Capítulo 4 del libro

embajadores wright

Capítulo 4

IMITANDO A DIOS

(Deuteronomio 10:12-22)

Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad?

He aquí, de Jehová tu Dios son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra, y todas las cosas que hay en ella. Solamente de tus padres se agradó Jehová para amarlos, y escogió su descendencia después de ellos, a vosotros, de entre todos los pueblos, como en este día. Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz. Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses, y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho; que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido. Amaréis, pues, al extranjero; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. A Jehová tu Dios temerás, a él solo servirás, a él seguirás, y por su nombre jurarás. Él es el objeto de tu alabanza, y él es tu Dios, que ha hecho contigo estas cosas grandes y terribles que tus ojos han visto. Con setenta personas descendieron tus padres a Egipto, y ahora Jehová te ha hecho como las estrellas del cielo en multitud (10:12-22).

Un acorde inicial de cinco notas

Este es uno de mis pasajes favoritos del Antiguo Testamento. Está cargado de sabiduría y perspicacia. La primera sección (10:12-13) es como un fantástico acorde inicial en el cual hay cinco notas distintas pero que, a la vez, suenan juntas en armonía. Moisés va in crescendo hacia el clímax de la sección introductoria del libro de Deuteronomio, que llegará en el capítulo 11, cuando desafía al pueblo a que elija la vida y la bendición en lugar de la muerte. Su «Ahora, pues, Israel…» del versículo 12 se parece al «Y, para finalizar…» de un gran sermón, o al «Por tanto…» de algunas de las cartas de Pablo (por ejemplo, en Romanos 12 y Efesios 4); se trata de una transición desde la gran enseñanza sobre lo que Dios ha hecho por nosotros en el pasado, hasta una afirmación de lo que él nos exige en consecuencia.

En el capítulo 9 asistimos a la gran apostasía de los israelitas en el Monte Sinaí y a cómo, a través de la intercesión de Moisés, Dios tuvo misericordia de su pueblo y les conservó la vida en lugar de destruirlos. Su magnífico perdón se describe en el 10:10: …y Jehová también me escuchó esta vez, y no quiso Jehová destruirte. Y así Dios ordenó a Moisés que guiara al pueblo en su presencia. Semejante misericordia y perdón hacen necesario, inevitablemente, que haya un «Por tanto…»

La obediencia sencilla

¿Qué es lo que Dios requiere de nosotros en respuesta a su amor misericordioso? Lo que nos pide es que le temamos, andemos en sus caminos, le amemos, le sirvamos y le obedezcamos. Consideraremos cada uno de estos requisitos, pero la esencia de lo que dice Moisés aquí es que la obediencia es, eminentemente, sencilla. No lo es en el sentido de que sea «fácil». Si fuera fácil obedecer a Dios, no habría necesidad de un libro como Deuteronomio ni sería necesaria tamaña exhortación. Pero la obediencia es, esencialmente, algo directo.

Primero, es sencilla porque sólo hay un Dios. El monoteísmo es una fe liberadora. Si una persona tiene una religión con un montón de dioses, tendrá problemas. Esa persona nunca puede estar segura de sí, al obedecer a un dios, no estará molestando a otro. De este modo, las religiones politeístas, cargadas de dioses y diosas en perpetua competencia, suelen presentar una moral confusa, mientras que la fe bíblica ofrece simplicidad moral debido a que sólo hay un Dios al que complacer y obedecer. Si hacemos lo que le complace, estaremos haciendo lo que está bien.

En segundo lugar, la obediencia es sencilla también porque este Dios único y vivo se ha tomado muchas molestias para que sepamos claramente cuál es su voluntad. En las circunstancias fundamentales de la vida no tenemos que ir a tientas, perdidos en la oscuridad, preguntándonos qué deberíamos hacer. En Deuteronomio 30:11-12, cerca del segundo gran clímax del libro, Moisés dice al pueblo de Israel: «Lo que os estoy ordenando ahora no es demasiado difícil para que lo consigáis, ni está fuera de vuestro alcance. No está escondido en los cielos, de modo que tengáis que preguntaros: ¿Quién subirá allá arriba para enterarse y transmitírnoslo, para que podamos obedecer?» En última instancia, no tenemos necesidad de que haya expertos en religión que, de alguna manera, accedan a la Palabra de Dios y descubran cuál es su voluntad para nosotros. Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas (30:14). Dios nos concedió su ley y su Palabra para que las obedezcamos.

Un punto de vista distorsionado sobre la ley del Antiguo Testamento sostiene que Dios nos dio esa ley como un estándar de conducta que nunca podríamos aspirar a alcanzar, de modo que nos hiciera caer de rodillas en nuestro desespero y, como consecuencia, llegáramos al evangelio. En semejante afirmación hay algo de verdad. La premisa que expone el evangelio es que, como seres caídos y pecaminosos, en última instancia no podemos obedecer a Dios y guardar su ley. Pero esto no es porque la ley divina se diseñara como algo que jamás podríamos cumplir. Los Salmos, así como otras partes del Antiguo Testamento, se regocijan en el hecho de que Dios nos haya revelado su voluntad y su Palabra, de modo que podamos saber cómo deberíamos vivir y, después, obedecerle y, al hacerlo, conocerle.

La obediencia es algo sencillo porque Dios ha dejado bien clara su voluntad. Tal y como dice el profeta Miqueas: Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios (6:8).

Esto es lo único que de verdad importa. ¿Teme usted a Dios? ¿Quiere andar en sus caminos? ¿Le ama? ¿Quiere servirle? ¿Desea obedecerle? Eso es lo que Dios espera. No se trata de «¿puede usted firmar todos los fundamentos de la fe que cualquiera ponga ante sus ojos?», aunque es importante que nuestra adoración sea auténtica, se base en la Biblia y complazca a Dios. Tampoco es cuestión de «¿tiene usted respuesta para toda pregunta y solución para todo problema?», aunque es importante que nos enfrentemos a las grandes preguntas de la vida. Una de las trágicas causas de división entre el pueblo de Dios es que muy a menudo hemos exigido a las personas más de lo que Dios les exige. Lo que Dios desea es el amor humilde y obediente de nuestros corazones.

Teme al Señor tu Dios

Temer a Dios no significa tenerle pánico, aunque, dentro del contexto del pecado y de la rebelión, sí que existe un ámbito en el que tener miedo a Dios, como nos lo ha recordado el capítulo 9. En el 10:12, temer a Dios significa tomarle en serio, tributarle el honor y respeto que le debemos porque él es Dios.

Deuteronomio 5:29 contiene una preciosa manifestación del amor de Dios hacia su pueblo. En el momento en que se transmitieron los Diez Mandamientos, el pueblo tenía tanto miedo a Dios y a lo que estaba sucediendo en el Monte Sinaí que le dijeron a Moisés que subiera a la montaña y escuchara lo que Dios tenía que decirle; mientras tanto, ellos esperarían al pie del monte a que él regresara. Dios, percibiendo el temor reverencial en sus corazones, dijo: Oh, si sus corazones se inclinaran a temerme y a guardar siempre mis mandamientos… Percibimos aquí la desilusión de Dios, dado que sabía que ellos no harían lo que él deseaba.

Los libros sapienciales veterotestamentarios nos dicen que el temor del Señor es el principio de la sabiduría. El principio esencial de toda vida de sabiduría es poner a Dios en primer lugar, y tomarle en serio, y viceversa: la esencia de la necedad es pasar a Dios por alto. Si una persona no teme a Dios, puede ser muy inteligente, pero nunca dejará de ser un necio rematado.

Camina en todas sus veredas

Deberíamos observar la manera en que Dios se mueve, y después andar sobre sus huellas. Tal y como dice un antiguo himno: Oh, que yo vea tus huellas, para en ellas pisar (véase O Jesus, I have promised to serve thee to the end). Y en Deuteronomio 5:32-33 leemos: Mirad, pues, que hagáis como Jehová vuestro Dios os ha mandado; no os apartéis a diestra ni a siniestra. Andad en todo el camino que Jehová vuestro Dios os ha mandado… No tiréis por algún desvío atractivo: seguid a Dios.

La expresión «andar en el camino del Señor» es el equivalente bíblico más aproximado a lo que podríamos llamar «ética veterotestamentaria». Conlleva tomar como modelo el carácter de Dios. Los caminos del Señor son la ética según la cual él nos ordena vivir. En Génesis 18:19 Dios reflexiona sobre su llamamiento a Abraham: Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio… Dios quería un pueblo que anduviera en sus caminos por medio de una vida centrada en la justicia, en medio de un mundo que caminaba según el modelo de Sodoma.

Ama al Señor tu Dios

En todo grupo de cinco elementos siempre hay uno en el centro. La nota central de las cinco que hallamos en Deuteronomio 10:12-13 es «el amor». Este texto me recuerda a uno de mis estilos favoritos de tocar el piano: el suave estilo «country» asociado a Floyd Cramer y Ched Atkins, donde la melodía se pierde en algún lugar entre las notas que uno va tocando, arropada por otras notas superiores e inferiores. El verdadero meollo de estos dos versículos es Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Éste es el primer y mayor mandamiento, que ya examinamos a fondo en el capítulo 2.

Sirve al Señor tu Dios

El término utilizado para «servir» es bastante fuerte; tiene connotaciones de servicio pleno y esclavitud. Es la palabra que se usa en referencia a la situación de Israel cuando servía a Faraón en Egipto. Aquella situación a Dios le resultaba tan intolerable que había enviado a Moisés a decirle a Faraón: Israel es mi hijo, mi primogénito (Éxodo 4:22). Los israelitas no deberían haber estado sirviendo a Faraón, sino a Dios. De modo que Dios ordenó a Faraón: Te he dicho que dejes ir a mi hijo, para que me sirva [y me adore] (Éxodo 4:23; el verbo hebreo tiene el doble significado de «servir» y «adorar»).

Aquellas personas a las que Dios había redimido y llevado a sí, recibían ahora el mensaje de que su objetivo más elevado era el de servir a Dios (Deuteronomio 10:12). Servir a alguien implica humildad, pero al mismo tiempo no existe un honor más alto que el de ser llamados siervos del Señor. Muy pocas personas en el Antiguo Testamento recibieron este apelativo de siervo del Señor. Moisés fue una de ellas. Más adelante, en el libro de Isaías, se aplicó el mismo título a aquel que sería perfecto en obediencia ante Dios, aquel que volvería a conducir al pueblo de Israel ante él y llevaría la luz de la salvación hasta los confines del mundo… el siervo del Señor.

Pon por obra los mandamientos del Señor

El término usado aquí expresa una atención cuidadosa y consciente a lo que dice Dios. Es parecido al lenguaje que podrían usar unos padres con sus hijos para asegurarse de que han entendido dónde tienen que ir y cómo llegar a casa. Evoca el modo en que Jesús les dijo a sus discípulos que tenían que ir y hacer discípulos entre todas las naciones, bautizándoles y enseñándoles a poner por obra todas las cosas que os he mandado (Mateo 28:20). Esta última frase parece sacada directamente de Deuteronomio. Hemos de ser unos discípulos que hagan discípulos, que llevemos a otras personas a ser obedientes en el servicio a Dios y en guardar sus mandamientos, tal y como nosotros procuramos hacerlo.

La simplicidad, unicidad y plenitud de este acorde de cinco notas produce un hermoso efecto. ¿Qué más puede importar en esta vida sino temer a Dios, andar en sus caminos, amarle, servirle y obedecerle?

Por tu propio bien

Para finalizar, seamos conscientes de cuál es la motivación para hacer estas cosas: para que tengas prosperidad (10:13). A veces las personas piensan que el propósito de obedecer la ley de Dios es, sencillamente, para que él esté contento. Es cierto que se complace cuando guardamos su ley, pero el motivo por el que él nos la dio no es para su propio beneficio, sino para el nuestro. Estamos hablando del Dios Creador de la raza humana, el Dios que sabe qué es lo mejor para su pueblo, y para todos los pueblos. Con frecuencia se describen los Diez Mandamientos como las instrucciones del Hacedor, siguiendo las cuales la vida humana funcionará óptimamente. La vida es más plena y feliz cuando guardamos la ley divina.

En el Antiguo Testamento, nunca se presenta la obediencia a Dios como una carga, o como algo que nos obliga a esforzamos para conseguir la salvación. Al contrario: en los Salmos la ley se describe como uno de los mejores dones de la amorosa gracia de Dios. Es algo precioso.

Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto a su tiempo… (Salmo 1:1-3).

El Salmo 19 describe la ley del Señor como más dulce que la miel y más preciosa que el oro. Éste no es el lenguaje de alguien que suda desesperado bajo la carga del legalismo, sino el de alguien que ha descubierto en la ley de Dios algo infinitamente precioso y bueno. En el Salmo 119 se describe la ley por medio de distintas metáforas. Es luz, es una lámpara, es comida, es agua, es vida, es el don de la gracia divina. ¡Qué trágico es cuando los cristianos convierten la obediencia en temible esclavitud o, por el contrario, cuando dicen que la moral bíblica es demasiado estrecha y contraria a nuestro bienestar! Dios nos dice que le amemos, le temamos, le sirvamos y le obedezcamos… por nuestro propio bien.

Una doble sinfonía de tres movimientos

Continuando con la metáfora musical, quisiera describir la segunda parte de este pasaje (10:14-19) como una doble sinfonía de tres movimientos con una sorpresa. Al estudiar la Biblia, debemos prestar atención a la forma, no sólo al contenido. A veces esto se denomina enfoque literario. Leyendo el texto como si fuera literatura, vemos cómo está construido y cómo el escritor le ha dado una forma estéticamente agradable.

La estructura de esta sección consiste en dos secuencias de tres versos. En los versículos 14 y 17 encontramos una expresión de alabanza propia de un himno. He aquí, de Jehová tu Dios son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra, y todas las cosas que hay en ella (10:14). Podemos casi percibir la música, que va in crescendo, mientras el coro se prepara para cantar esas palabras. Y entonces se vuelve al tema: Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses, y Señor de señores… (10:17). Casi podemos escuchar la orquesta afinando los instrumentos para tocar el Mesías de Händel. Cada uno de estos dos versículos va seguido de algo que podría resultar sorprendente después de oír semejantes grandezas acerca de Dios. El versículo 15 nos dice que solamente de tus padres se agradó Jehová para amarlos. Y, en el versículo 18, ese gran Dios defiende la causa del huérfano, la viuda y el extranjero. Entonces, después de cada uno de esos versículos, hallamos la forma en que deberíamos reaccionar. Por tanto, la secuencia es: alabanza a Dios por lo que es (versículos 14, 17); una sorpresa (versículos 15, 18); la respuesta que se nos exige (versículos 16, 19).

Propiedad universal

He aquí, de Jehová tu Dios son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra, y todas las cosas que hay en ella (10:14). Esta es la afirmación más sorprendente que podamos imaginar, sobre todo cuando recordamos que la hizo Moisés a favor de un puñado de personas que eran la segunda generación de esclavos escapados del imperio egipcio. El pueblo de Israel nunca fue una gran nación. Obtuvieron un imperio en miniatura en los tiempos de David y Salomón, pero en su mayor parte su historia se redujo a ser una nación pequeña entre los grandes imperios del antiguo Orienté próximo. Sin embargo, allí estaba Moisés, proclamando que su Dios, Yahvéh, era el propietario de los cielos y la tierra al completo. Ésta es la misma afirmación que aparece en los Salmos. Por ejemplo, el Salmo 24 empieza diciendo: De Jehová es la tierra y su plenitud. Y el 95 dice:

Porque Jehová es Dios grande, y Rey grande sobre todos los dioses. Porque en su mano están las profundidades de la tierra, y las alturas de los montes son suyas. Suyo también el mar, pues él lo hizo, y sus manos formaron la tierra seca (Salmo 95:3-5).

El mundo pertenece a Dios, porque él lo hizo. No hay absolutamente nada en la creación, en lo más alto de los cielos o en la tierra, que no pertenezca a Dios.

Y, sin embargo, algunos de los comentarios de Deuteronomio dicen que, de una u otra forma, esa afirmación estaba limitada únicamente a Israel y no constituía un verdadero monoteísmo; que los israelitas sólo afirmaban que Yahvéh tenía autoridad sobre ellos, de modo que ellos le adorarían sólo a él. Resulta difícil imaginar cómo pueden pensar esto los comentaristas. Si absolutamente todo lo que hay en los cielos y en la tierra pertenece a Yahvéh, ¡no es que a los demás dioses les quede mucho que repartirse!

Esto también nos reta a los cristianos evangélicos a que tengamos cuidado de no caer en un dualismo en el que tengamos a nuestro Dios para todas las cosas buenas y, para todas las malas, tengamos a otro dios distinto (podríamos llamarle Satanás). No niego la realidad de la maldad, de Satanás o de su reino, pero existe un malentendido por parte de los cristianos respecto a estas cosas, lo que les lleva a un punto de vista dualista sobre Dios y de Satanás que este texto no permite tener. Todo lo que hay en el cielo y en la tierra pertenece a Dios. Satán es sólo un ángel, una parte de la creación. Nunca deberíamos halagarle tratándole como un dios rival. Él carece de poder divino.

Una implicación ética de todo esto es que si toda la tierra pertenece a Dios, es que no nos pertenece a nosotros. Dios es el propietario de la finca. Nosotros somos arrendatarios, administradores, responsables ante Dios de cómo usamos los recursos de la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, así como de nuestra actitud frente a las demás personas, a nosotros mismos y a nuestra sexualidad. Uno de los principios más importantes del enfoque bíblico de la ética es que todo lo que existe pertenece a Dios.

Otra de las implicaciones importantes de este pensamiento tiene que ver con la misión cristiana. No hay una sola parte de este mundo que no pertenezca a Dios y, según los términos del Nuevo Testamento tal y como aparecen en Colosenses, también a Cristo. No existe un lugar donde no esté la presencia divina. Cuando en Mateo 28 Jesús estaba en el monte de la Ascensión y les dijo a sus discípulos que fueran a hacer más discípulos entre todas las naciones, ¿qué derecho tenía para ordenarlo, y nosotros para hacerlo? ¿Qué derecho tenemos de ir a las gentes de este mundo y decirles: Tienes que adorar al Señor, convertirte al cristianismo, someterte a Cristo, aceptar a Jesús como Señor? No tenemos más derecho que el derivado de que toda la tierra es del Señor, así como todo lo que hay en ella. Jesús introdujo el mandato de id y haced discípulos con las palabras Toda potestad me es dada en los cielos y en la tierra. Ése es su derecho de propiedad, manifestado como el fundamento de la misión cristiana, usando el lenguaje que emplea Deuteronomio al hablar de Yahvéh.

No debemos jamás minimizar esa increíble afirmación: Al Señor tu Dios pertenecen los cielos, los cielos de los cielos, la tierra y todo lo que hay en ella. Dejemos que nuestras mentes y corazones se llenen de tamaña maravilla, sobre todo cuando alzamos los ojos a las estrellas y contemplamos la vastedad de la creación.

Una elección sorprendente

Incluso en el original hebreo, la palabra «solamente» que introduce el 10:15 tiene el matiz de indicar una sorpresa. A pesar de su propiedad cósmica sobre toda la creación, de tus padres se agradó Jehová para amarlos, y escogió su descendencia después de ellos, a vosotros, de entre todos los pueblos, como en este día. Ésta es una traducción más precisa que «sobre todos los pueblos». Lo sorprendente es que, a pesar de su soberanía universal, Dios eligió centrar su amor en aquel reducido grupo de personas que fueron los antepasados de Israel. Tal y como enfatiza Deuteronomio 7, no por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos (7:7). Tanto si lo contemplamos desde el punto de vista de la grandeza de Dios o de la pequeñez de Israel, la elección que hizo Dios resulta sorprendente.

Es importante que comprendamos los versículos 14 y 15 a la luz que proyectan el uno sobre el otro. De otra forma, las afirmaciones que hacen se presentan separadas y se pueden entender mal. Deberíamos reconocer que es el Dios de la soberanía universal el que ha hecho esa elección específica de Israel y, por medio de ese pueblo, de todo el pueblo de Dios del que formamos parte. La propiedad es universal, pero la elección es específica. Pero también hemos de recordar que el Dios que amó, eligió, llamó y salvó a Israel es el Dios de quien es toda la tierra. Dentro de algunas de las formas de la teología cristiana existe la tendencia a irse a uno de los extremos. Algunas personas desean expresar la universalidad de Dios hasta tal punto que Dios se convierte en el Dios de todo el mundo; esto da como resultado un universalismo en el que no existe diferencia alguna entre una religión y otra, entre el pueblo de Dios y otro pueblo, o entre el Dios de Israel y otro dios. Esto no es bíblico. Dios ha elegido a un pueblo específico e histórico, el de Israel, por medio del cual Jesús vino al mundo, y se comprometió con ese pueblo concreto.

El otro peligro que corremos es el de enfatizar tanto la doctrina bíblica de la elección (que dice que somos personas que han llegado a Dios por medio del llamamiento y elección divinos) que acabemos en un exclusivismo de mente estrecha, sectario, que pierda de vista el hecho de que el Dios al que tenemos el privilegio de conocer en Cristo, el Dios que en Cristo nos ha llamado y elegido, es también el Dios del universo, el dueño de todas las cosas.

Circuncidad vuestros corazones

Podríamos esperar que semejante afirmación del amor de Dios hacia su pueblo viniera seguida de otra invitación consoladora, la de que por tanto se regocijaran y le alabaran. Hay lugares en el libro de los Salmos donde la elección de Israel por parte d€ Dios y su amor por este pueblo se convierten en la base de la adoración y el regocijo. Pero, dentro del contexto de Deuteronomio, Moisés quiere asegurarse de extinguir por completo, entre los israelitas, cualquier forma de orgullo mal enfocado por gozar de la posición de pueblo escogido por Dios. De modo que, en lugar de decirles que se alegren, les dice que deben circuncidar sus corazones y dejar de ser tan testarudos. Debían arrepentirse y recordar su historia. De una manera parecida, Dios transmitió, por medio de Amós, unas palabras impactantes: A vosotros solamente he conocido… por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades (Amós 3:2).

Aquellos elegidos para ser el pueblo de Dios tienen la responsabilidad de humillarse ante él, de serle obedientes mediante la circuncisión de sus corazones. Pablo no fue el primero en enseñar que debemos circuncidar nuestros corazones. La circuncisión física era la señal de pertenencia al pueblo de Dios, con todo el compromiso a una respuesta obediente y fiel que eso conllevaba. «La circuncisión del corazón» quiere decir que aquello que era un símbolo físico debía ser una realidad práctica en la vida: la auténtica sumisión a Dios y la obediencia voluntaria.

La soberanía universal

En la segunda sinfonía, la música vuelve a entrar en Deuteronomio 10:17: Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses, y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho; este texto introduce un segundo aspecto de la grandeza divina. No sólo es el Dios dueño del universo, sino que también ostenta la soberanía. La soberanía pactual de Dios sobre su pueblo es algo admitido: Yahvéh es nuestro Dios y no debemos tener otros. Pero este mismo Dios es también soberano sobre todas las naciones, sobre toda la tierra. No sólo es propietario del mundo, sino que lo gobierna. Y en esta faceta hay dos elementos involucrados.

Un Dios imparcial

Primero, al final del 10:17 vemos que Dios pone en práctica su soberanía en toda justicia. No demuestra parcialidad, ni acepta sobornos. No es que sea el mejor Dios que podemos permitirnos: es un Dios independiente, santo e imparcial, que ejerce su soberanía con justicia entre las naciones.

Podríamos sentirnos tentados a pensar que existe una contradicción en afirmar que Dios es imparcial (en 10:17) y que sin embargo eligió y amó a Israel (en 10:15). Pero entendamos como entendamos la naturaleza del amor electivo de Dios hacia su pueblo, no debemos interpretarlo como favoritismo. En estos versículos su imparcialidad corre pareja con su amor hacia Israel y su soberanía universal. Otra de las tragedias de la teología cristiana es que a veces la doctrina de la elección se ha convertido es un privilegio para unos pocos favorecidos, en lugar de ser una tremenda responsabilidad: que Dios nos ha llamado a su servicio por amor a otras naciones. La afirmación del versículo 15 sobre el amor de Dios hacia Israel está limitada, por un lado, por la afirmación de que Dios es propietario de toda la tierra, y por el otro, por la que sostiene que Dios no demuestra parcialidad alguna.

Un único y soberano Señor

En segundo lugar, notemos que la expresión «Dios es Dios de dioses y Señor de señores» supone una afirmación polémica. Contradice la posibilidad de que cualquier otro dios o señor disfrute de una auténtica soberanía sobre este mundo.

El mundo en el que vivían los israelitas se caracterizaba por lo que hoy llamaríamos «pluralismo religioso». Estaba repleto de distintos dioses nacionales, dioses de la naturaleza y todo tipo de cultos e idolatrías. Moisés era consciente de ello. De modo que una afirmación como la que hemos citado era totalmente intencionada. Lo que está diciendo es que Yahvéh, el Dios de Israel, es el Dios supremo sobre todas las demás naciones, todos los demás dioses y señores, sean quienes fueren.

Ésta es una afirmación que se hace dentro de un contexto histórico específico, en el libro de Jeremías. En Jeremías 27 vemos que en Jerusalén tuvo lugar una conferencia diplomática internacional para intentar resolver los problemas del Oriente Próximo. Los embajadores de las naciones colindantes, cada una con su propia cultura y sus dioses, habían acudido a Jerusalén por invitación del rey Sedequías, con el fin de firmar una alianza defensiva contra el poder de Babilonia. Dios le dijo a Jeremías que se presentara en la conferencia, interrumpiéndola cargado con un yugo para bueyes sobre sus hombros, y que dijera a los embajadores:

Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Así habéis de decir a vuestros señores: Yo hice la tierra, el hombre y las bestias que están sobre la faz de la tierra, con mi gran poder y con mi brazo extendido, y la di a quien yo quise. Y ahora yo he puesto todas estas tierras en manos de Nabuconodosor rey de Babilonia, mi siervo, y aun las bestias del campo le he dado para que le sirvan (Jeremías 27:4-6).

Hablar de esta manera a aquellas personas, con sus propios dioses y sus propias ideas sobre la religión y la soberanía era, por decirlo de una forma suave, políticamente incorrecto. Era una expresión de la soberanía universal de Yahvéh, contraria al pluralismo religioso del momento.

Ya hemos visto que la unicidad de Jesús en el Nuevo Testamento se basa en la unicidad de Yahvéh en el Antiguo. En Apocalipsis 17 apreciamos la soberanía de Yahvéh aplicada a la de Jesús: …y el Cordero los vencerá [a sus enemigos], porque él es Señor de señores y Rey de reyes; y los que están con él son llamados y elegidos y fieles (Apocalipsis 17:14). Y dos capítulos más tarde, en el 19: Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES (19:16). Pablo expresa la misma idea con las palabras familiares de Colosenses 1:15-17:

Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.

La exaltación de Cristo se basa en la de Yahvéh, el Dios de Israel. Hemos de comprender la unidad de la Biblia cuando hace estas grandes afirmaciones en el Antiguo y el Nuevo Testamento.

El amor hacia el extranjero

En Deuteronomio 10:18 llega la segunda sorpresa. ¿Qué es lo que hace este Dios de dioses, este Señor de señores? Hace justicia al huérfano y a la viuda; ama también al extranjero dándole pan y vestido.

Esta definición de Dios contrasta radicalmente con la manera en que los vecinos de Israel en el Oriente Próximo consideraban a sus propios dioses. A Marduk, el dios de Babilonia, se le atribuía una grandeza similar a la de Yahvéh. También había otros dioses que eran exaltados y adorados como grandes deidades. Pero eran grandes dioses que respaldaban el poder de los poderosos, que amparaban a reyes y nobles. Las que se beneficiaban de esos dioses eran las autoridades humanas. Pero Yahvéh, el Dios de Israel, no se adaptaba a esa imagen de cómo debía ser un dios. Él es el dueño del mundo, lo gobierna, pero cuando se dedica a hacer lo que más le gusta, lo encontramos entre los pobres, los débiles y los marginados, aquellos que no tienen hogar, familia o amigos.

Ésta es la sorprendente naturaleza del Dios de la Biblia. El poder de aquel que es Dios de dioses, que posee los cielos, se canaliza para llegar a los que carecen de hogar, al extranjero, al necesitado. Encontramos algo parecido en Isaías 40, donde los versículos 12-26 describen la grandeza, poder y majestad de Dios como Creador, concluyendo en el 40:28: ¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? Aquí tenemos quién es Dios. Sin embargo, él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas (40:29). ¡Menudo contraste con los dioses del mundo antiguo, que daban poder al que ya era poderoso y fortalecían al fuerte!

En Deuteronomio 10:18 hallamos algo especialmente precioso: se destaca el amor que siente Dios por el extranjero. Se trata de un aspecto de la imparcialidad de Dios que ame a aquellos marginados, los alimente y los vista. Esto es exactamente lo que Deuteronomio 8 nos dice que hizo Dios por Israel cuando estaban en el desierto. Los alimentó, los vistió y los mantuvo con vida, porque él es el Dios que ama al extranjero.

Y amarás…

Si deseamos imitar a Dios, ¿qué hemos de hacer? El versículo 19 es muy explícito. Si Dios ama al huérfano, a la viuda y al extranjero, también nosotros debemos amarles. Quizá es esto lo que tenía en mente Moisés cuando dijo que deberíamos andar en los caminos de Dios. Puede que alguien preguntara qué significaba eso, asumiendo que hay personas que desean genuinamente amar y servir al Señor. Aquí Moisés nos dice que el camino del Señor implica amar al extranjero, dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, cuidar al desamparado, al que no tiene hogar, al huérfano y a la viuda. Éstas son las maneras en que podemos imitar a Dios.

Esa expresión tan precisa, «y amarás», aparece sólo cinco veces en el original hebreo del Antiguo Testamento. Dos de las veces se refiere a Dios: Y amarás al Señor tu Dios. El tercer caso es el de Levítico 19:18, que dice literalmente: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y en Levítico 19:34, junto con Deuteronomio 10, tenemos la frase literal de [al extranjero que more entre vosotros] y lo amarás como a ti mismo. El amor que demostramos, para que se parezca al amor divino, no debería limitarse a aquellos en quienes nos gusta pensar como prójimo. Tal y como señalaba Jesús en la parábola del buen samaritano, nuestro prójimo es el extranjero (el judío desde el punto de vista del samaritano). Moisés va directamente al grano. Si realmente deseamos andar en los caminos del Señor, tendremos que amar a aquellos que tienen una necesidad más profunda de nuestro amor, aquellos que normalmente se ven excluidos de la experiencia del amor.

Este amor práctico y compasivo hacia el necesitado es precisamente el modo en que Jesús definió la respuesta correcta a su persona. También es como Santiago define la religión que es auténtica y aceptable a Dios: cuidar a los necesitados, en especial las viudas (Santiago 1:27). Estos son los términos en los que debemos leer tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo, términos en los que debemos medir la genuinidad de nuestra respuesta a Dios.

Una de las cosas que me preocupa de nuestro cristianismo moderno es que hay personas que desean propagar, correctamente, ciertos temas de índole moral, sobre todo en el área de la moralidad sexual, y que sin embargo parecen interesarse poco por algunas de las espantosas realidades de nuestra sociedad: la situación de los sin techo, los pobres, los marginados, los refugiados, los inmigrantes y los que buscan asilo. Resulta esperanzador que haya habido cristianos que se han dedicado a la causa de personas que están en la cárcel por buscar asilo político. La Biblia nunca dice que los pobres y los necesitados no tengan pecado, pero sí que debemos examinar su caso y garantizar que reciban justicia.

Dejemos que nuestros corazones latan con el amor de Dios. Que nuestra pasión nazca del carácter de Dios, el Dios que posee y gobierna el mundo, quien, en su amor y misericordia, nos eligió y atrajo a sí mismo, de modo que llevemos la compasión de nuestro Señor Jesucristo a un mundo necesitado de ella. Así haremos lo que el Señor nuestro Dios nos demanda: temerle, andar en sus caminos, amarle, servirle y guardar sus mandamientos.

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