Daniel 5

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LA BLASFEMIA: ANTIGUA Y MODERNA

 Si es usted un hombre negocios y ha fracasado a la hora de cumplir sus proyectos, puede verse «pesado en balanza y hallado falto». Si la situación empeora, puede que le digan que «sus días están contados». Incluso podría ser que, para su empresa, «la escritura esté en el muro». Estos tres proverbios referentes al fracaso y al inminente destino se derivan de Daniel 5. Es un capítulo realmente oscuro: sobre todo por venir después del 4, con su vibrante testimonio y su final feliz.

LA BLASFEMIA DE BELSASAR

«El rey Belsasar hizo un gran banquete a mil de sus príncipes, y en presencia de los mil bebía vino. Belsasar, con el gusto del vino, mandó que trajesen los vasos de oro y de plata que Nabuconodosor su padre había traído del templo de Jerusalén, para que bebiesen en ellos el rey y sus grandes, sus mujeres y sus concubinas. Entonces fueron traídos los vasos de oro que habían traído del templo de la casa de Dios que estaba en Jerusalén, y bebieron en ellos el rey y sus príncipes, sus mujeres y sus concubinas. Bebieron vino, y alabaron a los dioses de oro y de plata, de bronce, de hierro, de madera y de piedra».

Daniel 5:1-4

No cabe duda de que el autor del libro desea que veamos un contraste deliberadamente acusado entre Nabuconodosor y Belsasar.

  • Nabuconodosor era un constructor (como vimos en el capítulo anterior). Belsasar era un «despilfarrador». Aquí lo vemos bebido e incapacitado justo en el momento en que su reino se veía amenazado. Históricamente, Belsasar sólo era el gobernador delegado de Nabónido, el sucesor de Nabuconodosor. Nabónido estaba ausente de Babilonia en aquel momento, pero el hecho de que era el verdadero rey explica por qué Belsasar sólo podía ofrecer el puesto de «tercer señor en el reino» como recompensa al experto que tuviera éxito descifrando la escritura en el muro (Daniel 5:7). El propio Belsasar ocupaba el segundo puesto en importancia, pero es evidente que el imperio babilonio no estaba en buenas manos y amenazaba ruina inminente.
  • Nabuconodosor mostraba cierto respeto religioso hacia los objetos sagrados de otras naciones. Había tomado los recipientes del templo de Jerusalén y, al menos, los había colocado en otro templo, un lugar santo para objetos sagrados (Daniel 1:2). Belsasar utilizó estos mismos objetos con intenciones burlescas y profanas.

¿Qué hace que su acto sea tan ofensivo? Estos utensilios del templo eran objetos altamente simbólicos y emotivos. Como el propio templo, estaban asociados con la presencia y santidad del Dios de Israel. El templo era la morada terrenal del nombre de Dios, y por tanto de su persona, en medio de su pueblo. De modo que el robo de estos preciosos objetos de su interior simbolizaba no sólo la humillación y derrota de Israel, sino que también debió considerarse una prueba de la inferioridad de su Dios. Jehová era una deidad derrotada y capturada, y su parafernalia sagrada estaba encerrada en una capilla pagana. Seguramente el sentimiento de rabia y vergüenza debió ser tan grande o más que cuando los filisteos capturaron el arca de la alianza muchos siglos antes, en tiempos de Elí (1 Samuel 4).

En otros pasajes se mencionan también estos recipientes del templo con mayor detalle, así como en el principio del libro de Daniel (2 Reyes 25:13-15, 2 Crónicas 36:18). Pero queda claro que aunque su captura seguía siendo una gran vergüenza nacional, el mismo hecho de que estuvieran ahí fuera, en algún lugar, era un símbolo de esperanza. Durante los primeros días del exilio estos objetos originaron una disputa entre Ananías, un falso profeta, que predijo que pronto serían devueltos a Jerusalén, y Jeremías, que le contestó que aunque le gustaría creer aquello, no iba a suceder, al menos no durante un tiempo muy largo (Jeremías 28). Jeremías tenía razón; y Ananías, que dijo que los recipientes volverían al templo antes de dos años, al cabo de dos meses había muerto.

Así que hemos de entender que la blasfemia de Belsasar no fue solamente su falta de respeto hacia los objetos sagrados de una religión ajena, como el de un turista descuidado que se olvida de quitarse los zapatos en el lugar santo de otra religión. Fue más bien una burla calculada, intencionada, de lo que representaban aquellos recipientes: el Dios de los judíos, el Dios de aquella desgraciada minoría étnica a los que aún se les denominaba con desprecio «los hijos de la cautividad de Judá» (Daniel 5:13, 6:13); el Dios que, a los ojos de Belsasar, fue derrotado hacía más de una generación, y que ciertamente era incapaz de hacer nada frente a esa burla y falta de respeto que demostraban sus jóvenes invitados a la fiesta.

Su blasfemia aún fue más allá. El texto sugiere que para llegar tan lejos debía de estar borracho. Porque no se trató sólo de que usara los recipientes sagrados para beber vino en la fiesta. Eso en sí mismo ya sería desagradable, como usar las bandejas y la copa de la Santa Cena en un picnic. Sino que aún hizo más. Él y sus amigotes -que le daban coba- usaron aquellas copas sagradas -que habían sido utilizadas al servicio del único Dios viviente- para hacer libaciones a otros dioses, dioses sin vida, ¡meros objetos! (Daniel 5:4) Para que nos hagamos una idea, sería como usar los utensilios de nuestra iglesia en un ritual ocultista, satánico. El descarado sacrilegio y la idolatría presentes en esta acción harían que todos los judíos que escucharan esa historia contuvieran el aliento. ¿Cómo podía consentir Dios semejante ofensa a su santidad? Bueno, la verdad es que no lo hizo durante mucho tiempo, ya que la próxima palabra es «En aquella misma hora… »

Pero antes de que consideremos la intervención divina, debemos detenernos y pensar un poco más en qué pensamos hoy en día cuando hablamos de «blasfemia». ¿Sigue siendo real? ¿Existe aún? ¿Y acaso importa?

La blasfemia de Belsasar consistió en tomar lo que pertenecía al Dios vivo y verdadero y usarlo con un propósito corrupto y decadente dentro de un contexto de desprecio hacia la presunta impotencia de Dios. Podía usar el nombre de Jehová y las cosas de Jehová para divertirse, pasarlo bien o burlarse, creyendo que Jehová estaba anticuado, que era alguien irrelevante e impotente. Creo que, cuando lo consideramos desde esta perspectiva, la blasfemia, bajo la forma de actitudes y acciones como esa, no ha muerto en este mundo, ni mucho menos.

Por supuesto que, según la ley británica, la blasfemia sólo tiene el significado específico de algo que insulta la religión cristiana o se burla de ella. Hay aquellos que sostienen que una ley tan unilateral o bien habría que extenderla a todas las creencias del país, incluyendo a los musulmanes, judíos, hindúes, etc., o bien habría que abolirla. Debo decir que tengo tendencia a estar de acuerdo con este enfoque. No creo que Cristo necesite la «protección» de nuestras leyes humanas. Pero, por otra parte, es perfectamente correcto que la ley proteja a todos los ciudadanos, sea cual sea su fe, de las ofensas y los agravios irracionales y gratuitos.

Sin embargo, existen otras formas más serias de blasfemia en esta sociedad que, como la idolatría, a menudo pasan desapercibidas porque casi las hemos asumido.

Los medios de comunicación

Creo que es algo blasfemo, si bien colocaría este elemento en el extremo más leve de mi escala, que el nombre de Cristo, la propia cruz y otros preciosos elementos de la fe cristiana se usen con tal frivolidad en los medios de comunicación, como palabrotas o como pie para chistes. La otra noche estuve viendo a un cómico inglés muy bueno, con el cual suelo reírme muchísimo, usando el pan y el vino de la comunión como elementos para una parodia en la que combinaba el sacerdocio y las connotaciones sexuales. No creo tener un sentido del humor agrio. Ciertamente, no creo que nunca debamos de reírnos de la religión o del sexo. Pero encontré que ese espectáculo rayaba en la blasfemia de una forma bastante incómoda. El uso casi estúpido que se hace de los nombres divinos y los símbolos cristianos en los medios de comunicación puede que no constituya una burla deliberada de los conceptos que hay tras ellos, pero ciertamente se basa en la idea de que, en realidad, detrás de palabras como «Dios», «Jesús», «Cristo» e «infierno», etc., no hay nada importante. De modo que quizás el hecho de que este mal uso constante que hacen los medios de comunicación refleje y amplifique el abaratamiento e irrelevancia del mensaje cristiano en nuestra sociedad en general, es algo mucho más grave de lo que sugiere mi «escala de blasfemias» personal.

El militarismo

Aunque amo a mi país y creo que el caleidoscopio humano de naciones y diferencias étnicas es un don creado por Dios para que lo disfrutemos, existe un cierto tipo de patriotismo que es innegablemente blasfemo, como ya observamos en el capítulo 3. Creo que aún es más grave cuando la iglesia usa el nombre de Dios o de Cristo para «bendecir» armas de guerra y destrucción, o «santifica» los ataques afirmando que «Dios está de nuestro lado». No me siento nada a gusto teniendo en lo alto de nuestras iglesias banderas nacionales o militares.

El consumismo

Considero una blasfemia que la Navidad y el nombre de Cristo (belenes con sus cuevas y demás) hayan sido suplantados por los dioses del materialismo. Sin embargo, creo que esto sólo es una parte de una blasfemia más amplia, por medio de la cual nuestra sociedad ha sacrificado virtualmente todos sus principios en el altar del consumismo. Vivimos con una filosofía «de mercado» en la que «creemos» con un afán casi religioso, y bajo la cual, en cualquier faceta de la vida, somos «clientes». Los valores morales, tales como la compasión, y los sociales, como la educación, se cuantifican en términos económicos y están sujetos a la competencia comercial. Los enfermos han dejado de ser pacientes; ahora son clientes que los hospitales compiten por atender. Los jóvenes ya no son alumnos ni estudiantes; son clientes que los institutos y universidades tienen que disputarse. (Incluso los pasajeros ahora son siempre clientes, con mayor justificación y aunque ya no viajen en trenes, sino en «servicios»).

¿Cuándo empezarán las instituciones humanitarias a llamar a sus proyectos y beneficiarios «clientes»? ¿Se convertirán los creyentes en clientes de la iglesia? Dado que el resto de la vida es tan egocéntrica, no puede sorprendernos que la gente compare las iglesias según el grado en que cubran sus necesidades principales. Así que tenemos la política para la avaricia y la religión para cubrir otras necesidades. En un mundo en que Mamón es dios, tamaña blasfemia no es inconcebible, porque incluso puede usarse el nombre de Dios para servir a Mamón, tal y como han probado los charlatanes que ha habido en la iglesia de todos los siglos; desde Tetzel,[1] que vendía sus indulgencias para obtener el perdón, en el siglo XVI, hasta los teleevangelistas que venden la salvación, sanaciones y prosperidad, en el XX. Es evidente que en todas partes existen organizaciones cristianas que han utilizado el mandato santo de Dios respecto a su iglesia, -predicar, enseñar, sanar y alimentar- como un medio para amasar dinero destinado a sus capitostes. Y hay otros que han prostituido esta comisión convirtiéndola en una amplia industria del entretenimiento para los que ya se han convertido.

El pluralismo

Ahora llegamos al que probablemente sea el reflejo más duro de la blasfemia de Belsasar: mezclar las cosas del Dios viviente con los nombres de los ídolos. En el mundo de Daniel 5 imperaba el pluralismo religioso, el politeísmo era el credo más aceptado y el monoteísmo objeto de burlas. Daba igual el dios al que adorara cada uno, mientras no pretendiera ser el único, como creían los ridículos «hijos de la cautividad de Judá». No es que las cosas hayan cambiado mucho. Esta historia tiene una aguda relevancia para nuestra sociedad contemporánea y para el tema de las distintas creencias.

Pero es una importancia que hemos de expresar muy cuidadosa y sensitivamente. Algunas personas considerarían que cualquier concesión que se haga a otra religión es una falta de fidelidad hacia Cristo, por no decir que es una descarada blasfemia. Por ejemplo, se opondrían a la venta de dependencias que la iglesia ya no usa a miembros de la creencia sikh o de cualquier otra fe. Incluso condenarían orar en privado junto a un musulmán, así como los actos públicos donde se manifiestan diferentes credos.

A mí me gustaría discriminar un poco más este asunto. Una cosa es, creo yo, tratar un edificio o un lugar con reverencia mientras lo usa una comunidad de creyentes cristianos para adorar a Dios allí. Otra cosa es considerar que sigue siendo algo sacrosanto incluso cuando ya no cumple esa función, tan sólo porque tenga vidrieras de colores, un campanario o lo que sea. La iglesia son personas, no ladrillos o piedras. De modo que si la «iglesia» se ha mudado o ha declinado hasta llegar a extinguirse, por triste que sea no arreglaremos nada aferrándonos con nostalgia a un edificio y a sus reliquias propias de un museo.

Además, los cristianos tenemos la obligación de amar a nuestro prójimo, lo cual implica respetar sus decisiones y lo que consideran valioso, aun cuando estemos radicalmente en desacuerdo. Hemos de apreciar la diferencia que hay entre, por un lado, el compromiso con la unicidad de Cristo y la verdad de la revelación divina a través de él y, por otro, la adopción de actitudes negativas y hostiles hacia personas que tienen otras creencias. No servimos a la causa del evangelio por medio de la hostilidad y la indiscreción.

En septiembre de 1987, un grupo de cristianos que vivía en un barrio pobre de las afueras de Bangalore, en la India, descubrió que una comunidad de musulmanes había sido expulsada de su barrio en otra parte de la ciudad, y que se habían trasladado a donde ellos estaban, sin tener apenas con qué cubrir sus carestías. Entre las cosas que hicieron los cristianos para ayudar a aquellos desorientados recién llegados fue la de ayudarles a conseguir un terreno para levantar una mezquita y también a construirla. Ahora bien, esa actitud, para nosotros, cómodos observadores alejados del asunto, nos puede parecer una estrategia misionera algo rara. Pero el resultado fue una relación de buena voluntad, armoniosa, entre ambas comunidades, sobre la cual pudieron edificarse más adelante calladas pero fructíferas ocasiones para predicar el evangelio.

Bajo mi punto de vista, es mucho más grave el caso en que un edificio donde los cristianos adoran se usa para servicios multirreligiosos. Entonces ese lugar, las instalaciones y las personas que se han consagrado al servicio del Dios viviente, en el nombre de Jesucristo, se usan en formas de alabanza que utilizan los nombres de otros dioses y no se acercan a él o a ellos por medio de Cristo. Entonces sí que nos salimos de los límites que exige la Biblia sobre la buena relación con el prójimo. Entonces es que manifestamos implícitamente que cualquier otro nombre con que se defina a Dios (o incluso la carencia de éste) son igualmente válidos, y que se puede adorar a Dios de una forma aceptable aunque no nos acerquemos a él por medio de la cruz y de Cristo. Eso, según mi opinión, es una blasfemia.

Pero la blasfemia más grande no es necesariamente la que cometen los adoradores reunidos en ese acontecimiento de adoración multirreligiosa, quienes seguramente tomarán parte guiados por una gran sinceridad -aunque mal enfocada-, sino la de los teólogos cristianos y líderes de iglesias que justifican semejante situación según una teoría pluralista de las religiones. Ellos sostienen que está muy bien mezclar la adoración cristiana con la de otras religiones, porque al final todos somos uno. De modo que les encanta tomar las copas del Dios viviente de la Biblia y hacer libaciones con ellas destinadas a otras deidades, afirmando que en realidad no existe diferencia alguna. Del mismo modo que Belsasar despreciaba y rechazaba la unicidad de Jehová, estas personas tratan así la unicidad de Cristo. Porque equiparar su nombre con cualquier otro, humano o divino, es deshonrarle.

El destino que le sobrevino a Belsasar no se lo desearíamos a nadie, fuera cual fuese su blasfemia. Pero es una solemne lección práctica sobre la verdad de que «de Dios no se burla nadie», y de que su juicio es inevitable, tanto si lleva al arrepentimiento, como fue el caso de Nabuconodosor en el capítulo 4, como a la destrucción, en este caso.

«En aquella misma hora aparecieron los dedos de una mano de hombre, que escribía delante del candelero sobre lo encalado de la pared del palacio real, y el rey veía la mano que escribía. Entonces el rey palideció, y sus pensamientos lo turbaron, y se debilitaron sus lomos, y sus rodillas daban la una contra la otra. El rey gritó en alta voz que hiciesen venir magos, caldeos y adivinos; y dijo el rey a los sabios de Babilonia: Cualquiera que lea esta escritura y me muestre su interpretación, será vestido de púrpura, y un collar de oro llevará en su cuello, y será el tercer señor en el reino. Entonces fueron introducidos todos los sabios del rey, pero no pudieron leer la escritura ni mostrar al rey su interpretación. Entonces el rey Belsasar se turbó sobremanera, y palideció, y sus príncipes estaban perplejos».

Daniel 5:5-9

LA PROFECÍA DE DANIEL

Al menos a Nabuconodosor se le permitió que tuviera sus pesadillas en la privacidad de su habitación. Belsasar tiene que enfrentarse con la arrolladora palabra de Dios en público. El dedo de Dios, que esparció las plagas sobre Faraón (Éxodo 8:19), que grabó los diez mandamientos (Éxodo 31:18, Deuteronomio 9:10), que más tarde echaría fuera demonios (Lucas 11:20), adopta una forma visible y escribe misteriosamente en la pared. El rey pasa de una fiestecilla sacrílega al pánico más absoluto y desfallecedor.

Una vez más se nos presenta el espectáculo cómico del desfile de los magos, y una vez más no nos decepcionan. Son tan inútiles como siempre. Como decimos en inglés: «Ni del rey los caballos ni todas sus mesnadas hicieron que tuviera rodillas bien templadas». Claro que, por supuesto, la incapacidad nunca ha sido un motivo para no ocupar un alto cargo en la política.

Los discursos preliminares, que introducen a Daniel en escena, y que están a cargo de la reina y del propio Belsasar, son más hipócritas que todos los anteriores. Si no supiéramos que el rey estaba dominado por un estado de terror propio de un borracho, sus palabras de alabanza sonarían casi deliberadamente sarcásticas. La auténtica ironía es que ahora le está pidiendo socorro a una de las mismísimas personas a cuyo Dios había insultado pocos minutos antes.

«La reina, por las palabras del rey y de sus príncipes, entró a la sala del banquete, y dijo: Rey, vive para siempre; no te turben tus pensamientos, ni palidezca tu rostro. En tu reino hay un hombre en el cual mora el espíritu de los dioses santos, y en los días de tu padre se halló en él luz e inteligencia y sabiduría, como sabiduría de los dioses; al que el rey Nabuconodosor tu padre, oh rey, constituyó jefe sobre todos los magos, astrólogos, caldeos y adivinos, por cuanto fue hallado en él mayor espíritu y ciencia y entendimiento, para interpretar sueños y descifrar enigmas y resolver dudas; esto es, en Daniel, al cual el rey puso por nombre Beltsasar. Llámese, pues, ahora a Daniel, y él te dará la interpretación. Entonces Daniel fue traído delante del rey. Y dijo el rey a Daniel: ¿Eres tú aquel Daniel de los hijos de la cautividad de Judá, que mi padre trajo de Judea? Yo he oído de ti que el espíritu de los dioses santos está en ti, y que en ti se halló luz, entendimiento y mayor sabiduría. Y ahora fueron traídos delante de mí sabios y astrólogos para que leyesen esta escritura y me diesen su interpretación; pero no han podido mostrarme la interpretación del asunto. Yo, pues, he oído de ti que puedes dar interpretaciones y resolver dificultades. Si ahora puedes leer esta escritura y darme su interpretación, serás vestido de púrpura, y un collar de oro llevarás en tu cuello, y serás el tercer señor en el reino».

Daniel 5:10-16

Así que llega Daniel. En ese momento, siguiendo la secuencia y cronología de las historias, debía ser un hombre muy anciano, probablemente con más de ochenta años. Había sido llevado a Babilonia antes de la caída de Jerusalén, en el 587 a. C., y ahora, en el 539 a. C., está a punto de ser testigo de la caída de Babilonia. Y sin embargo ahí lo tenemos, dedicado al servicio gubernamental, como había hecho durante los cincuenta años anteriores; seguía estando disponible para un príncipe borracho, y seguía siendo tan valiente como siempre. Dejando de lado las ofertas de recompensas materiales y políticas, que ya no necesitaba, transmite un terrible juicio divino sobre aquel miembro de la realeza borracho y atontado que tiene delante, aun antes de dignarse a leer e interpretar la escritura en la pared, como le piden.

Existe un chocante contraste entre la actitud que demuestra ahora y el modo en que trató el problema de Nabuconodosor en Daniel 4. Allí, como vimos, su enfoque tenía una calidez pastoral; interpretó el sueño con fidelidad pero también renuencia, y lo acompañó de una exhortación a que el rey se arrepintiera y cambiara con la esperanza de evitar el duro golpe del juicio. Aquí transmite un mensaje más característico de los profetas: unas palabras directas, que hablan de la justicia divina enfurecida, y de la santidad, dirigidas a un hombre que se había burlado de Dios deliberadamente; mensaje que se remata con unas últimas palabras de inescapable destino.

«El Altísimo Dios, oh rey, dio a Nabuconodosor tu padre el reino y la grandeza, la gloria y la majestad. Y por la grandeza que le dio, todos los pueblos, naciones y lengua temblaban y temían delante de él. A quien quería mataba, y a quien quería daba vida; engrandecía a quien quería, y a quien quería humillaba. Mas cuando su corazón se ensoberbeció, y su espíritu se endureció en su orgullo, fue depuesto del trono de su reino, y despojado de su gloria. Y fue echado de entre los hijos de los hombres, y su mente se hizo semejante a la de las bestias, y con los asnos monteses fue su morada. Hierba le hicieron comer como a buey, y su cuerpo fue mojado con el rocío del cielo, hasta que reconoció que el Altísimo Dios tiene dominio sobre el reino de los hombres, y que pone sobre él al que le place. Y tú, su hijo Belsasar, no has humillado tu corazón, sabiendo todo esto; sino que contra el Señor del cielo te has ensoberbecido, e hiciste traer delante de ti los vasos de su casa, y tú y tus grandes, tus mujeres y tus concubinas, bebisteis vino en ellos; además de esto, diste alabanza a dioses de plata y oro, de bronce, de hierro, de madera y de piedra, que ni ven, ni oyen, ni saben; y al Dios en cuya mano está tu vida, y cuyos son todos sus caminos, nunca honraste. Entonces de su presencia fue enviada la mano que trazó esta escritura»

Daniel 5:18-24

En el discurso de Daniel a Belsasar se distinguen dos aspectos.

La lección que se negaba a aprender

Daniel recuerda lo que le sucedió a Nabuconodosor. Los acontecimientos seguían frescos en su mente, a pesar de haber tenido lugar hacía tantos años. Nabuconodosor no era el padre verdadero de Belsasar; entre su muerte y el reinado de Nabónido, de quien dependía como príncipe Belsasar, se habían sucedido un par de reinados más. Pero «tu padre Nabuconodosor» era una expresión normal para referirse a ese augusto antepasado.

Daniel reitera también la verdad teológica sobre la que se basó su relación con Nabuconodosor. Fue el propio Dios quien había levantado al rey babilónico y le había concedido la soberanía humana sobre todo el antiguo Oriente Medio. Su poder y su gloria eran un don de Dios. Pero como no quiso reconocer este hecho, se convirtieron en su caída. Y así, como vimos en Daniel 4, fue necesaria una tremenda y humillante enfermedad mental para que Nabuconodosor reconociera la identidad real de Dios y su soberanía. Todo esto es lo que Daniel explica, probablemente provocando una tremenda impaciencia en aquella audiencia de borrachos, que seguían con los ojos abiertos como platos fijos en la pared.

Entonces llega el golpe fatal: «Sabiendo todo esto… » (v. 22) Belsasar conocía muy bien aquellos hechos referentes al glorioso reinado de su ancestro y aquel ignominioso período de locura. Es posible que también supiera, incluso que hubiera leído, la proclamación de Nabuconodosor con su testimonio sobre la realidad viva del Dios Altísimo, cuyo reino gobierna sobre todos los reyes humanos (y los príncipes). Seguramente conocía la ominosa advertencia al final de aquel testimonio, de que «él puede humillar a los que andan con soberbia» (Daniel 4:37). Él sabía todo esto. Sabía la verdad. Pero saberlo no supuso diferencia alguna. Siguió adelante con su arrogante burla de aquel Dios vivo que había humillado por completo a su antecesor.

El pecado de Belsasar, en otras palabras, fue pecar contra la luz, contra la verdad, contra la gracia que suponía tener un ejemplo y una lección que conocía claramente. Y este pecado tan deliberado, tan consciente, es el peor tipo de pecado. En su forma más extrema, se convierte en lo que Jesús llamó «pecado contra el Espíritu Santo». Esto sucede cuando una persona, tras haber visto y conocido el poder de Dios de una forma práctica, rehúsa reconocerlo y se lo atribuye a Satanás o al mal. El tipo de inversión moral y espiritual necesario para alcanzar este estado imposibilita que la persona reconozca el mal, se arrepienta de él y sea así perdonada. Por eso dijo Jesús que semejante pecado no sería perdonado.

El Dios al que no honraba

Lejos de aprender la lección que aprendió Nabuconodosor (por el camino más difícil), Belsasar se ensoberbeció «contra el Señor del cielo» (v. 23). A la luz del capítulo 4, la propia idea de hacer algo semejante parece arriesgada. Y Daniel es capaz de señalar la evidencia de su acusación. No hablaba tan sólo del orgullo interior o las actitudes mentales. Las copas que habían usado para verter libaciones a los dioses muertos, como burla del Dios vivo al que pertenecían, seguían rodando y goteando en las mesas. Si a Nabuconodosor lo juzgaron sólo por las palabras que le brotaron a los labios, ¿qué era lo que merecía recibir Belsasar a cambio de una blasfemia tan deliberada y práctica?

Al final Nabuconodosor estuvo dispuesto a admitir que todo lo que tenía se lo debía a Dios, pero Belsasar no consideraba que debiera a Dios ni siquiera su próxima inspiración de aire. «Y al Dios en cuya mano está tu vida, y cuyos son todos tus caminos, nunca honraste» (v. 24). Uno se imagina a Belsasar recostado en su asiento, aun aferrando en la mano alguna estatuilla idolátrica, sin darse cuenta de que él mismo estaba ahora en manos de aquel Dios de quien se había burlado. «¡Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo!», dice el autor de Hebreos, hablando sobre el pecado deliberado que menosprecia la gracia divina (Hebreos 10:31).

Belsasar es un modelo que refleja la tendencia general de la raza humana. Una de las señales originales de nuestra condición de seres caídos es nuestro rechazo a honrar a Dios. Conociendo la verdad acerca de Dios, elegimos negarla. Y cuanto más lo hacemos, más llegamos a creernos nuestras propias mentiras, hasta que llegamos a un punto en que consideramos que la propia verdad es mentira, mientras nuestras propias mentiras adquieren el estatus de verdad. Nuestra cultura occidental ha estado dos siglos haciendo esto, de un modo sistemático. Hemos desterrado a Dios de lo que llamamos «el mundo real», y en su lugar hemos aceptado creer todo tipo de mitos: sociales, económicos, científicos, políticos y ahora también religiosos, bajo la forma de los dioses de la Nueva Era, de madera y piedra (es decir, el propio mundo natural). Los comentarios que hace Pablo sobre estos procesos resultan notablemente importantes.

«Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles».

Romanos 1:31-23

Como cristianos que vivimos en este mundo, hemos de estar preparados para enfrentarnos a sus blasfemias. Eso implica más que tener que tolerar el lenguaje malsonante en el lugar de trabajo. El tipo de blasfemias implícitas en el mundo que nos rodea, como vimos antes, son mucho más graves que las formas de hablar. Porque nuestra sociedad, en general, al haber rehusado honrar a Dios, se inclina ante una multitud de ídolos. Es un oleaje difícil de resistir. Si las cosas van bien, el cristiano será el hazmerreír y el objeto de preguntas irónicas sobre la irrelevancia de su anticuada fe en Dios. Si viene el desastre, puede verse en el punto de mira, recibiendo las acusaciones contra Dios que permite tales cosas. Es una actitud típicamente humana la de atribuirnos los éxitos y culpar a Dios de los fracasos. También es típico de los ateos que le echen la culpa de todo a un Dios en cuya existencia no creen, por cosas que no debería haber permitido si existiera.

Pero no podemos escabullirnos limitándonos a acusar con el dedo al mundo caído. Como cristianos, ¿aprendemos de esas lecciones que conocemos tan bien, y honramos al Dios en cuyas manos están nuestras vidas y nuestros caminos? «Sabiendo todo esto… » (Daniel 5:22). Es una frase terrible. El dedo de Dios nos ha entregado los mandamientos, y en la palabra divina encontramos muchas ilustraciones del peligro que supone ignorarlos. Aunque sabemos perfectamente (desde el caso de David y Betsabé) cuáles son las peligrosas consecuencias del adulterio, cada vez hay más matrimonios cristianos a quienes éste hiere o incluso destruye. Aunque sabemos (desde lo que pasó con Adán, y gracias a las advertencias del propio Jesús) el pecado tan horrible que es la avaricia, seguimos flirteando con los dioses del materialismo como el resto de la sociedad, mientras tres cuartas partes de este mundo pasan hambre. Aunque sabemos la importancia que le concede Dios a la verdad y a la integridad, seguimos contaminando nuestras iglesias con los chismorreos, las confianzas traicionadas, las discusiones y las falsas acusaciones. Aunque sabemos que las pesas y medidas deshonestas literalmente apestan delante de Dios (como «abominaciones»), seguimos comprometiéndonos con negocios profesionales más que dudosos, justificando nuestras prácticas cuestionables e injustas con el eslógan «los negocios son los negocios».

A veces tengo escalofríos cuando pienso en algún vídeo apocalíptico que grabe todo lo que sabemos gracias a la Biblia, la historia y la experiencia, que se proyectara en una pantalla dividida entre lo que hacemos y lo que no hacemos a pesar de lo que sabemos. «Y tú… no has humillado tu corazón, sabiendo todo esto… y al Dios en cuya mano está tu vida… nunca honraste». Que Dios nos libre de semejante juicio.

Y así llegamos, al fin, a la interpretación de tres palabras enigmáticas.

«Y la escritura que trazó es:

MENE, MENE, TEKEL, UPARSIN.

Esta es la interpretación del asunto: MENE: Contó Dios tu reino, y le ha puesto fin. TEKEL: Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto. PERES: Tu reino ha sido roto, y dado a los medos y a los persas».

Daniel 5:25-28

Las tres palabras escritas en el muro significan literalmente: una «mina», un «shekel» y la mitad de uno, que son los valores de tres monedas en orden descendiente; pero según la lectura alternativa que hizo Daniel de las raíces de estos términos, significaban: numerado, pesado, dividido. Este fue el veredicto sobre Belsasar y su reino. El honor y el puesto ofrecido a Daniel (v. 29), desde su vaciedad de borracho, duraron escasamente unas pocas horas.

«La misma noche fue muerto Belsasar rey de los caldeos. Y Darío de Media tomó el reino, siendo de sesenta y dos años».

Daniel 5:30

EL MISTERIO DE LA PROVIDENCIA

Daniel 4 y 5 nos dejan frente a una pregunta sin respuesta, que tiene que ver con las cosas que hace Dios en la historia humana. Ciertamente responden a la pregunta de quién reina: Dios, y toda autoridad humana le está sujeta. Ambos capítulos refuerzan esa afirmación básica de la Biblia. Pero podemos seguir preguntándonos por qué trató a Nabuconodosor y a Belsasar de forma tan distinta. ¿Por qué humillar al primero haciendo que se arrepintiera y que la gracia de Dios lo restaurara, y humillar al segundo con tan sólo unas horas antes de que le alcanzara su destino y fuera destruido?

El texto no ofrece una auténtica respuesta, excepto por el hecho del arrepentimiento de Nabuconodosor y el rechazo deliberado que hizo Belsasar del conocimiento que tenía. Y sin embargo, de puertas para afuera, humanamente hablando, tal y como funcionaban los asuntos de observancia pública, ambos eran dos autoridades estatales, gobernantes seculares, autócratas y orgullosos.

Así que podemos considerar el papel de Daniel en relación a ambos. Era un servidor público de los dos, y consideraba que servía al Dios del cielo por medio del servicio a ellos. Además fue llamado a ser fiel a las demandas de la palabra de Dios, tal y como se le reveló, y esto incluía a los dos personajes. A Nabuconodosor tenía que transmitirle un mensaje y presentarle un desafío, con la esperanza de poder evitar el juicio; unas palabras que, como vimos, permitieron a Nabuconodosor obtener la restauración después del juicio. Sin embargo, a Belsasar tenía que transmitirle un juicio irreversible de condenación. Nada de avisos. Ni de apelaciones. Presumiblemente, ya había pasado el tiempo de la paciencia divina, un tiempo en el cual arrepentirse.

¿Cómo vio Daniel la diferencia? ¿Cómo supo qué decía la palabra de Dios en cada situación? Una vez más, sospecho que tuvo algo que ver con su vida de oración -tres veces al día- en medio de sus absorbentes tareas administrativas. Me pregunto si de hecho fue esa vida de oración, combinada con su labor gubernamental, la que forjó el agudo filo de la misión que tuvo Daniel. Como dijimos antes, no era un verdadero profeta en el sentido habitual. Sin embargo en estas ocasiones fue llamado a transmitir la palabra de Dios, manifestada claramente hasta el punto de que resultaba muy molesta, y hacerlo en el mismísimo centro del gobierno.

Ahora bien, sabemos, a partir de Daniel 7 y en adelante, que Daniel tuvo más oportunidad de acceder a los planes de Dios para la historia y al significado espiritual de los acontecimientos de su época que la que seguramente podremos «disfrutar» nosotros. Pero incluso si no tenemos jamás visiones como esa (¡lo cual, por lo que a mí respecta, es todo un consuelo!) podemos imitar tanto su vida de oración constante como su valiente fe, que afirmaba la superioridad del reino de Dios por encima de las autoridades humanas.

En cualquier momento, las autoridades seculares bajo las que hemos de vivir, trabajar y cumplir nuestra misión cristiana pueden convertirse en un Nabuconodosor o un Belsasar. Nuestra tarea es la de seguir adelante con la obra que Dios nos ha encargado, pero estar siempre dispuestos a tener palabras de testimonio, de advertencia pastoral o de protesta profética, respaldadas por una oración constante. Y debemos estar listos para llegar hasta puntos extremos. Es poco probable que se repita la respuesta de Belsasar (honores cívicos y grandes alabanzas). En el mundo actual es mucho más lógico pensar en el foso de los leones de Daniel 6 o bien, como es más común en nuestra sociedad cansada y cínica, es probable que nos sintamos paralizados por las olas de la apatía más hostil y asfixiante.

[1] Johann Tetzel o Tezel (?1465-1519), monje dominico alemán cuyas predicaciones sobre las indulgencias papales motivaron las 95 Tesis de Lutero en Wittemberg, en 1517.(N. del T.)

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