Daniel 4

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LAS NORMAS DEL CIELO…

EN LA TIERRA

El otro día escuché una encuesta para averiguar quiénes eran los personajes más odiados de EE.UU. (¡para qué cosas se hacen encuestas!), y entre los diez primeros figuraban… los tele-evangelistas. En cierto sentido, creo que eso es saludable y que nos exhorta. Demuestra que a las personas no las engaña del todo la prostitución del evangelio y la descarada autoexaltación de los mediadores humanos. Hay pocas manifestaciones del cristianismo occidental moderno que yo encuentre más desagradables o más alejadas de las enseñanzas, el ejemplo y la forma de vida de Jesús que ésta. Por supuesto que, por otra parte, es muy triste que el nombre de Cristo se vea ensuciado con la impopularidad de esos falsos profetas, mercachifles millonarios. Este conflicto entre las reacciones se complica aún más cuando -como ha sucedido muchas veces en los últimos años- caen de su pedestal y son descubiertos con los pantalones bajados -y no sólo los pantalones metafóricos-. Resulta difícil no ver la mano de Dios que es capaz de humillar «a los que andan con soberbia» (Daniel 4:37).

Pero también es imposible evitar una cierta sensación de alivio, o algo no muy alejado del regodeo, cuando se desinfla a semejantes personajes y se ve que son pecadores comunes, como todos nosotros. Entonces a aquellos de nosotros, que conocemos nuestros corazones, nos viene a la mente aquel pensamiento de que «nada haría yo tampoco sino por la gracia de Dios». Y que el regodeo, como el orgullo, suelen preceder a todas las caídas.

En la vida pública, los cristianos pueden tener dificultad al enfrentarse con su orgullo o con el de otros. Supongamos que hemos de trabajar con un sistema de autoridad opresiva e impopular. ¿Cómo nos sentimos si despiden o degradan a un jefe arrogante? O supongamos que estamos yendo de éxito en éxito. ¿Cómo logramos entonces distinguir entre las ambiciones santas y el mero deseo de poder y de estatus, o del materialismo? El capítulo 4 de Daniel es un estudio coloreado y muy penetrante del orgullo y la humildad, vistos desde diversos ángulos. Y está expresado de una forma con la que sintonizamos en seguida: ¡un testimonio! Aquí tenemos el testimonio escrito de Nabuconodosor dirigido a todos los que tengan oídos para oír. ¡Hubiera estado bien leerlo en una campaña de John Wimber!

«Nabuconodosor rey, a todos los pueblos, naciones y lenguas que moran en toda la tierra: Paz os sea multiplicada. Conviene que yo declare las señales y milagros que el Dios Altísimo ha hecho conmigo».

Daniel 4:1-2

Como un buen predicador, Nabuconodosor afirma el punto principal de su testimonio al principio (v. 3), resumiéndolo de nuevo al final (v. 34), y repitiéndolo tres veces en medio (vs. 17, 25, 32). Es simplemente esto, que el Dios Altísimo es rey, y no sólo rey en los cielos: gobierna sobre los reinos terrenales de los hombres. En resumen, que «el cielo gobierna» (v. 26). Esta es la lección que Nabuconodosor aprende finalmente cuando termina este drama. Este capítulo es como una obra de teatro con tres actores principales.

NABUCONODOSOR EL CONSTRUCTOR

«Yo Nabuconodosor estaba tranquilo en mi casa, y floreciente en mi palacio ( … ) Al cabo de doce meses, paseando en el palacio real de Babilonia, habló el gran rey y dijo: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?»

Daniel 4:4, 29, 30

Nabuconodosor era arquitecto en más de un sentido.

  • Construyó un imperio. De entre los restos de Asiria y en competencia con Egipto, levantó un imperio que duró unos setenta años.
  • Construyó una cultura, que los historiadores conocen como la neobabilónica. Quizás quede reflejada en el gran festival de Daniel 3.
  • Forjó un cuerpo de administradores educado y multiracial, como vimos en Daniel l.
  • Construyó una ciudad: Babilonia. La glorificó y adornó de tal manera que no es por nada que los «Jardines colgantes de Babilonia» se encontraban entre las Siete Maravillas del mundo antiguo.

Considerado globalmente, fue un esfuerzo muy notable y digno de respeto. Desde el punto de vista humano, tenía muchas cosas de las que sentirse satisfecho y orgulloso; al menos, su jactancia tenía una base real. Incluso desde la perspectiva teológica, hemos de recordar que fue Dios quien le había levantado y concedido autoridad, poder y amplio dominio con todas las riquezas y oportunidades que conlleva semejante posición (cf. Daniel 2:37, 38; 5:18). Y las había usado bien, para obtener enormes beneficios. Sabemos, al leer Daniel 3, que Nabuconodosor tenía un lado peligroso, que no era adverso a la quema de disidentes, pero no podemos exagerar demasiado esta faceta. Según los baremos de su época, fue un rey competente, eficiente y constructivo.

Sin embargo, como suele suceder, la Biblia ve más allá del esplendor exterior y dentro de él, mostrando la realidad tal y como la ve Dios. Ve el corazón de Nabuconodosor, inflamado de orgullo, y los cimientos de su gloriosa ciudad construida sobre las lacras sociales.

El orgullo de Nabuconodosor no era el cotidiano, el corriente. Aún sentía las pujantes aspiraciones a ser dios, como vimos en el capítulo 3. Seguía sin querer reconocer lo que Dios había querido enseñarle durante años, desde que Jeremías lo declaró públicamente, en aquella conferencia diplomática (de la que Nabuconodosor seguramente tuvo noticias, porque su servicio de inteligencia era excelente); Jeremías había dejado claro que todo el poder y la autoridad de Nabuconodosor eran algo estrictamente ex oficio, pues era «el siervo de Jehová» (Jeremías 27:5-7).

Pero en cambio, Nabuconodosor estaba usando el don de Dios para su propia gloria. Ya le hemos visto antes como modelo de la típica arrogancia estatal y del totalitarismo religioso: el clásico orgullo humano de las grandes civilizaciones y los «grandes designios» colectivos. Aquí en Daniel 4 lo vemos como modelo del orgullo humano a nivel individual.

Todos nosotros tenemos algo de Nabuconodosor. Por supuesto que muchas personas adolecen de una mala autoimagen (¡que no era el problema principal de Nabuconodosor, claro!) La falta de autoestima puede ser algo terriblemente paralizante. Pero seguramente sigue siendo cierto que el pecado más común y más mortífero es el orgullo. Según algunos psicólogos cristianos, es posible que la preocupación con la imagen de uno mismo pueda esconder en realidad una forma de orgullo, o al menos de egocentrismo. Recuerdo que una vez describieron a una persona bastante arrogante como alguien que luchaba constantemente con su baja autoestima… ¡y ganaba siempre!

David Myers y Malcolm Jeeves (en Psicología con los ojos de la fe, Apollos, 1991) exponen los resultados de diversas investigaciones que revelan que el egoísmo permea todas las facetas de la naturaleza humana. Describen el «filtro egocéntrico» que usamos las personas para describir nuestras experiencias. Esto tiene el efecto de que nos atribuimos el éxito cuando lo tenemos, pero achacamos las cosas que salen mal a las circunstancias. Dicen que, en las encuestas publicadas sobre valoración personal, la mayoría de nosotros creemos que somos mejores que los demás en todos los campos reflejados en ellas. Comentan las dificultades que tenemos para admitir que hemos cometido un error, combinadas con los enérgicos intentos de justificarnos y defendernos.

«La naturaleza humana está gobernada por un ego totalitario que revisa continuamente el pasado con el objetivo de conservar una autoevaluación positiva. Gracias a los poderes reconstructivos de nuestra mente, podemos estar seguros, como afirma Mike Yaconelli, que «Cada imagen en movimiento, cada historia apasionante, cada testimonio, no sucedieron (al menos, como el hablante dice que lo hicieron)», Cada recuerdo anecdótico que explica una superestrella cristiana es una reconstrucción. Esto es algo digno de recordar cuando nos sintamos desencantados por la comparativa normalidad de nuestras vidas cotidianas.»

(pp. 131-132)

Myers y Jeeves siguen exponiendo las graves consecuencias del orgullo en unos términos que confirma plenamente este capítulo de Daniel.

«La Biblia nos advierte en contra del orgullo autojustificativo, el orgullo que nos aliena de Dios y nos hace despreciarnos unos a otros. Este es el orgullo que vemos en el racismo, el sexismo, el nacionalismo, y todos los letales chauvinismos que hacen que un grupo de personas se considere más moral, bendecido o capaz que otro. La otra cara de la moneda de estar orgullosos de nuestros logros individuales y colectivos es la de culpar a los pobres de su pobreza y a los oprimidos de su opresión.»

(p. 135)

Todos construimos algo. Puede que sea nuestro pequeño imperio personal o simplemente nuestro nido acogedor. Puede ser una carrera, un proyecto, un negocio. Incluso puede tratarse de nuestro «ministerio», si es que nos dedicamos al «servicio cristiano a tiempo completo». En la puerta del trabajo que hacemos para Dios (o creemos hacer) no hay carteles que digan «No se admiten Nabuconodosores». Y cuantos más dones nos concede Dios, cuantos más recursos pone a nuestra disposición para que edifiquemos, más fuerte es la tentación de ser Nabuconodosores. De hecho, cuanto más cualificados estemos, más peligrosos somos. Es trágico que el mundo del ministerio cristiano y de las misiones esté repleto de egos hinchados y dones maravillosos que se han prostituido para los ídolos del orgullo.

«¿No es una hermosa institución esta que he fundado?»

«¿No es maravilloso este movimiento que he impulsado?»

«¿No es fantástica esta misión que he ayudado a fundar?»

«¿No es esta una gran labor que (con la ayuda de Dios, claro) he contribuido a fomentar?»

Me preocupa mucho que tantas fundaciones cristianas, tantos institutos, escuelas, ministerios y misiones se levanten sobre el nombre propio de una persona (generalmente, se añade la palabra «Incorporado» o «Internacional» al final, para darle más efecto). A Martín Lutero le preocupaba que hubiera personas que le dieran su nombre a una iglesia. Él nunca quiso que existiera una iglesia «luterana», dado que Cristo es su único Señor. Incluso el apóstol Pablo reprendió a los corintios por usar mal los nombres y las denominaciones, aplicándolas al faccionalismo y al orgullo.

Y sin embargo, está claro que en este punto hemos de ser escrupulosamente honestos. Yo mismo he de admitir que, si bien oro para que los libros que escribo sean de bendición, un medio de gracia y crecimiento, y que den la gloria a Cristo, lo cierto es que me encanta ver mi nombre en la portada. Cuando hablo en reuniones y conferencias cristianas, es evidente que deseo predicar y enseñar para la gloria de Dios, pero sería deshonesto negar que me gusta ver mi nombre en el programa. Ninguno de nosotros es inmune a las tentaciones del orgullo, de planear y edificar con miras a nuestro propio provecho, éxito o reputación. Sólo si reconocemos honestamente esta tendencia universal, sólo si la confesamos y nos mantenemos abiertos ante Dios, podremos esperar ser humildes frente a Dios y a los demás. De no ser así, como en el caso de Nabuconodosor, veremos que Dios tiene que intervenir de formas menos agradables, para humillarnos y devolvernos la cordura. Así, en el acto final de este drama, descubrimos que Dios, en la última fase de su plan para hacer que Nabuconodosor recupere el buen sentido, recurre a dos instrumentos bien familiares: un método bien probado, los sueños; y un mensajero muy fiable, Daniel. Como en Daniel 2, Nabuconodosor se siente angustiado por una pesadilla extraña y ominosa, que redujo a polvo su complaciente satisfacción. Notemos qué cambio tan radical.

«Yo Nabuconodosor estaba tranquilo en mi casa, y floreciente en mi palacio. Vi un sueño que me espantó, y tendido en mi cama, las imaginaciones y visiones de mi cabeza me turbaron. Por esto mandé que vinieran delante de mí todos los sabios de Babilonia, para que me mostrasen la interpretación del sueño. Y vinieron magos, astrólogos, caldeos y adivinos, y les dije el sueño, pero no me pudieron mostrar su interpretación, hasta que entró delante de mí Daniel, cuyo nombre es Beltsasar, como el nombre de mi dios, y en quien mora el espíritu de los dioses santos».

Daniel 4:4-8

Todos los hombres sabios de Babilonia entran corriendo en escena para hacer sus cosas pero, como era de esperar, resultan ser tan incompetentes como siempre, y efectúan una salida aún más rápida, y entonces entra Daniel entre los susurros expectantes de la audiencia.

DANIEL EL RETADOR

Nabuconodosor no pierde el tiempo explicando su sueño a Daniel.

«Beltsasar, jefe de los magos, ya que he entendido que hay en ti espíritu de los dioses santos, y que ningún misterio se te esconde, declárame las visiones de mi sueño que he visto, y su interpretación. Estas fueron las visiones de mi cabeza mientras estaba en mi cama: Me parecía ver en medio de la tierra un árbol, cuya altura era grande. Crecía este árbol, y se hacía fuerte, y su copa llegaba hasta el cielo, y se le alcanzaba a ver desde todos los confines de la tierra. Su follaje era hermoso y su fruto abundante, y había en él alimento para todos. Debajo de él se ponían a la sombra las bestias del campo, y en sus ramas hacían morada las aves del cielo, y se mantenía de él toda carne. Vi en las visiones de mi cabeza mientras estaba en mi cama, que he aquí un vigilante y santo descendía del cielo. Y clamaba fuertemente y decía así: Derribad el árbol, y cortad sus ramas, quitadle el follaje, y dispersad su fruto; váyanse las bestias que están debajo de él, y las aves de sus ramas. Mas la cepa de sus raíces dejaréis en la tierra, con atadura de hierro y de bronce entre la hierba del campo; sea mojado con el rocío del cielo, y con las bestias sea su parte entre la hierba de la tierra. Su corazón de hombre sea cambiado, y le sea dado corazón de bestia, y pasen sobre él siete tiempos. La sentencia es por decreto de los vigilantes, y por dicho de los santos la resolución, para que conozcan los vivientes que el Altísimo gobierna el reino de los hombres, y que a quien él quiere lo da, y constituye sobre él al más bajo de los hombres. Yo el rey Nabuconodosor he visto este sueño. Tú, pues, Beltsasar, dirás la interpretación de él, porque todos los sabios de mi reino no han podido mostrarme su interpretación; mas tú puedes, porque mora en ti el espíritu de los dioses santos».

Daniel 4:9-18

La respuesta de Daniel al sueño del rey tiene dos características importantes.

Su interés pastoral

Parece ser que los lazos establecidos entre Daniel y Nabuconodosor como resultado de su último ataque de insomnio -en Daniel 2- se habían conservado durante todo su reinado. Una vez más, debe maravillarnos el hecho de que Daniel sirviera, de una forma tan libre y voluntaria, tan competente, al hombre que había destruido su nación, devastado su ciudad y deportado a su pueblo. Es difícil encontrar un mejor ejemplo del «ama a tus enemigos» en el Antiguo Testamento. Daniel residía en Babilonia sólo a la fuerza. No pidió a nadie que le enviara allí. Como mucho, era un misionero forzoso. Podía haber llevado una vida de permanente amargura, haber mostrado una actitud de disgusto hacia Dios y hacia sus amos babilonios, sus maestros y vecinos. Pero no lo hizo, y el hecho de no hacerlo significó que ahora fue capaz de transmitir palabras de Dios a aquel rey pagano y atribulado.

Elaine era psicoterapeuta en un hospital británico. Le gustaba su trabajo y el departamento en el que estaba. Entonces la trasladaron a una unidad geriátrica en la que ella sabía que los encargados tenían una forma de hablar y de actuar bastante ruda. No le gustaba la idea de trasladarse, pero no tenía otra opción. Y efectivamente, la vida cotidiana se convirtió en algo difícil y embarazoso. Las cosas se decían y se hacían de un modo que ella sabía que era deliberado, para molestarla o provocarla por el hecho de ser cristiana. Pero oró pidiendo gracia para mantenerse fría, para responderles como sabía que Cristo lo hubiera hecho. Al final, para su alivio, la transfirieron, y ella se quedó con la sensación de que no había dado todo el testimonio que podía haber dado. Sin embargo, más tarde descubrió que las personas que habían tenido relación con ella se habían sentido muy impresionadas -sin decirlo- por su actitud y su comportamiento frente a la actitud que tuvieron con ella, y que una de esas personas desde entonces se ha unido a un grupo que estudia la fe cristiana. Dios tenía un propósito cuando la hizo pasar por la agonía de aquella sustitución, pero éste sólo podía cumplirse si ella ponía la voluntad para pasar por ese proceso. Nuestra actitud hacia el mundo laboral cambiaría si consideráramos cada situación, cada traslado -deseado o no, bien o mal recibido- como una labor misionera implícita, a pesar de lo inadecuados que nos sintamos para desempeñarla.

También creo que la vida de Daniel fue un ejemplo del mandato de Jesús de «orar por los que os ultrajan y persiguen». Imagino que Daniel, dado que estuvo en el grupo de los primeros exiliados, habría leído la carta de Jeremías enviada a los exiliados en Babilonia, mucho antes de la destrucción final de Jerusalén, carta en la que se les exhortaba ¡a orar por Babilonia!

«Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de la cautividad que hice transportar de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas; y multiplicaos ahí, y no disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz».

Jeremías 29:4-7

Sabemos que Daniel era un hombre de oración, y que tenía la costumbre de orar tres veces al día (Daniel 6:10). Me pregunto si Nabuconodosor era una de las prioridades de su lista de oración. Para Daniel, servir al rey era en realidad un medio para servir al Dios que había nombrado a aquel rey, una perspectiva forjada y conservada por medio de la oración. La oración hace que nuestros pensamientos se enderecen, y fomenta ese tipo de madurez que vemos aquí en Daniel: una madurez que había dejado de lado los deseos de venganza, o el simple odio racial o religioso, y que era capaz de percibir la voz de Dios resonando una vez más en la mente de su jefe político pagano.

Pensemos en la situación desde el punto de vista de Daniel. Ahí estamos, escuchando un sueño en el que se talan árboles, alguien va a parar con el ganado a comer hierba, una voz pronuncia un juicio divino sobre él… y de repente nos damos cuenta de que todo se aplica al hombre que está relatando el sueño: el propio rey.

¡Nabuconodosor se va a venir abajo! ¿No nos hubiésemos alegrado por dentro? ¿No hubiéramos exclamado para nosotros : «¡Ya era hora!»? ¿No le hubiéramos dado gracias a Dios por habernos concedido el poder contemplar esta tan esperada venganza sobre el hombre que, como una bestia salvaje, había violado y robado su santa ciudad arrasando por completo el templo? Serían reacciones perfectamente comprensibles. Pero no fueron las de Daniel.

«Entonces Daniel, cuyo nombre era Beltsasar, quedó atónito casi una hora, y sus pensamientos lo turbaban. El rey habló y dijo: Beltsasar, no te turben ni el sueño ni su interpretación. Beltsasar respondió y dijo: Señor mío, el sueño sea para tus enemigos, y su interpretación para los que te quieren mal».

Daniel 4:19

Se sintió desfallecer. No soportaba tener que decírselo al rey. Sólo podía desear lo que seguramente deseaba también el rey interiormente: que el sueño se refiriera a sus enemigos, aunque Daniel sabía que no era así. Iba destinado a Nabuconodosor, y debía interpretarlo fielmente. Pero lo hizo con reluctancia, de un modo pastoral. Daniel había superado la malicia y la venganza, y ya no sentía placer al ver la destrucción de los malos. Una vez más, esta parece ser la señal de una persona que se parece mucho al Dios con el cual pasa tiempo en oración.

Si el modo en que tratamos el orgullo supone una prueba de nuestra madurez, también lo es el ver cómo lo tratamos cuando lo vemos en los demás -o vemos su humillación-. El instinto de venganza es muy fuerte. Deseamos ver a los arrogantes a los poderosos humillados. Pero, ¿cómo reaccionamos cuando lo son? Entonces se manifiestan las verdaderas motivaciones de nuestro corazón. Entonces se verá si reflejamos un sincero regocijo al ver la fragilidad de otro ser humano, o la compasión de Cristo incluso hacia aquellos que le traicionaron y negaron.

Su coraje profético

Daniel tuvo que recurrir al valor para interpretar el sueño de forma fidedigna, decirle al hombre más poderoso sobre la tierra: «El árbol que viste… tú mismo eres, oh rey»; decirle al monarca de todo lo que veía que pronto estaría compartiendo el forraje de las bestias del campo; decirle a aquella «cabeza de oro», acostumbrado a mirar siempre desde lo alto de su estatua a los pobres mortales más abajo, que tendría que mirar hacia arriba y reconocer a un rey más poderoso que él; dirigir su atención al reino del Dios Altísimo antes de que fuera demasiado tarde. Otro de los mandamientos del Nuevo Testamento que dice «sigamos la verdad con amor» (Efesios 4:15) encuentra su paralelismo veterotestamentario en este pasaje.

Pero se necesita algo más que valor para lo que dice Daniel un poco después. Va más allá de la interpretación del sueño y de las palabras que formaban parte de él, y se arriesga a añadir algunas palabras propias.

«Por tanto, oh rey, acepta mi consejo… » (v. 27). Ahora bien, Nabuconodosor no había pedido ningún consejo. La interpretación del sueño ya era bastante negativa. Pero Daniel se arriesga. Esto demuestra, creo yo, que tenía confianza en el respeto que sentía el rey hacia él, que era equiparable a su propio interés pastoral por éste y su respeto hacia él. Y las palabras que dijo adoptaron la auténtica fuerza propia de los profetas, algo que no era el estilo de Daniel. Él no era un profeta profesional. Era un siervo civil, y este tipo de servidores no suelen caracterizarse por presentar sus propias y arriesgadas opiniones a sus superiores.

Daniel puso el dedo en la llaga de la gloria imperial babilónica: su precio social, en términos de opresión y explotación. Podía ver a primera vista lo que había condenado el profeta Habacuc cuando, al hablar sobre Babilonia, había emitido estas palabras de reprensión y juicio divinos:

«¡Ay del que multiplicó lo que no era suyo! ¿Hasta cuándo había de acumular sobre sí prenda tras prenda? ¡Ay del que codicia injusta ganancia para su casa, para poner en alto su nido, para escaparse del poder del mal!¡Ay del que edifica la ciudad con sangre, y del que funda una ciudad con iniquidad!»

Habacuc 2:6, 9, 12

De modo que Daniel tuvo el valor de llamar a Nabuconodosor tanto al arrepentimiento como a la reforma social, con unas palabras vibrantes y cortantes como navajas, de las que Amós se hubiera sentido orgulloso:

«Por tanto, oh rey, acepta mi consejo: tus pecados redime con justicia, y tus iniquidades haciendo misericordia para con los oprimidos, pues tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad».

Daniel 4:27

Esto deja muy claro que el pecado de Nabuconodosor, a los ojos de Dios, no era el del simple orgullo personal y arrogantes alucinaciones de grandeza, sino el de una injusticia y opresión reales y prácticas en el campo social. De modo que la palabra de Dios para él debía ser algo más que un mero «Confiesa tus pecados y cambia de actitud». Tenía que cambiar, y para probar su cambio de corazón debía modificar también su política estatal oficial, sustituyendo la explotación por justicia y benevolencia.

En las palabras de Nabuconodosor del versículo 30, detectamos una gran dosis de ironía: «¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué… ?» ¿Que él había edificado? Es probable que Nabuconodosor no tocara un ladrillo en toda su vida. Él no había edificado Babilonia. La habían construido el sudor de millares de esclavos oprimidos, inmigrantes y otros estratos bajos de la población, cuyos esfuerzos han levantado todas las prominentes civilizaciones de la raza humana caída a lo largo de la historia. El Dios de Daniel vio, escuchó y se interesó, del mismo modo que había escuchado el clamor de Sodoma y Gomorra (Génesis 18:20, 21; cf. Ezequiel 16:49), o el clamor de su propio pueblo en Egipto (Éxodo 2:23, 24). También Daniel, que tenía su oído afinado para oir la voz de Dios, sentía lo mismo que aquel Dios cuya entrega a los pobres y oprimidos constituía una parte de su herencia espiritual, su historia y su adoración.

«¡El Señor J Que hace justicia a los agraviados, que da pan a los hambrientos. Jehová liberta a los cautivos; Jehová abre los ojos de los ciegos; Jehová levanta a los caídos; Jehová ama a los justos. Jehová guarda a los extranjeros; al huérfano y a la viuda sostiene. Y el camino de los impíos trastorna. Reinará Jehová para siempre; tu Dios, oh Sion, de generación en generación. Aleluya».

Salmo 146:7-10

No debemos perdernos el tremendo drama que supone este momento en la vida de Daniel. Aquí tenemos a un oficial civil -aunque lo respetaran, dándole un título que él seguramente no aprobaba, «jefe de los magos» (v. 9)delante de la cabeza suprema del estado, desafiándole en nombre de Dios a cambiar la dirección de toda su política social y económica. Muchos han perdido la cabeza por menos que eso; Juan el Bautista la perdió ¡por criticar el matrimonio de un reyezuelo! Y Daniel no sólo lo desafía, sino que lo llama al arrepentimiento, incluyendo la amenaza explícita de que si no lo hace será humillado. Puede que suavizara sus palabras con aquella educación propia de un oficial estatal -«Por tanto, oh rey, acepta mi consejo… », y todo eso- pero seguían suponiendo un golpe mortífero. Daniel enfrentó al rey con los males sociales de su gobierno, y le exhortó a poner en marcha reformas… o su propio castigo.

Al final de esta historia, una de las cosas que finalmente admite Nabuconodosor sobre el Dios con el que se ha enfrentado es su justicia: «todas sus obras (las de Dios) son verdaderas, y sus caminos justos» (Daniel 4:37); esto puede ser una forma de decir que ahora Nabuconodosor sabe lo que él debe hacer para someterse a Dios. Pero, ¿quién fue el que le metió semejante idea en la cabeza en primer lugar? Daniel… hacía años. Daniel, que no solamente tenía el coraje de decir la verdad delante del rey, sino que además estaba en posición de hacerlo. En otras palabras, Daniel sólo pudo pronunciar estas palabras de desafío y reprensión, que al final condujeron a que el rey se arrepintiera, porque había pasado toda una vida de servicio fiel en la administración secular de aquel país extranjero. ¿Cómo nos suena eso a nosotros, acostumbrados como estamos a los resultados inmediatos? Un trabajo secular de toda una vida: la oportunidad momentánea de decir unas palabras retadoras y proféticas a la persona clave, en el momento correcto.

Cuando volvemos a pensar en Daniel l, y en las decisiones que Daniel y sus tres amigos tomaron siendo jóvenes, podemos ver hasta qué punto dependieron de ellas más tarde. Su decisión de decir «no» al asunto (probable) de la total lealtad al estado les condujo al horno de fuego, sólo para probar allí el poder de Dios. Pero su decisión de decir «sí» al programa de educación y a la carrera administrativa supuso que Daniel estuvo en el lugar adecuado en el momento correcto para hablarle directamente al oído al poder político. Si Daniel no hubiera dicho «sí» al principio de esa carrera, no hubiera estado en posición alguna para hacerse oir. Si no hubiera dicho «no», no hubiera tenido la distancia crítica necesaria para transmitir aquellas · palabras proféticas como lo hizo. Si él y sus amigos se hubieran apartado del todo de la vida secular pública, no hubieran podido ejercer un impacto sobre ella, ni tampoco un testimonio. Si hubieran decidido colaborar como meros secuaces del estado, no hubieran tenido el fundamento profético para decir nada que discrepara de la política oficial. Estaban en el mundo, pero no le habían vendido sus almas.

Creo que aquí encontramos unas palabras de tremendo ánimo para los cristianos que trabajan en el mundo secular. Siendo una persona que ha vivido la vida de un cobarde dentro de un ambiente cristiano, primero en el ministerio de la Iglesia de Inglaterra, luego como misionero en la India pero viviendo y trabajando en un instituto cristiano, y ahora en una comunidad de personas que se preparan para las misiones transculturales, siento un profundo respeto por los cristianos que destacan en todo tipo de trabajos seculares, y en especial los que ocupan puestos públicos o políticos de cualquier tipo. Esas personas son la verdadera «sal de la tierra» con el sentido que le dio Jesús. Son los que se enfrentan a la corrupción y brillan como la luz en medio de una «generación maligna y perversa» (Filipenses 2:15). Son los Danieles in situ.

Y sin embargo, a menudo la iglesia da la impresión de que lo realmente importante es «el ministerio» o «las misiones», cuando de hecho es la presencia, el trabajo fiel y el testimonio de las huestes cristianas consideradas «legos» las que tienen una importancia mucho más grande en relación al mundo que nos rodea. Por eso prefiero hablar en conferencias de cristianos que se dedican a trabajos seculares que en un seminario de estudiantes de teología. Allí tengo una sensación de realidad. Allí soy consciente de los ángulos agudos y ásperos de la vida. Allí se debaten dilemas preocupantes. También encuentro allí un sano rechazo a permitir que el teólogo domesticado presente se desmarque con respuestas vagas que no tienen nada que ver con los asuntos reales.

Y mi mensaje a tales grupos siempre es el de hacerles comprender que el ministerio y misión en el mundo de Dios son demasiado importantes como para dejarlos en manos de ministros de la fe y misioneros. Daniel tenía una misión, pero fue necesario que para cumplirla pasara una vida de duro trabajo en una oficina gubernamental. Se ganó el respeto del rey y el derecho a opinar, y cuando llegó el momento, tuvo el valor de hablar en nombre de Dios. De modo que, sea donde fuere que Dios le ha colocado a usted, y siendo las que sean las presiones cotidianas, véalo como el lugar donde se le puede llamar a ser el chispazo que haga que el poder de la palabra de Dios nazca con fuerza atravesando el vacío que le separa del mundo secular.

DIOS, EL QUE HUMILLA

Dios le concedió doce meses a Nabuconodosor, todo un año para que actuara según las implicaciones de su sueño y de la valiente interpretación que había hecho Daniel; un año para que hiciera algo como respuesta al consejo y la advertencia que había recibido. Pero él lo ignoró. En los versículos 29 y 30 no vemos que haya cambiado nada.

«Al cabo de doce meses, paseando en el palacio real de Babilonia, habló el rey y dijo: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?»

Daniel 4:29, 30

Al fin Dios interviene, en este último acto, para humillar a aquel hombre y hacer que recupere el sentido. Nabuconodosor padecía el espejismo de ser más que humano, de modo que, con cierto tipo de justicia poética, ¡Dios le envía el espejismo de ser menos que humano! La ilusión de creerse un animal en concreto y actuar en consecuencia es bien conocida como una forma de enfermedad mental.

«Aún estaba la palabra en la boca del rey, cuando vino una voz del cielo: A ti se te dice, rey Nabuconodosor: El reino ha sido quitado de ti; y de entre los hombres te arrojarán, y con las bestias del campo será tu habitación, y como a los bueyes te apacentarán; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que reconozcas que el Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él quiere. En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabuconodosor, y fue echado de entre los hombres; y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila, y sus uñas como las de las aves».

Daniel 4:31-33

El hecho de que pasaran doce meses antes de que se cumpliera la amenaza del sueño demuestra la propia reluctancia de Dios. Dios no se complace en humillar a un ser humano, hecho a su propia imagen, haciéndole llegar hasta el nivel de un simple animal. Dios quiere humildad, no humillación. Pero, si es necesario, humillará al altivo hasta que adquiera una auténtica humildad, si no existe otro modo de conseguirlo. No sólo es capaz de humillar «a los que andan con soberbia» (v. 37), sino que el hecho de hacerlo es característico de él (cf. Proverbios 3:34 y su aplicación en Santiago 4:2-10).

La humillación sólo duró el tiempo que necesitó Nabuconodosor para aprender la lección. «Siete tiempos» es una expresión deliberadamente imprecisa, y no es necesario que signifique siete años. Así que, ¿qué era lo que debía aprender? Aquella verdad que había escuchado tres veces y que compone el tema de este capítulo: que el Dios Altísimo gobierna sobre los reinos de los hombres. Nabuconodosor, cabeza de un reino humano, estaba enfrentado al reino de Dios, una experiencia como mínimo desagradable.

No cabe duda de que Nabuconodosor hubiera aceptado que el Dios Altísimo gobernara en los cielos. Ningún problema: para eso son los dioses. Que gobierne los cielos que quiera… mientras se mantenga allí. Pero la idea que no quería aceptar es que el Dios de los cielos gobierna en la tierra. El reino de Dios se «terrenaliza» entre los de los hombres. Esta idea se le transmitió en el primer sueño, con la imagen de la roca que desbancaba todos los imperios humanos y crecía para llenar toda la tierra. Daniel le dijo entonces que aquello simbolizaba el reinado de Dios, que es indestructible. Pero Nabuconodosor no lo había aceptado. No quería aceptar que el cielo reina… en la tierra. Así que se sintió libre para construir su ciudad y su imperio sobre la injusticia y la opresión. Cuando los humanos actúan sin aceptar el concepto de una autoridad superior, sin sentirse responsables ante Dios, entonces tanto individual como socialmente son capaces de demostrar una terrible crueldad unos contra otros. El orgullo individual y gubernamental se escapan de las manos cuando no existe sumisión alguna a una autoridad trascendental que los limite.

Este es uno de los motivos por los que el auténtico Jesús resultaba y resulta tan incómodo para muchos. Jesús retó al mundo de su tiempo a reconocer que el reino de Dios estaba entre ellos. En sus enseñanzas y parábolas, les demostró que era un reino que le daba la vuelta a los valores del mundo. Partía en dos la tendencia política de su nación. Rompía con los valores económicos que hacían millonarios a algunos y empujaban a otros hacia las deudas y la pobreza. La única forma de acercarse a ese reino era someterse, arrepentirse, aceptarlo y vivir una vida radicalmente distinta; o bien resistirse a él y ser destruidos.

Esta es también la razón por la que la iglesia actual se vuelve impopular cuando intenta hacer que las personas reconozcan la presencia del reino de Dios, haciéndoles moralmente responsables de las políticas públicas y sus consecuencias sociales. No hay ningún gobierno que acepte de buen grado las críticas, y menos aún de parte de «los religiosos metomentodo». Que los religiosos se queden tras sus púlpitos y se dediquen a las cosas espirituales. Que Dios se quede en el cielo y lo mantenga calentito hasta que lleguemos los demás. Así es como desearía que siguieran las cosas el estado y sus servidores políticos. De esa manera, podemos seguir manteniendo un status quo injusto, sin que nos aten esos conceptos tan incómodos de un Dios vivo que pudiera llamarnos a dar cuentas.

Sin embargo, al fin, Nabuconodosor comprendió la verdad que Dios había intentado inculcarle durante tantos años.

«Mas al fin del tiempo yo Nabuconodosor alcé los ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades».

Daniel 4:34

¡Es curioso que un ataque de humildad llevara consigo la sanidad! El orgullo, y en especial aquel que intenta salirse con la suya ignorando a Dios y sus exigencias, es realmente una forma de locura. Vivir en el mundo de Dios y comportarnos como si tuviéramos derecho a poseerlo, y tratar a los demás como nos plazca sin contar con él, ¡es una locura! Incluso intentar vivir cada día y trabajar como si Dios sólo fuera para los domingos es una forma de buscarse problemas. Dios no permite que le dejemos en la cuneta, y nos dice que hemos de andar en humildad delante de él, dispuestos a decir, como dijo virtualmente Nabuconodosor: «Venga tu reino; hágase tu voluntad, como en los cielos, así también en la tierra». Porque sigue siendo cierto que Dios «puede humillar a los que andan con soberbia» (v. 37). Pero él desea infinitamente más que antes que eso suceda nos humillemos nosotros.

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