Daniel 6

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Capítulo 6

FRENTE A LOS LEONES

Mi esposa dice que nunca me había visto realmente enfadado hasta que fuimos a la India. Por lo general soy una persona bastante tranquila, no suelo llegar a los aspavientos emocionales ni por arriba ni por abajo de la escala. La rabia y yo no solemos ser vistos en compañía, al menos no durante mucho tiempo. Pero fue allí, en una institución cristiana, cuando experimenté por primera vez la terrible ira generada por el hecho que me malinterpretaran. Y además en serio, ¡no sólo por mi acento de Ulster! Ahora las circunstancias ya no importan, y la verdad es que apenas las recuerdo, pero fue uno de esos asuntos que suceden en una comunidad donde se unen los fracasos administrativos con las deficiencias y animosidades personales, situación que luego se agrava debido al orgullo y al miedo de perder nuestra fachada. Se decían y hacían cosas que en sí mismas carecían de integridad, y se cometían injusticias con ciertas personas. Yo me vi envuelto en ellas inevitablemente, debido a las responsabilidades dales que tenía. Entonces descubrí que malinterpretaban mis motivos. Escuché cosas que decían de mí en las reuniones de los graduados. Mi familia se convirtió también: en blanco de estas críticas. Me sentí herido, y pasé por un tiempo de pura rabia, parte de la cual expresé, y parte de la cual conseguí ocultar. Era el momento de sentirse como una víctima, de verse «acosado», de sentir esas puñaladas en la espalda de las que habla el proverbio. En resumen, no fue una situación agradable.

Si esa es la única experiencia de animosidad personal que he de encontrarme en la vida, seré un hombre muy afortunado, por supuesto. Aunque fue desagradable, al menos el ambiente cristiano donde se produjo la amortiguó. Pero me ofreció una pequeña perspectiva sobre el tipo de presiones bajo las que viven los cristianos en el mundo pagano y secular que están sujetos a los odios y los desprecios de otros. El proverbio «ir a parar a la boca del león» no es una metáfora exagerada para describir las circunstancias por las que pasan algunos creyentes en este mundo.

Uno de los sermones más poderosos que he escuchado o leído sobre Daniel 6 fue el que pronunció un obispo de Kenia, cuya denuncia y condena de la injusticia política y social presente en su país le convirtió en blanco de ataques gubernamentales. No sólo ha recibido amenazas de muerte, sino que en una ocasión él y su familia fueron atacados en su propia casa por unos asesinos enviados a matarle. Como el Daniel sobre el que acababa de predicar, fue librado de la muerte. Otros cristianos, sin embargo, incluyendo a otro pastor, han muerto por sus convicciones.

De modo que Daniel 6 tiene una importancia muy aguda para todos los cristianos presionados por las autoridades, en especial en aquellos lugares del mundo donde defender la fe en el Dios vivo puede ser cuestión de vida o muerte.

Daniel había sobrevivido al hundimiento del imperio babilonio, y ahora había alcanzado una posición muy elevada en la administración del imperio persa, que había sustituido a aquél. Como suele decirse, los gobiernos vienen y van, pero los funcionarios civiles permanecen para siempre. En esta época era ya un hombre muy anciano, y sin embargo le encontramos otra vez enfrentándose a una prueba muy dura de su fe en Dios, incluso más fuerte que todo lo que tuvo que pasar siendo un joven estudiante en la academia de Nabuconodosor.

El hecho de que Daniel pasara por esta prueba de fe cuando era anciano constituye una lección muy juiciosa. En esta vida jamás llegará el momento en que podamos relajarnos y pensar que nuestra fidelidad hacia Dios es algo tan bien enraizado que nunca más volverá a pasar por un desafío o una prueba. Siempre me ha impresionado la sabiduría de Josué, quien, cuando era también muy mayor, se dirigió a la asamblea de los que habían compartido las conquistas con él muchos años antes, y les retó: «escogeos hoy a quien sirváis» (Josué 24:15; cf. 23:1, 2). La lealtad al pacto de ayer no bastaba. El hoy nos llama a tomar nuevas decisiones. ¿Cuándo decidió por última vez servir a Dios en cualquier situación en la que existiera una verdadera alternativa?

LA EXCELENCIA DE DANIEL

«Pareció bien a Darío constituir sobre el reino ciento veinte sátrapas, que gobernasen en todo el reino. Y sobre ellos tres gobernadores, de los cuales Daniel era uno, a quienes estos sátrapas diesen cuenta, para que el rey no fuese perjudicado. Pero Daniel era superior a estos sátrapas y gobernadores, porque había en él un espíritu superior; y el rey pensó en ponerlo sobre todo el reino. Entonces los gobernadores y sátrapas buscaban ocasión para acusar a Daniel en lo relacionado al reino; mas no podían hallar ocasión alguna o falta, porque él era fiel, y ningún vicio ni falta fue hallado en él».

Daniel 6:1-4

Como cierto cómico inglés, Daniel podía haber dicho: «No he llegado a donde estoy gracias a mi negligencia y falta de formalidad». Tampoco se lo debía a la suerte, a su pertenencia a una élite privilegiada por nacimiento (más bien al revés: había superado la desventaja de su trasfondo racial y social), ni siquiera al favoritismo de Dios o del rey. Los primeros versículos de este capítulo despejan intencionadamente toda duda de que Daniel mereciera totalmente su elevada posición, que se equiparaba a sus grandes cualidades como persona. Hay dos cosas que destacan.

  • Su capacidad personal. Daniel era un fuera de serie. Este sencillo hecho lo demuestra la frase «había en él un espíritu superior». El mismo, y todo lo que hacía, se distinguía de inmediato por poseer una cualidad superior. Era un hombre con grandes dones innatos que usaba a fondo mediante un trabajo duro y constante. Las cualidades que habían llamado la atención del rey Nabuconodosor no había sido el resplandor breve y luminoso de un «empollón» joven y académico que era capaz de destacar en los exámenes pero que luego se arrugaba frente a las presiones de la vida real propias del áspero mundo de la política. Daniel tenía buenas cualidades, y además «de cajón» (¡y del cajón de más arriba, si me perdonan el juego de palabras!).
  • Su integridad personal. Esta es la otra faceta vital de esta historia. A veces las personas con grandes capacidades carecen de integridad, de modo que usan sus dones de una forma corrupta. El mundo financiero se ha visto conmovido estos últimos años por los fraudes casi increíbles que personas extremadamente inteligentes han perpetrado, personas cuya enorme habilidad se ha torcido para potenciar la avaricia y el robo a gran escala. Dentro del mundo político, hemos sido testigos de los escándalos «Watergate» e «Irangate» y, en Gran Bretaña, la vergüenza que suponen los «tejemanejes» dentro de los ministerios, en los que oficiales corruptos, cuya labor es la de proveer para los necesitados, en realidad los explotan para llenarse los bolsillos. No cabe duda de que la administración de una burocracia tan vasta como la de Persia ofrecía a hombres de la posición de Daniel unas enormes posibilidades de cometer fraudes similares en el mundo antiguo.

Pero Daniel era de confianza. Las personas que tenía por debajo – es decir, la gente a la que tenía que servir podían fiarse de él, dado que los oficiales de condición superior no lograban forzarlo o corromperlo para que obrara en contra de sus intereses. Y los que tenía por encima -o sea, el rey- también podían confiar en él, sabiendo que ningún conspirador, ni oficial corrupto, podría sobornarlo o comprarlo. De modo que ni siquiera sus enemigos encontraron nada que lo comprometiera.

Sin embargo, no se trata solamente de que no fuera corrupto. Tampoco era negligente. Hay algunas personas bastante inofensivas que sólo lo son porque su pereza les, impide ser otra cosa. Todos conocemos el tipo de personas que ocupan posiciones de importancia y que nos sacan de quicio no porque hacen las cosas mal, sino porque no hacen nada en absoluto. Mantienen calentitos los asientos y pasean los papeles por el escritorio, pero no producen nada en el mundo real. Daniel no era uno de ellos. Hacía cosas. Era un «no negligente». Así que por estos dos motivos -su capacidad y su integridad- el rey sabía que, con Daniel al mando, no saldría perdiendo. Aquí tenemos a un hombre en quien se podía confiar para que hiciera el trabajo.

Desde la perspectiva de la historia de Daniel 6, queda claro por qué hemos de ahondar en estas características de Daniel. Es para subrayar el hecho de que su persecución y su juicio fueron completamente injustos. En esta historia apreciamos que tiene una cualidad semejante a la de Job. En el libro de Job se nos invita a contemplar a un hombre que era tan justo como lo podamos imaginar, pero que padeció las peores calamidades concebibles debido a una serie de cosas que ni sabía ni podía controlar. Aquí vemos a otro hombre que era un modelo perfecto de excelencia, tanto en términos prácticos como morales, y que sin embargo padeció un odio y un ataque injustos.

De hecho, la ironía de la historia es que el propio gobierno al que servía fue el que le hizo pasar por semejantes presiones. Como más tarde indicó Daniel, con cortesía pero también con poder (teniendo en cuenta dónde lo dijo), no sólo era inocente a los ojos de Dios, sino que jamás había causado perjuicio alguno al estado (v. 22). ¡Eso sí es una afirmación fuerte! Había conseguido más beneficios para el estado por medio de su administración honesta y eficiente que todos sus enemigos juntos. Y sin embargo, tenía que sufrir. Incluso hay algo más notable si cabe: después de su conversación con los leones, siguió sirviendo al gobierno. No dimitió en un arrebato de justa indignación. Del mismo modo que fue el modelo que anticipaba las palabras de Jesús sobre amar a los enemigos, también constituye un ejemplo de lo que Pedro exhortaba a que hicieran los creyentes de su tiempo. Incluso si padecemos por hacer el bien, dijo, hemos de soportarlo con paciencia, y seguir haciendo el bien.

«Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior… Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos».

1 Pedro 2:13, 15

« ¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien? Mas también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis, sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros; teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo. Porque mejor es que padezcáis haciendo el bien, si la voluntad de Dios así lo quiere, que haciendo el mal».

1 Pedro 3:13-17

«… pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello.( … ) De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, y hagan el bien».

1 Pedro 4:16, 19

Aquí encontramos otra cosa interesante que observar. Daniel había puesto al servicio de aquella autoridad secular, pagana y política todas sus capacidades e integridad. Aparte de sus oraciones diarias, no sabemos nada de la vida privada o religiosa de Daniel. No sabemos si estaba comprometido con alguna buena causa social o religiosa. No sabemos si era un líder prominente en su sinagoga local. Lo que sí sabemos es que, en su trabajo cotidiano y secular, era el mejor. Incluso dejando aparte el resto de la historia y su idea central, vale la pena tener esto muy presente.

Es muy triste que los cristianos tengan la idea de que un trabajo secular es un simple medio para alimentar y vestir su cuerpo, y que por tanto se sientan con libertad para invertir sus capacidades y esfuerzos en simplemente sacar adelante la faena. Entonces suponen que pueden guardar lo mejor «para la obra de Dios». Esta dicotomía revela una incapacidad para entender que toda nuestra vida es «la obra de Dios». Como contraste, Pablo exhortó incluso a los esclavos creyentes a que trabajaran duro y honradamente para sus señores -incluso para aquellos que no eran creyentes- sobre la base de que en realidad estaban sirviendo al Señor Jesucristo.

«Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís».

Colosenses 3:22-24

El instituto donde enseño se dedica a preparar y equipar a personas para misiones cristianas interculturales. Cuando la gente nos expresa su deseo de estudiar aquí, le pedimos como mínimo tres cartas de referencia: una de un amigo personal, otra de un pastor de la iglesia o algún líder, y otra de un jefe secular (la mayoría de nuestros estudiantes han estado trabajando en puestos profesionales seculares). Antes de entrevistar a los candidatos, siempre me fijo de forma especial en la tercera referencia. Uno puede esperar que un amigo del o de la candidato/a o su pastor hablen bien de él o ella (¡aunque esperamos que «hablen verdad con amor»!), pero me gusta conocer la impresión que han causado en un ambiente laboral no cristiano. ¿Son personas de confianza, honestas, que trabajan duro? ¿Se relacionan bien con sus colegas? ¿Se les conoce porque trabajan bien? Porque si hay interrogantes sobre su forma de trabajar en el mundo secular, ¿qué garantía hay de que se van a comportar de otro modo bajo las presiones de la obra cristiana? Lo que más me conmueve es ver que, en la referencia del candidato, su jefe dice de alguna manera que, aunque respeta la decisión de su empleado y su vocación, le gustaría que no dejara el trabajo porque supondría una tremenda pérdida. Si realmente van a echar de menos a este candidato, ¡entonces sé que hemos encontrado a alguien que vale la pena!

Por consiguiente, el ejemplo de la excelencia de Daniel nos reta a pensar muy en serio en nuestras vidas cotidianas como cristianos en este mundo. Por un lado, nos avisa de que no nos sorprendamos (como escribieron Pedro y Santiago) si experimentamos desprecios e injusticias patentes en la forma en que nos tratan los demás. Por otro, examina nuestros motivos e integridad mediante la forma en que desempeñamos nuestro trabajo en la esfera secular.

LOS ENEMIGOS DE DANIEL

«Entonces los gobernadores y sátrapas buscaban ocasión para acusar a Daniel en lo relacionado al reino; mas no podían hallar ocasión alguna o falta, porque él era fiel, y ningún vicio ni falta fue hallado en él. Entonces dijeron aquellos hombres: No hallaremos contra este Daniel ocasión alguna para acusarle, si no la hallamos contra él en relación con la ley de su Dios».

Daniel 6:4-5

Es frecuente en esta vida que aquellos que son buenos y capaces se ganen el disgusto de los que no lo son. Es meramente una de las muchas perversidades de la naturaleza humana. El cuento de «El patito feo» (como muchos otros cuentos y canciones de guardería) ilustra una verdad experimentable. A nadie le gusta alguien que destaca entre la multitud, alguien que no es «uno de los nuestros». En especial esto es cierto si la diferencia tiene que ver con la moral o con algo que amenace con descubrir qué se cuece ahí fuera. De forma que este relato sobre cómo un hombre competente como Daniel se ganó unos enemigos tan peligrosos refleja las experiencias reales y vitales de muchas personas.

Su odio

¿Qué les hizo odiar tanto a Daniel? El texto nos ofrece algunas pistas sobre los motivos detrás de sus maliciosos pensamientos y tácticas.

  • Los celos. Se enteraron del ascenso de Daniel (Daniel 6:3). En la cámara real había un chivato: alguien que tenía la confianza del consejo real les había comunicado la intención del rey de ascender a Daniel a lo más alto de la administración civil, de modo que se desató una epidemia de envidia profesional. Es evidente que la vida política es un buen caldo de cultivo para este tipo de celos. Sabemos hasta qué punto rebosamos de cinismo cuando contemplamos a los políticos modernos dándose codazos en busca de la luz de las cámaras, la mejor oportunidad para sacarse fotos, las sintonías electorales más pegadizas, los puestos más bien retribuidos. Se respaldan los ideales del servicio público y la falsa modestia nos llega a las rodillas, pero la realidad es una carrera despiadada en busca del poder y la influencia, y/o los beneficios en términos de riqueza o prestigio que de ellos se deriven.

Pero los cristianos y las instituciones cristianas no son completamente inmunes a los ataques de la envidia en el terreno profesional. A veces las iglesias y las denominaciones tienen su «estructura profesional», su jerarquía (la propia palabra no encaja en el punto de vista bíblico sobre el ministerio). Nunca pude soportar el hecho de que, una vez nombrado pastor, tendría que enfrentarme a preguntas sobre mis ambiciones en la vida eclesial; preguntas que harían personas bien intencionadas, sin duda, pero que tenían un concepto equivocado del ministerio. ¿Por qué se llama «preferencia» a los nombramientos eclesiales en la Iglesia de Inglaterra? ¿Por qué se «entroniza» a los pastores? Y mientras yo era incapaz de defender de un modo lógico la forma en que se ordena a los obispos de la Iglesia de Inglaterra, temblaba al pensar en los métodos alternativos de elección que se usan en otras ramas de la Iglesia Anglicana y otras iglesias episcopales; tiemblo porque en la India fui testigo de excepción de los terribles abusos que esto potencia, llegando incluso a la violencia física; todos a pelearse por un trabajo «de los buenos», que les abra el camino hacia nuevos niveles de poder y beneficios personales.

  • El racismo. Los enemigos de Daniel se decidieron a atacarle en relación a su religión («la ley de su Dios»), pero, claro está, no se trataba solamente de un asunto de creencias personales. Incluía también su identidad étnica. Su actitud racista queda clara cuando le describen ante el rey, en el versículo 13: «Daniel, que es de los hijos de los cautivos de Judá». Este incidente tiene lugar más de cincuenta años después de que los judíos fueran trasladados a la fuerza a Babilonia. Los judíos habían vivido allí durante dos generaciones. Muchos, como Daniel, estaban perfectamente integrados en el sistema político-social del país, después de pasar por una completa reeducación académica y cultural (como vimos en Daniel 1). Sin embargo, aquellos oficiales hostiles siguen refiriéndose a él en unos términos tan despectivos como lo serían llamar «inmigrantes» a los miembros de la segunda y tercera generación de gente de color inglesa. Daniel 6 no es una simple historia sobre el valor cuando amenaza un peligro. Evidencia un elemento inconfundible de antisemitismo, enmascarando el torvo rostro del racismo.

Si ya es difícil tolerar que otra persona se lleve los ascensos, lo es más si ésta procede de un grupo étnico, una clase social o un trasfondo regional despreciados, o simplemente es del otro sexo. Entonces la envidia personal se une al orgullo grupal, y ponemos en marcha todo nuestro instinto humano para proteger del extraño la forma de vida del clan.

En las elecciones generales de Gran Bretaña, en 1992, John Taylor, un cristiano negro, se presentó como candidato conservador en Cheltenham; por lo general, es un puesto bastante tranquilo. Aunque estaba muy bien cualificado para el puesto, se suscitó mucha polémica cuando se presentó a la candidatura, y sus detractores ni siquiera procuraron ocultar sus actitudes racistas. Fue derrotado en las elecciones por un estrecho margen de votos, y quedó bien claro que el motivo fue el racismo de un grupo dentro de su propio partido. Más tarde él describiría su experiencia como la de Daniel en el foso de los leones.

  • El rencor. Jesús dijo una vez que la gente ama las tinieblas porque sus hechos son malos, de modo que odian la luz. La bondad no es algo popular, a menos que coincida con el interés egoísta de otros. Dado que por lo general amenaza con descubrir a los que son malos, éstos intentarán acallarla para protegerse. Aquellos oficiales seguramente se dieran cuenta de que, si Daniel ascendía hasta el escalafón más alto de la administración civil, ellos lo tendrían muy difícil para continuar con sus prácticas corruptas. Podrían ser descubiertos y despedidos. Así que su reacción es la de hacer todo lo posible por arrastrar a Daniel hasta su propio nivel: hacer que le descalificaran acusándole de corrupto antes de que él pudiera descubrirles. Sabían todo lo necesario sobre «las anticampañas» y cómo manchar reputaciones. Conocían las técnicas de la prensa amarilla. Sin embargo, al final tuvieron que admitir su derrota. A Daniel no había quien le pudiera acusar. Su hoja de servicios estaba tan limpia que cualquier cargo adolecería de falta de credibilidad, hasta el punto de hacerles pasar por tontos.

«No os sorprenda», advierte el Nuevo Testamento. Vivimos en un mundo que está en rebelión contra Dios y que, por tanto, manifiesta todas las señales de esa rebelión cuando se encuentra con alguien que respalda los valores del reino de Dios: la verdad, la honestidad, la integridad, la bondad, incluso la mera competencia. Tales cosas no son bienvenidas en nuestro mundo.

Sus métodos

  • Explotaron la fuerza de Daniel. Como no lograron encontrar grietas en la armadura de Daniel, decidieron asegurarse de que no saliera de ella. Como fracasaron al no encontrar en él debilidades, decidieron provocar su caída usando contra él su propia fuerza. Se preguntaron qué era lo más distintivo de su persona. ¿Qué era lo que le importaba más? Se dieron cuenta de que, por encima y más allá de su excelente hoja de servicios, se encontraba el hecho de su lealtad hacia Dios. En la práctica no entraban en conflicto esta lealtad y su evidente fidelidad y servicio al estado; pero si lograban crear una situación en la que hicieran colisionar ambos factores, la fuerza de sus convicciones religiosas precipitarían su caída. Un plan brillante.

De hecho, tenía una inteligencia diabólica. Porque a menudo las estrategias de Satanás son así. Durante los primeros días de la vida de un cristiano, puede suponernos todo un tropiezo el evidenciar en su persona nuestras debilidades: los viejos hábitos, los rasgos de personalidad arraigados, actitudes y prejuicios que aún no han pasado por la conversión, simple ignorancia de la enseñanza bíblica, o falta de buenos consejos o guía para vivir como un cristiano. Pero a medida que un cristiano crece, mediante la enseñanza, la experiencia y la gracia divina, esas debilidades disminuyen. Unas cualidades nuevas, a imagen de Cristo, ocupan su lugar. Ahora bien, está claro que nunca nos desprendemos de todas nuestras debilidades. Pensar eso sería tanto iluso como ignorante. Pero, por la gracia de Dios y el fruto de su Espíritu, nuestras debilidades se convierten en fuerza… y Satanás cambia de estrategia. Si no puede tumbarnos usando tentaciones y pecados obvios y «fáciles», usará las mismas cosas que pensábamos que eran nuestra fortaleza o nuestro don para meternos en situaciones en las que acabemos mordiendo el polvo una vez más, en pecado y derrotados.

Por ejemplo, ser cristiano fortalece el sentido de responsabilidad de una persona joven hacia sus padres, ya que esta es parte evidente del deber bíblico y cristiano. Dejemos que este fortalecido compromiso con el respeto y la obediencia crezca y se desarrolle hasta convertirse en una virtud consciente y definida. Entonces procuremos que la fuerza de este compromiso entre en conflicto con la fidelidad hacia el propio llamamiento de Cristo. Una mujer india entre mis estudiantes experimentó semejante presión -intolerable- cuando era joven, con su vida de cristiana recién convertida dentro de un hogar hindú. Quería obedecer a sus padres en todo, pero no podía ceder a su severa y constante presión para que abandonara su lealtad a Jesús como su único Dios y Señor, y adorara junto a ellos a las deidades hindúes. Con la ayuda de Dios ella se mantuvo firme, pero el filo de la tentación estaba en que, si hubiera cedido a las exigencias de su familia, hubiera parecido que no hacía nada inmoral, más bien lo contrario: parecería estar cumpliendo con las obligaciones de una hija obediente.

Es triste, pero cierto, que muchos pastores cristianos caen en las tentaciones sexuales que nacen de la misma naturaleza de su trabajo. Un estudio que realizó la revista Christianity Today (Cristianismo actual) desveló que el doce por ciento de los que respondieron a un cuestionario distribuido entre mil pastores admitió que habían mantenido relaciones sexuales en el curso de su labor pastoral. Un dieciocho por ciento reconoció unas relaciones sexuales más generales. No es probable que estos hombres y mujeres se dedicaran a esta labor con la intención de acabar así. La mayoría de ellos, si no todos, probablemente nunca imaginaron al empezar su labor pastoral que acabarían enredados en semejantes asuntos. Y sin embargo cayeron, con sus pies de barro prendidos en el mismo elemento que constituía su don y su fuerza: un corazón pastoral, un espíritu de amor… pero unos ojos descuidados. Esto no implica, de ninguna manera, que excuse semejante comportamiento, pero indica que éste puede estar imbricado en las cosas que hacen fuerte a una persona, en ese preciso sentido en que Satanás puede explotarlas.

El mensaje es: no vigilemos sólo nuestros puntos débiles. Controlemos también nuestras posiciones firmes. Satanás sabe cómo atacar ambas cosas.

  • Violaron la constitución.

«Entonces estos gobernadores y sátrapas se juntaron delante del rey, y le dijeron así: ¡Rey Darío, para siempre vive! Todos los gobernadores del reino, magistrados, sátrapas, príncipes y capitanes han acordado por consejo que promulgues un edicto real y lo confirmes, que cualquiera que en el espacio de treinta días demande petición de cualquier dios u hombre fuera de ti, oh rey, sea echado en el foso de los leones. Ahora, oh rey, confirma el edicto y fírmalo, para que no pueda ser revocado, conforme a la ley de Media y de Persia, la cual no puede ser abrogada. Firmó, pues, el rey Darío el edicto y la prohibición».

Daniel 6:6-9

La propuesta que le presentaron al rey era muy halagadora. Tenía que serlo, porque solamente deslumbrándole con adulaciones lograrían apartar su atención del hecho de que tal propuesta era inconstitucional. Ciertamente, el imperio de Persia garantizaba un alto grado de libertad religiosa. Uno de los primeros actos de Ciro el persa (Daniel 1:21, 6:28; Esdras 1:1-11), cuando derrotó a los babilonios y se hizo con todo su imperio, fue el de emitir un edicto que liberaba a los pueblos cautivos y a sus dioses. Fue este edicto el que concedió a los judíos (junto con otros pueblos que habían sido cautivos de Babilonia) la libertad para regresar a Jerusalén y reedificar el templo de Jehová, su Dios. La parte del edicto de Ciro con importancia para los judíos se registra en Esdras 1:1-4. Los detalles más concretos de su política se encuentran grabados en un cilindro de piedra, conocido como el Cilindro de Ciro, que se puede contemplar en el Museo Británico.

La idea de Ciro, que se convirtió en la política colonial oficial del imperio persa, fue la opuesta a la que tuvieron asirios y babilonios antes que él. Ellos habían considerado que la mejor manera de mantener a las naciones sujetas bajo el poder imperial era la de disgregarlas, dispersarlas, deportar a sus miembros, y especialmente capturar a sus dioses llevando sus ídolos a la capital del imperio. Jehová no tenía representación física, de modo que, como vemos al principio del libro de Daniel, Nabuconodosor se llevó otros utensilios sagrados del templo de Jerusalén. Ciro parece ser que consideró esa política como algo que potenciaba el descontento constante y la rebelión. ¿Por qué mantener todos los dioses apiñados en la capital, donde podían enfadarse con el rey, cuando podía liberarlos y enviarlos a sus casas? Constrúyeles bonitos templos, y entonces tus súbditos te estarán agradecidos, orarán a sus dioses en tu favor, y tendrás un imperio en paz y satisfecho.

Por tanto, la política oficial del imperio persa fue la de conceder libertad religiosa a sus pueblos vasallos, dentro de los límites de la fidelidad general hacia el propio estado persa. En este sentido, fue un régimen más liberal que el de sus predecesores. Por consiguiente, desde el punto de vista constitucional, no había motivos para que, en el caso de Daniel o de cualquiera de los judíos, las exigencias de «la ley de su Dios» tuvieran que entrar en conflicto con «la ley de Media y de Persia». Pero sus enemigos tuvieron éxito en lo que suponía una suspensión temporal de la constitución, con el fin de generar precisamente ese tipo de conflicto. Sabían que si forzaban a Daniel a elegir entre la ley de su Dios y la del estado, él escogería a su Dios. Sólo podían plantear semejante dilema forzando la ley. De forma que se presentaron delante de Darío para hacer exactamente eso. Pero ocultaron sus intenciones negativas (destruir a Daniel) tras la fachada de un halago positivo (honrar al rey). No cabe duda de que añadirían algunos otros argumentos que los respaldaran.

«Hemos de fomentar la armonía y la unidad entre todas las razas de nuestro imperio. Así que nuestra propuesta favorecerá las relaciones interraciales». (En un enorme póster del aeropuerto de Bombay, y en otros lugares públicos de la India, se proclama: «Hindúes, musulmanes, cristianos, sikhs o jainistas, todos somos indios antes que nada»).

«Está muy bien que cada pueblo tenga su propia religión en privado, localmente, pero todos han de reconocer que lo primero es la lealtad hacia el rey y el estado».

«En realidad sólo existe una religión que sea patriótica, y todo el mundo debería reconocer este hecho durante un tiempo, aunque vuelvan a dedicarse a sus propias religiones después».

Y el rey se lo creyó. Engañado por la adulación, selló el decreto de forma que se convirtiera en ley, sin posteriores consultas o reflexiones. El resto de la historia deja claro que se arrepintió de aquella decisión apresurada. Sea como fuere, el asunto siguió su curso; la constitución se vio efectivamente suspendida por una ley que era en sí misma inconstitucional, y concedió a los enemigos de Daniel el tiempo suficiente como para hundirle amparándose en un manto de legalidad.

Como cristianos y como ciudadanos, tenemos que estar en guardia frente a la estructura constitucional de nuestros países. Si creemos que Dios es quien entrega o delega toda autoridad humana; si creemos que los derechos humanos básicos y las libertades constitucionales reflejan la voluntad moral de Dios y son para el bienestar de las personas; si, en otras palabras, nuestra fe bíblica nos dice algo sobre nuestra humanidad y no sólo acerca de nuestro cristianismo; entonces nosotros, de entre todos los pueblos, hemos de defender los derechos y libertades constitucionales.

Todos somos conscientes de cómo se violan los derechos humanos en muchas partes del mundo. Sabemos de los esfuerzos por los que tienen que pasar los cristianos en muchos países, donde la propia ley los discrimina. No obstante, incluso si vivimos en una presunta democracia secular, hemos de tener presentes las sutiles estratagemas con las que los enemigos de la fe cristiana minarán o eliminarán esa preciosa libertad para adorar y dar testimonio.

En la India, en los años 70, cierto número de estados de la unión india publicaron leyes de «libertad religiosa». En contra de la impresión que da este título, el significado de tales actos era que las personas eran libres de tener su propia religión, pero no la de convertir a ésta a miembros de otra religión, ni siquiera de convertirse libremente a otra religión, sin pasar por largos y complicados procesos religiosos. En unos pocos estados, estas leyes han sobrevivido y se usan con dureza contra los cristianos. Esto sucede a pesar del hecho de que se puede demostrar que son contrarias al Artículo 25 de la sección sobre los Derechos Fundamentales de la constitución india, que garantiza «el derecho a profesar, practicar y propagar una religión».

Ciertamente, en la India existen poderosos movimientos de «fundamentalismo» hindú que preferirían que la India tuviera una constitución más parecida a la que solía gobernar Nepal, que decía (en unos términos que hacen eco de la ley que firmó Darío en Daniel 6):

«Ninguna persona propagará el cristianismo, el Islam o ninguna otra fe de modo que obstaculice la religión tradicional de la comunidad hindú en Nepal, ni convertirá a ningún partidario de la religión hindú a ninguna de tales creencias».

La violación de esta ley suponía penas de cárcel de tres a seis años. Resulta irónico que Nepal, que hasta hace poco era el único país constitucionalmente hindú del mundo, se haya pasado ahora a una constitución más secular, mientras que la India, con su constitución secular, está sometida a presiones para que vaya en dirección contraria.

En Singapur, desde 1990, una «Ley de Armonía Religiosa» restringe la evangelización por parte de cualquier religión, debido al deseo de mantener la paz entre las comunidades musulmana, hindú y cristiana, en especial a la vista del crecimiento sorprendentemente rápido de la iglesia cristiana en ese país durante la última década.

Pero estos son lugares lejanos, podemos pensar los de nuestro país. Seguro que nada de eso sucederá aquí, con nuestra fuerte tradición de libertades democráticas. No debemos ser complacientes. Tengamos en cuenta que el tipo de legislación que pone trabas a la evangelización siempre tiene un nombre que habla de «libertad» o «armonía». Hace poco oí que a una iglesia australiana le habían exigido que quitara un panel donde decía «Jesús es Señor», sobre la base de que era una afirmación racista. Esta bien pudiera ser la línea mediante la cual se respaldaran las restricciones en España. A nadie se le ocurriría prohibir el cristianismo, ni nada tan crudo. Pero nos podrían decir que cualquier forma de evangelismo, en especial entre comunidades de otros credos, resulta perjudicial para la armonía racial o comunitaria, y por tanto tendría que ser ilegal. Hay ciertas voces poderosas que ya nos dicen que cualquier pretensión de conocer la verdad, o cualquier afirmación de la unicidad de Jesús como Señor y Salvador, es ofensiva para otras religiones. No supondría un paso muy grande pasar de esto a la prohibición de cualquier forma de evangelismo que hiciera estas afirmaciones, por humilde y cuidadosamente que lo hiciese.

¿Estamos preparados, antes que nada, a hacer todo lo posible dentro de nuestro sistema democrático para prevenir semejante estado de cosas? Y, en segundo lugar, si nos forzaran a aceptar esa situación, ¿sabríamos cómo enfrentarnos a ella? Entre otras cosas, nos forzaría a prestar atención a la gran mayoría de cristianos que por todo el mundo viven y dan testimonio en medio de tales restricciones, y también a aprender de ellos.

Y nos haría volver a aprender de Daniel, un hombre cuya lealtad hacia el estado ahora entra en conflicto con la que le debe a Dios. Vale la pena notar, a la vista de lo que acabamos de comentar, que las pruebas por las que pasó Daniel tenían que ver con algo que se les prohibía, no algo que se les exigiera (como en el caso de Sadrac, Mesac y Abed-nego en Daniel 3). De alguna manera, si el gobierno nos ordena hacer algo que sabemos que Dios prohíbe, es un asunto sencillo (¡aunque costoso!) renunciar a hacerlo. Pero si el estado meramente nos ordena dejar de hacer algo suele ser mucho más sencillo amoldarse a la situación, en especial si, como sucede con la evangelización, ¡ya de entrada no hacíamos gran cosa!

¿Quién se hubiera enterado si Daniel hubiera dejado de orar durante un mes? ¿No podía haber orado en silencio, en privado? Pero hacer eso hubiera sido precisamente venderse a la idolatría que exigía el estado. Si el gobierno empieza a hacer exigencias propias del estatus divino, entonces incluso la oración se convierte en un acto político; porque cuando uno ora, en especial si la oración es pública, visible, está afirmando una autoridad superior a la del gobierno. Apelamos a alguien por encima de César. Negamos las pretensiones del estado, que dice tener el poder y la autoridad últimos sobre nosotros.

Por eso en el Nuevo Testamento las instrucciones que se dan a los cristianos para que se sujeten a las autoridades políticas van unidas a la orden de orar por ellas. La oración coloca en la perspectiva correcta a las autoridades políticas. Si oramos por los reyes y los gobiernos, es que automáticamente los vemos en su lugar correcto, subordinado: bajo el gobierno y el control del Dios al que oramos. Yo creo, como dije antes, que Daniel oraba por Daría, igual que había orado por Nabuconodosor y Babilonia, según las instrucciones de Jeremías (Jeremías 29:7). Y por eso se negó a dejar de orar, aun cuando el propio Daría lo ordenó. La vida de oración de Daniel le mantenía en contacto con una autoridad superior a la de Darío, y ningún decreto iba a cambiar eso, ni siquiera «la ley de Media y de Persia».

LOS VALORES DE DANIEL

«Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes».

Daniel 6:10

La vida de oración disciplinada, regular y habitual que llevó Daniel significaba probablemente que le hubiera resultado más difícil dejar de orar que seguir haciéndolo. Se mencionan casi de pasada varias características de su vida de oración, pero de tal manera que nos muestran que no se trataba de algo extravagante o anormal. Oraba tres veces al día, arrodillado, daba gracias a Dios y le pedía ayuda (vs. 10, 11). Todo esto son cosas sencillas, que todos podemos imitar.

El hecho de que sus enemigos le hicieran caer en desgracia debido a esta actividad nos demuestra la desesperación que sentían, la profundidad malsana de su determinación a quitarlo de en medio. No sólo suponía amenaza alguna para el rey (la fidelidad de Daniel hacia el estado no era cuestionable) sino que, de hecho, si el rey lo sabía, seguro que consideraba esas oraciones como beneficiosas para él, porque seguro que parte de ellas eran por el rey. La oración del pueblo de Dios es para beneficio del mundo, no sólo de la iglesia, lo cual añade un poco más de trágica ironía a la trampa en que cayó Darío. ¡Se veía obligado a interrumpir una actividad destinada a su propio beneficio!

Pero, ¿qué pasa con aquellas ventanas de la habitación en la que Daniel oraba, las ventanas «que daban hacia Jerusalén»? No es casualidad que se mencionen aquí, del mismo modo que no lo era que Daniel hubiera decidido orar en una cámara orientada al oeste. ¿Era mera superstición o nostalgia?

Recuerdo cuando era un joven estudiante en Cambridge y sufrí el dolor que suponía separarme de mi novia; la ventana de mi habitación estaba orientada más o menos hacia el noroeste, y yo solía mirar por ella pensando en todas las millas que me separaban de Belfast, deseando poder cruzarlas volando, en un instante, para verla (¡y luego volver como un relámpago a terminar la redacción que debería estar haciendo!) No creo que Daniel, que ya rondaba los ochenta años, mirara por la ventana con esos mismos pensamientos.

Probablemente había dos razones por las que Daniel decidió orar mirando a Jerusalén. Primero, su gran conocimiento de la Escritura (cf. Daniel 9:2). El registro de la oración que hizo Salomón durante la dedicación del templo en 1 Reyes hace referencia al pueblo orando «hacia» la ciudad, el templo o la tierra.

«… y si se convirtieren a ti de todo su corazón y de toda su alma, en la tierra de sus enemigos que los hubieren llevado cautivos, y oraren a ti con el rostro hacia su tierra que tú diste a sus padres, y hacia la ciudad que tú elegiste y la casa que yo he edificado a tu nombre, tú oirás en los cielos, en el lugar de tu morada, su oración y su súplica, y les harás justicia».

1 Reyes 8:48,49

Sabemos, gracias a Daniel 9, que esto era lo que pensaba exactamente Daniel. Así que, al orar mirando hacia Jerusalén con las ventanas abiertas en aquella dirección, simplemente hacía lo que decían las Escrituras. Daniel era un hombre de la Biblia, no sólo de oración.

Pero hay un segundo motivo, más profundo, y es que esta acción revela toda la orientación e inspiración de la vida de Daniel. Ahí estaba, viviendo, trabajando, sirviendo durante toda su vida adulta en Babilonia, la ciudad de Nabuconodosor y sus sucesores. Pero durante todo ese tiempo estaba mirando, orando, meditando, «volviéndose» hacia Jerusalén, la ciudad de Dios. De ella derivaba la identidad, el carácter y los valores de su vida. Jerusalén, para los judíos, no era solamente una ciudad atractiva en lo alto de una colina, ni siquiera una capital. De hecho, a nivel de ciudad, no era una de las más impresionantes, ni siquiera en aquellos tiempos. Pero era el lugar donde Jehová, el Dios de Israel, había hecho que habitara su nombre. La presencia de Dios estaba en el templo, y la ley divina se conocía y proclamaba allí. Así que, aunque a menudo fracasaba en la realidad, se suponía que era el lugar que reflejaba la justicia de Dios.

Jerusalén era la ciudad donde, según las visiones proféticas, vendrían las naciones para aprender acerca del verdadero Dios y sus caminos (Isaías 2:1-5). Era el punto central de la esperanza mesiánica y del futuro reino de Dios. Un día Dios gobernaría desde Sión; Jerusalén, incluso una Jerusalén en ruinas (como lo estuvo la mayor parte de la vida de Daniel, si bien en la época de Daniel 6 la estaban repoblando), simbolizaba todo aquello. Jerusalén, aunque físicamente estaba por los suelos, le recordaba a Daniel el reino de su Dios, pasado, presente y futuro. Por tanto, orar «hacia Jerusalén» era conectarse con la dirección de Dios y sus propósitos y valores. Era como trazar el camino sobre el mapa de su vida, diariamente, capacitándole para ver todo lo demás bajo la perspectiva correcta en relación a la realidad de Dios.

Así que para Daniel la llave del futuro, y todos los propósitos de Dios, el significado de la vida y sus valores últimos, no estaban en la ciudad que había edificado Nabuconodosor, sino en la que había destruído. Daniel vivía rodeado de la impresionante cultura imperial de la capital del imperio humano más poderoso del mundo. Se codeaba con los grandes, los ricos y los poderosos. Caminaba por los atrios del poder y la gloria terrenales. Y sin embargo tres veces al día se arrodillaba y pensaba en Dios y en Jerusalén. Mantuvo su brújula en la dirección correcta. La oración le recordaba sus verdaderos valores. La «oración hacia Jerusalén» hacía que su vida política volviera a apuntar hacia la voluntad de Dios y sus mandamientos. La oración era el medio por el cual Daniel era capaz de ser un siervo fiel y honrado de uno de los reinos de este mundo y, al mismo tiempo, servir al reino de Dios. No vivió en Sión sólo cuando llegó al cielo, sino en medio de ese mundo ambiguo, complejo y potencialmente bestial (véase Daniel 7) de la política del poder humano.

De modo que, cuando pienso en aquellas ventanas abiertas, no las veo como una vía de escape, sino como una entrada. Es decir, que no servían tanto para que salieran las oraciones de Daniel como para que entrara el Dios de Jerusalén. La vida de oración de Daniel no era mero escapismo de las presiones cotidianas presentes en la administración política. Más bien era el medio de llevar el poder y la presencia de Dios a su trabajo inmediato. Daniel era la sal y la luz de Dios en el mundo secular en que se movía. Conservó su salinidad y su lámpara bien limpia mediante el contacto cotidiano con su fuente: el propio Dios.

Sea cual sea la estructura de nuestro devocional, vale la pena que nos formulemos la pregunta: ¿cómo se relaciona con el mundo real y cotidiano de la vida y el trabajo secular? ¿Supone unos momentos de bendito alivio, un escape del trabajo? ¿O es el medio para conectar con la presencia de Dios -con todos sus valores y prioridades- y ese otro mundo? Esto es aplicable no sólo a nuestras oraciones privadas, sino también a nuestras participaciones en la adoración de los domingos y nuestros momentos de comunión, oración o estudio bíblico con otros cristianos. ¿Son evasiones o invasiones? ¿Escapistas o transformadores? Preocupémonos de que las ventanas estén «abiertas hacia Jerusalén», de reorientar nuestras vidas cotidianas en la dirección del nombre de Dios, su voluntad, sus propósitos, su dirección. Como Daniel, y a la vez siendo ejemplos de uno de los mandamientos de Jesús, «busquemos primeramente el reino de Dios y su justicia».

LA JUSTIFICACIÓN DE DANIEL

¡El resto de la historia en este capítulo es la más popular! Al menos es la parte que les entra mejor a los niños de la escuela dominical.

«Entonces se juntaron aquellos hombres, y hallaron a Daniel orando y rogando en presencia de su Dios. Fueron luego ante el rey y le hablaron del edicto real: ¿No has confirmado edicto que cualquiera que en el espacio de treinta días pida a cualquier Dios u hombre fuera de ti, oh rey, sea echado en el foso de los leones? Respondió el rey diciendo: Verdad es, conforme a la ley de Media y de Persia, la cual no puede ser abrogada. Entonces respondieron y dijeron delante del rey: Daniel, que es de los hijos de los cautivos de Judá, no te respeta a ti, oh rey, ni acata el edicto que confirmaste, sino que tres veces al día hace su petición. Cuando el rey oyó el asunto, le pesó en gran manera, y resolvió librar a Daniel; y hasta la puesta del sol trabajó para librarle. Pero aquellos hombres rodearon al rey y le dijeron: Sepas, oh rey, que es ley de Media y de Persia que ningún edicto u ordenanza que el rey confirme puede ser abrogado.  Entonces el rey ordenó que trajeran a Daniel, y lo echaron al foso de los leones. Y el rey dijo a Daniel: El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre».

Daniel 6:1-11

El arte del narrador hebreo retrata con maestría la angustia del rey cuando se dio cuenta de con cuánta astucia le habían atrapado. En Persia se ponía mucho énfasis en «la ley y el orden». No por nada la expresión «ley de Media y de Persia» se convirtió en un proverbio que hacía referencia a las normas duras e inflexibles. Ahora el rey se ve forzado a pisotear los derechos humanos básicos para mantener una ley que, en sí misma, violaba las libertades humanas. Todo por haberse dejado engatusar con halagos. La adulación, como el soborno, ciega los ojos de los que necesitan tener la visión más aguda. Y Darío no fue ni el primer ni el último político que acabara en un callejón sin salida, enfrentado a un dilema que había nacido de su propio egocentrismo y orgullo. Ni fue el único en verse forzado a sacrificar al inocente pero vulnerable para aplacar al malvado pero influyente. Semejante injusticia es la marca de fábrica del negocio político, a nivel local, nacional e internacional, hasta nuestros días.

También encontramos en él un recordatorio de Poncio Pilato. Él también se vio acorralado para que negara la justicia a un hombre que él sabía que era inocente para, en ese caso, mantener una paz que se basaba en la opresión y la violencia. Como Daniel, Jesús aceptó la autoridad humana del que mandaba, sabiendo que el verdadero poder estaba en otro lugar, y que Pilato era una simple autoridad delegada bajo el auténtico reino de Dios.

También percibimos un eco de la historia de la resurrección. El arte de los cristianos primitivos a menudo representaba la historia de cómo Daniel fue librado del foso de los leones, usándola como símbolo anticipador de la resurrección.

«Y fue traída una piedra y puesta sobre la puerta del foso, la cual selló el rey con su anillo y con el anillo de sus príncipes, para que el acuerdo acerca de Daniel no se alterase. Luego el rey se fue a su palacio, y se acostó ayuno; ni instrumentos de música fueron traídos delante de él, y se le fue el sueño. El rey, pues, se levantó muy de mañana, y fue apresuradamente al foso de los leones. Y acercándose al foso llamó a voces a Daniel con voz triste, y le dijo: Daniel, siervo del Dios viviente, el Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, ¿te ha podido librar de los leones? Entonces Daniel respondió al rey: Oh rey, vive para siempre. Mi Dios envió a su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen daño, porque ante él fui hallado inocente; y aun delante de ti, oh rey, yo no he hecho nada malo. Entonces se alegró el rey en gran manera a causa de él, y mandó sacar a Daniel del foso; y fue Daniel sacado del foso, y ninguna lesión se halló en él, porque había confiado en su Dios».

Daniel 6:17-23

Démonos cuenta de la piedra que se colocó sobre el «sepulcro» y el sello oficial, para que nadie la anduviera tocando. Notemos esa carrera matutina hacia la tumba, seguida del milagroso descubrimiento de vida en el lugar de la muerte cierta e inescapable. Por encima de todo, notemos que Daniel es plenamente justificado, del mismo modo que la resurrección vindicó a Jesús y todo lo que él afirmaba y enseñaba. La fidelidad y la integridad de Daniel habían sido probadas hasta el límite, y un inconfundible veredicto divino las había aprobado. Se había enfrentado a una elección entre sus principios y su seguridad personal (¡por decirlo con suavidad!), y sus principios fueron vindicados.

No podemos saber si Daniel sabía de antemano que los leones iban a sufrir un agudo ataque de «cerrazón mandibular». Puede que le resultara tan sorprendente como a los propios leones. Como sus tres amigos, tanto tiempo atrás, confió en la capacidad divina de librarle, pero probablemente estaba dispuesto a pagar el precio final de su lealtad hacia Dios y a dejar su justificación última en las manos divinas.

Defender nuestros principios, los valores divinos, la integridad y la conciencia, puede ser costoso, en especial cuando la justificación de nuestra actitud ha de aceptarse por fe sin poderse garantizar por anticipado.

Dave era director de una empresa. Era capaz de organizar su horario de tal manera que no trabajaba en domingo. Sin embargo, llegó el momento cuando la directiva general le pidió que trabajara según un esquema distinto que no sólo le exigía hacer trabajar los domingos a otras personas, sino hacerlo él mismo. Rehusó hacerlo y le amenazaron con la pérdida de su puesto. Él se mantuvo firme, preparado, si fuera necesario, a perder el empleo y pagar las consecuencias. Sin embargo, también diseñó un horario alternativo que incluía en el horario habitual las horas que en principio había que trabajar los domingos y festivos. Al final la dirección lo aceptó, y el resultado no fue sólo el de un personal satisfecho, sino también más sano, ya que se perdieron menos días debidos a enfermedad (real o ficticia). Al final la actitud de Dave fue vindicada, retrospectivamente. Al mismo tiempo, era una cuestión de mantenerse firme y enfrentarse a los leones… o al despido.

Pero la verdadera vindicación al final de esta historia no es sólo la de Daniel sino la de su Dios. El testimonio de Darío hace eco de las palabras de Nabuconodosor, tanto cuando contemplaba asombrado cómo Dios libró del horno de fuego a Sadrac, Mesac y Abed-nego, como cuando Dios le hizo recuperar su salud mental (Daniel 3 y 4).

«Entonces el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitan en toda la tierra: Paz os sea multiplicada. De parte mía es puesta esta ordenanza: Que en todo el dominio de mi reino todos teman y tiemblen ante la presencia del Dios de Daniel; porque él es el Dios viviente y permanece por todos los siglos, y su reino no será jamás destruido, y su dominio perdurará hasta el fin. Él salva y libra, y hace señales y maravillas en el cielo y en la tierra; él ha librado a Daniel del poder de los leones».

Daniel 6:25-27

La ironía de esta proclama está en que aquí tenemos a un hombre que permitió que su misma persona y su gobierno se convirtieran en el reino al que, en última instancia, todos los súbditos debían someterse y adorar, y sin embargo es el mismo hombre que ahora ordena a todos en sus dominios que reconozcan otro reino más elevado que el propio.

Esta es la realidad final hacia la que apunta el libro. Daniel 7 sigue reforzando esta idea por medio de visiones que retratan la victoria final de Dios y de su pueblo ya que se perdieron menos días debidos a enfermedad (real o ficticia). Al final la actitud de Dave fue vindicada, retrospectivamente. Al mismo tiempo, era una cuestión de mantenerse firme y enfrentarse a los leones… o al despido.

Pero la verdadera vindicación al final de esta historia no es sólo la de Daniel sino la de su Dios. El testimonio de Darío hace eco de las palabras de N Nabuconodosor, tanto cuando contemplaba asombrado cómo Dios libró del horno de fuego a Sadrac, Mesac y Abed-nego, como cuando Dios le hizo recuperar su salud mental (Daniel 3 y 4).

«Entonces el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitan en toda la tierra: Paz os sea multiplicada. De parte mía es puesta esta ordenanza: Que en todo el dominio de mi reino todos teman y tiemblen ante la presencia del Dios de Daniel; porque él es el Dios viviente y permanece por todos los siglos, y su reino no será jamás destruido, y su dominio perdurará hasta el fin. Él salva y libra, y hace señales y maravillas en el cielo y en la tierra; él ha librado a Daniel del poder de los leones».

Daniel 6:25-27

La ironía de esta proclama está en que aquí tenemos a un hombre que permitió que su misma persona y su gobierno se convirtieran en el reino al que, en última instancia, todos los súbditos debían someterse y adorar, y sin embargo es el mismo hombre que ahora ordena a todos en sus dominios que reconozcan otro reino más elevado que el propio.

Esta es la realidad final hacia la que apunta el libro. Daniel 7 sigue reforzando esta idea por medio de visiones que retratan la victoria final de Dios y de su pueblo mediante uno «semejante a hijo de hombre», que triunfa sobre la arrogancia y agresividad bestial de los reinos humanos. Multitudes de cristianos, y judíos, a través de los siglos, se han enfrentado a los leones literal o metafóricamente. Muchos han sido librados y justificados. Muchos no lo han sido, en esta vida.

Pero el Dios de Daniel sigue siendo el rey de los cielos y de la tierra. Su reino gobierna sobre los reinos humanos. Es capaz de librar y a menudo lo hace, pero nos llama a tener fidelidad e integridad en nuestras vidas cotidianas, sea cual fuere el precio. Nos llama a que levantemos nuestras vidas sobre los valores de su reino, no cuando lleguemos al cielo, sino en el aquí y el ahora.

Si también se nos llama a pasar por la prueba más extrema por hacer eso que él nos pide, oremos para tener la gracia de Daniel para enfrentarnos a ella con el valor y la convicción que tuvo Daniel, confiados en esa vindicación final que tenemos garantizada en la resurrección del propio Cristo.

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