Capítulo 3 del libro

embajadores wright

PRESENTÁNDONOS DELANTE DE DIOS

(Deuteronomio 9:1·20)

En muchos de los capítulos de Deuteronomio, Moisés se involucra en un diálogo imaginario con lo que los israelitas podían estar diciéndose a sí mismos. Eso es lo que suelen hacer los buenos predicadores. Un buen ejemplo es el que hallamos en Deuteronomio 7:6- 7, donde Moisés desafía cualquier pensamiento que pudieran tener los israelitas acerca de que Dios les amaba porque eran, en algún sentido, superiores a otras naciones. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos. Dios no estaba impresionado por ninguna afirmación de que Israel fuera un pueblo grande y poderoso. Era una nación diminuta, rodeada de grandes imperios, pero Dios la amaba porque tenía un propósito para ella, el de bendecir a las demás naciones.

Deuteronomio 8:17 nos transmite un mensaje parecido: … y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. Aparte de la arrogancia racial sugerida en el capítulo anterior, Moisés ahora considera cierto tipo de prepotencia económica, y procede a desinflarla rápidamente en el 8:18. Luego, en el 9:4, centra su ataque en la pretensión de autojustificación: No pienses en tu corazón cuando Jehová tu Dios los haya echado [a los otros reinos] delante de ti, diciendo: Por mi justicia me ha traído Jehová a poseer esta tierra.

Existe una tentación muy humana que es la de concedemos todo el crédito a nosotros mismos (en términos de racismo, materialismo económico o superioridad moral), sobre todo después de una victoria militar. En cada uno de estos casos, Dios dice que no es correcto pensar así.

El punto de vista que se nos presenta ahora, en el capítulo 9, se concentra en el juicio de Dios, aunque, sin embargo, y si lo leemos cuidadosamente, apreciaremos la gracia divina que fluye por todo el texto. La primera parte del capítulo nos ofrece una descripción del juicio de Dios sobre los malvados, y las implicaciones morales que se derivan del mismo. La segunda parte trata del juicio que hace Dios sobre su propio pueblo, así como de las consecuencias de ese juicio.

El juicio de los impíos

Oye, Israel: tú vas hoy a pasar el Jordán, para entrar a desposeer a naciones más numerosas y más poderosas que tú, ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo; un pueblo grande y alto, hijos de los anaceos, de los cuales tienes tú conocimiento, y has oído decir: ¿Quién se sostendrá delante de los hijos de Anac? Entiende, pues, hoy, que es Jehová tu Dios el que pasa delante de ti como fuego consumidor, que los destruirá y humillará delante de ti; y tú los echarás, y los destruirás en seguida, como Jehová te ha dicho.

No pienses en tu corazón cuando Jehová tu Dios los haya echado de delante de ti, diciendo: Por mi justicia me ha traído Jehová a poseer esta tierra; pues por la impiedad de estas naciones Jehová las arroja de delante de ti. No por tu justicia, ni por la rectitud de tu corazón entras a poseer la tierra de ellos, sino por la impiedad de estas naciones Jehová tu Dios las arroja de delante de ti, y para confirmar la palabra que Jehová juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob. Por tanto, sabe que no-es por tu justicia que Jehová tu Dios te da esta buena tierra para tomarla; porque pueblo duro de cerviz eres tú (9:1-6).

Así, el capítulo 9 comienza con la reafirmación de la presencia y poder divinos, y con la promesa de que él iría delante de los israelitas para obtener la victoria sobre sus enemigos. La generación anterior no había creído esa promesa, por lo cual fracasó. Ahora Moisés exhorta a la siguiente generación para que siga adelante. Aunque la lucha física iba a correr a cargo de los israelitas, la iniciativa y el poder vendrían de Dios. Éste es un pasaje que da pie a diversos temas.

El mérito de la victoria

Primero, cuando ya se hubieran luchado las batallas y el polvo volviera a asentarse, ¿qué iba a suceder? En medio de la euforia israelita por las victorias obtenidas, sentirían la tentación de felicitarse por ellas, diciéndose que habían vencido por ser un pueblo tan grande y justo, por ser aquellos que gozaban del favor de Dios.

Por medio de Moisés, Dios les recuerda que no pueden atribuirse el mérito de ser el pueblo de Dios. Esto se debe simplemente al hecho de que Dios les amaba y les había escogido. Dado que no podían atribuirse ese mérito de la elección divina, tampoco podían creer que habían sido ellos los que habían vencido en las batallas. Nosotros no somos cristianos porque merezcamos serlo, ni seguiremos siéndolo por el mismo motivo. Tanto en nuestro llamamiento como en nuestro progreso en la vida cristiana, dependemos de la gracia de Dios y de su poder, y no de nuestra propia justicia.

En el 9:4-6 vemos cómo Moisés responde a las preguntas del pueblo. La Nueva Versión Internacional utiliza comillas en una parte del versículo 4, en la relativa a la afirmación del pueblo de que «por mi justicia me ha traído Jehová a poseer esta tierra», pero no las usa en la segunda parte del versículo, que según esta versión es la respuesta de Moisés: pues por la impiedad de estas naciones Jehová las arroja de delante de ti. Esto puede llevamos a cierta confusión. Es probable que los israelitas se sintieran inclinados a afirmar que Dios les había concedido la victoria por dos motivos: su justicia como pueblo de Dios, y la maldad de las naciones. Esto evidencia una sencilla lógica binaria. ¿Quién ha ganado? Nosotros. De modo que, ¿quiénes son justos? Nosotros. ¿Y los malos? Ellos. Esto convierte toda la historia de la conquista en una película del Oeste, donde queda muy claro quiénes son los buenos y quiénes los malos. Sin embargo, Moisés ataca esta ecuación tan simplista, negando una parte de ella y afirmando la otra. Era cierto que Dios juzgaría a los cananeos por sus maldades. Pero no era válido que los israelitas, entonces, llegaran a la conclusión de que ellos sí eran justos.

Moisés refuerza esta idea declarando, en el 9:5, que Dios concedió la victoria a Israel no simplemente debido a la maldad de sus enemigos, sino debido a la fidelidad de Dios conforme a lo que prometió a Abraham y a Jacob. Había prometido conceder a Israel aquellas tierras, y pensaba mantenerlo. Si hubiera dependido de la justicia del pueblo, no hubieran conseguido ninguna victoria; éstas no se debían a la justicia de los israelitas, sino que se consiguieron a pesar de su «dureza de cerviz». El versículo 6 acaba diciendo: Jehová tu Dios te da esta buena tierra para tomarla; porque pueblo duro de cerviz eres tú. Si habían llegado hasta aquel punto, había sido exclusivamente por la gracia de Dios.

¿Qué nos dicen a nosotros estos versículos? Desde un punto de vista teológico, encajan con el resto de las Escrituras al afirmar la gracia de Dios y negar que cualquier pretensión que tenga el hombre respecto a Dios se desprende de su propia justicia. Israel quería poder vanagloriarse, y Dios les dijo que no tenían motivos para hacerlo. Podemos comparar este pasaje con Romanos 3, donde Pablo pregunta si, debido al enorme privilegio de haber recibido la revelación y el pacto divinos, el pueblo de Israel era moralmente superior a los gentiles. Y su respuesta es que no, que no es así. En Romanos 3:1 pregunta: ¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿O de qué aprovecha la circuncisión? Y responde: Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios (3:2). Pero entonces continúa diciendo: ¿Qué, pues? ¿Somos nosotros [los judíos] mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios (3:9-11). Y entonces llegamos a ese versículo tan famoso: Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios… (3:22b-23). Tanto si somos judíos como gentiles, todos estamos en la misma condición delante de Dios, como seres pecadores, obstinados, duros de entendederas y rebeldes.

Dios quiere asegurarse de que aquellos a los que ha redimido y capacitado para alcanzar la victoria (en términos tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo) no empezamos a asumir ese lustre de orgullo y complacencia en nosotros mismos que nos llevaría a pensar que Dios es bueno con nosotros gracias a alguna cualidad personal. Si somos redimidos y tenemos victoria es debido únicamente a la gracia de Dios, y a nada más.

La justicia de la conquista

En segundo lugar, tenemos el problema de la conquista. Dios envió a los israelitas a Canaán para que atacaran a la civilización que moraba en aquel territorio, para que destruyeran a los pueblos que allí vivían, sus comunidades y su religión. Cada vez que alguien da clases sobre el Antiguo Testamento aparece la misma pregunta: ¿Cómo podemos encajar nuestra creencia en el amor de Dios con su mandato de aniquilar a los cananeos? Deuteronomio 9 nos ayuda a colocar el problema en su perspectiva correcta, aunque es posible que no dé respuesta a todas nuestras preguntas. Pero sitúa la conquista de Canaán dentro de la estructura moral de un acto de justicia divina, y su juicio sobre la maldad de los cananeos. Aquí Dios ejercitó su gobierno soberano, justo y providencial dentro de la historia humana.

El hecho de que los cananeos fueran juzgados debido a su maldad es perfectamente coherente con el punto de vista de todo el Antiguo Testamento, reflejado en pasajes de Hebreos y demás libros neotestamentarios. La primera indicación de esto la hallamos en Génesis 15, cuando Dios, habiendo renovado su promesa pactual a Abraham, la de bendecirle y convertirle en una gran nación, le dijo que sus descendientes irían a parar a un país donde padecerían esclavitud durante varias generaciones. Entonces, según Génesis 15:16, Dios dijo: Y en la cuarta generación volverán acá; porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí. Los amorreos, que vivían en Canaán, aún no habían alcanzado el grado de perversidad que justificaría el juicio de Dios sobre ellos, pero llegaría el día en que su sociedad estaría tan corrompida, sería tan cruel e injusta, que el juicio de Dios y su destrucción de esas naciones serían actos de justicia.

Éste es un tema que se vuelve más explícito en Levítico. Levítico 18 incluye una lista de los pecados que se ordenó a Israel que no debía cometer: todo tipo de perversiones e inmoralidad, incluyendo el sacrificio de niños; este pasaje concluye diciendo:

En ninguna de estas cosas os amancillaréis; pues en todas estas cosas se han corrompido las naciones que yo echo de delante de vosotros, y la tierra fue contaminada (18:24).

 De forma similar leemos en Levítico 20:

Guardad, pues, todos mis estatutos y todas mis ordenanzas, y ponedlos por obra, no sea que os vomite la tierra en la cual yo os introduzco para que habitéis en ella. Y no andéis en las prácticas de las naciones que yo echaré de delante de vosotros; porque ellos hicieron todas estas cosas, y los tuve en abominación (20:22-23).

Según estos pasajes, queda claro que el pecado endémico de los cananeos era el motivo moral por el cual Dios envió su juicio sobre ellos. No se trató de un episodio de violencia arbitraria, sino de merecido castigo.

Un Dios sin favoritismos

Otro punto importante, que muchas veces se pasa por alto, es que en los mismos pasajes en que Dios declara su intención de expulsar a los cananeos debido a sus maldades, también dice a los israelitas que, si ellos se comportan de la misma manera, también los expulsará de la tierra que les da. Si su pueblo siguiera el camino del pecado y la maldad, la idolatría y la inmoralidad, Dios emitiría sobre ellos exactamente el mismo juicio que contra los cananeos. Y eso es precisamente lo que pasó en la historia posterior de Israel. Dios no tiene favoritos. La conquista no fue cuestión de que Dios favoreciera a la nación por la que sentía más apego. Dios es un Dios coherente, que guarda sus promesas y sus amenazas contra todas las naciones del mundo, en el contexto de sus actos de juicio soberano.

Sin embargo, el punto principal que debían entender los israelitas era que la maldad de los cananeos no era la contrapartida de la justicia del pueblo de Israel. En un entorno bélico, tanto en la antigüedad como hoy día, supone toda una tentación asumir que el que vence es quien tiene la razón, y el que pierde quien está equivocado: Dios sonríe a los justos y juzga a los malvados. Según Deuteronomio 9, éste no es el caso. Dios puede utilizar incluso a aquellos que están muy lejos de ser justos para poner en práctica sus actos de juicio y de justicia en la historia del mundo. La maldad cananea no hacía justos a los israelitas, y el uso que hizo Dios del pueblo de Israel como agente de su juicio no se basaba en la premisa de que fueran más justos que las demás naciones.

Debemos tener en mente esta perspectiva cuando contemplemos la historia moderna. Uno de los aspectos más nefastos de la Guerra del Golfo, tras el horror de todo lo que sucedió en ella, con su espantoso derramamiento de sangre y destrucción, fue el modo en que los vencedores se regodearon en su propia justicia. Se presentaron como los defensores de todo lo que es correcto, de todo lo bueno y lo libre, enfrentados a las fuerzas del mal representadas por el enemigo. Pero lo que hay que decir es que el resultado de la guerra, en tanto en cuanto representa cierto tipo de justicia, no provino de la justicia de los hombres, sino de los actos soberanos de Dios en la historia de la humanidad.

El juicio sobre el pueblo de Dios

Acuérdate, no olvides que has provocado la ira de Jehová tu Dios en el desierto; desde el día que saliste de la tierra de Egipto, hasta que entrasteis en este lugar, habéis sido rebeldes a Jehová. En Horeb provocasteis la ira de Jehová, y se enojó Jehová contra vosotros para destruiros. Cuando yo subí al monte para recibir las tablas de piedra, las tablas del pacto que Jehová hizo con vosotros, estuve entonces en el monte cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua; y me dio Jehová las dos tablas de piedra escritas con el dedo de Dios; y en ellas estaba escrito según todas las palabras que os habló Jehová en el monte, de en medio del fuego, el día de la asamblea.

Sucedió al fin de los cuarenta días y cuarenta noches, que Jehová me dio las dos tablas de piedra, las tablas del pacto. Y me dijo Jehová: Levántate, desciende pronto de aquí, porque tu pueblo que sacaste de Egipto se ha corrompido; pronto se han apartado del camino que yo les mandé; se han hecho una imagen de fundición.

Y me habló Jehová, diciendo: He observado a este pueblo, y he aquí que es pueblo duro de cerviz. Déjame que los destruya, y borre su nombre de debajo del cielo, y yo te pondré sobre una nación fuerte-u mucho más numerosa que ellos.

Y volví y descendí del monte, el cual ardía en Juego, con las tablas del pacto en mis dos manos. Y miré, y he aquí habíais pecado contra Jehová vuestro Dios; os habíais hecho un becerro de fundición, apartándoos pronto del camino que Jehová os había mandado. Entonces tomé las dos tablas y las arrojé de mis dos manos, y las quebré delante de vuestros ojos.

Y me postré delante de Jehová como antes, cuarenta días y cuarenta noches; no comí pan ni bebí agua, a causa de todo vuestro pecado que habíais cometido haciendo el mal ante los ojos de Jehová para enojarlo. Porque temí a causa del furor y de la ira con que Jehová estaba enojado contra vosotros para destruiros. Pero Jehová me escuchó aun esta vez. Contra Aarón también se enojó Jehová en gran manera para destruirlo; y también oré por Aarón en aquel entonces. Y tomé el objeto de vuestro pecado, el becerro que habíais hecho, y lo quemé en el Juego, y lo desmenucé moliéndolo muy bien, hasta que fue reducido a polvo; y eché el polvo de él en el arroyo que descendía del monte.

También en Tabera, en Masah y en Kibrot-hataava provocasteis a ira a Jehová.

 Y cuando Jehová os envió desde Cades-barnea, diciendo: Subid y poseed la tierra que yo os he dado, también fuisteis rebeldes al mandado de Jehová vuestro Dios, y no le creísteis, ni obedecisteis a su voz. Rebeldes habéis sido a Jehová desde el día que yo os conozco (9:7-24).

El objetivo de Deuteronomio 9 es el de desinflar la tentación que Israel podía sentir de caer en la arrogancia y la autojustificación. Siguiendo a la declaración de que Dios les da la victoria sobre las demás naciones debido a la maldad de éstas, podríamos esperar que Moisés comentara algunas de esas perversiones. Más adelante, en el capítulo 12, sí describe un poco cuál era el horror de la civilización cananea: No harás así a Jehová tu Dios; porque toda cosa abominable que Jehová aborrece, hicieron ellos a sus dioses; pues aun a sus hijos y a sus hijas quemaban en el fuego a sus dioses (12:31). Pero en el capítulo 9, en lugar de catalogar las maldades de las otras naciones, Moisés expone una lista de los fracasos del propio pueblo de Dios, y de sus juicios contra ellos. Les dice: Desde el día que salisteis de la tierra de Egipto, hasta que entrasteis en este lugar, habéis sido rebeldes a Jehová; y también: Rebeldes habéis sido a Jehová desde el día que yo os conozco (9:24). Moisés no se guarda ningún golpe: quiere que los israelitas sean conscientes de su propia historia y de lo que significa que sigan siendo el pueblo de Dios a pesar de ella.

El principal ejemplo del fracaso de los israelitas es la gran rebelión que tuvo lugar en el Monte Sinaí. Pero Moisés hace una pausa antes de describir ese acontecimiento, para comentar: También en Tabera, en Masah y en Kibrot-hataava provocasteis a ira a Jehová. Y cuando Jehová os envió desde Cades-barnea, diciendo: Subid y poseed la tierra que yo os he dado, también fuisteis rebeldes al mandato de Jehová vuestro Dios, y no le creísteis ni obedecisteis a su voz (9:22-23). En otras palabras, Moisés podía haber elegido muchas más ocasiones para evidenciar la rebelión y la maldad de Israel.

La apostasía de Israel

Pasemos a examinar la rebelión al pie del Monte Sinaí (Horeb). Deuteronomio 9:8 dice: En Horeb provocasteis a ira a Jehová, y se enojó Jehová contra vosotros para destruiros. Unas palabras muy fuertes. La palabra «destruir» es exactamente la misma que la que se usa en el versículo 3 para describir lo que Dios iba a hacer con las naciones cananeas. Moisés recuerda a los israelitas que hubo una ocasión en la que Dios estuvo tan enojado con ellos que estuvo dispuesto a destruirlos. Una vez más, esto desinfla cualquier pretensión arrogante relativa a la conquista. Si Israel había sobrevivido hasta aquel momento, era sólo por gracia.

El relato, a partir del versículo 9, es un repaso de la gran apostasía que supuso el becerro de oro de Éxodo 32-34. Moisés había subido al monte para recibir los Diez Mandamientos. Mientras tanto el pueblo, allá abajo, habiendo perdido su confianza en Moisés mientras éste estaba ausente, pidieron a Aarón que hiciera algo para ayudarlos. De modo que Aarón les pidió que entregaran sus pendientes y su oro, y fundiéndolos hizo un becerro de oro, aunque más tarde, cuando Moisés le pidió una explicación, Aarón le dijo que ellos se habían limitado a echar el oro en el horno, y de allí salió, ya formado, un becerro. Una vez el ídolo estuvo hecho, el pueblo no sólo se inclinó y lo adoró, sino que cayó en la disipación y la inmoralidad. Fue un acto monumental de apostasía y de pecado.

La ira de Dios

Dios estaba tan airado contra ellos que estuvo a punto de repudiar el pacto del Sinaí. Estuvo en un tris de decirle a aquel pueblo (a quien le había dicho en el Sinaí que Tú me serás por pueblo, y yo te seré por Dios) que ya no eran su pueblo. Recuerdo al hijo pequeño de Oseas, llamado Lo-Ammi, que quiere decir «No mío», y a su hija, Lo-Ruhamah, cuyo nombre significa «No amada». Oseas tuvo que poner estos nombres tan terribles a sus hijos como señales proféticas de lo que Dios sentía por Israel, que ya no eran el pueblo de su pacto.

El hecho de que Moisés rompiera las tablas de piedra en las que estaban escritos los Diez Mandamientos dejaba bien claro que el pacto del Sinaí se había roto. Moisés no las lanzó al suelo porque se le cayeran de puro asombro. Las lanzó voluntariamente al suelo ante los ojos del pueblo, como para declarar roto el pacto: Dios los rechazaba como pueblo.

Pero aún tenían que pasar cosas peores. En el 9:13, Dios le dice a Moisés: He observado a este pueblo, y he aquí que es pueblo duro de cerviz. Déjame que los destruya, y borre su nombre de debajo del cielo, y yo te pondré sobre una nación fuerte y mucho más numerosa que ellos. Éxodo 32:12 es aún más fuerte: Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande. Éste es un eco claro del pacto con Abraham. Dios había prometido a Abraham que le convertiría en una gran nación. Ahora estaba diciendo a Moisés exactamente lo mismo. Borraría por completo al pueblo de Abraham y volvería a empezar con Moisés, para crear el pueblo de Moisés. Algunos comentaristas sugieren que esto es un eco del diluvio: Dios estaba dispuesto a destruir a la totalidad de su pueblo, comenzando de cero a partir de un solo hombre, como había hecho con Noé. La ira de Dios es aterradora, y Moisés debió de temblar al escuchar esas palabras.

Es importante que nos aferremos a las maravillosas verdades bíblicas acerca de la promesa divina de que, una vez hemos pasado a formar parte de su pueblo, siempre formaremos parte de él, y es esencial que seamos conscientes de su fidelidad, misericordia y gracia, que nos acompañarán hasta el final. Pero no podemos permitir jamás que eso nos haga sentirnos complacidos por el pecado y la idolatría presentes en el pueblo de Dios. Debemos tomamos muy en serio las enseñanzas bíblicas sobre la ira de Dios, dirigida incluso hacia su propio pueblo. Recordemos la advertencia de Jesús hacia aquellas personas que le llamaban Señor, Señor, pero a quienes diría el día del juicio: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad (Mateo 7:23). Recordemos las advertencias en Hebreos de qué terrible es, para aquellos que una vez conocieron al Dios viviente, caer luego en sus manos (Hebreos 10:26-31). Son pasajes difíciles. Los teólogos se sienten confusos frente a ellos. Pero lo cierto es que tiene que haber un juicio sobre el pecado, y que el pecado dentro del pueblo de Dios suscita la ira divina. Esto va dirigido a los que adoptan el punto de vista de que Dios les ha salvado, y que por tanto tienen asegurado un lugar en los cielos, por lo cual no hay motivo para no pecar (cfr. Romanos 6:1 y ss.).

Una vez hubo destruido las dos tablas, Moisés tomó el becerro de oro, lo quemó en el fuego y lo molió hasta convertirlo en polvo, que luego echó en un arroyo. Otro relato nos dice que no sólo echó el polvo al agua, sino que obligó al pueblo a beberla (Éxodo 32:20). De esta manera fue destruido el propio acto de idolatría.

La intercesión de Moisés

Me postré, pues, delante de Jehová; cuarenta días y cuarenta noches, estuve postrado, porque Jehová dijo que os había de destruir. Y oré a Jehová, diciendo: Oh Señor Jehová, no destruyas a tu pueblo y a tu heredad que has redimido con tu grandeza, que sacaste de Egipto con mano poderosa. Acuérdate de tus siervos Abraham, Isaac y Jacob; no mires a la dureza de este pueblo, ni a su impiedad ni a su pecado, no sea que digan los de la tierra de donde nos sacaste: Por cuanto no pudo Jehová introducirlos en la tierra que les había prometido, o porque los aborrecía, los sacó para matarlos en el desierto. Y ellos son tu pueblo y tu heredad, que sacaste con tu gran poder y con tu brazo extendido (9:25-29).

En este punto de Deuteronomio 9:25-29, así como en Éxodo 32-33, encontramos la sorprendente intercesión de Moisés. Dios había amenazado con renunciar al pacto del Sinaí, y al pacto con Abraham, y comenzar de nuevo con Moisés. Con una sorprendente valentía, Moisés levanta sus manos ante Dios y se acerca lo más que podamos imaginar a reprenderle. Se nos dice que Moisés estaba más cerca del corazón de Dios que cualquier otro ser humano. Era el humilde amigo y siervo del Señor, hablaba con él cara a cara, y era capaz de hacerlo en estos términos. Pero, a pesar de todo, no podemos por menos que asombramos.

Pensemos en la tentación que Dios estaba presentando a Moisés. Dios le estaba diciendo que él podía ser su nuevo Abraham. El futuro pueblo de Dios sería llamado el pueblo de Moisés, no de Abraham o de Israel. Pensemos en cómo se sentiría Moisés, habiéndose enfrentado con aquel pueblo que no paraba de quejarse, un pueblo rebelde durante todo el tiempo que los había conducido, y que ahora se enfrentaba a la posibilidad de que Dios los borrara del mapa y comenzara de nuevo a partir de él. Muchos ministros cristianos se han visto enfrentados a una tentación parecida. Dentro de una iglesia concreta, uno puede pasarlo muy mal. ¿Cuál es el camino más fácil? Levantarse y marcharse. Comenzar un ministerio paraeclesial donde uno pueda ser su propio jefe. Aquí vemos a Moisés no sólo como el intercesor modelo de su pueblo, sino también como el líder modelo del pueblo de Dios. Estaba comprometido con ellos. En lugar de sentirse tentado a pensar que Dios destruiría a aquellos rebeldes y empezaría de cero a partir de él, le pregunta a Dios cómo puede siquiera pensar en tratar de este modo a su propio pueblo.

El compromiso de Dios

En su oración intercesora, Moisés centra la atención de Dios, antes que nada, en el pacto del Sinaí, al que éste parece estar renunciando.

Me postré, pues, delante de Jehová; cuarenta días y cuarenta noches, estuve postrado, porque Jehová dijo que os había de destruir. Y oré a Jehová, diciendo.: Oh Señor Jehová, no destruyas a tu pueblo y a tu heredad que has redimido con tu grandeza, que sacaste de Egipto con mano poderosa (9:25-26).

Luego Moisés sigue diciendo: …y ellos son tu pueblo y tu heredad, que sacaste con tu gran poder y con tu brazo extendido (9:29). Este es un eco deliberado del 9:12. En realidad, Dios le había dicho a Moisés: …tu pueblo que sacaste de Egipto se ha corrompido. Y ahora Moisés le contesta a Dios: «Este es tu pueblo, y fuiste tú quien lo sacó de Egipto». Moisés no había pretendido asumir el papel de guía del pueblo de Israel, para sacarlos del cautiverio. Ahora afirma ante Dios que no fue él mismo quien sacó al pueblo de Egipto, sino el propio Dios. ¡Vaya coraje! Cuando Dios le dice «tu pueblo, Moisés», él responde: «No, es tu pueblo, Señor». Transmite el mensaje directamente al corazón divino, mensaje que dice que Dios se había comprometido con su pueblo. Si Dios había dicho vosotros me seréis por pueblo, no puede echarse atrás. Son el pueblo de Dios porque fue él quien les llamó a serlo. De modo que ahora Moisés le pide a Dios que no rompa ese pacto y que, por tanto, no los destruya.

La existencia de Dios

Como respuesta a la promesa de Dios de que le convertirá en una gran nación (9:14), Moisés replica con indignación: Acuérdate de tus siervos Abraham, Isaac y Jacob (9:27). Cuando mayor arrojo demuestra Moisés es al recordarle a Dios su pacto con Abraham. Génesis 15 describe el juramento que Dios le hizo a Abraham una vez éste había llevado a cabo el sacrificio ritual propio de todo pacto. Este proceso conllevaba cortar a algunos animales por la mitad y caminar luego entre ambas mitades para sellar la promesa solemne. Este ritual acarreaba una poderosa maldición sobre el transgresor. El simbolismo era que, si uno faltaba a su palabra y no mantenía su promesa sería, igual que uno de aquellos animales, cortado y muerto. Dios, como nos dice el libro de Hebreos, juró sobre sí mismo que guardaría el pacto con Abraham. Dios hizo un pacto basado en su propia existencia, que decía que sería fiel a Abraham, a su pueblo y a sus propósitos por medio de Abraham. De forma que ahora Moisés le estaba preguntando a Dios qué consecuencias tendría para él mismo decidir destruir a su pueblo. Dado que Dios había prometido serle fiel a Abraham, no podía destruir al pueblo de Abraham de una forma radical y permanente. Podía juzgarlos o castigarlos, pero no podía abandonar su promesa a Abraham sin romper antes su propio juramento y negar su propio ser y existencia.

La reputación de Dios

Esto nos lleva a un tercer aspecto de la intercesión de Moisés. Apela a la propia reputación de Dios:

No mires a la dureza de este pueblo, ni a su impiedad ni a su pecado, no sea que digan los de la tierra de donde nos sacaste: Por cuanto no pudo Jehová introducirlos en la tierra que les había prometido, o porque los aborrecía, los sacó para matarlos en el desierto (9:27-28).

Si Dios, una vez había guiado a los israelitas todo aquel camino, de repente los destruyera, ¿qué pensarían los egipcios? Dirían que Yahvéh, el Dios de Israel, no era coherente consigo mismo, que no sabía lo que hacía, que había liberado a su pueblo solamente para destruirlo. Esto se vuelve a expresar de una forma aún más fuerte en otra ocasión en que Moisés-tuvo que interceder, cuando Dios amenazó con destruir a los israelitas por su fracaso al no entrar en la Tierra Prometida. Números 14 nos cuenta lo siguiente:

Pero Moisés respondió a Jehová: Lo oirán luego los egipcios, porque de en medio de ellos sacaste a este pueblo con tu poder; y lo dirán a los habitantes de esta tierra, los cuales han oído que tú, oh Jehová, estabas en medio de este pueblo, que cara a cara aparecías tú, oh Jehová, y que tu nube estaba sobre ellos, y que de día ibas delante de ellos en columna de nube, y de noche en columna de fuego; y que has hecho morir a este pueblo como a un solo hombre; y las gentes que hubieren oído tu fama hablarán, diciendo: Por cuanto no pudo Jehová meter este pueblo en la tierra de la cual les había jurado, los mató en el desierto (Números 14:13-16).

En ambas ocasiones, Moisés le pidió a Dios que pensara en qué dirían los pueblos sobre él si ponía en práctica la amenaza contra su pueblo. Sabemos, gracias al resto de las Escrituras, que a Dios le interesa de verdad ser fiel a su nombre, no de esa forma infantil en que nosotros guardaríamos nuestra palabra de honor; Dios, como creador del universo, se interesa por mantener la santidad de su nombre y se preocupa por lo que puedan pensar de él las naciones de este mundo.

Como sucede en toda buena oración intercesoria, Moisés llegó al centro mismo de las prioridades de Dios. En Deuteronomio 9 dice: Pero Jehová me escuchó aun esta vez (9:19). Y, una vez más, en los siguientes capítulos: …y Jehová me escuchó esta vez, y no quiso Jehová destruirte (10:10). Dios escuchó a Moisés porque éste le hizo una petición basada en tres cosas que son preciosas para Dios: su amor hacia su pueblo, su fidelidad hacia su promesa y su deseo de no faltar a su propio nombre. Éste es un modelo de intercesión que tiene ecos en otros pasajes del Antiguo Testamento, tales como la gran oración de Daniel en Daniel 9, la oración de Nehemías en el capítulo 9 de su libro. Marque el 999 si desea una oración de intercesión: ¡Deuteronomio 9, Daniel 9 y Nehemías 9! Estos tres hombres -Moisés, Daniel y Nehemías- sabían cómo llegar al corazón de Dios, porque sabían cuáles eran las prioridades de la divinidad. Así es como deberíamos formular nosotros nuestras oraciones de intercesión.

El camino al corazón de Dios y la intercesión humana

Sin embargo, este texto tan inquietante sigue encerrando un misterio. Suscita ciertas preguntas. ¿De verdad Dios iba en serio? ¿Qué hubiera pasado si Moisés hubiera tropezado montaña abajo y al estar inconsciente no hubiera podido orar? ¿Realmente Dios se había olvidado de las cosas que Moisés le recordó? Nos vienen a la mente muchas preguntas sobre la experiencia de la oración de intercesión. ¿Por qué Dios no se limita a hacer lo que se propone? ¿Por qué desea que nosotros intercedamos en oración?

Es importante considerar un texto como el de Deuteronomio 9 con integridad, considerándolo un encuentro genuino entre Moisés y el Dios vivo, sin ningún tipo de melodrama. El Salmo 106:23 nos dice que Dios hubiera destruido a su pueblo de no haber intercedido Moisés por él. Dios no estaba amenazando porque sí, y Moisés no lo pensó ni por un momento. Moisés se tomó a Dios en serio, pero expuso ante él algunas cosas que para Dios aún eran más importantes: su pueblo, su promesa y su nombre.

Podríamos decir que Moisés estaba intentando que Dios cambiara de opinión. Al mismo tiempo estaba apelando a Dios para que fuera coherente consigo mismo. Le pedía a Dios que cambiara sus intenciones más inmediatas, para ser fiel así a sus objetivos a largo plazo.

Parece ser que Dios quería que Moisés hiciera exactamente eso. En el pequeño comentario que Dios dirige a Moisés se encierra un misterio: Déjame que los destruya (9:14). A través de los siglos, los comentaristas judíos han detectado algo muy profundo en esa ocasión. Si Dios le hubiera dicho a Moisés «Déjame en paz» (NVI), Moisés habría empezado a protestar de inmediato. ¿Por qué tenía que decir Dios algo así? Podía haber destruido inmediatamente al pueblo, sin comunicárselo a Moisés. Parece que declaró su intención a Moisés y luego añadió «Déjame que…» con la esperanza de que Moisés regresara y no le dejara. Dios fomentaba la inclusión de la intercesión mosaica en sus propias deliberaciones, tal como había hecho con Abraham antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra. En Génesis 18, Dios se acercó a comer con Abraham y Sara, llevando a dos de sus ángeles que se dirigían a Sodoma y Gomorra. Dios estaba pensando si ocultar a Abraham lo que estaba a punto de hacer, y decidió que no. Abraham, tras enterarse de la decisión divina, intercedió a favor de los impíos. Parece que Dios ha decidido aceptar nuestras propias oraciones dentro de sus procesos deliberativos. Nuestra intercesión no es una irritante interrupción del propósito divino; forma una parte integral del modo en que Dios ejerce su soberanía en la historia.

Un comentarista, B. S. Childs, lo expresa de la siguiente manera:

Dios jura que pondrá por obra el castigo más severo que podamos imaginar. Pero, de repente, lo condiciona, por así decirlo, basándolo en el hecho de que Moisés esté de acuerdo: «Déjame que los destruya». El efecto es que Dios deja la puerta abierta para la intercesión. Permite que Moisés le convenza. Para eso es para lo que sirve un mediador (The Book of Exodus, Westminster, 1974, pág. 567).

Otro comentarista, Terence Fretheim, escribe:

Si bien no podemos considerar esos argumentos como cosas en las que Dios no hubiera pensado antes, verlas expresadas de una forma tan vívida en labios de alguien a quien Dios ha invitado a participar en sus deliberaciones sobre el futuro de Israel, les concede un nuevo estatus. Es decir, que Dios se toma la intervención de Moisés con la máxima seriedad; la conformidad de Dios con los argumentos expuestos indica que trata con total integridad la conversación con Moisés, y que honra su punto de vista humano considerándolo un ingrediente importante a la hora de modificar o no el futuro. Si Moisés realmente piensa tales cosas, éstas se convierten en elementos importantes [incluso para la mente y el corazón de Dios] (The Suffering of God, Fortress, 1985, págs. 50 y ss.).

No se trata tanto de que Moisés estuviera desarrollando argumentos contra Dios, sino dentro de la mente de Dios. Existía una tensión en la relación de Dios con aquel pueblo rebelde al que amaba pero con el que estaba realmente enfadado. Moisés abrió camino en el corazón de Dios mediante sus oraciones. Esto debería animarnos cuando nosotros, por la parte que nos toca, intercedemos ante Dios por este mundo y por su gente.

Este capítulo de Deuteronomio nos ha manifestado la tremenda gravedad de la ira de Dios y de su juicio. ¿Cómo deberíamos responder a aquellas terribles palabras sobre el juicio de Dios sobre los malvados y sobre su propio pueblo? Como aprendimos en la primera parte del capítulo 9, debemos evitar sentimos justos cuando vemos a Dios juzgar a los malvados. Más bien debemos reconocer nuestros propios errores, y recordar que seguimos adelante por la gracia del Señor. Y cuando nos enfrentemos con el juicio de Dios sobre su propio pueblo, deberíamos dedicamos a la oración intercesora, no para intentar convencer a un Dios reacio a que cambie de opinión, sino para penetrar en el propio corazón divino y en sus propósitos e intereses hacia su pueblo, sus promesas, su nombre y su gloria.

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