Capitulo 2 del libro

embajadores wright

AMANDO A DIOS

(Deuteronomio 6:1-25)

Estos, pues, son los mandamientos, estatutos y decretos que vuestro Días mandó que os enseñase, para que los pongáis por obra en la tierra a la cual pasáis vosotros para tomarla; para que temas a Jehová tu Días, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando, tú, tu hijo, y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, para que tus días sean prolongados. Oye, pues, oh Israel, y cuida de ponerlos por obra, para que te vaya bien en la tierra que fluye leche y miel, y os multipliquéis, como te ha dicho Jehová el Días de tus padres (6:1-3).

En cierta ocasión, leemos en los evangelios, uno de los maestros de la ley se acercó a Jesús y le preguntó cuál era el mayor mandamiento de toda la ley. No se trataba de una pregunta nueva, como tampoco lo fue, en cierto sentido, la respuesta de Jesús. Los rabinos eran muy dados a debatir cuál de los mandamientos era el más importante y cuál era el que menos importancia tenía. Habían llegado a la conclusión de que el menor de los mandamientos era uno que aparecía en Deuteronomio, que dice que si uno encuentra un nido con un ave y sus huevos o polluelos, puede llevárselos, pero dejando a la madre. Podemos considerar esto como un principio ecológico correcto. Los rabinos, aun a pesar de considerarlo el mandamiento más pequeño de la ley, se daban cuenta de que estaba motivado por la misma promesa teológica que el quinto de los Diez Mandamientos: …para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da (Éxodo 20:12). Y habían llegado a la conclusión de que, si la menor de las leyes estaba basada en semejante premisa, cuánto más no lo estaría el resto de la ley.

Cuando Jesús respondió a la pregunta sobre el mayor mandamiento, citó Deuteronomio 6 y Levítico 19. Amarás al Señor tu Dios como todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Éste es el primer mandamiento, y el más importante. Y el segundo se le parece: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Lo inusual en la respuesta de Jesús no fue que eligiera estos dos mandamientos, sino que luego siguiera diciendo: De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas (Mateo 22:37-30). Éstos no son simplemente los dos primeros de una larga lista de mandamientos; antes bien, constituyen el principio fundamental que subyace en toda la ley del Antiguo Testamento. Consideremos, desde esta perspectiva, Deuteronomio 6 y el mandamiento de «Amar al Señor tu Dios».

El mandamiento de amar

Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarán de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales en tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas (6:4-9).

Deuteronomio 6:4-5 constituye el credo central de la fe judía. A veces se le llama el «Shemá», debido a sus palabras iniciales, Shemá, Israel (Escucha, oh Israel). La importancia que tiene este pasaje para la fe judía viene a ser como la afirmación, para los cristianos, de que Jesús es el Señor, o la de No hay otro Dios que Alá, y Mahoma es su profeta, para los musulmanes. Aunque constituye una afirmación que define el credo de los judíos, también los cristianos afirmamos lo mismo, tal y como lo hizo el propio Jesús.

Los dos versículos son, respectivamente, una proposición y un mandamiento. El versículo 4 nos dice que el Señor, Yahvéh, es uno. El versículo 5 nos ordena que le amemos. Es una afirmación de fe seguida de una respuesta personal. Esto es algo importante para la fe bíblica. Es posible que usted haya oído que la fe religiosa es distinta a la fe cotidiana: la fe religiosa es personal y relacional, en lugar de silogística. De hecho, la verdad bíblica manifiesta tanto las cualidades de una experiencia personal y relacional como las afirmaciones eternas de la verdad por silogismos. El versículo 4 no podía ser más silogístico. Formula una afirmación dogmática explícita: El Señor tu Dios, el Señor uno es. Pero ésta viene seguida inmediatamente de un mandamiento personal, relacional: Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.

Un Dios, Yahvéh

Las notas a pie de página en su Biblia le dirán que existen diversos modos de traducir la afirmación de Deuteronomio 6:4. En el original hebreo, consiste sólo en cuatro palabras; « Yahvéh, nuestro Dios, Yahvéh, uno» (en hebreo, «nuestro Dios» es una sola palabra). Es tema de discusión dónde situar exactamente el verbo «es». Creo que la traducción de la Nueva Versión Internacional es la correcta. Afirma la unicidad de Yahvéh nuestro Dios, coherente con la declaración que hallamos en Deuteronomio 4:35 y 39, de que Yahvéh es el único Dios en los cielos, sobre la tierra y debajo de ella, y que no hay otro. Según algunos eruditos, significa lo mismo que esos versículos: sólo Yahvéh es Dios. Sin embargo, los términos hebreos para «uno» y «solo» no son los mismos, de modo que, si en el 6:4 el escritor hubiera querido decir «El Señor es Dios, y el solo Señor», podía haberlo dicho de una forma algo distinta. De modo que deberíamos entender que el versículo dice que Yahvéh es un Dios único, no una definición común a diversos dioses que comparten su nombre.

Esta forma colectiva de denominar a los dioses era característica de otras religiones de aquella época. Baal, por ejemplo, era un nombre muy común. Baal, hijo de El, era una divinidad dentro del panteón sagrado cananeo, pero se podía aplicar el término «Baal» a diversos poderes divinos. Los cananeos nunca podrían haber dicho «Baal es uno», ni siquiera comprender el concepto encerrado en semejante afirmación. Nuestro texto afirma, distintivamente respecto a otras religiones politeístas, que Yahvéh es Dios, que Yahvéh es nuestro Dios, y que Yahvéh es un solo Dios. Es un Dios singular, con su propia integridad, carácter, voluntad y propósito; es un Dios al que debemos adorar.

Los términos teológicos, como «deidad», «pacto» y «monoteísmo» pueden sonar muy abstractos. Aquí se ven dotados de vida y de color por medio del nombre del Dios al que están asociados. Yahvéh es nuestro Dios, de modo que es él quien define el pacto. Yahvéh es uno, de modo que es él quien define el monoteísmo.

Los israelitas del Antiguo Testamento fueron llamados a reconocer esta verdad sobre el Dios único, a repetirla, recitarla, creerla y esperar el día cuando todas las naciones la reconocerían. Apenas hemos atisbado la importancia que tiene reconocer la expectativa de Deuteronomio de que Dios bendeciría a todas las naciones mediante el pueblo de Israel. Zacarías 14 es otro capítulo que espera ese futuro de una forma ansiosa. La visión que allí encontramos declara: [En aquel día] Jehová será rey sobre toda la tierra. En aquel día Jehová será uno, y uno su nombre (Zacarías 14:9). Los israelitas eran muy conscientes de que esto hablaba de algo que aún tenía que cumplirse entre las naciones del mundo. Pero llegaría un momento en que Yahvéh sería el rey de todo el mundo, en que su nombre sería el único reconocido por todos los habitantes de la tierra. De modo que la sencilla afirmación de el Señor nuestro Dios uno es se puede traducir como una visión profética. Cuando contemplamos ese texto a la luz de Jesús y de la misión de la iglesia, se afirma esta misma verdad, pero con Jesús como su eje central. La unicidad de Jesús se encuentra enraizada en la unicidad de Yahvéh, el Dios de Israel.

Un Señor, Jesús

Cuando pensamos en lo que distingue al cristianismo de las demás religiones, no deberíamos empezar comparándolas entre sí. Hacerlo implicaría que Jesús vino a fundar una nueva religión, igual que lo hizo Mahoma con el islam y Buda con el budismo. Jesús no vino a este mundo con la intención de fundar una nueva religión. Él vino como aquel que era el cumplimiento y remate de todo lo que Dios había hecho a lo largo de la historia de su pueblo, por medio de la revelación contenida en las Escrituras. Cuando los primeros discípulos reconocieron que en la persona de Jesús de Nazaret Dios mismo había caminado entre ellos, también reconocieron el cumplimiento de todo aquello que Dios había prometido.

En 1 Corintios 8, Pablo comenta uno de los problemas que nacieron durante los inicios de la misión cristiana en el mundo. Esa misión implica dar solución a unos problemas relacionados con el contexto en que viven las personas. En Corinto el problema tenía que ver con los ídolos. El mercado de carne y los templos coexistían en una apacible simbiosis, de tal modo que la carne que era sacrificada a los ídolos era consumida, posteriormente, por los seres humanos. Respondiendo a las inquietudes de los cristianos corintios respecto a esta situación, Pablo escribió:

Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios. Pues aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo, o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores), para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él (l Corintios 8:4-6).

A lo largo de este pasaje vemos cómo sale a la superficie la fe judía y monoteísta de Pablo. El interés de Pablo era asegurarse de que la iglesia estuviera basada en las Escrituras (en términos de los escritos que hoy día consideramos el Antiguo Testamento, y como contraste a nuestro problema contemporáneo de si podemos creer o no que el Antiguo Testamento es cristiano). Pablo toma su comprensión escritural (Antiguo Testamento) de un solo Dios y un solo Señor, y la convierte en el centro de la revelación divina, el Señor Jesucristo, el creador y salvador. Un teólogo definiría esto como la extensión cristológica del Shemá.

Unas palabras muy fuertes

Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas. La palabra «amor» aparece unas ocho veces en Deuteronomio en este mismo sentido. Por ejemplo:

Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos…? (10:12-13).

Amarás, pues, a Jehová tu Dios, y guardarás sus ordenanzas, sus estatutos, sus decretos y sus mandamientos, todos los días (11:1).

Si obedeciereis cuidadosamente a mis mandamientos que yo os prescribo hoy, amando a Jehová vuestro Dios, y sirviéndole con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma… (11:13).

Hacia el final del libro se nos dice:

Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas (30:6).

Y unos cuantos versículos más adelante, el amor se convierte en una cuestión de vida o muerte:

Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal; porque yo te mando hoy que ames a Jehová tu Dios, que andes en sus estatutos y sus decretos… (30:15-16).

De modo que el término «amor» en este sentido es una palabra muy poderosa. Era un amor que debe demostrarse por medio de la fidelidad y la obediencia.

Éste es un motivo recurrente también en el Nuevo Testamento. En el Evangelio de Juan, Jesús dice: Si me amáis, guardad mis mandamientos (Juan 14:15). Éstas son palabras que podían muy bien estar tomadas de Deuteronomio. Como dice Juan en 1 Juan, no podemos decir que amamos a Dios si le desobedecemos al odiar a nuestro hermano (1 Juan 4:20).

El corazón y el alma

Deuteronomio 6:5 amplifica el mandamiento de amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Dios es un Dios único, de modo que debemos amarle con todo lo que somos. Todo nuestro ser debe entregarse como ofrenda de amor a Dios. En Deuteronomio aparecen con frecuencia «corazón» y «alma», pero, ¿qué significaban exactamente esos términos para los israelitas?

Para nosotros, el corazón a menudo simboliza la dimensión emocional del amor, como vemos por ejemplo el día de San Valentín o en expresiones como «te quiero con todo mi corazón». Los israelitas también reconocían esa dimensión, pero tenían el concepto de que el corazón era más el habitáculo de la mente que de las emociones. No tenían los conocimientos de anatomía necesarios corno para distinguir claramente entre las funciones del cerebro, el corazón y otras partes del cuerpo. Cuando un israelita se sentía muy emocionado, podía decirle a su esposa: «¡Te amo con todas mis entrañas!» El corazón era el órgano de la voluntad. Era el lugar de donde salían las decisiones, las elecciones. Por eso el libro de Proverbios menciona tantas veces el corazón: Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón (Proverbios 4:23).

En lo que respecta al alma, a nosotros nos parece algo inconcreto y espiritual; no sabernos qué es exactamente o en qué parte de nuestro cuerpo habita. Lo más correcto es decir que se trata de la persona interior, nuestro «yo» tal y como lo conocemos. Debemos amar a Dios con nuestra mente, nuestro corazón y nuestro ser interior.

La mente y las fuerzas

En los Evangelios, donde este versículo está traducido al griego, se incluye la palabra «mente». Esto probablemente sirva para que los lectores griegos entendieran qué significaba el concepto «corazón». Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.

Es importante reconocer que Dios nos ordena que le amemos con toda nuestra mente, y no sólo con nuestras emociones. Una de las dicotomías más lamentables en una buena parte del pensamiento y práctica cristianos es la que existe entre lo espiritual y lo intelectual. Las personas tienen la idea de que existe un abismo entre nuestra mente y nuestros sentimientos. Esto es una tragedia, porque la Biblia nos ordena que amemos a Dios con nuestra mente. A mis estudiantes les digo: «A menos que meditéis en las Escrituras y penséis en el mundo y en vuestra misión en él, no le seréis muy útiles al Señor. Amad al Señor, pero hacedlo con vuestra mente, no sólo con vuestro corazón, sino con todo aquello que sois».

La tercera expresión en Deuteronomio 6:5, y con todas tus fuerzas, sólo aparece una vez más en todo el Antiguo Testamento, como adición a la combinación entre corazón y alma (ver 2 Reyes 23:25). Traducido literalmente, quiere decir «con todo vuestro todo». Es una palabra que no suele aparecer como sustantivo, sino como un énfasis para la acción: hacer algo a fondo. Aquí la implicación es que debemos amar a Dios con todo nuestro corazón, con nuestra alma y con todos nuestros esfuerzos concentrados en hacerlo. Para amar a Dios no existen límites. Nunca podremos decir que le hemos amado demasiado.

En privado y en público

¿Cuántas veces hemos oído decir a la gente que la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos consiste en que, en el caso del primero, la ley estaba escrita en piedra, mientras que en el segundo está escrita en nuestros corazones?

Aquí, en Deuteronomio, Dios está diciendo claramente que estas leyes deben estar en nuestro corazón y en nuestra mente. No se trata solamente de un código legal externo, sino en una parte de nuestra vida cotidiana, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, cuando estamos en nuestro hogar o fuera de él. Esto no quiere decir que no debamos hacer otra cosa en la vida que recitar la ley y leer las Escrituras. Sin embargo, el 6:8-9 deja claro que la ley divina debe influir en las decisiones que tomamos, en cualquier aspecto de nuestra vida: las relacionadas con el hogar y la vida externa a él, nuestras manos y nuestra mente, las cosas que hacemos y las que pensamos. La palabra «puertas» del versículo 9 se refiere no a las de un jardín, sino a las puertas de la ciudad, el lugar de reunión pública. La puerta de la ciudad era el mercado, el tribunal de justicia, el lugar de reunión por antonomasia. Debemos aplicar la ley de Dios en nuestra vida privada (manos), nuestra vida familiar (los postes de tu casa) y social (las puertas).

¡Qué triste es ver cómo se separan estos ámbitos! Cuando pillan a un político en una situación comprometida, algunas personas dirán que su vida privada es irrelevante, que no tiene por qué incidir en su vida pública. Admito que las personas necesitan privacidad y protección, pero es una tontería sostener que lo que somos en privado no tiene nada que ver con lo que somos en público. Si, por ejemplo, alguien decide ignorar en privado el séptimo mandamiento de Dios (sobre el adulterio) o el décimo (sobre la codicia), ¿qué motivo tenemos para pensar que podemos confiar en ella para que obedezca el octavo (sobre el robo) o el noveno (sobre la mentira)?

De modo que el amor es un mandamiento. Un Señor, un amor, una vida.

El amor en peligro

Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivares que no plantaste, y luego que comas y te sacies, cuídate de no olvidarte de Jehová, que te sacó de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.

A Jehová tu Dios temerás, y a él solo servirás, y por su nombre jurarás. No andaréis en pos de dioses ajenos, de los dioses de los pueblos que están en vuestros contornos; porque el Dios celoso, Jehová tu Dios, en medio de ti está; para que no se inflame el furor de Jehová tu Dios contra ti, y te destruya de sobre la tierra. No tentaréis a Jehová vuestro Dios, como lo tentasteis en Masah. Guardad cuidadosamente los mandamientos de Jehová vuestro Dios, y sus testimonios y sus estatutos que te ha mandado. Y haz lo recto y bueno ante los ojos de Jehová, para que te vaya bien, y entres y poseas la buena tierra que Jehová juró a tus padres; para que él arroje a tus enemigos de delante de ti, como Jehová ha dicho (6:10-19).

Un colega mío, Walter Riggans, cuando en cierta ocasión estaba predicando en una escuela universitaria, dijo: ¿Sabéis? Romanos nos dice que no hay nada que pueda separarnos del amor de Dios. Pero hay un millón de cosas que pueden apartar a Dios de nuestro amor. No hay nada que pueda impedir que Dios nos ame, pero hay muchas cosas que nos impedirían amarle. Moisés era consciente de esto. En 6:10-19 describe tres peligros que pueden amenazar el amor que sintamos hacia Dios. Cada uno de ellos se introduce mediante el adverbio de negación «no…» En el versículo 12, dice: cuídate de no olvidarte de Jehová, que te sacó de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre; en el 14, leemos: no andaréis en pos de dioses ajenos…; y en el 16: No tentaréis a Jehová vuestro Dios…

La abundancia

Deuteronomio 6:10-12 nos advierte del peligro de que la abundancia nos lleve a olvidamos de Dios. Éste es un tema que se amplía en el capítulo 8:

Y comerás y te saciarás, y bendecirás a Jehová tu Dios por la buena tierra que te habrá dado. Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no suceda que comas y te sacies y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto… y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día» (8:10-18).

La tentación viene porque, cuando las cosas nos van bien, tenemos tendencia a atribuirnos el mérito. La jactancia del corazón humano es algo universal. Nos gusta pensar que todo lo que conseguimos es gracias a nosotros mismos. En los versículos 12 y 13 encontramos una descripción muy aguda de la jactancia propia del rico: «Mi mano, mis energías, mis esfuerzos, mi trabajo, mis bienes, mis actividades empresariales, han producido todo esta riqueza para ». Es algo tanto jactancioso como egoísta, algo de lo que tenemos que guardarnos.

Éste es uno de los puntos débiles en el evangelio de la prosperidad. Esta teología particular enseña que la prosperidad es señal de la bendición divina. Esto es cierto parcialmente, según vemos en las Escrituras, pero la Biblia admite que las personas pueden gozar en gran manera de la bendición de Dios y, sin embargo, olvidarle y desobedecerle.

Las presiones culturales

El segundo peligro es el de abandonar a Dios debido a las presiones sociales: No andaréis en pos de dioses ajenos… (6:14). Cuando los israelitas entraron en Canaán, se vieron rodeados por una cultura que, según los estándares de aquella época, tenía un gran éxito. La civilización cananea puede que fuera bastante degenerada desde el punto de vista moral, pero sus progresos en la agricultura, la urbanización y la erudición intelectual eran excelentes. Se trataba de una civilización próspera e internacional. Y Baal era su dios. Baal era el dios del dinero, de la tierra, de los negocios, de la fertilidad, del sexo; era el dios de todo aquello que les parecía relevante. De modo que no parecía tan mala idea que los israelitas, junto a la adoración que prestaban a Jehová, le hicieran algo de caso a Baal y a algunos otros dioses.

La tentación es la de caer en la adoración de los dioses de la sociedad en la que vivimos. Eso es lo que durante siglos hizo Israel. Y también los cristianos, generación tras generación, nos hemos sentido tentados a abandonar a nuestro Dios, sus mandamientos y verdades, para seguir a los dioses de la gente que nos rodea.

David Jackman ha hablado sobre cierta clase de cristianismo obsesionado por sí mismo, que es un reflejo del egocentrismo de nuestra sociedad. El contenido de algunos libros, películas y canciones cristianas se diferencia poco del tema de la autosatisfacción que prima en las páginas de nuestras revistas y vehículos del ocio social. Podremos tener una mejor vida sexual si tiramos por aquel camino. Podremos obtener un mejor ministerio de sanidad si seguimos por aquel otro. Las cosas se nos anuncian con un marketing tan poderoso que se nos lleva a aceptar y procurar las idolatrías de nuestro mundo. En la carta a los Romanos, Pablo advierte a los cristianos: No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento (Romanos 12:2). No permitáis que el mundo os encaje en sus moldes (ver la traducción de J. B. Phillips), sino adaptáos a lo que significa amar al Dios vivo.

Las tribulaciones

En tercer lugar, no tentaréis a Jehová vuestro Dios, como lo tentasteis en Masah (6:16). Masah fue el primer lugar al que llegaron los israelitas cuando salieron de Egipto (Éxodo 17). Habían recorrido un largo camino, y tenían muchísima sed. Llegaron a un lugar donde había agua, pero no era potable. El pueblo comenzó a protestar mucho. Se plantearon si realmente Dios estaba con ellos, y si de verdad estaban decididos a cumplir lo que había prometido. Eso es lo que quiere decir tentar a Dios: la tentación que nace de la incredulidad y la rebelión. No debemos confundirlo con tentar a Dios en el sentido, que a veces se aplica, de confiar plenamente en él cuando hemos de dar un paso de fe junto a su persona.

Los versículos introductorios de Deuteronomio 8 pertenecen a ese tipo de tentación a la que se enfrentó Jesús en el desierto. Allí, tras su bautismo, fue probado. Tenía hambre, porque había ayunado mucho. Se enfrentaba a una lucha a nivel físico y mental, y estaba debatiéndose entre las opciones que le ofrecía su futuro. Imaginemos a Jesús reflexionando sobre las palabras de Deuteronomio 8:2:

y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos. Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido…

Imaginemos a Jesús tentado en medio de su hambre, con el diablo que le sugería que, si realmente era Hijo de Dios, podía ordenar a aquellas piedras que se convirtieran en pan para alimentarse. Jesús recordaba el contexto de las Escrituras que el diablo usaba contra él, que decía que Dios había alimentado a los israelitas para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre… Reconoce asimismo en tu corazón, que como castiga el hombre a su hijo, así Jehová tu Dios te castiga (8:3, 5). Jesús fue capaz de superar la tentación que le suponían las tribulaciones y necesidades, y lo hizo mediante la reflexión profunda sobre las Escrituras y sobre la importancia que tiene amar a Dios (Mateo 4:4, 7, 10).

Las verdaderas dificultades, la auténtica necesidad, hambre, sed, pobreza y sufrimiento, son desafíos muy grandes para el amor que sentimos hacia Dios. Hemos de reconocer la verdad de nuestros sentimientos. Recuerdo la primera vez en mi vida cristiana en la que estuve dispuesto a admitir que estaba enfadado con Dios. Pero una cosa es estar enfadado con él y otra admitirlo. Me habían educado para que siempre confiara en Dios, y para que creyera que todo lo que él hace es para nuestro bien. Pero el año antes de que me fuera a trabajar a la India, llegué a un punto en que le dije: «Señor, no sé qué es lo que estás haciendo en esta situación; mi familia y yo estamos aquí, en medio de pruebas, y soy incapaz de ver qué nos depara el futuro; no tengo trabajo, no sé qué tengo por delante en mi vida, y, Señor, creo que no debería ser así». Lo cierto es que aquella situación concreta no era tan grave como muchas otras de las necesidades que tiene el mundo, pero para mí fue lo bastante importante como para sentir la tentación de arroparme en mi autocompasión, ira y frustración, y para perder mi amor por Dios. Es posible que usted mismo se encuentre ahora pasando por una crisis, alguna prueba que hace tiempo que dura, alguna necesidad o padecimiento; esto es algo que le hace probar a Dios, dudar de si realmente él va en serio cuando dice lo que dice, o si realmente merece la pena seguir amándole. El desafío presente en el texto que hemos leído vuelve con fuerza hasta nosotros. Tanto si disfrutamos de abundancia como si padecemos necesidad, se nos ordena amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, toda nuestra alma y todas nuestras fuerzas. ¿Hasta qué punto encaja el amor que usted siente por Dios con las demandas de Deuteronomio 6:5, los detalles del 6:6-9 y los peligros del 6:10-19?

Van Morrison tiene una canción muy buena que dice: ¿Te he dicho últimamente que te quiero? ¿Te he dicho que no hay nadie por encima de ti? Es una canción de amor, pero podemos dirigirla a Dios. ¿Le ha dicho últimamente que le ama? ¿Y le ha dicho que él es todo para usted, a pesar de lo que pase en su vida?

Un amor motivado

Mañana cuando te preguntare tu hijo, diciendo: ¿Qué significan los testimonios y estatutos y decretos que Jehová nuestro Dios os mandó? Entonces dirás a tu hijo: Nosotros éramos siervos de Faraón en Egipto, y Jehová nos sacó de Egipto con mano poderosa. Jehová hizo señales y milagros grandes y terribles en Egipto, sobre Faraón y sobre toda su casa, delante de nuestros ojos; y nos sacó de allá, para traernos y darnos la tierra que juró a nuestros padres. Y nos mandó Jehová que cumplamos todos estos estatutos, y que temamos a Jehová nuestro Dios, para que nos vaya bien todos los días, y para que nos conserve la vida, como hasta hoy. Y tendremos justicia cuando cuidemos de poner por obra todos estos mandamientos delante de Jehová nuestro Dios, como él ahora nos ha mandado (6:20- 25).

En estos versículos volvemos a enfrentarnos a la pregunta «¿Por qué?» ¿Qué motivos hay para obedecer la ley de Dios, demostrando así que le amamos? En este texto se coloca esta pregunta en los labios de un niño. Debemos asumir que ese niño está viviendo en el seno de una familia que obedece las leyes de Dios. Si así no fuera, esta pregunta no se hubiera suscitado. Cuando el hijo pregunta sobre el significado de la ley, lo que quiere saber es qué propósito tiene. Buena parte del libro de Deuteronomio se centra en responder a esta pregunta; se trata de una ley predicada al pueblo, junto con un razonamiento sobre los motivos que éste tenía para guardarla. Si los estudiosos cristianos, a lo largo de los siglos, hubieran prestado más atención a Deuteronomio 6:20-25, es posible que hubieran evitado caer en algunos de los desvíos y despistes en los que cayeron al intentar responder a la pregunta: «¿Qué sentido tiene la ley del Antiguo Testamento?»

Al responder la pregunta de su hijo, el padre podía haberse limitado a decir: «Tú guarda la ley, porque nuestro Dios nos lo ha ordenado». Cuando sus hijos no paran de preguntarles por qué, todos los padres conocen la tentación de decirles: «Vale ya de preguntar por qué. Tú hazlo porque te lo digo yo».

En cierto sentido, esa respuesta hubiera sido perfectamente aceptable. ¿Por qué hay que guardar la ley de Dios? ¡Porque es la ley de Dios! Pero el niño entonces podría haber respondido como Faraón, quien, cuando Moisés le transmitió el mandamiento divino –Deja marchar a mi pueblo-, le preguntó quién era aquel Yahvéh. Faraón no reconocía a Yahvéh, de modo que no pensaba guardar sus mandamientos. Si la única razón por la que el mundo debería hacerlo era porque se trata de la ley de Dios, muchas personas se limitarían a ignorar la orden. De modo que el padre responde a su hijo contándole la historia del éxodo. Si el hijo tenía en mente aunque fuera la más mínima idea de que guardar la ley significaba ser un esclavo de ella, el padre toca precisamente ese tema. Porque los israelitas habían sido esclavos de verdad en Egipto, y Dios les había sacado de aquel país mediante un espectacular acto de liberación. Ese era el motivo que tenían para guardar la ley divina.

Muchos cristianos cometen el error de diferenciar entre el Antiguo Testamento y el Nuevo, diciendo que en el primero la salvación es por la ley y en el segundo es por gracia. Esto es comparable a una de las distorsiones de las Escrituras que atajó el apóstol Pablo. La gente había llegado a creer que, para garantizar que eran el pueblo del pacto, la obediencia a la ley era esencial; esto es lo que definía al pueblo salvado por Dios. Eso podía llevarles a diversas formas de orgullo o legalismo. Pablo insistía en que jamás tendría que haber sido así. El evangelio siempre se trató de la gracia divina y la respuesta humana a ella. Cuando el pueblo formulaba preguntas sobre Moisés (como, por ejemplo, en Gálatas), Pablo les hacía retroceder hasta Abraham. Les recordaba que Abraham creía en las promesas divinas, y por eso fue contado entre los justos (Gálatas 3:6-8). La gracia divina trasciende a la ley y a nuestra propia obediencia de ella.

Incluso la propia estructura del libro del Éxodo refuerza esta idea. Antes de encontrar un solo capítulo sobre la ley, encontramos dieciocho que hablan de la salvación. Toda obediencia es una respuesta a lo que Dios ya ha hecho por nosotros. Guardamos la ley porque Dios nos redimió de la esclavitud y nos hizo partícipes de su justicia. Cuando Deuteronomio 6:25 dice que «tendremos justicia», no quiere decir que podamos ganarnos esa justicia. Esta idea sería incoherente con el mensaje global del libro. Lo que quiere decir es que Dios ya nos ha salvado, de modo que lo correcto, lo más justo, es amarle y obedecerle. Ésta es nuestra respuesta, en justicia, a sus actos liberadores basados en la suya.

En el 4:5-8 vimos una motivación misionera para obedecer la ley de Dios, que además miraba directamente hacia el futuro: obedecemos para demostrar a las naciones la verdad acerca de Dios. Aquí tenemos una motivación para la obediencia que mira al pasado, a la historia de la salvación, y que se halla fundamentada en la gracia redentora divina. Le amamos porque él nos amó primero. Nos perdonamos unos a otros como Dios, en Cristo, nos ha perdonado. La dinámica es la misma tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo. Lo que provoca nuestra reacción ante Dios es lo que él ya ha hecho por nosotros. La obediencia es el amor motivado por la redención, y esto es así en los dos Testamentos.

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