valdré para ser capaz de aplicar todo ello en la práctica? Después de todo, uno de los rompecabezas morales más antiguos y conocidos es que todos sabemos en qué consiste hacer algo que sabíamos que no debíamos hacer o no hacer algo que sabemos que deberíamos haber hecho. Curiosamente, Jesús parece haber dado la misma respuesta a ambos aspectos de esa misma pregunta: «Seguidme». Esto lo abarca todo: qué debemos hacer y cómo debemos hacerlo.

Volvemos, pues, al encuentro de Jesús con el ansioso joven. El joven, junto a muchos judíos contemporáneos, suponía que la nueva era prometida por Dios estaría reservada a judíos leales y que la lealtad judía vendría definida en términos de obediencia a la ley encerrada en los famosos diez mandamientos. No se trataba (como a veces supone la gente) de un sincero esquema de méritos y recompensas, de un «guardar las normas» y conseguir así el propio pasaje para el nuevo mundo. Se trataba, más bien, de un asunto relacionado con la antigua alianza de Dios con su pueblo: él los había rescatado para que fueran su pueblo y en la Ley había diseñado los términos de la alianza con la que demostrarían su gratitud hacia él. El joven, sin embargo, parece haber conservado los términos del pacto -no matar, no adulterar, no robar ni, defraudar, no levantar falsos testimonios, respetar a los padres-y, en cualquier caso, parecía aceptar que posiblemente había algo más.

Jesús está de acuerdo con esto, pero, al ofrecer ese algo más, conduce al joven a un nuevo escenario. Los mandamientos mencionados hasta este momento comprenden los últimos seis de los diez. ¿Qué ocurre con los otros? No hay mención al sabbath; eso es un tema para otro momento. Pero los tres primeros nos conducen a un mundo diferente, la obligación de evitar la idolatría, para adorar únicamente a Dios y a su santo nombre. Jesús no recita esos mandamientos. En lugar de ello, los trae de golpe al presente de la vida del joven.

Si quieres ser «perfecto» -dice-, líbrate de tus posesiones, véndelas y da el dinero a los pobres. Luego, ven y sígueme.

De alguna forma, seguir a Jesús significa, curiosamente, poner a Dios en primer lugar, y viceversa. Notemos lo que ha sucedido. El joven ha venido en busca de la perfección (la plenitud humana). Quiere que su vida se realice plenamente en el presente, para que así alcance la plenitud en el futuro. Sabe que todavía le falta algo y está buscando una meta, una sensación de plenitud. Jesús sugiere que necesita un giro de dentro hacia fuera. Su vida se va a convertir en parte de un objetivo más amplio. De cara al exterior: él deberá poner el reino de Dios por delante, y también poner por delante a su prójimo -especialmente a su prójimo pobre-, por delante de sí mismo y de su propia plenitud. Aquí está el auténtico desafío: no solo añadir uno, dos, o más mandamientos, para elevar el listón moral un poco más, sino convertirse en un tipo de persona diferente. Jesús está retando al joven a una transformación del carácter.

Y el joven no está dispuesto a ello. Se da media vuelta y se marcha triste. He aquí la brecha entre la teoría y la realidad. Entre la orden y su cumplimiento. Jesús le dice cómo comportarse (en el primer sentido), pero el joven no sabe cómo hacerlo (en el segundo). La pregunta, pues, queda pendiente inquietantemente sobre el resto del relato evangélico. ¿Cuál es el camino hacia esa nueva era de Dios, hacia ese nuevo tiempo, cuando el reino de Dios llene el mundo de paz y de justicia? ¿Cómo haremos para ser la clase de gente que no solo hereda ese mundo, sino que también se apunta a él ahora mismo, para ayudar a que todo eso suceda? ¿Qué vamos a hacer y por qué? Y también, ¿cómo lo vamos a hacer? ¿Podría haber una visión del futuro de Dios mejor, capaz de ayudamos a captar todo esto?

Antes de dejar esta historia, pequeña pero vigorosa, notemos cómo Marcos en concreto la ha situado al apuntar a su sentido más profundo. Es parte de un pequeño conjunto de escenas en el capítulo que conocemos como Me 10, donde aparece Jesús de camino hacia Jerusalén, a donde todavía no ha llegado.

En la primera escena (versículos 2-12), unos maestros de la Ley preguntan a Jesús acerca de la validez del divorcio, que era, políticamente, una patata caliente en un momento en que el entonces gobernador de Galilea, Herodes Antipas, se había casado con la mujer de su hermano. La respuesta de Jesús, críptica pero exigente, vuelve a la intención original de Dios en las relaciones hombre-mujer. Luego, en la última escena de la secuencia (versículos 35-45), antes de que Jesús y sus acompañantes empiecen la última parte de su viaje a Jerusalén, dos de sus discípulos, Santiago y Juan, preguntan a Jesús sobre el privilegio de sentarse a su derecha y a su izquierda en su reino venidero; y Jesús responde, una vez más, con una frase críptica pero exigente, en este caso, remitiéndose a la intención divina original de cómo debe manejarse la fuerza humana. Allí la tenemos, en un espacio inferior a cincuenta versículos: sexo, dinero y poder, todo ello reunido en torno a un propósito original, resituado en un objetivo diferente; un gran diseño de cómo se supone que ha de ser la vida humana. Jesús no está diciendo: «Estas son todas las normas que has de obedecer», ni tampoco: «Lo que debes hacer es seguir tu corazón, seguir tus sueños». Santiago y Juan estaban deseosos de cumplir sus sueños, lo mismo que Herodes. Pero la respuesta de Jesús no es: «No, los sueños son peligrosos; mejor seguid las normas», sino algo mucho más transformador del carácter.

Ahora bien, ¿cómo se puede cambiar o reformar el carácter? Entremezcladas con la versión que ofrece Marcos de la historia y señalando a la respuesta, hay dos escenas cortas más. En la primera (versículos 13-6), Jesús declara que el camino del reino de Dios es el camino de los niños. En la segunda (versículos 32-34), afirma que, cuando él y sus discípulos lleguen a Jerusalén, a él le darán muerte en la cruz, para después resucitar. De alguna manera, estas escenas sugieren que los grandes temas de la vida humana han de resolverse poniéndolos en un marco totalmente distinto al normal. Es el marco que podríamos resumir en el propio proyecto de Jesús que es el reino venidero de Dios, y en sus palabras: «Seguidme».

Este proyecto y estos requerimientos dan a conocer una posición que aproxima las dos versiones principales de cómo es visto normalmente el comportamiento humano. Las teorías acerca del comportamiento humano se pueden dividir en dos: bien se trata de obedecer las normas impuestas desde fuera, o bien se trata de descubrir los más profundos anhelos de nuestro propio corazón para seguirlos. La mayoría de nosotros vacilamos entre una y otra, obedeciendo al menos algunas normas, bien porque creemos que Dios lo quiere así o por las conveniencias sociales, pero volviendo a la prosecución de nuestros propios sueños, de nuestra propia plenitud, si se nos da la oportunidad.

En torno a esos dos caminos se han ido desarrollando teorías completas para llegar a descubrir una senda a lo largo de nuestra vida. Nos detendremos en ello con más profundidad en el próximo capítulo.

Pero lo que advertimos en Mc 10 es algo que parece operar en una dimensión diferente. Para empezar, es el requerimiento no de una determinada conducta con acciones concretas sino de un tipo de carácter. Por otra parte, es una llamada a verse a sí mismo con un papel que jugar dentro de una historia, y una historia donde hay un supremo carácter cuya vida debemos seguir. Y ese carácter parece haber puesto su mirada en un objetivo y estar moldeando su propia vida y la de sus seguidores en relación con ese objetivo.

Todo esto sugiere ese evangelio de Marcos, con Jesús mismo como el gran carácter que está detrás. Y nos está invitando a algo, que no es tanto cumplir unas normas por un lado o seguir nuestros propios sueños por otro, sino una manera de ser humanos, a la que filósofos antiguos y modernos han dado un nombre concreto. Mi esfuerzo en este libro es hacer ver que el Nuevo Testamento invita a sus lectores a aprender cómo ser humanos de esta manera especial, lo que, a su vez, conformará nuestros juicios morales y formará nuestros caracteres, para que podamos vivir bajo su guía. El nombre de esta manera de ser humano, de esta especie de transformación del carácter es el de virtud.

En sí misma, la virtud es, como veremos, una noción compleja y multifacética. En su debido momento sugeriré que el desarrollo de esta idea en el ámbito del primitivo cristianismo significaba que los primeros seguidores de Jesús coincidían en ciertos aspectos con el amplio mundo de las preguntas de los filósofos del momento, y disentían drásticamente en otros temas. Esto, a su vez, puede proporcionar un modelo para nuestros días, en los que el carácter específicamente cristiano es con frecuencia totalmente diferente del «camino del mundo»; además, pretende dar sentido a toda la vida humana de una forma que ninguna otra idea consigue. Pero antes de entrar en esos detalles, veamos, afinando el enfoque, cómo puede aparecer en la práctica la virtud. Situémonos cerca de dos mil años después de que el joven judío rico se acercara corriendo a Jesús, y veamos a un hombre más viejo, dotado de una cabeza fría y un ponderado juicio.

5

El jueves 15 de enero de 2009 era un día normal en la ciudad de Nueva York. O eso parecía. Pero ese mismo día, al caer la tarde, la gente hablaba ya de un milagro. Podrían haber tenido razón. Pero la explicación completa es, en cualquier caso, incluso más interesante y excitante. Y viene a tocar justamente la tecla que necesitamos, para que arranque nuestro estudio del desarrollo del carácter en general, y del carácter cristiano en particular.

El vuelo 1549, un vuelo regular de US Airways, despegó del aeropuerto de La Guardia a las 15:26 hora local con destino a Charlotte, Carolina del Norte. El comandante Chesley Sullemberger III, conocido como Sully, habría hecho todas las comprobaciones habituales. Todo estaba bien en el Airbus A 320. Bien, hasta que dos minutos después del despegue, el avión se topó con una bandada de ocas de Canadá. Una oca en un motor de propulsión a chorro es algo serio, pero una bandada era un auténtico desastre (los aeropuertos ponen en marcha todo tipo de trucos para prevenir los vuelos de pájaros en las rutas aéreas, pero aun así estos ocurren en algunas ocasiones). Casi a la vez, ambos motores resultaron seriamente dañados, perdiendo potencia. El avión estaba en ese momento enfilando al norte, sobre el Bronx, una de las zonas más densamente pobladas de la ciudad.

El comandante Sullemberger y su copiloto tenían que tomar varias e importantes decisiones instantáneamente, para salvar las vidas no solo de los que iban a bordo, sino también de los que estaban en tierra. Podían ver a distancia uno o dos aeropuertos pequeños. Pero pronto se dieron cuenta de que no podrían llegar tan lejos. Si lo intentaban, podrían precipitarse sobre una zona densamente edificada. Del mismo modo, la opción de aterrizar sobre la carretera de circunvalación de New Jersey, una carretera de entrada y salida, y de enorme densidad circulatoria, también presentaba enormes y peligrosos problemas para el avión y sus ocupantes, sin contar con los que afectarían a coches y conductores. Quedaba, pues, una sola opción: el río Hudson. Es difícil aterrizar en el agua: cualquier pequeño error -meter el morro o una de las alas en el río, por ejemplo- y el avión empezaría a dar vueltas y vueltas como una peonza, para terminar hundiéndose enseguida.

En los dos o tres minutos de que dispusieron antes de tomar tierra, Sullemberger y su copiloto tuvieron que hacer las siguientes cosas vitales (además de muchas otras tareas que los no profesionales ni siquiera entenderíamos): lo primero, apagar los motores y escoger la velocidad correcta para que el avión pudiera deslizarse tanto como fuera posible sin el motor (afortunadamente Sullemberger es también instructor de patinaje). Debían también poner el morro del avión hacia abajo para mantener la velocidad. Tenían que desconectar el piloto automático y anular el sistema de dirección de vuelo. Tenían que activar el sistema ditch, que sella los respiraderos y las válvulas, para mantener todo el avión impermeabilizado, una vez que este tocara el río. Y lo más importante de todo: tenían primero que volar e inmediatamente hacer deslizar el avión tras un rápido giro a la izquierda, para que pudiera descender en dirección sur a lo largo del río; después de apagar las turbinas, tuvieron que hacer esto utilizando solamente los sistemas de activación de baterías y generadores de emergencia. Luego, tras el giro a la izquierda, debían enderezar el morro y enfilar el curso del río, situando el avión a nivel horizontal, para poder «aterrizar». Finalmente tuvieron que levantar el morro de nuevo y aterrizar planeando sobre el agua.

¡Y lo lograron! Todos pudieron salir sanos y salvos, y el comandante Sullenberger se permitió repasar un par de veces el pasillo del avión, para asegurarse de que él era el último antes de abandonarlo. Por una vez en la vida, haciendo rafting con otros pasajeros, hizo aún más: se quitó su chaqueta en una heladora tarde de enero, para dársela a un pasajero que estaba muerto de frío.

La historia se ha contado una y otra vez, y permanecerá en la memoria no solo de los que la vivieron, sino de todos los neoyorkinos, así como de muchísima gente de cualquier parte del mundo. Solo un poco más de siete años y cuatro meses después de la horrible tragedia del 11 de septiembre de 2001, Nueva York tenía una historia de aviones en la que se podía celebrar su final feliz.

Como he dicho, mucha gente describió esos dramáticos momentos como un milagro. Desde un cierto punto de vista, no querría cuestionar esta calificación. Pero lo realmente fascinante de todo ello es la forma espectacular con que ilustra una verdad vital: una verdad que hoy día muchos han olvidado o nunca realmente conocieron. Se podría llamar «la fuerza de las buenas costumbres». También es posible decir que se trata del resultado de muchos años de experiencia y entrenamiento. O podríamos denominarlo «carácter», como hemos ido haciendo hasta ahora en este libro.

Los antiguos escritores tenían una palabra para ello: «virtud». Decir «virtud» en este contexto no equivale simplemente a hablar de «bondad», por utilizar otra expresión. En este sentido, la palabra ha sido a veces desnaturalizada (quizás porque instintivamente nosotros queremos huir del reto que implica). Pero ese no es su sentido estricto. Virtud en sentido estricto es lo que acontece cuando alguien ha tomado mil pequeñas decisiones, que han requerido esfuerzo y concentración, para hacer algo acertado y bueno pero que no se produce «de forma natural», y luego, a la vez mil uno, cuando realmente importa, se percata de que hace lo correcto «de forma automática», por así decirlo. Esa ocasión mil uno parece desde luego que se produce sin más; ahora bien, la reflexión nos dice que no es tan fácil como puede parecer. Si ustedes o yo hubiéramos estado pilotando el Airbus A 320 aquella tarde y hubiéramos hecho lo que «viene naturalmente» o hubiésemos permitido que las cosas «sucedieran sin más», probablemente habríamos estrellado el avión en pleno Bronx (mis disculpas a cualquier piloto que esté leyendo esto: habría actuado -espero- como el comandante Sullenberger). Como muestra este caso, la virtud es aquello que sucede cuando las decisiones sabias y valientes, repetidas una y otra vez, han pasado a convertirse en una «segunda naturaleza». No una «primera naturaleza», aunque hayan sucedido «naturalmente». Más bien, una especie de segundo nivel de naturalidad. En efecto, como un gusto adquirido, tales decisiones y acciones, que empezaron siendo practicadas con dificultad, acaban siendo como una segunda naturaleza.

Evidentemente, Sullenberger no había nacido con la capacidad de pilotar un avión, menos aún con la especial pericia que exhibió en esos tres minutos. Ninguna de las habilidades requeridas, y ciertamente nada del coraje, el sufrimiento, la frialdad de juicio y la preocupación por los demás que mostró, forma parte del equipaje que poseemos los seres humanos desde el nacimiento. Hay que trabajar duro para dominar ese tipo de habilidades, actuando con constancia para alcanzar el objetivo. Hay que querer hacerlo todo, decidir aprenderlo todo y practicar todo lo aprendido. Una y otra vez. Y luego, algunas veces, cuando se presenta el momento, «sucede automáticamente», como le pasó a Sullenberger. La pericia y las habilidades surgieron y lo recorrieron de arriba abajo.

Las otras opciones apenas exigen que las pensemos demasiado. ¿Suponer que eran pilotos novicios, simplemente, haciendo lo que surgía de forma natural? ¿O suponer que tuvieran que echar mano del libro de instrucciones para actuar en caso de emergencia, buscar las páginas relevantes y luego tratar de seguir lo que decían? Para cuando lo descubrieran, el avión se habría estrellado. No: lo que se necesitaba era ese carácter formado a través de fuerzas específicas, esto es, de «virtudes» para saber exactamente cómo pilotar un avión, y también de virtudes más generales, como el valor, el autocontrol, la frialdad de juicio y la determinación para hacer lo necesario para los demás en el momento preciso.

Precisamente, estas cuatro fuerzas del carácter -valor, autocontrol, frialdad de juicio y determinación para hacer lo correcto para los demás- son, de hecho, las cuatro cualidades que el más grande de los antiguos filósofos que escribió sobre estos temas, identificaba como las claves de una existencia genuinamente humana. Sin embargo, antes de ocupamos de eso (lo haremos en el capítulo siguiente), quiero echar una mirada a otro ejemplo de emergencias en que se muestra un aspecto muy específico de la virtud heroica.

6

Llueve mucho en el norte de Inglaterra, donde vivo, pero aquel principio de septiembre de 2008 fue excepcional. Había estado jarreando días enteros sin parar, con tanta lluvia al final como sería de esperar para todo un mes. No era el momento ideal para salir a pasear, pero una familia había decidido atreverse. Cuando estaban cruzando un parque en la localidad de Chester-le-Street, apenas a veinte kilómetros al norte de donde vivo, su perro fue a chapotear en una gran charca y la hija, una niña de 3 años, se fue a jugar con él. De repente, sin tiempo para darse cuenta, la niña sencillamente desapareció. El padre fue corriendo y alcanzó a ver cómo el perro también desaparecía. Cayó en la cuenta, como en un flash, de lo que había ocurrido: un desagüe para tormentas había reventado su cubierta bajo la charca y la niña y el perro habían sido succionados por el propio desagüe sin cubrir. El padre, Mark Baxter, pensando con mucha rapidez, se dio cuenta de que el desagüe de tormentas descargaría en el río unos cien metros más abajo. Enseguida empezó a correr y, cuando llegó al río, localizó el abrigo de la niña flotando sobre la corriente con su hija Laura dentro de él boca abajo. Se lanzó inmediatamente al agua y la rescató, golpeada y magullada, pero viva.

¿Otro milagro? En cierto sentido, sí. Podían haber sucedido todo tipo de cosas. La niña podía haberse quedado atorada bajo tierra, en alguna parte. Para cuando su padre lograra alcanzarla, ella podía haber tragado agua suficiente como para ahogarse. Pero lo que más me impresionó al escuchar esta historia, fue lo que su padre dijo, al referirse a su frenética carrera hacia el río:

-Siempre que me llegaba un mal pensamiento, me obligaba a pensar en otra cosa.

En esto reside el secreto. Max Baxter no estaba tratando de hacer, paso a paso, aquello que pensaba que había que hacer en casos como este. Simplemente lo decidió sin pensarlo, como en un flash. Anteriormente, sin embargo, había necesitado autodisciplina. Mantener un firme control de sus propios pensamientos. Todo tipo de miedos y terrores asaltarían su mente, amenazándole con el pánico o el desplome. Pero tuvo lo que a veces llamamos «presencia de ánimo» para no dejarse atrapar por la angustia. Hizo conscientemente el esfuerzo de sustituir los pensamientos negativos por otros positivos, concentrándose exclusivamente en lo que tenía que hacer. Esto es, en el sentido técnico que hemos estado utilizando, el «carácter».

No ocurre por accidente, sino por la autodisciplina necesaria para hacer cualquier cosa en la vida a la perfección: aprender un instrumento musical, reparar un tractor, dar una conferencia o dirigir un orfanato. O también, desde luego, vivir como un ser humano sabio. Una y otra vez, cuando trabajamos duro en alguna tarea difícil o compleja, la mente intenta escaparse y buscar un escenario más tentador o menos complejo. Y una vez más, si se quiere terminar el trabajo, habrá que forzar la mente y huir de la distracción. Y habrá que entrenar la «musculatura mental» necesaria para lograrlo, de la misma forma que lo exige la musculatura corporal, cuando se trata de implicarse en ejercicios físicos mantenidos y extenuantes. Al reescribir esta sección, oí por la radio el anuncio de un régimen para perder peso.

-He descubierto -decía el locutor emocionado- que mi ansia por comer estaba en mi cabeza, no en mi estómago.

Reconocer esto es un primer paso vital. Mantengamos bajo control el pensamiento, y también lo estará el pensamiento.

Se da la circunstancia de que Max Baxter había trabajado para las Reales Fuerzas Armadas Británicas. Como Chesley Sullenberger, logró su autodisciplina en un campo que obviamente es vital cada minuto. Una cosa es la capacidad de valorar las dimensiones de una situación, de descubrir qué hay que hacer y de hacerlo como si fuera por instinto, y otra la capacidad de mantener a distancia los pensamientos que te aterrarían o paralizarían en la situación concreta: el tipo de respaldo que la disciplina mental necesita para que la virtud se produzca. «Me obligué a mí mismo a pensar en otra cosa». Eso no es una pericia que se pueda adquirir por accidente, es algo que se practica y se aprende. Y es igual de bueno hacerlo en cualquier esfera de la vida o de un trabajo. No sabemos cuándo y cómo vamos a necesitar esa disciplina ni cuándo puede llegar a salvar una vida. No tendremos tiempo de detenemos a pensar. El carácter de la disciplina mental debe recorrerte.

Hay un bonito elemento dentro de esta misma historia. La pequeña Laura, de 3 años de edad, había estado tomando lecciones de natación. Ya había aprendido a tumbarse en el agua y flotar. Cuando recobró la conciencia tras ser rescatada, explicó a su padre que había estado intentando flotar tendida sobre el agua, pero sin poder lograrlo, porque el túnel era demasiado estrecho. Incluso a esa edad, había aprendido lo suficiente para saber que, si te encuentras de repente con un peligro inesperado, hay cosas que puedes hacer para mantenerte a salvo. Y ella había aprendido de alguna manera a no entrar en situación de pánico al sobrevenir cosas extrañas inesperadas.

Ahora bien, afortunadamente no tenemos que afrontar situaciones de emergencia la mayor parte de nuestras vidas. Pero parte del problema de lograr saber cómo comportarse en la vida «normal» así como en momentos extraordinarios, es que esa clase de «conocimientos» esconde una actitud no completamente recta. Desde el momento en que se dice a un niño que termine rápidamente de comer, o que se siente derecho, o que pare de gritar o de llorar, o que se vaya a dormir (por no hablar de cosas como no robar, no pelear, no mentir), habrá entrado en un confuso mundo de deseos y esperanzas, de mandatos y prohibiciones, de sentimientos, de asunciones, de preguntas y de expectativas. Aprender a navegar con sabiduría en nuestro mundo y crecer en él hacia una vida de plena madurez humana, es el desafío a que nos enfrentamos. Y el objetivo de este libro es sugerir que la dinámica de la virtud, en el sentido de practicar los hábitos del corazón y de la vida que apuntan al auténtico objetivo de la existencia humana, está en el centro del reto del comportamiento humano, como estableció el propio Nuevo Testamento. Esto es lo que significa desarrollar el «carácter». Esto es lo que necesitamos -y lo que la fe cristiana ofrece- para el tiempo, más corto o más largo, de «después de creer».

Cuando abordamos las cosas desde este ángulo, nos esperan varias sorpresas. Muchos cristianos, según mi experiencia, nunca piensan las cosas de esta manera y por ello se ven presos de una gran confusión. La virtud, por decirlo lisa y claramente, es una idea revolucionaria en el mundo de hoy y también en la Iglesia de hoy. Y lo más urgente que necesitamos hoy es una revolución. Y se encuentra en el centro mismo de la respuesta a la pregunta con la que empezamos. Después de creer, necesitas desarrollar el carácter cristiano practicando las virtudes específicamente cristianas. Para tomar decisiones morales sabias, necesitas no solo conocer las normas, o descubrir quién eres realmente, necesitas también desarrollar la virtud cristiana. Y para ejercer un liderazgo en nuestra sociedad con toda su amplitud, en los tiempos confusos y peligrosos que vivimos, necesitamos con urgencia gente cuyo carácter haya sido formado en esa dirección. Ya hemos tenido demasiados pragmáticos y atrevidos buscadores de riesgos. Necesitamos gente de auténtico carácter.

Entonces, ¿cómo nos ayudan estas historias de virtudes humanas -el piloto que aterriza su avión en el río sin daño alguno y el padre que, desechando pensamientos erróneos se lanza a rescatar y salvar a su hijita- cuando se trata de seguir a Jesús? ¿No es esto algo bastante diferente?

Algunas de los grandes talentos de la historia del cristianismo han luchado con esa pregunta. Observando la virtud humana natural y la virtud específicamente cristiana, han llegado a distintas respuestas. La clave de todo, sin embargo, es que la visión cristiana de la virtud, del carácter que se ha convertido en segunda naturaleza, está en descubrir lo que verdaderamente significa ser humano. «Humano» en un sentido que la mayoría de nosotros nunca imaginaría. Y si eso es así, se producirán solapamientos con otras visiones humanas de la virtud y habrá también puntos en los que el cristianismo haga interpelaciones públicas y ofrezca también una ayuda diferente para abordarlas. Parte de las reivindicaciones de los primeros cristianos eran, de hecho, que habían descubierto, en y a través de Jesús, una forma totalmente diferente de ser humanos y un camino capaz de obtener lo mejor que esa sabiduría antigua podía ofrecer, situándola en contextos donde finalmente tendría sentido. El Nuevo Testamento apunta continuamente a eso.

¿Qué puede decir todo esto a Jaime, enredado entre lo que se supone que consiste la vida, desde la primera expresión de la fe cristiana, a su fruto final de después de la muerte? ¿Qué puede decirles a Juana y a Felipe, escocidos aún por su desagradable enfrentamiento en la reunión de la Iglesia? ¿Y qué puede decir a nuestro ancho mundo, que se tambalea por terremotos político-económicos, que tienen lugar en medio de un estado de confusión cultural y moral?

En cierto sentido, todo este libro es un intento de respuesta a estas preguntas o, al menos, un principio de respuesta. Pero hay una o dos cosas que podemos decir desde el principio.

Como ya he apuntado, la gente suele ir en una o dos direcciones cuando se plantea su comportamiento. Se puede vivir con las normas, con un sentido del deber, con una obligación que se impone, quiera o no uno compartirla. O se puede declarar uno libre de todo tipo de cosas y capaz de ser uno mismo, descubrir la auténtica y propia identidad, alineándose con el corazón para lograr ser auténtico y espontáneo a la vez. En realidad, Juana y Felipe era esto lo que debatían, aunque no se dieran cuenta de ello. Jaime estaba también en ello, pero lo estaba enmarcando dentro un reto mayor y más preocupante: en primer lugar, ¿para qué estamos aquí? La respuesta fundamental que exploraremos en este libro es que estamos aquí para convertimos en seres genuinamente humanos, capaces de reflejar al Dios a cuya imagen y semejanza fuimos creados, y hacer eso, por una parte en el culto y por otra en la misión en su sentido total, sabiendo que lo hacemos siguiendo a Jesús. La forma en que ello se produce por la acción del Espíritu Santo, es mediante una transformación del carácter. Esta transformación significará que nosotros, desde luego, cumplimos las normas, aunque no como algo impuesto desde fuera, sino como resultado del carácter que se ha ido forjando en nosotros. Y querrá decir que nosotros, desde luego, seguimos nuestro corazón y vivimos con autenticidad solo cuando ese carácter transformado llegue a ser plenamente operativo, como el de un piloto con toda una vida de experiencia a sus espaldas: el duro trabajo en vanguardia da sus frutos en decisiones y actos que reflejan lo que ha crecido en lo más hondo de nuestro interior. Y en todo el ancho mundo el desafío al que nos enfrentamos es crecer y desarrollar una nueva generación de líderes en todos los campos de la vida, cuyo carácter haya sido formado en el servicio público y en la sabiduría, no en la ambición por el dinero o el poder.

El centro de todo ello, el corazón de lo que se supone que sucede «después de creer», es por tanto, la transformación del carácter. Esto es tan importante que nos llevará otro capítulo estudiarlo con más detalle, antes de que podamos volver a lo que Jesús y sus discípulos tenían que decir sobre el tema.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en NT/Tom Wright y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s