Primer capítulo de libro corto de Chris Wright

embajadores wright

CONOCIENDO A DIOS

(Deuteronomio 4:1-40)

El corazón de las Escrituras

Ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño, para que los ejecutéis, y viváis, y entréis y poseáis la tierra que Jehová el Dios de vuestros padres os da. No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordene.

Vuestros ojos vieron lo que hizo Jehová con motivo de Baal-peor; que a todo hombre destruyó Jehová tu Dios de en medio de ti. Mas vosotros que seguisteis a Jehová vuestro Dios, todos estáis vivos hoy (Deuteronomio 4:1-4).

El libro del Deuteronomio está muy cerca del corazón de las Escrituras. Viene a ser para el Antiguo Testamento lo que Romanos es para el Nuevo. Trata muchos de los temas principales que aparecen en el resto de la Biblia. El material que hallamos en Deuteronomio vuelve a resurgir en los profetas, los Salmos y muchos otros pasajes.

Uno de los objetivos del presente libro sobre Deuteronomio es el de contemplar el contexto escritural en el que se halla situada la ley de Dios: es el contexto de la grandeza divina, de su gracia, de su redención y de su amor. Un aspecto importante en este sentido es el contexto histórico en que se halla encajado el libro. Deuteronomio se revela como los discursos pronunciados por Moisés, al final de su vida, al pueblo de Israel, en los momentos inmediatamente anteriores a que éste tomara posesión de la Tierra Prometida. El libro se abre con las siguientes palabras: Estas son las palabras que habló Moisés a todo Israel a este lado del Jordán en el desierto… Porque los israelitas seguían a ese lado del río Jordán, en la orilla equivocada. Era la generación siguiente a la de aquellos que habían salido de la tierra de Egipto, la generación del Éxodo. Era la generación que poseería la tierra de Canaán.

Un pueblo errante

Así, Deuteronomio es la palabra de Dios, vertida por medio de Moisés, destinada al pueblo de Dios que se hallaba en un momento crucial de su historia. Era, antes que nada, un pueblo errante. Y al propio Dios se le presenta aquí, como en el resto de la Biblia, como un Dios nómada. En Egipto ya habían sentido su poder y su presencia. Fue su poder el que sacó de aquella tierra a ese pueblo errante, haciéndoles cruzar el mar y entrar en el desierto. Habían disfrutado de la protección y la provisión divinas mientras, día tras día, semana tras semana, Dios había viajado junto a ellos. Deuteronomio no deja de repetir una y otra vez: El Señor vuestro Dios avanza por la tierra delante de vosotros. Dios está moviéndose. Dios tiene un propósito. De esta manera, pide a su pueblo que le siga, que sea un pueblo nómada. Deuteronomio es un libro destinado a las personas que siguen a un Dios que tiene un propósito.

Un pueblo en la frontera

En segundo lugar, Deuteronomio es un libro destinado a un pueblo fronterizo. La introducción al capítulo 4 nos dice lo siguiente: Ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño, para que los ejecutéis, y viváis, y entréis y poseáis la tierra que Jehová el Dios de vuestros padres os da. En el caso del pueblo de Israel, la frontera que debían cruzar era geográfica. Iban a pasar de una tierra desértica a otra ya habitada. Esa frontera era también histórica. Dejaban detrás, pero firmes, las promesas de Dios a Abraham y a la generación que había salido de Egipto. Delante de ellos se abría un futuro incierto, plagado de peligros e incertidumbres. Estaban en camino, transitando del pasado hacia el futuro.

También era una frontera religiosa y cultural. Habían vivido en la tierra yerma, donde la mayor parte del tiempo habían estado a solas con Dios. Ahora entrarían en un nuevo entorno cultural, donde se encontrarían con enemigos, con la idolatría, con el paganismo, con toda una serie de nuevos retos a los que tendrían que hacer frente. Y estaban llamados a cruzar esa frontera, a aprovechar la oportunidad que la generación anterior no había conseguido aprovechar. Y, tal y como les recordó Moisés, sus padres y madres no habían podido cruzar aquella frontera. La habían alcanzado, pero luego habían retrocedido por causa de su incredulidad, su miedo y la dureza de sus corazones.

La misión del cristiano siempre ha supuesto cruzar algunas fronteras. Implica ir junto a Dios a algún lugar donde todavía no se le conoce ni se le adora. Eso puede conllevar cruzar fronteras geográficas, pero también requiere que crucemos ciertos límites dentro de nosotros mismos y de nuestra comunidad. El pueblo de Dios, tanto los israelitas del Antiguo Testamento como nosotros hoy en día, siempre se está enfrentado a una frontera, a un lugar al que Dios nos está llamando. ¿Iremos a poseer aquello que Dios nos tiene reservado u optaremos por hacer lo mismo que aquella primera generación de israelitas, quedamos quietos y con las manos cruzadas?

Un pueblo probado

En tercer lugar, Deuteronomio es la palabra de Dios dirigida a un pueblo que pasaba por una prueba. En el 4:3-4, Moisés dice: Vuestros ojos vieron lo que hizo Jehová con motivo de Baal-peor; que a todo hombre destruyó Jehová tu Dios de en medio de ti. Mas vosotros que seguisteis a Jehová vuestro Dios, todos estáis vivos hoy. Esto hace referencia a la tragedia más reciente en la historia de Israel, descrita en Números 25, cuando los israelitas habían caído en la idolatría y la inmoralidad, en la tierra de Moab. Moisés les estaba desafiando a que definieran su fidelidad hacia aquel Dios que les conducía a la Tierra Prometida. Esa fidelidad tenía que pasar una prueba muy superior a todas las que habían tenido lugar con anterioridad. Israel se iba a enfrentar a una nueva cultura, a nuevas tentaciones, nuevos temores; iban a estar rodeados por un pueblo que no adoraba al Dios vivo. El pueblo de Dios, ¿seguiría siendo fiel a aquel Dios que les sacó de Egipto, o se limitarían a añadirlo a la lista de dioses cananeos, convirtiéndolo en una más de las divinidades a las que iban a adorar?

La posición exclusiva de Israel entre las naciones

Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como Jehová mi Dios me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en la cual entráis para tomar posesión de ella. Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta. Porque, ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Y, ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros? (4:5-8).

Cuando procuramos comprender el significado e importancia de la ley del Antiguo Testamento, y de los Diez Mandamientos, es importante saber quién era el pueblo de Israel, aquellas personas a las que se les confió la ley. La esencia de Deuteronomio 4:5-8 se centra en que, si Israel guardaba la ley de Dios y vivía de la manera que él les pedía, daría un buen testimonio a las otras naciones. Es significativo que, en este punto, y dentro de la imagen que tenemos de la relación entre Dios y el pueblo de Israel, intervengan las naciones de este mundo. La obediencia del pueblo de Dios está dentro del contexto del mundo y de sus naciones, sobre las que él gobierna.

Cuando empieza el libro del Génesis, se nos presenta la historia de cómo el mundo llegó a ser lo que es. Se nos muestra cómo Dios es el creador del mundo, el creador de la humanidad y de todas las naciones de la tierra. Luego vemos cómo los seres humanos se rebelaron y pecaron contra Dios. Ya al llegar al capítulo 11 del Génesis, el episodio de la torre de Babel, vemos una imagen de la humanidad esparcida, dividida y sujeta a la ira y maldición divinas. Éste es el mundo en el que vivimos: el mundo de las naciones que huyen delante de Dios.

El llamamiento de Abraham

En Génesis 12, Dios llama a Abraham. La respuesta divina a los problemas de las naciones consistió en llamar a dos ancianos, hombre y mujer, que jamás habían tenido hijos, y en decirles que ellos serían la respuesta a los problemas del mundo. Ambos pensaron que era una idea bastante graciosa. Y, sin embargo, Abraham creyó a Dios y le obedeció. Dios le estaba diciendo: «Tengo todo un mundo, repleto de naciones, y ahora te llamo a ti. Deja tu hogar, tu familia, y ve a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una gran nación, y por medio de ti serán benditas todas las naciones de la tierra». Ésta es la sorprendente descripción de la misión de Dios que aparece a lo largo de todas las Escrituras. Es un tema central en la teología de Pablo sobre las misiones, tal y como explica a los romanos, a los gálatas y en otros pasajes, diciéndoles que el propósito de Dios siempre ha sido el de bendecir a las naciones. Dios siempre tuvo los ojos puestos en todo el mundo, pero empezó con un hombre, una familia; después vino un pueblo, Israel, y luego, por medio de Jesucristo, el pueblo multinacional de Dios, a través del mundo.

Una luz para las naciones

De este modo, el pueblo de Israel disfrutaba de una posición única en los planes de Dios para la historia humana. Era un pueblo que había llegado a existir para bendición del resto del mundo. En otros pasajes del Antiguo Testamento se describe a Israel como una luz que hay que enviar a las naciones, o una luz que atraerá a las naciones hacia Dios. En Deuteronomio 4, el pueblo de Israel se describe diciendo que es un ejemplo a imitar por las demás naciones. La presencia visible de Israel suscitaría preguntas en esos otros pueblos. Dirían cosas como «Es un pueblo bastante curioso», o «¿qué otro pueblo tiene un Dios como ése?» Muchas de las naciones politeístas que rodeaban a Israel, incluyendo a los romanos más adelante, no lograban comprender cómo alguien podía tener un dios del que no existían imágenes físicas. ¿Qué clase de dios no desearía una imagen que le representara? ¿Qué clase de dios afirmaría cosas tan radicales como la de ser el creador de todo el mundo, de todas las naciones? Aparte de esto, cuando las naciones contemplaran a Israel verían la justicia y la rectitud imperantes en su comunidad. Se preguntarían qué tipo de pueblo era el que disponía de semejante jurisprudencia, con todas aquellas leyes que se le habían transmitido a Israel.

«¿Qué es lo que hace grande a una nación?» Ésa fue una pregunta que mi hijo me formuló cuando estaba estudiando historia. Mi respuesta fue «Dios». Para Moisés, lo que hace grande a una nación es su cercanía a Dios: la presencia de Dios, la obediencia a él y un sistema social basado en la rectitud y la justicia.

Dios espera que su pueblo sea visible, que las naciones sean capaces de ver cómo somos y tengan el derecho de preguntamos cosas. Una parte esencial de nuestra misión es la de que reconozcamos nuestra misión única de representar a Dios ante otras personas. Para poder hacerlo, y para conseguir que las naciones nos pregunten acerca de Dios, debemos vivir en obediencia a las leyes que él establece.

Antes de que intentemos aplicar los Diez Mandamientos a la nación como un todo, debemos formularnos preguntas sobre nosotros mismos, nuestra posición y nuestra misión como pueblo de Dios. Moisés le dijo a Israel que debía obedecer la ley de Dios por un motivo relacionado con las misiones: para que las naciones sintieran la necesidad de preguntarles acerca del Dios al que adoraba Israel, y sobre el estilo de vida de ese pueblo. Jesús dijo cosas parecidas a sus discípulos. Se dirigió a su variopinto conjunto de pescadores y demás especímenes diciendo cosas como ésta:

Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mateo 5:14-16).

Cuando el mundo nos mira, deberíamos indicarles el camino hacia el Dios al que adoramos.

Una responsabilidad única

Por tanto, guárdate, y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; antes bien, las enseñarás a tus hijos, y a los hijos de tus hijos. El día que estuviste delante de Jehová tu Dios en Horeb, cuando Jehová te dijo: Reúneme el pueblo, para que yo les haga oír mis palabras, las cuales aprenderán, para temerme todos los días que vivieren sobre la tierra, y las enseñarán a sus hijos; y os acercasteis y os pusisteis al pie del monte; y el monte ardía en fuego hasta en medio de los cielos con tinieblas, nube y oscuridad; y habló Jehová con vosotros de en medio del fuego; oísteis la voz de sus palabras, mas a excepción de oír la voz, ninguna figura visteis. Y él os anunció su pacto, el cual os mandó poner por obra; los diez mandamientos, y los escribió en dos tablas de piedra. A mí también me mandó Jehová en aquel tiempo que os enseñase los estatutos y juicios, para que los pusieseis por obra en la tierra a la cual pasáis a tomar posesión de ella.

Guardad, pues, mucho vuestras almas; pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego; para que no os corrompáis y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra, figura de animal alguno que está en la tierra, figura de ave alguna alada que vuele por el aire, figura de ningún animal que se arrastre sobre la tierra, figura de pez alguno que haya en el agua debajo de la tierra. No sea que alces tus ojos al cielo, y viendo el sol y la luna y las estrellas, y todo el ejército del cielo, seas impulsado, y te inclines a ellos y les sirvas; porque Jehová tu Dios los ha concedido a todos los pueblos debajo de todos los cielos. Pero a vosotros Jehová os tomó, y os ha sacado del horno de hierro, de Egipto, para que seáis el pueblo de su heredad como en este día. (4:9-20)

Cuanto más importante es la posición de alguien, mayor es su responsabilidad por la forma de vivir que manifieste. Cuanto más destacado sea el papel de una persona, en cualquier sentido, más esperará la gente de esa persona, y más vulnerable será ésta al fracaso o a caer en la tentación de comprometer sus valores. Cuando los grandes líderes caen en el pecado, el impacto es muy fuerte, porque había personas que los observaban y los tenían como ejemplo.

Éste fue el caso de Israel. Y también es el de la iglesia. Dios impuso a Israel la misión de ser de bendición a las naciones. ¡Qué misión encomendó Jesús a su Iglesia cuando nos dijo que fuéramos e hiciéramos discípulos de todas las naciones! ¡Qué tremenda responsabilidad! Así que debemos tener cuidado de cómo vivimos. La frase clave de esta parte del capítulo es la que dice «guárdate»; en el versículo 9 leemos: Por tanto, guárdate, y guarda tu alma con diligencia… En el 15, volvemos a encontrar: Guardad, pues, mucho vuestras almas, y en el 23: Guardaos… En el original hebreo, la palabra usada en estos tres casos es la misma.

El peligro de la idolatría

La advertencia más importante es contra la idolatría. Éste es el gran enemigo del pueblo de Dios, y la gran amenaza al testimonio que ha de dar a las naciones. Éstas ya siguen a sus propios dioses. De modo que si nosotros, el pueblo escogido para transmitirles el conocimiento del Dios vivo, seguimos también a los dioses del mundo, no habrá diferencia alguna entre nosotros y ellos, ni testimonio, ni mensaje, ni misión.

¿Cómo mantenernos alejados de la idolatría? Primero, dice Moisés, guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides… (versículo 9). En Deuteronomio hallamos un gran énfasis centrado en no olvidar lo que Dios había hecho. Se ordenó a los israelitas que no olvidaran todas las experiencias que habían tenido al salir de Egipto. Se les dijo que no olvidaran los Diez Mandamientos. Tenían que enseñar estas cosas a sus hijos, y a cada generación de sus descendientes. Dentro del pueblo de Dios, tendríamos que enseñar y aprender constantemente lo que Dios ha hecho y las grandes verdades que nos ha enseñado.

El motivo por el que es tan importante enseñar la palabra de Dios es nuestro llamamiento misionero, el de representar a Dios delante de las naciones. Ésa es nuestra responsabilidad. Por consiguiente, para ponerla por obra, debemos mantenernos apartados de la idolatría, y para ello hemos de haber recibido una buena enseñanza.

Las cosas que brillan

En segundo lugar, dice Moisés, «no seas impulsado» o atraído (4:19). Cuando contemplemos el cielo, cuando veamos el sol, la luna y las estrellas, las grandes realidades de la creación, no debemos sentimos impulsados a adorarlas. Moisés reconoce en este punto que en la idolatría hay algo tremendamente atractivo. Cuando pensamos en la idolatría, tendemos a hacerlo evocando imágenes de prácticas extrañas en países lejanos, cosas ajenas y espantosas que nunca haríamos. Pero nuestra idolatría tiene que ver con las cosas que sí nos atraen, que afectan a nuestra sensibilidad.

En el 4:16-19, la lista de posibles orígenes de la idolatría invierte el orden de la creación. En Génesis 1 la creación empieza con la luz, el sol y los cielos; luego viene la Tierra, los mares, los peces; luego la tierra firme, los animales y, por fin, el ser humano. Quizá sea significativo el hecho de que, al advertirnos contra la idolatría, se invierta este orden, como si quisiera decir que, si no colocamos antes que nada al Dios vivo, todo lo demás estará patas arriba. Acabaremos teniendo una vida y una sociedad que habrán perdido el sentido, caóticas y absurdas, que llaman bien al mal y mal al bien.

Se advirtió a los israelitas que tuvieran cuidado con lo que ponían ante su vista, con aquello que permitían que les deslumbrara. Se les recordó que cuando Dios les habló, lo que importaba no era lo que vieron con sus ojos, sino lo que oyeron con sus oídos. Cuando experimentaron la realidad de Dios en el monte Sinaí (también conocido como Horeb), no vieron forma alguna, nada de estatuas brillantes. Dios vino a ellos rodeado de una tormenta de truenos, relámpagos y fuego; pero, en última instancia, lo que importaba no era lo que vieron, sino la voz que escucharon. Dios es el Dios vivo, el que habla, el que tiene un mensaje para nosotros, palabras de promesa, órdenes y prohibiciones.

Dos futuros posibles

Y Jehová se enojó contra mí por causa de vosotros, y juró que yo no pasaría el Jordán, no entraría en la buena tierra que Jehová tu Dios te da por heredad. Así que yo voy a morir en esta tierra, y no pasaré el Jordán; mas vosotros pasaréis, y poseeréis aquella buena tierra. Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios, que él estableció con vosotros, y no os hagáis escultura o imagen de ninguna cosa que Jehová tu Dios te ha prohibido, porque Jehová tu Dios es fuego consumidor, Dios celoso.

Cuando hayáis engendrado hijos y nietos, y hayáis envejecido en la tierra, si os corrompiereis e hiciereis escultura o imagen de cualquier cosa, e hiciereis lo malo ante los ojos de Jehová vuestro Dios, para enojarlo; yo pongo hoy por testigos al cielo y a la tierra, que pronto pereceréis totalmente de la tierra hacia la cual pasáis el Jordán para tomar posesión de ella; no estaréis en ella largos días sin que seáis destruidos. Y Jehová os esparcirá entre los pueblos, y quedaréis pocos en número entre las naciones a las cuales os llevará Jehová. Y serviréis allí a dioses hechos de manos de hombres, de madera y piedra, que no ven, ni oyen, ni comen, ni huelen. Mas si desde allí buscares a Jehová tu Dios, lo hallarás, si lo buscares de todo tu corazón y de toda tu alma. Cuando estuvieres en angustia, y te alcanzaren todas estas cosas, si en los postreros días te volvieres a Jehová tu Dios, y oyeres su voz; porque Dios misericordioso es Jehová tu Dios; no te dejará, ni se olvidará del pacto que les juró a tus padres (4:21-31).

¿Por qué es importante el hecho de si nosotros, el pueblo de Dios, nos tomamos en serio o no nuestra responsabilidad única? Porque tenemos que enfrentarnos al Dios vivo. En 4:23-31, Moisés anticipa dos futuros posibles para Israel, en ambos de los cuales tienen que enfrentarse a Dios.

El primero es una inversión de la promesa dada a Abraham. En lugar de ser muchos, Israel se vería reducida a unos pocos. Como sabemos, gracias al resto del Antiguo Testamento, ese fue el camino que al final siguió Israel. Tomaron esa ruta, y chocaron de frente con el Dios celoso, el fuego consumidor, el Dios cuyo amor no tolera ningún tipo de competencia (v. 24). Pero en los versículos 29-31, vemos el futuro alternativo, el arrepentimiento, retorno y restauración del pueblo. Cuando avanzamos por ese camino nos encontramos con el Dios misericordioso, que no nos abandona, ni nos destruye ni nos olvida (v. 31).

Hallamos semejante dualidad en la naturaleza divina. O bien es un fuego consumidor, celoso de Su nombre, que no está dispuesto a tolerar la idolatría entre su pueblo, o bien es un Dios de misericordia y compasión, lento para la ira y con un amor ilimitado, que jamás olvidará a su pueblo. Esto no quiere decir que Dios sea mutable. Dios es la parte consecuente en la relación con un pueblo que no lo es.

Uno de los motivos por los cuales el libro de Deuteronomio es tan significativo es que anticipa la realidad del curso que seguiría Israel durante la historia, yendo desde su exilio y restauración tras éste hasta Cristo. En la historia del pueblo de Dios, esta estructura se repite una y otra vez, incluyendo a la iglesia y a nuestras vidas como individuos.

Una experiencia única

Porque pregunta ahora si en los tiempos pasados que han sido antes de ti, desde el día que creó Dios al hombre sobre la tierra, si desde un extremo del cielo al otro se ha hecho cosa semejante a esta gran cosa, o se haya oído otra como ella. ¿Ha oído pueblo alguno la voz de Dios, hablando de en medio del fuego, como tú la has oído, sin perecer? ¿O ha intentado Dios venir a tomar para sí una nación de en medio de otra nación, con milagros y con guerra, y mano poderosa y brazo extendido, y hechos aterradores como todo lo que hizo con vosotros Jehová vuestro Dios en Egipto ante tus ojos? (4:32-34).

Pero nos seguimos enfrentando a una serie de preguntas. ¿Por qué debemos aceptar semejante posición de responsabilidad? ¿Por qué tomamos en serio esta advertencia contra la idolatría? En el momento culminante del capítulo 4 encontramos la respuesta de Moisés (vv. 32- 34): debemos hacerlo porque ningún otro pueblo ha tenido una experiencia con Dios como la nuestra. Las preguntas que formula Moisés son retóricas. La respuesta a todas ellas es «no». Ninguna otra nación había experimentado lo que Israel había pasado junto a Dios. Dios no había hecho nada igual en ningún otro contexto ni en ninguna otra época. Por consiguiente, la experiencia que Israel tenía de Dios era única.

La revelación

En primer lugar, la experiencia que tenía Israel de la revelación divina carecía de toda comparación. En el monte Sinaí, Dios manifestó a Israel, por medio de Moisés, su propio carácter, su pacto, su ley y todo lo que esperaba de su pueblo. Ninguna otra nación había recibido una revelación así. En el Salmo 147 encontramos una afirmación parecida: [Dios] ha manifestado sus palabras a Jacob, sus estatutos y sus juicios a Israel. No ha hecho así con ninguna otra de las naciones; y en cuanto a sus juicios, no los conocen. Aleluya (147:19-20). Ni Moisés ni el salmista querían decir que ninguna otra nación que no fuera Israel tenía idea de lo que es la moral. Las Escrituras dejan claro que todo ser humano hecho a la imagen de Dios comprende hasta cierto punto quién es él y cuáles son los requisitos morales básicos en la vida del hombre. Pero existe algo único en la revelación divina a Israel. Era un pueblo que había conocido a Dios de una manera que ninguna otra nación, en aquel momento, había experimentado.

La redención

En segundo lugar, la experiencia de la redención que había tenido Israel era única. El éxodo, el gran acto de liberación divino, era tan importante para Israel, desde el punto de vista histórico y teológico, como la cruz y la resurrección de Jesús lo son para los cristianos contemporáneos. Constituía la prueba monumental del amor de Dios, de su fidelidad hacia su palabra, de su poder redentor y de su gracia. Era el fundamento de todo lo que Dios hizo más adelante por su pueblo.

A los israelitas se les recordó todo esto al pie del monte Sinaí. En Éxodo 19, Dios les habló desde la cumbre:

Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel (19:4-6).

Israel había experimentado la salvación de Dios de un modo desconocido para cualquier otro pueblo. Por tanto, tenían la responsabilidad de una misión, la de ser sacerdotes de Dios entre las naciones. Se confiaba a ellos el conocimiento de Dios de los demás pueblos. Los cristianos tenemos la misma identidad e idéntica misión. En 1 Pedro 2, el apóstol Pedro habla a un grupo heterogéneo de cristianos que no sólo incluía a judíos creyentes, sino también a personas que practicaban diversas religiones. Hace alguna cita del Éxodo y de otros pasajes del Antiguo Testamento, y les dice a aquellas personas, y a la vez a nosotros: Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios… (1 Pedro. 2:9). Esta es nuestra identidad. Nuestro propósito es el de anunciar «las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable». Éste es el lenguaje del éxodo. Pedro nos está recordando que también nosotros hemos experimentado nuestro propio éxodo. Puede que no hayamos salido de Egipto, pero sí de la oscuridad, del pecado, del reino de Satanás. Dios nos ha trasladado al reino de su luz maravillosa. Por consiguiente, tenemos la responsabilidad de darla a conocer. Es por esto que, en 1 Pedro 2:12, el apóstol dice: mantened buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras.

Estas palabras van destinadas a nosotros. Debemos aceptar la misión de ser el pueblo divino en este mundo, porque tenemos una experiencia única de quién es Dios. No se trata tan sólo de que cada uno de nosotros tenga una experiencia única del Dios vivo que, por medio de Jesucristo, se nos ha revelado y nos ha salvado, aunque esto sea cierto. Pero vayamos más lejos: la experiencia cristiana de todos nosotros se basa en la vida, muerte y resurrección del Señor Jesucristo y en el hecho de que en su nombre, y en ningún otro, hay perdón y salvación. Ésta constituye una realidad única, un mensaje único que nos ha sido confiado. Es nuestro por la gracia de Dios, no para que nos apropiemos de él como algo exclusivo, sino para que lo compartamos con las naciones.

Un Dios único

A ti te fue mostrado, para que supieses que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él. Desde los cielos te hizo oír su voz, para enseñarte; y sobre la tierra te mostró su gran fuego, y has oído sus palabras de en medio del fuego. Y por cuanto él amó a tus padres, escogió a su descendencia después de ellos, y te sacó de Egipto con su presencia y con su gran poder, para echar de delante de tu presencia naciones grandes y más fuertes que tú, y para introducirte y darte su tierra por heredad, como hoy.

Aprende pues, hoy, y reflexiona en tu corazón que Jehová es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro. Y guarda sus estatutos y sus mandamientos, los cuales yo te mando hoy, para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, y prolongues tus días sobre la tierra que Jehová tu Dios te da para siempre (4:35-40).

A lo largo de todo el capítulo 4 de Deuteronomio podemos imaginar a los israelitas (o a nosotros mismos) preguntando: «¿Por qué?» Ahora vuelve a surgir la pregunta: ¿por qué hemos tenido esta experiencia? La respuesta la hallamos en el versículo 35: A ti te fue mostrado, para que supieses que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él. Y también en el versículo 39 leemos: Aprende pues, hoy, y reflexiona en tu corazón que Jehová es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro. De este modo, el propósito de las experiencias por las que habían pasado los israelitas está claro. Habían pasado por todo aquello para que supieran quién es el Dios vivo. Las demás naciones aún no lo sabían, pero ellos sí. Jehová, el Señor, es Dios, y no hay ningún otro.

El texto no dice que se les mostraron tales cosas para que creyeran en Dios, o para que aprendieran que sólo existe un Dios, ni para que fueran especialmente religiosos. La idea clave no es la diferencia entre el ateísmo y el teísmo, ni entre el monoteísmo y el politeísmo. La pregunta es: si todo el mundo cree en algún tipo de Dios, ¿quién es él de verdad? El texto nos dice que el pueblo de Israel había pasado por aquella experiencia única de la revelación y la redención para que supieran que Yahvéh, el Señor, es Dios. Lo que estamos considerando es el carácter de Dios. Yahvéh es el Dios de misericordia, compasión, justicia y liberación, el Dios que les sacó de Egipto y les protegió en el desierto, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob: ése es Dios.

Resulta sorprendente comprobar con qué frecuencia los comentaristas intentan evitar la aseveración monoteísta contenida en estos versículos. Dicen que en realidad el texto no pretende decir que no había ningún otro Dios: ningún otro Dios para Israel, puede, pero su fe no era un verdadero monoteísmo. Sin embargo, el versículo 39 dice Jehová es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro. No cabe la posibilidad de que exista ningún otro Dios. Estos versículos afirman rotundamente la unicidad del Dios israelita.

A lo largo de toda su historia, Israel perdió el contacto con esta verdad, y adoró a otros dioses. A los cristianos nos ha pasado lo mismo. Pero esta afirmación en Deuteronomio es esencialmente la misma, y constituye el fundamento de la que hallamos en el Nuevo Testamento, que Jesús es el Señor y no hay ningún otro. Cuando los primeros cristianos reconocieron quién era Jesús, afirmaron su exclusividad con unos términos que ya conocían: la unicidad de Yahvéh. Jesús completó la misión de Israel. Encarnó al Dios único de Israel, y por consiguiente él mismo fue único.

Casi hemos descrito un círculo completo. En este capítulo de Deuteronomio se dice al pueblo de Dios que conoce al único Dios del universo. Lo conocen porque le han experimentado. Él ha invadido su entendimiento, les ha hablado en el monte Sinaí. Él fue quien los sacó de Egipto. ¿Por qué? Porque los llamó a ser bendición de y testimonio a las naciones, para ser un pueblo que representara al Dios vivo ante los demás. Ésta es la misión de Israel, ésta es su identidad. La conclusión llega en el versículo 40: Y guarda sus estatutos y sus mandamientos, los cuales yo te mando hoy, para que te vaya bien... Guarda los Diez Mandamientos, obedécelos y vive a la luz de ellos. Pero comprende por qué debes hacerlo: porque conoces al Dios que te los dio, conoces al Dios que te salvó, que te llama a ser su testigo ante las naciones de este mundo, de modo que éstas lleguen al convencimiento de que el Señor es Dios, y que no hay otro fuera de él.

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