Primera sección de un libro de Eugene Peterson en español

peterson obed

 UNA OBEDIENCIA LARGA EN LA MISMA DIRECCIÓN

 El discipulado en una sociedad instantánea

 EUGENE H. PETERSON

CONTENIDO

Prefacio Al Vigésimo Aniversario

  1. El Discipulado 11
  1. El Arrepentimiento 21
  1. La Providencia 33
  1. La Adoración 45
  1. El Servicio 57
  1. La Ayuda 67
  1. La Seguridad 79
  1. El Gozo
  1. El Trabajo
  1. La Alegría
  1. La Perseverancia
  1. La Esperanza
  1. La Humildad
  1. La Obediencia
  1. La Comunidad
  1. La Bendición

Una Larga Obediencia: Un epílogo

Notas

Prefacio Al Vigésimo Aniversario

En los veinte años que han transcurrido desde que escribí este libro, han tenido lugar enormes cambios sin excepciones en todo el mundo y en la iglesia. Me han dicho constantemente y desde prácticamente todas las direcciones que corro el peligro de convertirme en algo irrelevante si no me mantengo al día con los últimos desarrollos en computadoras y aparatos eléctricos y transportes y medios de comunicación. De modo que, cuando me senté a corregir Una larga obediencia en la misma dirección para la edición de su vigésimo aniversario, estaba preparado para realizar muchos cambios…

No he realizado casi ninguno. Sucede que hay algunas cosas que no cambian. Dios no cambia: él busca y él salva. Y nuestra respuesta a Dios al revelarse a sí mismo en Jesús no cambia: escuchamos y lo seguimos. O no lo hacemos. Cuando nos ocupamos de las cosas básicas–Dios y nuestra necesidad de él–estamos sobre una roca firme. Comenzamos cada día por el principio, sin mucho revuelo.

De modo que el libro sale publicado en esta nueva edición prácticamente igual al que escribí inicialmente. Le agregué un epílogo para reafirmar la manera en que se unen las Escrituras y la oración para proporcionar energía y dirección a aquellos de nosotros que tenemos la intención de seguir a Jesús. Algunos pocos nombres de celebridades han sido reemplazados por nombres nuevos (¡las personas famosas cambian con bastante rapidez!), y he cambiado unas pocas reseñas de asuntos de actualidad. Pero eso es prácticamente todo. Me tranquiliza darme cuenta una vez más de que no tenemos que estudiar ansiosamente al mundo que nos rodea para poder mantenernos al día con Dios y su manera de relacionarse con nosotros.

De hecho, los quince cánticos de los peregrinos (Salmos 120-134), los cuales proporcionan aquí el texto para desarrollar el «discipulado en una sociedad instantánea, proveyeron el ímpetu para embarcarme en una nueva traducción en inglés, The Message. Al principio, todo lo que tenía planeado era traducir los Salmos al lenguaje idiomático de Norteamérica que escuchaba que la gente utilizaba en las calles y en los centros de compra y en los partidos de fútbol americano. Yo sabía que seguir a Jesús no podría jamás desarrollarse en una «larga obediencia» sin una vida de oración más profunda y que los Salmos habían sido siempre la forma primordial por medio de la cual aprendieron los cristianos a orar todo lo que vivían, y a vivir todo lo que oraban a lo largo de su trayecto.

Sin embargo, la gente que yo conocía no oraba los Salmos. Eso me desconcertaba; los cristianos habían siempre orado los Salmos; ¿por qué entonces no lo hacían mis amigos y mis vecinos? Luego me di cuenta de que se debía a que el lenguaje, con cadencias y hermoso y armonioso, parecía algo remoto y alejado de sus vidas cotidianas desapacibles y desordenadas y discordantes. Pero cuando nuestros antepasados hebreos oraron y escribieron inicialmente estos Salmos, ellos eran tan desapacibles y desordenados y discordantes como lo que experimentamos hoy día. Yo deseaba traducirlos del original hebreo y transmitir la energía cruda, tosca y robusta que es tan característica de esas oraciones. Deseaba que la gente comenzara nuevamente a orarlos, no sólo admirarlos a la distancia, y por lo tanto aprender a poner en oración todo lo que experimentaban y sentían y pensaban al seguir a Jesús, y no sólo lo que pensaban que era correcto orar en la iglesia.

Y así fue que la consecuencia no intencionada de la escritura de Una larga obediencia en la misma dirección fue esta nueva traducción del Cántico de los peregrinos, y luego de todos los Salmos y del Nuevo Testamento (y finalmente, de toda la Biblia).

1

EL DISCIPULADO

“¿Cómo competirás con los caballos?”

Si los que corren a pie han hecho que te canses,

¿cómo competirás con caballos?

Jeremías 12. 5 NVI

Lo esencial en «el cielo y en la tierra» es … que tendría que existir una larga obediencia en la misma dirección; de ese modo el resultado sería, y ha sido siempre a la larga, algo que hace que valga la pena vivir.

Federico Nietzsche, Más Allá del Bien y del Mal

Este mundo no es amigo de la gracia. El individuo que se entrega a Jesucristo como su Señor y Salvador no encuentra que se reúna de inmediato una multitud de personas para aplaudir su decisión o que sus viejos amigos se congreguen espontáneamente alrededor de él para felicitarlo y ofrecerle consejos. Por lo general, a pesar de que no haya nada directamente hostil, la acumulación de censuras algo perplejas y la indiferencia agnóstica constituyen una oposición sorprendentemente formidable.

Una antigua tradición divide las dificultades que enfrentamos en la vida de fe en las categorías del mundo, la carne y el diablo. En la mayoría de los casos, se nos previene sobre los peligros de la carne y de las artimañas del diablo. Sus tentaciones tienen una forma determinable y mantienen una continuidad histórica. Eso no implica que sea más sencillo resistirlas; hace que sea más fácil reconocerlas.

Sin embargo, el mundo es proteico: cada generación tiene que contender con el mundo en una forma nueva. El mundo es una atmósfera, un humor. Al pecador le resulta tan difícil reconocer las tentaciones del mundo como a un pez descubrir las impurezas en el agua. Existe una sensación, un sentimiento de que las cosas no están bien, que el medio ambiente carece de integridad, pero saber exactamente lo que es elude nuestro análisis. Sabemos que la atmósfera espiritual en la cual vivimos erosiona la fe, disipa la esperanza y corrompe el amor, pero es difícil saber exactamente qué es lo que está mal.

Turistas y peregrinos

Un aspecto del mundo que he podido identificar como algo pernicioso para los cristianos es la suposición de que hay que adquirir de inmediato todo aquello que valga la pena. Suponemos que si existe algo que se pueda hacer, debe ser hecho rápidamente y con eficiencia. Nuestra capacidad de concentración ha sido condicionada por los avisos comerciales de treinta segundos de duración. Nuestro sentido de la realidad ha sido arrasado por las versiones condensadas de treinta páginas.

En un mundo semejante no es difícil lograr que una persona se interese en el mensaje del evangelio; lo que es terriblemente difícil es mantener su interés. Millones de personas de nuestra cultura toman la decisión de entregar su vida a Cristo, pero existe un espantoso índice de abatimiento. Muchos afirman que han vuelto a nacer, pero la evidencia de un discipulado cristiano maduro es poca. En nuestra clase de cultura todo se puede vender, incluso las nuevas sobre Dios, siempre y cuando tenga un envase fresco y novedoso; pero cuando éste pierde su frescura, va a parar a la basura. Existe un enorme mercado para la experiencia religiosa en nuestro mundo; sin embargo, hay poco entusiasmo por la adquisición paciente de virtud, y muy poco interés en inscribirse para el extenso aprendizaje de aquello que las generaciones anteriores de cristianos llamaban santidad.

En nuestra época, la religión ha sido capturada por la mentalidad del turista. Se piensa que la religión es como la visita que realizamos a un sitio atractivo cuando tenemos el suficiente tiempo libre para hacerlo. Para algunos es una excursión semanal a la iglesia; para otros, visitas ocasionales a cultos especiales. Algunos, con una inclinación hacia el entretenimiento religioso y la diversión sagrada, planifican sus vidas alrededor de eventos especiales tales como los retiros espirituales, concentraciones y conferencias. Acudimos para ver a una nueva personalidad, para escuchar una verdad nueva, para tener una experiencia y de esa manera expandir nuestras vidas que de lo contrario son bastante monótonas. La vida religiosa se define como lo último y lo más novedoso: Zen, curaciones milagrosas, potencial humano, parapsicología, vida exitosa, coreografía en el coro y presbiterio, Armagedón. Lo probamos todo––hasta que aparece algo nuevo.

Yo no sé cómo ha sido para los pastores de otras culturas y en siglos anteriores, pero estoy bastante seguro de que para un pastor en la cultura occidental en los albores del siglo veintiuno, el aspecto del mundo que hace que la tarea de llevar a los cristianos por la senda de la fe sea muy difícil es lo que Gore Vidal ha analizado como «la pasión actual por lo inmediato y lo fortuito». Todo el mundo anda a las corridas. Las personas que lidero en oración, entre las que aconsejo, visito, oro, predico y enseño, desean atajos. Sólo desean que las ayude a completar el formulario que les dará crédito instantáneo (en la eternidad). Están impacientes por ver los resultados. Han adoptado el estilo de vida de un turista y sólo quieren los puntos más destacados. Pero un pastor no es un guía de turismo. Yo no tengo ningún interés en contar historias religiosas apócrifas en y alrededor de lugares dudosamente identificados como sagrados. La vida cristiana no puede madurar bajo tales condiciones y en semejantes maneras.

Federico Nietzsche, quien percibió al menos esta área de verdad espiritual con gran claridad, escribió: «Lo esencial ‘en el cielo y en la tierra’ es… que tendría que existir una larga obediencia en la misma dirección; de ese modo el resultado sería ser, y ha sido siempre a la larga, algo que hace que valga la pena vivir». Es esta «larga obediencia en la misma dirección» lo que el temperamento del mundo trata por todos los medios de disuadir.

Para que las personas de fe puedan reconocer y resistir la corriente de lo mundanal, existen dos designaciones bíblicas que son extremadamente útiles: discípulo y peregrino. La palabra discípulo (mathetes) nos dice que somos personas que nos pasamos la vida como aprendices de nuestro maestro, Jesucristo. Estamos siempre en una relación de aprendizaje progresivo. Un discípulo es alguien que aprende, pero no en el ambiente académico de un aula de clases, sino más bien en el lugar de trabajo de un artesano. No adquirimos información sobre Dios sino conocimientos prácticos de la fe.

La palabra peregrino (parepidemos) nos indica que somos personas que nos pasamos toda la vida yendo a algún sitio, yendo hacia Dios, y cuyo sendero para llegar a ese punto es el camino, Cristo Jesús. Nos damos cuenta de que «este mundo no es nuestro hogar» y partimos hacia «la casa de nuestro Padre». Abraham, quien «partió», es nuestro modelo. Jesús, respondiendo a la pregunta de Tomás: «Señor, si no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?», nos da direcciones: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Sin mí, nadie puede llegar a Dios el Padre» (Juan 14.5-6). La carta a los Hebreos define nuestro programa: «¡Todas esas personas están a nuestro alrededor como testigos! Por eso, en los años que nos quedan de vida debemos dejar de pecar, y dejar también de lado lo que nos estorba para vivir confiando totalmente en Dios. Porque la vida es como una carrera, y el pecado es como un estorbo que se nos enreda en los pies y no nos deja correr. Pongamos toda nuestra atención en Jesús, pues de él viene nuestra confianza, y es él quien hace que confiemos cada vez más y mejor» (Hebreos 12.1-2).

Un cancionero con la esquina de una de sus páginas doblada

En la labor pastoral de capacitar a las personas en el discipulado y acompañarlas en su peregrinaje, he descubierto, oculto en el salterio hebreo, un antiguo cancionero con la esquina de una de sus páginas doblada. Lo he utilizado para darles continuidad a la guía de los demás por la senda cristiana y a la dirección de las personas de fe en su esfuerzo consciente y continuo hacia la madurez en Cristo. El antiguo cancionero se llama, en hebreo, shiray hammaloth: Canciones de ascenso (Cántico de los peregrinos). Las canciones son los Salmos 120 al 134 en el libro de los Salmos. Quizás estos quince salmos eran cantados, probablemente en cadena, por los peregrinos hebreos a medida que ascendían a Jerusalén para las grandes fiestas de adoración. Topográficamente, Jerusalén era la ciudad más elevada en Palestina, de modo que aquellos que viajaban a ella se pasaban la mayor parte del tiempo ascendiendo. Pero el ascenso no era sólo literal, sino que era también una metáfora: el viaje a Jerusalén representaba una vida orientada hacia lo alto, en dirección a Dios, una existencia que pasaba de un nivel a otro, hasta alcanzar la madurez––lo que Pablo describe como «la meta»: «Así que sigo adelante, hacia la meta, para llevarme el premio que Dios nos llama a recibir por medio de Jesucristo» (Filipenses 3.14).

Los fieles hebreos realizaban ese viaje tres veces al año (Éxodo 23.14-17; 34.22-24). Los hebreos eran un pueblo cuya salvación se había llevado a cabo en el éxodo, cuya identidad había sido definida en el Sinaí y cuya preservación había sido garantizada durante los cuarenta años que anduvieron por el desierto. En la primavera, en la fiesta del Pan sin levadura (la Pascua), rememoraban la manera en que Dios los había salvado; a principios del verano, en la fiesta de Pentecostés, renovaban sus compromisos como el pueblo del pacto con Dios; en el otoño, en la fiesta de las Enramadas, respondían como comunidad bendecida a lo mejor que tenía Dios para ellos. Eran un pueblo redimido, un pueblo gobernado, un pueblo bendecido. Estas realidades fundamentales se predicaban y enseñaban y alababan en las fiestas anuales. Entre las fiestas, el pueblo vivía estas realidades en el discipulado diario hasta que llegaba el momento de ascender a la ciudad de la montaña como peregrinos para renovar el pacto.

La imagen de los hebreos cantando estos quince salmos cuando dejaban atrás sus rutinas de discipulado y viajaban desde sus poblados y aldeas, sus granjas y ciudades, como peregrinos para ascender a Jerusalén, ha quedado grabada en la devota imaginación cristiana. Es el mejor antecedente que poseemos para comprender la vida como un trayecto de fe.

Sabemos que nuestro Señor, desde muy pequeño, viajaba a Jerusalén para las fiestas anuales (Lucas 2.41-42). Continuamos identificándonos con los primeros discípulos, quienes «iban confundidos, mientras Jesús caminaba delante de ellos hacia Jerusalén. Por su parte, los otros seguidores, estaban llenos de miedo» (Marcos 10.32). Nosotros también estamos confundidos y un poco asustados, porque en el camino hay un milagro inesperado tras otro, y nos toparemos con espectros aterradores. El cantar los quince salmos es una manera de expresar la asombrosa gracia y a la misma vez, acallar los ansiosos temores que nos aquejan.

No hay mejores «canciones para el camino» para aquellos que viajan por el camino de la fe en Cristo, un camino que tiene tantos encadenamientos con el camino de Israel. Dado que muchos (aunque no todos) los aspectos esenciales del discipulado cristiano están incorporados en estas canciones, ellas nos ofrecen una manera de recordar quiénes somos y a dónde nos dirigimos. Mi intención no es la de producir una exposición erudita de estos salmos, sino la de ofrecer meditaciones prácticas que utilizan estas tonadas como estímulo, aliento y guía. Si aprendemos a cantarlas bien, ellas pueden llegar a ser algo así como el vademécum para el diario andar del cristiano.

Durante el trayecto

Paul Tournier, en su libro A Place for You, describe la experiencia de estar entremedio––entre el momento en que dejamos nuestro hogar y el momento en que llegamos a destino; entre el momento en que dejamos atrás la adolescencia y llegamos a la vida adulta; entre el momento en que abandonamos las dudas y llegamos a la fe. Es como el momento en que un trapecista suelta la barra del trapecio y permanece como suspendido en el aire, listo para agarrarse de otro soporte; es un momento de peligro, de expectativa, de incertidumbre, de entusiasmo, de extraordinaria vitalidad.

Los cristianos reconocerán cuán apropiadamente se pueden entonar estos salmos en medio de diversos momentos: entre el momento en que dejamos el ambiente mundanal y llegamos a la asamblea del Espíritu; entre el momento en que dejamos el pecado y llegamos a la santidad; entre el momento en que dejamos nuestro hogar los domingos a la mañana y llegamos a la iglesia adonde nos reunimos con el pueblo de Dios; entre el momento en que dejamos las obras de la ley y llegamos a la justificación por fe. Son canciones de transición, himnos breves que nos aportan valentía, apoyo y guía interior para ayudarnos a llegar al lugar hacia donde nos está guiando Dios en Cristo Jesús.

Entretanto, el mundo susurra: «¿Para qué te molestas? Existe a tu disposición una gran cantidad de diversiones sin tener que meterte en todo esto. El pasado es un cementerio: ignóralo; el futuro es un holocausto: evítalo. No hay ninguna compensación para el discipulado, no hay ningún destino para la peregrinación. Obtén a Dios de una manera rápida; por medio del carisma instantáneo». Pero hablan otras voces–aunque no tan atractivas, por lo menos más verdaderas. Thomas Szasz, en su terapia y escritos, ha intentado revivir el respeto por aquello que él llama «las verdades humanas más simples y antiguas: es decir, que la vida es una lucha ardua y trágica; que lo que llamamos «cordura», lo que queremos decir por medio de «no ser esquizofrénicos», tiene mucho que ver con la capacidad, ganada por medio de la lucha por la excelencia; con la compasión, ganada duramente por medio de los conflictos de confrontación; y con la modestia y la paciencia, adquiridas a través del silencio y el sufrimiento». Su testimonio ratifica la decisión de aquellos que se comprometen a explorar el mundo del Cántico de los peregrinos, que lo excavan para encontrar sabiduría, y lo entonan para alegrarse.

Estos salmos eran sin duda utilizados de esa manera por las multitudes que, según nos relata Isaías, decían: «Subamos al monte de Sión, al templo del Dios de Israel, para que él mismo nos enseñe y obedezcamos sus mandamientos» (Isaías 2.3). Son también evidencia de lo que Isaías prometió cuando dijo: «Ustedes, en cambio, escucharán canciones como en una noche de fiesta; irán con el corazón alegre, como los que caminan al ritmo de las flautas. Irán al monte de Dios, pues él es nuestro refugio» (Isaías 30.29).

Todos aquellos que viajamos por el camino de la fe necesitamos, de vez en cuando, ayuda. Necesitamos que nos den aliento cuando nuestro espíritu flaquea; necesitamos dirección cuando el camino es incierto. Una de las «pequeñas oraciones» de Paul Goodman expresa nuestras necesidades:

En el camino hacia la muerte

Marchando penosamente, sin anhelo de llegar

A esa ciudad, sin embargo el sendero es

Todavía demasiado extenso para mi paciencia.

––enséñame una canción para la marcha,

Maestro, para caminar juntos

Como solíamos exclamar los niños

Cuando era un joven boy scout (explorador).

Para los que eligen vivir como peregrinos y no ya como turistas, el Cántico de los peregrinos combina toda la alegría de las canciones para la marcha con la practicidad de una guía y un mapa. Su brevedad sin pretensiones está excelentemente descrita por William Faulkner. «No hay monumentos, sino huellas de pisadas. Un monumento sólo dice: ‘Por fin llegué hasta aquí’, mientras que una huella dice: ‘Aquí me encontraba cuando comencé nuevamente a avanzar.

2

EL ARREPENTIMIENTO

“¡Ay de mí, que soy extranjero en Mésec!”

1 En mi angustia invoqué al Señor,

y él me respondió.

2 Señor, líbrame de los labios mentirosos

y de las lenguas embusteras.

3 ¡Ah, lengua embustera!

¿Qué se te habrá de dar?

¿Qué se te habrá de añadir?

4 ¡Puntiagudas flechas de guerrero,

con ardientes brasas de retamal

5 ¡Ay de mí, que soy extranjero en Mésec,

que he acampado entre las tiendas de Cedar!

6 ¡Ya es mucho el tiempo que he acampado

entre los que aborrecen la paz!

7 Yo amo la paz, pero si hablo de paz,

ellos hablan de guerra.

Salmo 120 NVI

 

Antes de que un hombre pueda hacer cosas, debe haber cosas que él no hará.

MENCIUS

Las gentes sumergidas en una cultura que está llena de mentiras y de maldad sienten que se están ahogando en ella; no pueden confiar en nada de lo que escuchan, no pueden depender de nadie que conozcan. Dicha insatisfacción con el mundo tal como es, es la preparación para viajar por la senda del discipulado cristiano. La insatisfacción, unida a un anhelo de paz y verdad, puede emplazarnos en un camino de peregrinación hacia la integridad en Dios.

La persona tiene que estar totalmente disgustada con el estado en que está todo antes de poder encontrar la motivación necesaria para emprender el camino cristiano. Mientras que pensemos que la siguiente elección podría eliminar el delito y establecer la justicia o que un nuevo avance científico podría salvar el medio ambiente o que otro aumento de sueldo nos podría poner a salvo de la ansiedad y llevarnos a una vida de tranquilidad, no estaremos listos para arriesgarnos a vivir las trabajosas incertidumbres propias de la vida de fe. La persona tiene que estar harta de la manera de hacer las cosas del mundo antes de que ella adquiera un apetito por el mundo de la gracia.

El Salmo 120 es la canción de semejante persona, cansada de las mentiras y paralizada por el odio, una persona doblada en dos por el dolor que siente por lo que está ocurriendo en el mundo que la rodea. Pero no es un simple clamor, es un dolor que penetra a través de la desesperación y estimula un nuevo comienzo: un viaje hacia Dios que se convierte en una vida de paz.

Los quince cánticos de los peregrinos describen elementos comunes a todos aquellos que se colocan a sí mismos de aprendices con el Señor Jesucristo y que viajan por la senda cristiana. El primero de ellos es el que los empuja a marchar. No es un cántico bonito–no hay nada ni inquietantemente melancólico ni líricamente feliz en él. Es duro. Es discordante. Pero logra que las cosas empiecen.

Las mentiras sin errores

En mi angustia invoqué al Señor es la primera frase. La última palabra es guerra. No es una canción feliz, pero es honesta y necesaria.

Los hombres están enemistados entre sí. Las mujeres están como perros y gatos. Desde el vientre de nuestra madre, se nos enseña a tener rivalidad. El mundo anda revuelto, siempre buscando pelea. Nadie parece saber cómo vivir en una relación sana. Insistimos en convertir a cada comunidad en una secta, cada iniciativa en una guerra. Nos damos cuenta, en momentos fugaces, que fuimos creados para algo diferente y mejor–«yo estoy totalmente a favor de la paz»–pero no hay ninguna confirmación de esa comprensión en nuestro medio ambiente, ningún estímulo en nuestra experiencia. «Yo estoy totalmente a favor de la paz; pero no bien se los digo, ¡van a la guerra!»

La angustia que abre y cierra al salmo es el doloroso despertar a la realidad inevitable de que se nos ha mentido. El mundo, de hecho, no es como nos lo habían representado. Las cosas no están bien, y no están tampoco mejorando.

Desde que tenemos memoria, se nos ha mentido: los seres humanos son básicamente amables y buenos. Todos nacemos iguales e inocentes y autosuficientes. El mundo es un lugar placentero e inofensivo. Nacemos libres. Si estamos ahora encadenados, es por culpa de alguien y, con sólo un poco más de inteligencia o esfuerzo o tiempo, lo podremos corregir.

Es difícil entender cómo podemos seguir creyendo esto después de tantos siglos de evidencia que prueban lo contrario, pero nada de lo que hagamos y nada que puedan hacer los demás parece desencantarnos del hechizo de la mentira. Seguimos aguardando que, de alguna manera, las cosas van a mejorar. Y cuando no lo hacen, lloriqueamos como niños malcriados que no obtienen lo que quieren. Anidamos un resentimiento que se va acumulando como una ira que desemboca en violencia. Convencidos por la mentira de que lo que estamos experimentando no es natural, que es una excepción, concebimos maneras de escapar a la influencia de lo que nos hacen los demás, yéndonos de vacaciones lo más frecuentemente posible. Cuando se terminan las vacaciones, volvemos una vez más al flujo de los acontecimientos, con nuestra inocencia renovada, creyendo que todo va a funcionar bien––para vernos una vez más sorprendidos, heridos, apabullados cuando eso no ocurre. La mentira («todo está bien») tapa y perpetúa el profundo mal, disfraza la violencia, la guerra, la rapacidad.

La conciencia cristiana comienza con la comprensión dolorosa de que lo que nosotros habíamos supuesto que era la verdad es en realidad una mentira. La oración es inmediata: «SEÑOR, líbrame de los labios mentirosos y de las lenguas embusteras». Rescátame de las mentiras de los anunciantes que afirman saber lo que necesito y deseo, desde las mentiras de los animadores que prometen una forma económica de hacerme feliz, desde las mentiras de los políticos que pretenden instruirme en cuestiones de poder y de moralidad, desde las mentiras de los psicólogos que ofrecen moldear mi conducta y mi ética de manera que pueda vivir por mucho tiempo con felicidad y éxito, desde las mentiras de los religiosos que «sanan las heridas de este pueblo superficialmente», desde las mentiras de los moralistas que pretenden promoverme al cargo de capitán de mi destino, desde las mentiras de los pastores que «desobedecen los mandamientos de Dios para poder seguir enseñanzas humanas» (Marcos 7.8). Rescátame de la persona que me habla de la vida y omite a Cristo, que tiene sabiduría según la forma de ser del mundo, pero que ignora los movimientos del Espíritu.

Las mentiras se atienen de manera impecable a los hechos. No contienen errores. No hay distorsiones ni datos falsificados. Pero son, de igual forma, mentiras, porque afirman que ellas son las que nos dicen quiénes somos y omiten todo lo relacionado a nuestro origen en Dios y nuestro destino en Dios. Hablan del mundo sin decirnos que Dios lo ha creado. Nos platican acerca de nuestro cuerpo sin decirnos que es el templo del Espíritu Santo. Nos instruyen en amor sin decirnos que Dios nos ama y que entregó su vida por nosotros.

La luz que ilumina las encrucijadas

En este salmo, la palabra SEÑOR aparece sólo dos veces. Es, no obstante, la clave para el resto del salmo. Dios, una vez que lo admitimos en nuestra conciencia, llena todo el horizonte. Dios, revelado en su obra creativa y redentora, expone todas las mentiras. En el momento en que pronunciamos la palabra SEÑOR, la imponente falsedad del mundo queda al descubierto: vemos la verdad. La verdad acerca de mí es que Dios me ha creado y me ama. La verdad acerca de aquellos que están sentados junto a mí es que Dios los ha creado y los ama, y cada uno de ellos es, por consiguiente, mi semejante. La verdad acerca del mundo es que Dios gobierna y suministra todo lo necesario. La verdad sobre lo que está mal en el mundo es que yo y la persona que está sentada junto a mí hemos pecado al impedir que Dios esté con nosotros, sobre nosotros y dentro de nosotros. La verdad sobre lo que se encuentra en el centro de nuestras vidas y de nuestra historia es que Jesucristo fue clavado en la cruz por nuestros pecados y resucitado de la tumba para nuestra salvación, y que nosotros podemos participar en la vida nueva cuando creemos en él, aceptamos su misericordia, respondemos a su amor y prestamos atención a sus mandamientos.

John Baillie escribió: «Estoy seguro de que la parte del camino que más requiere iluminación es el punto donde se bifurca». El SEÑOR del salmista es un haz de luz que ilumina dicha bifurcación. El Salmo 120 es la decisión de tomar un camino y no el otro. Es el momento crucial que marca la transición desde la nostalgia que sueña en una mejor vida a la peregrinación escabrosa del discipulado de fe, desde el quejarse sobre lo mal que anda todo a la búsqueda de todo lo bueno.

Se dice y se canta esta decisión en todos los continentes y en todos los idiomas. Esta decisión se ha llevado a cabo en toda clase de vida, durante todos los siglos de la extensa historia de la humanidad. La decisión es calladamente (y a veces no tan calladamente) anunciada desde miles de púlpitos cristianos por todo el mundo cada domingo en la mañana. La decisión es testimoniada por millones de personas en hogares, fábricas, escuelas, negocios, oficinas y campos cada día de cada semana. La gente que toma la decisión y se deleita en ella es la llamada cristiana.

Un no que es un sí

El primer paso hacia Dios es un paso para alejarse de las mentiras del mundo. Es la renuncia a las mentiras que se nos han dicho sobre nosotros mismos y nuestros semejantes y nuestro universo. «¡Ay de mí, que soy extranjero en Mésec, que he acampado entre las tiendas de Cedar! ¡Ya es mucho el tiempo que he acampado entre los que aborrecen la paz!» Mésec y Cedar son nombres de lugares: Mésec es una tribu lejana, a miles de millas de Palestina en el sur de Rusia; Cedar es una tribu errante de reputación salvaje a lo largo de las fronteras de Israel. Ellas representan lo extraño y hostil. Si lo parafraseamos, el clamor es: «Vivo en medio de matones y bárbaros violentos; este mundo no es mi hogar y yo me quiero ir».

La palabra bíblica que se utiliza generalmente para describir el no que les expresamos a las mentiras del mundo y el sí que le pronunciamos a la verdad de Dios es arrepentimiento. Es, en todo momento y en todo lugar, la primera palabra de la vida cristiana. La predicación de Juan el Bautista era: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 3.2 RVR60). La primera predicación de Jesús fue igual a la de Juan: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 4.17 RVR60). Pedro puso fin a su primer sermón con las palabras: «Arrepentíos, y bautícese cada uno» (Hechos 2.38 RVR60). En el último libro de la Biblia, el mensaje a la séptima iglesia fue «sé fervoroso y arrepiéntete» (Apocalipsis 3.19 RVR60).

El arrepentimiento no es una emoción. No es el lamentar nuestros pecados. Es una decisión. Es decidir que nos hemos equivocado al suponer que podíamos manejar nuestra propia vida y ser nuestro propio dios; es decidir que nos hemos equivocado al pensar que poseíamos, o que podíamos obtener, la fuerza, educación y capacitación necesarias para arreglárnoslas solos; es decidir que se nos ha dicho una sarta de mentiras sobre nosotros mismos, nuestros semejantes y nuestro mundo. Y es decidir que Dios en Cristo Jesús nos está diciendo la verdad. El arrepentimiento es darnos cuenta de que lo que Dios desea de nosotros y lo que nosotros deseamos de Dios no lo vamos a lograr haciendo lo mismo de siempre, pensando de la misma manera que antes. El arrepentimiento es seguir a Jesucristo y convertirnos en peregrinos en la senda de la paz.

El arrepentimiento es la más práctica de todas las palabras y la más práctica de todas las acciones. Es una clase de palabra que tiene los pies sobre la tierra. Pone a la persona en contacto con la realidad creada por Dios. Elie Wiesel, refiriéndose a las historias de los hasídicos, dice que en los relatos de Israel de Rizhim, hay un tema que se repite una y otra vez: Un viajante se pierde en el bosque; está oscuro y él tiene miedo. El peligro se oculta detrás de cada árbol. Una tormenta rompe el silencio. El necio mira el relámpago; el hombre sabio mira el camino que yace–iluminado–delante de él.

Cada vez que le decimos que no a un modo de vida al que estamos muy acostumbrados, hay dolor. Pero cuando la forma en que vivimos es un sendero que conduce a la muerte, a la guerra, cuanto más rápido nos alejemos de él mejor. Existe una enfermedad que se desarrolla a veces en el cuerpo llamada adhesiones––parte de nuestros órganos internos se adhieren a otras partes del cuerpo. Es posible corregir esta enfermedad por medio de un procedimiento quirúrgico: una intervención decisiva. El procedimiento duele, pero los resultados son beneficiosos. Como dice la versión de Reina Valera 1960: «Libra mi alma, oh Jehová, del labio mentiroso, y de la lengua fraudulenta. ¿Qué te dará, o qué te aprovechará, oh lengua engañosa? Agudas saetas de valiente, con brasas de enebro.» La oración duplicada de Emily Dickinson es un epígrafe: «Repudio, ¡la virtud hiriente!»

Las saetas de Dios son las sentencias que apuntan a provocar el arrepentimiento. El dolor del fallo convocado sobre los malvados podría al mismo tiempo lograr que abandonen sus caminos engañosos y violentos para unirse a nuestra peregrinación por el camino de la paz. Todo dolor vale la pena si nos coloca en el sendero de la paz, dándonos libertad para ir, en Cristo, tras la vida eterna. Es la acción que viene tras la comprensión de que la historia no es un callejón sin salida, que la culpa no es un abismo. Es el descubrimiento de que siempre existe un camino que nos saca de la desesperación un camino que comienza con el arrepentimiento, o el regreso a Dios. Cada vez que encontramos al pueblo de Dios viviendo en medio de la desesperación, siempre hay alguien que proporciona esta palabra cargada de esperanza, mostrando la realidad de un día diferente: «En ese tiempo habrá un camino entre Egipto y Asiria. Los egipcios irán a Asiria, y los asirios a Egipto, y ambos pueblos adorarán a Dios» (Isaías 19.23). Todo Israel sabía que Asiria estaba en guerra––la visión los muestra en adoración. El arrepentimiento es el agente catalizador para el cambio. La consternación se transforma en lo que un profeta posterior describiría como evangelio.

Toda la historia de Israel se pone en marcha por medio de dos de dichos actos de rechazo del mundo, lo cual libera a la gente para que afirmen a Dios: «el rechazo de Mesopotamia en la época de Abraham y el rechazo de Egipto en la época de Moisés». Toda la sabiduría y la fortaleza del mundo antiguo se encontraban en Mesopotamia y Egipto. Pero Israel les dijo que no. A pesar de su prestigio, de la grandeza ensalzada e indiscutible que poseían ambos, había algo fundamentalmente ajeno y falso en esas culturas: «Yo amo la paz, pero si hablo de paz, ellos hablan de guerra». El poder mesopotámico y la sabiduría egipcia eran la fuerza y la inteligencia divorciadas de Dios, dirigidas hacia fines equivocados y produciendo resultados desacertados.

Las interpretaciones modernas de la historia son variaciones acerca de las mentiras de los habitantes de Mesopotamia y Egipto, en los cuales, como los describe Abraham Heschel, «el hombre reina supremo, con las fuerzas de la naturaleza como sus únicos enemigos posibles. El hombre está solo, libre, y cada vez más fuerte. Dios o no existe o es indiferente. La iniciativa humana es la que forja la historia, y es principalmente por medio de la fuerza que las constelaciones varían. El hombre puede obtener su propia salvación».

De manera que Israel dijo que no y se convirtió en un pueblo peregrino, escogiendo un camino de paz y de justicia a través de los campos de batalla de la falsedad y la violencia, encontrando un sendero a Dios a través del laberinto del pecado.

Sabemos que Israel, al decir que no, no regresó milagrosamente al Edén y vivió en una inocencia primitiva, o habitó místicamente en una ciudad celestial y vivió en un éxtasis sobrenatural. Ellos trabajaron y jugaron, sufrieron y pecaron en el mundo como todos los demás, y cómo aún lo hacen los cristianos. Pero ahora se dirigían hacia un lugar––iban en dirección hacia Dios. La verdad de Dios explicaba sus vidas, la gracia de Dios satisfacía sus vidas, el perdón de Dios renovaba sus vidas, el amor de Dios bendecía sus vidas. Él no los lanzó a una libertad que era diversa y gloriosa. La sentencia de Dios invocada en contra de los pueblos de Mésec y Cedar era, de hecho, una invitación agudamente expresada al arrepentimiento, pidiéndoles que se unieran a la marcha.

Entre las páginas más fascinantes de la historia de los Estados Unidos se encuentran aquellas que relatan las historias de los inmigrantes a estas orillas en el siglo diecinueve. Miles y miles de personas, cuyas vidas en Europa habían pasado a ser mezquinas y pobres, perseguidas y desgraciadas, se fueron. Habían escuchado hablar acerca de un lugar donde se podía comenzar de nuevo. Habían recibido informes de una tierra donde el ambiente era un desafío en vez de una opresión. En muchas familias se continúan relatando las historias, manteniendo viva la memoria del acontecimiento que convirtió en un americano a aquél que era un alemán, o un italiano, o un escocés.

Mi abuelo dejó Noruega hace cien años en el medio de una hambruna. Su esposa y sus diez hijos se quedaron atrás esperando que él regresara o que los buscara. Él vino a Pittsburgh y trabajó en una fundición de acero durante dos años, hasta que tuvo el dinero suficiente para volver y buscar a su familia. Cuando regresó con ellos, no se quedó en Pittsburgh, a pesar de que ésta había servido sus propósitos bastante bien la primera vez; continuó viajando hacia Montana, lanzándose a la tierra nueva, buscando un mejor lugar.

En todas estas historias de inmigrantes hay partes mixtas de evasión y aventura: la evasión de una situación no placentera, la aventura de una forma de vida mucho mejor, libres para hacer cosas nuevas, abiertos para crecer y crear. Todos los cristianos tienen, en mayor o menor medida, alguna variante de este cuento de inmigrantes. «¡Ay de mí, que soy extranjero en Mésec, que he acampado entre las tiendas de Cedar!» Pero no tenemos que vivir allí más. El arrepentimiento, la primera palabra en la inmigración cristiana, nos coloca en el camino para viajar en la luz. Es un rechazo que es también una aceptación; un irse que se transforma en una llegada; un no al mundo que es un sí a Dios.

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