Daniel 3

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Capítulo 3

SOMETERSE O ARDER

Durante un tiempo mi hija trabajó como ayudante de cocina -el peldaño más bajo dentro del negocio de la manipulación de alimentos- en un hotel de considerable tamaño. Rodeada por una buena muestra de personalidades humanas, consiguió que le fuera bien en medio del trajín que suponía el cotilleo social y las discusiones en su ambiente laboral. «Va la mar de bien que la gente se entere de que eres cristiana», me dijo una vez, «¡porque eso hace que las discusiones sean mucho más controvertidas!»

¡Bueno, no está mal! Pero una cosa es disfrutar de una amigable charla en torno a la estufa dentro de un contexto en el que el hecho de tener ciertas creencias y opiniones peculiares le alegra el día a todo el mundo. Otra muy distinta es si esas mismas creencias nos meten en unos problemas graves que amenazan tanto nuestro propio empleo como muchas otras cosas importantes de nuestra vida.

Está muy bien eso de defender nuestra fe cuando uno es un estudiante joven, quizás como Daniel y sus amigos cuando llegaron a Babilonia. Entonces es casi obligado sentirse lleno de idealismo y de ese heroísmo que se enfrenta al sistema, a lo que se suma el lujo extra de verse libre de las responsabilidades de una familia o un trabajo. Uno se puede jugar cierta popularidad, pero nada más.

Avanzando más en la vida, las realidades del mundo de los negocios pueden atentar mucho más gravemente contra la fe de un individuo. ¿Cómo es posible vivir en el mundo real sin caer en sus mismas prácticas? Ciertamente, no se trata tanto de caer en la adoración a los ídolos como de caer en lo inevitable. El mundo es capaz de exigir un alto precio a los que rechazan hacer las cosas a su manera.

Aquí encontramos a Daniel y sus amigos, que habían estado junto a él, discretamente, a la hora de objetar conscientemente ante uno de los puntos de su reeducación en el estado babilonio, y que ahora se enfrentan a una prueba mucho más dura de la lealtad hacia su fe.

Lo menos que había hecho Daniel por Nabuconodosor era librarle de sus pesadillas. Lo que había procurado hacer en realidad era ponerle cara a cara con el Dios que controla la historia y el futuro, y hacerle reconocer su propio lugar en todos aquellos proyectos venideros. Era la cabeza de un gran imperio, pero existía un reino mayor que el suyo y, al final, era el reino de Dios el que soportaría el paso del tiempo cuando «la roca» redujera a polvo todos los imperios humanos. Pero Nabuconodosor no estaba listo para reconocer algo así… todavía. Hacerlo hubiera puesto en tela de juicio su estatus actual y su poder como jefe del mayor imperio del mundo. Hubiera deslucido algunos de sus sueños más dorados. Al final de Daniel 4 encontramos a un Nabuconodosor muy distinto, que ha cambiado su repertorio. Pero, por el momento, su agenda se centraba en sus propios planes.

Libre de la molestia de sus pesadillas recurrentes, se puso manos a la obra para solventar el problema que éstas simbolizaban. Si la estatua era inestable porque tenía los pies débiles, Nabuconodosor decidió fortalecer su cabeza de oro: a sí mismo y a su joven estado. Podía olvidarse de la roca demoledora que escapaba a todo control humano. Si su imperio adolecía de cierta debilidad fruto de sus desuniones internas, entonces tenía que crear un pueblo unido y armonioso, unidos por los lazos de la fidelidad política, el celo religioso y el orgullo cultural. Esta decisión, junto con la política que generó, fue la que causó problemas a los amigos de Daniel, y sin duda a otros creyentes judíos.

El asunto al que se enfrentaban ahora era uno al que los creyentes, tanto judíos como cristianos, se han enfrentado a través de los siglos. ¿Cuáles son los límites del patriotismo? ¿Cómo es posible, por un lado, obedecer instrucciones como las de Jeremías 29:7 y Romanos 13:1-7, de que busquemos el bien del país en que Dios nos ha colocado, mostrando sumisión y buen civismo, y por otro seguir siendo fiel al mandato divino de que sólo le adoremos a él? La lealtad hacia nuestro propio país, ¿es algo bueno? ¿En qué punto se vuelve idolátrica, es decir, que ocupa aquel lugar de perfecta importancia que sólo debe ocupar Dios? ¿Podemos negarnos a obedecer a las autoridades gubernamentales y, si es así, por qué motivos? ¿ Y podemos esperar que Dios nos libre siempre del peligro cuando lo hagamos? Estas preguntas son de por sí bastante difíciles para los creyentes que son simples ciudadanos. Para aquellos que tienen un cargo público, en la vida política o en la administración civil dentro del gobierno, este puede ser a veces una cuestión de -literalmente- vida o muerte.

LAS EXIGENCIAS DEL ESTADO

«El rey Nabuconodosor hizo una estatua de oro cuya altura era de sesenta codos, y su anchura de seis codos; la levantó en el campo de Dura, en la provincia de Babilonia. Y envió el rey Nabuconodosor a que se reuniesen los sátrapas, los magistrados y capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y todos los gobernadores de las provincias, para que viniesen a la dedicación de la estatua que el rey Nabuconodosor había levantado. Fueron, pues, reunidos los sátrapas, magistrados, capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y todos los gobernadores de las provincias, a la dedicación de la estatua que el rey Nabuconodosor había levantado; y estaban en pie delante de la estatua que había levantado el rey Nabuconodosor. Y el pregonero anunciaba en alta voz: Mándase a vosotros, oh pueblos, naciones y lenguas, que al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua de oro que el rey Nabuconodosor ha levantado; y cualquiera que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego ardiendo. Por lo cual, al oír todos los pueblos el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron y adoraron la estatua de oro que el rey Nabuconodosor había levantado.»

Daniel 3:1-7

«La estatua de oro que el rey Nabuconodosor había levantado». Esta frase aparece a lo largo de todo Daniel 3. En toda la obra esta estatua juega un papel principal. No cabe duda de que se usa para recordar al lector u oyente la cabeza de oro que tenía la estatua en el sueño de Nabuconodosor. No se nos dice exactamente qué forma tenía la estatua. Probablemente no era ninguno de los dioses de Babilonia, porque se la distingue de ellos en el versículo 12. Así que puede que se tratase de una figura estilizada del propio Nabuconodosor, o de su poder imperial. Puede que fuera un monumento levantado al propio imperio babilónico… «El espíritu de Babilonia». Lo que está claro es que era enorme, de treinta metros de altura y una base de tres metros cuadrados; era un recordatorio brillante y pujante de la gloria imperial y el poder estatal.

¿De qué servía? No constituía meramente un símbolo del orgullo personal de Nabuconodosor, por grande que fuera éste. Más bien se creó para simbolizar la unidad y el poder del imperio. Sabemos, por Daniel 1, que Babilonia gobernaba sobre un gran conglomerado de naciones y pueblos a los que se define, en este capítulo, con la frase «pueblos, naciones y lenguas» (vs. 4, 7). El plan de Nabuconodosor era producir cierta medida de unidad política al imponer una ideología religiosa propia del estado -una religión y cultura nacionales-, con metas oficiales. Quería avivar el celo religioso y el orgullo cultural (notemos el énfasis en que hubiera todo tipo de música), una combinación realmente poderosa a través de los siglos. Por supuesto, no estaba previsto prohibir la adoración a otros dioses. La gente podría conservar y adorar los dioses de sus propias naciones y culturas, siempre que les concedieran prioridad a los dioses estatales de Babilonia. Un rey, un imperio, una fe oficial.

Así que preparó un enorme «Festival Babilónico» en torno a la estatua de oro que simbolizaba al imperio. Sería un espectáculo gigantesco, unificador, que tanto facilitaría como ordenaría ese tipo de fidelidad y devoción al imperio que el rey necesitaba para estabilizar y fortalecer su imperio, relativamente joven. Fue un ejercicio de consolidación nacional. ¡Que todo el mundo declarara su fidelidad hacia él, el gran benefactor y padre de la nación! Que todas las etnias de su reino mantuvieran sus propias culturas, pero que éstas quedaran supeditadas a las cosas que tenían en común. Quizás dispuso que toda tradición musical propia de cada grupo tuviera ocasión de manifestar su herencia cultural, siempre que lo hiciera en honor de su estatua de oro. De este modo permitía la expresión de las diferencias regionales y el orgullo cultural, pero sometiéndolos a su deseada unidad imperial. Unidad nacional, seguridad nacional, orgullo nacional: estas eran las poderosas fuerzas detrás del enorme, brillante y dorado festival de Nabuconodosor.

De modo que el estado de Nabuconodosor exigía fidelidad total y demandaba que cada ciudadano la reconociera. Y lo hicieron, como todo el mundo sigue haciéndolo cuando los tambores y la música del orgullo nacional empiezan a sonar. Toda la sociedad lo celebra, desde la capa superior a la más inferior. Detectamos un cierto humor en esa repetición de las listas de oficiales y de instrumentos de música. Todo el que era alguien estaba allí. Era el mejor lugar para dejarse ver. Era ruidoso, con un ambiente festivo, atractivo, contagioso. Era la Babilonia de Nabuconodosor. Y es tal el poder seductor de estas celebraciones tan aparatosas, organizadas por el estado, que la mayoría de aquellas personas seguramente fueron por voluntad propia, puede que hasta sintiéndose agradecidos. Sin embargo, y por si acaso, siempre planeaba sobre ellos la amenaza del «horno ardiente». No es que fuera necesario, claro está… pero las políticas estatales requieren penas estatales, y la gente debe darse cuenta de que el estado va en serio. «¡Someteos o arded! ¡Que viva el rey… o no viváis vosotros!» Está claro que nadie en su sano juicio sería capaz de oponerse.

Por tanto, esta era la exigencia del reino de Nabuconodosor. Se trata básicamente de lo mismo que se ha dado en llamar «totalitarismo»; es decir, la postura de que el propio estado es la realidad última que gobierna al completo las vidas de sus súbditos, y que exige una fidelidad y una obediencia totales. Es una exigencia que se ha repetido muchas veces a lo largo de los siglos, llegando hasta nuestra época. Nabuconodosor no fue el primero ni el último que reunió el patriotismo, la religión y la cultura para lograr el beneficio del propio estado. ¿En cuántos países, antiguos y modernos, occidentales y orientales, hemos visto esa combinación? El estado exige la completa lealtad, y la justifica basándola en la necesidad, la estabilidad, la supervivencia étnica, incluso los altos ideales. Y cuando el estado comienza a formular semejantes demandas, no deja otra alternativa que el fuego o sus muchos equivalentes.

El estado es una institución humana que parece tener una tendencia intrínseca hacia la idolatría, que exige una autoridad divina y una fidelidad completa. Esta tendencia se deriva de nuestra inseguridad humana, fruto de la Caída. Habiendo rechazado a Dios como la fuente de toda autoridad y seguridad, ansiamos cosas que le concedan a la vida orden, estabilidad, seguridad, regularidad y cohesión social. Cuando un estado poderoso promete tales cosas, estamos dispuestos a pagar un alto precio por conseguirlas. O quizás, más concretamente, cuando llega un mal trago, no estamos preparados para pagar el alto precio de no comprar lo que nos venden.

Los cristianos occidentales estamos agradecidos con razón por la libertad que disfrutamos actualmente, dado que no estamos en un régimen totalitario. También seguimos siendo plenamente conscientes del alto precio que hubimos de pagar para eliminar semejantes tiranías en Europa. Los cristianos en la Europa central y oriental han vivido durante dos décadas con los restos de semejante ideología estatal, y ahora se regocijan por haber sobrevivido para poder verla derrumbarse. Sin embargo, entre ellos hay cristianos más sensatos que se preguntan si no habrán cambiado la ideología del materialismo marxista por la adoración al materialismo capitalista. Ambas cosas pueden ser abiertamente idolátricas, y ninguna de ellas le deja lugar al Dios vivo.

Pero hay muchas otras partes del mundo en las que los cristianos viven bajo regímenes que exigen fidelidad a otros dioses, ya sea en los estados comunistas que aún subsisten, en el suroeste de Asia y en China, o en ese número creciente de países, tales como Pakistán y Malasia, en los que el gobierno islámico está reduciendo o eliminando los derechos civiles y religiosos de los adeptos a otras religiones. Incluso en países como la India, que según su Constitución es secular, el peso del hinduismo es tan fuerte en cada faceta de la vida pública y comunitaria que en algunos lugares puede resultar muy duro conservar la identidad cristiana distintiva o el compromiso cristiano. La meta de algunos movimientos hinduistas nacionalistas es ciertamente la de conseguir esa unidad religiosa, nacional y cultural que buscaba Nabuconodosor. Según aducen ellos, el patriota hindú sólo tiene una religión. Cualquier otro compromiso se considera esencialmente una traición. A los cristianos indios se les dice que no pueden ser verdaderamente indios si conservan una religión occidental, a pesar de que el cristianismo es una de las religiones más antiguas de la India, ciertamente más antigua que el Islam o la religión de los Sikhs, ya que llegó a ese país mucho antes de que la conversión de «occidente» (es decir, la Europa pagana) estuviera completa.

EL PRECIO DEL MONOTEÍSMO

«Por esto en aquel tiempo algunos varones caldeos vinieron y acusaron maliciosamente a los judíos. Hablaron y dijeron al rey Nabuconodosor: Rey, para siempre vive. Tú, oh rey, has dado una ley que todo hombre, al oir el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, se postre y adore la estatua de oro; y el que no se postre y adore, sea echado dentro de un horno de fuego ardiendo. Hay unos varones judíos, los cuales pusiste sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego; estos varones, oh rey, no te han respetado; no adoran tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has levantado. Entonces Nabuconodosor dijo con ira y enojo que trajesen a Sadrac, Mesac y Abed-nego. Al instante fueron traídos estos varones delante del rey. Habló Nabuconodosor y les dijo: ¿Es verdad, Sadrac, Mesac y Abed-nego, que vosotros no honráis a mi dios, ni adoráis la estatua de oro que he levantado? Ahora, pues, ¿estáis dispuestos para que al oir el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua que he hecho? Porque si no la adorareis, en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo; ¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos?»

Daniel 3:8-15

La situación se complicaba para Sadrac, Mesac y Abed-nego, aunque probablemente no porque ellos hubieran hecho nada para merecerlo. Más bien nos da la impresión de que este repentino conflicto entre ellos y el estado era, antes que nada, inmotivado. Su comportamiento y comentarios cuando los llevan delante del rey sugieren que en realidad habían intentado evitar semejante enfrentamiento. Quizá se habían limitado a no acudir al festival. De cualquier manera, en el texto no hallamos nada que justifique aquellas figuritas de la pizarra de franela que veía yo de niño de la escuela dominical, donde podía verse a millones de personas postradas en tierra como los musulmanes cuando oran, excepto tres de ellas que estaban en pie, orgullosas y atentas. Me parece más probable que no adoptaran semejante postura de desafío deliberado, sino simplemente optaran por no participar, lo cual encaja mejor con su actitud, que ya vimos en el capítulo uno. Allí observamos su educada negación a aceptar un detalle concreto de su educación, frente al trasfondo de una notable aceptación de otros temas, a los cuales se adaptaron. Esos hombres no pretendían el martirio, buscando ocasiones en las que pudieran desplegar su ideología religiosa, ansiosos de enfrentarse a las autoridades. Eran servidores civiles concienzudos, que cumplían con sus tareas cotidianas.

En segundo lugar, nos da la impresión, habiendo leído el libro hasta este punto, que esta prueba repentina de su fidelidad a Dios fue algo inesperado. Seguramente pensaban que ya habían resuelto este tema al principio de su carrera gubernamental. Entonces habían dicho «no», negación que se había respetado. Después de aquello habían seguido con el trabajo para el que les formaban y, por lo que sabemos, no se habían enfrentado a ningún otro problema de conciencia. Su servicio al gobierno babilónico no les había exigido que comprometieran su fe hacia su Dios. Y sin embargo ahora, de repente, se ven inmersos en un conflicto con el propio rey. No sólo era repentino e inesperado, sino que también suponía una terrible amenaza: hacía un momento disfrutaban de un trabajo respetable y responsable en la alta burocracia, y al cabo de otro se enfrentaban a las llamas de una ejecución inmediata.

Los creyentes no pueden permitirse el lujo de relajarse. Los vientos de la política humana pueden cambiar muy rápidamente, tanto para bien como para mal. Los israelitas estaban cómodos en Egipto hasta que «se levantó un faraón que no conocía a José», y de repente su estatus como huéspedes privilegiados se convirtió en uno sometido a una intolerable explotación. Un día David era músico de la corte y al siguiente esquivaba jabalinas. Elías un día era héroe popular en el Monte Carmelo y al día siguiente huía a toda prisa para escapar de Jezabel. Las multitudes que se agolpaban en tomo a Jesús una semana aclamándole, pocos días después exigían su muerte. Y así ha sucedido a través de la historia. Los países que durante un tiempo han dado la bienvenida a los misioneros cristianos de repente les han sometido a una feroz persecución. EE.UU., una nación fundada por gente que huía de la intolerancia religiosa, hace poco que creó el fenómeno de lo «políticamente correcto», increíblemente intolerante. En Gran Bretaña, no resulta inconcebible que las leyes diseñadas en un principio para penalizar el odio racista y las palabras y acciones que inducían a él se vuelvan contra cualquier forma de evangelismo dentro de comunidades que pertenezcan a otras creencias.

Hemos de recordar que vivimos en un mundo que, en general, está en rebelión contra Dios. De manera que si ahora mismo podemos vivir con confort o bajo un régimen benevolente, es probable que se trate de un intermedio transitorio dentro del amplio movimiento de la historia humana, no de un estado permanente. «Cuidaos cuando todos los hombres hablen bien de vosotros», dijo Jesús. Es posible que la denuncia y la amenaza del horno ardiente estén justo a la vuelta de la esquina.

Sin embargo, para nuestros tres amigos, el rumbo que ahora tomaron las cosas justificó y demostró la importancia de la decisión que habían tomado anteriormente. Entonces se habían mostrado firmes respecto a un punto que parecía intrascendente. Habían rehusado entrar en ese tipo de comunión alimenticia con el rey que hubiera simbolizado su fidelidad y dependencia completas. En aquellos tiempos, remontándonos a los primeros momentos de su cautiverio y del reinado de Nabuconodosor, hubiera sido raro que el rey hubiera hecho semejante exigencia. En aquel momento su política parecía apoyar relativamente a los diferentes grupos étnicos y religiosos de su imperio; aparte del hecho, por supuesto, de que éstos hubieran sido conquistados y de que sus dioses estuvieran sometidos a los propios. Entonces no se les exigió una manifestación de lealtad absoluta, ni algo que supusiera la adoración al propio estado, o al menos fueron capaces de evitar ese compromiso.

Pero ahora, cuando aquella manifestación estaba ante ellos de una forma tan visible, ocupando 30 metros de cielo, no podían esquivarla. E incluso si intentaron pasar desapercibidos, los demás pronto se dieron cuenta de su rechazo, y la envidia profesional en seguida hizo su trabajo, como vuelve a suceder más adelante, en Daniel 6. No obstante, fue su decisión anterior la que fortaleció esta otra posterior. En los días de su preparación educativa, habían establecido la dirección y los límites de su compromiso de un modo un tanto reducido. Ahora que era el fuego lo que probaba su decisión, el asunto adquiría mucha más importancia. «Aquel que es fiel en lo pequeño es digno de que se confíe en él al tratar cosas importantes».

En tercer lugar, podemos reflexionar en lo tentadora que era aquella ocasión para ellos. Después de todo, no les exigían que negaran explícitamente a Jehová su Dios, al menos no a los ojos del rey y de sus contemporáneos politeístas. Era simplemente hacer una breve reverencia a Nabuconodosor y a su estatua. «¿Por qué insistís tanto en vuestro monoteísmo? Nadie os pide que neguéis a vuestro propio Dios… sólo que aceptéis los símbolos nacionales para bien de todos». Este argumento tiene una fuerza muy sutil y persuasiva. Apunta al contraste entre el verdadero monoteísmo y todas las formas de politeísmo, entre la fe bíblica y el pluralismo religioso.

La seducción del politeísmo está en que parece ampliar toda decisión sin poner ningún límite. Es capaz de tolerarlo todo; es decir, todo menos a la persona que insiste en que sólo existe un único Dios verdadero. Entonces la tolerancia puede llevar al horno de fuego. En la India, el inmenso océano del politeísmo hindú parece que lo permite todo y que está en todas partes. Dado que sólo existe una realidad última, se considera que al final todas las religiones llevan a ella. De modo que todo se tolera, excepto el punto de vista de que sólo existe un camino. Se frunce el ceño ante el monoteísmo estrictamente bíblico, y en especial frente a la convicción de la unicidad de Cristo como salvador.

Así que a muchos cristianos corrientes les resulta muy complicado ser verdadera y consistentemente monoteístas en la práctica y no sólo en la confesión. Las tentaciones y exigencias del politeísmo que les rodea, aunque son aparentemente inofensivas y normales desde el punto de vista social, forman parte de nuestra vida cotidiana. Es muy difícil distinguir entre lo que es «cultural» y lo que es «religioso», dado que son cosas intrínsecamente relacionadas que se respaldan mutuamente. Los cristianos que defienden su monoteísmo y rechazan tomar parte en actividades tales como las ofrendas a las deidades hindúes en el lugar de trabajo, o colectas entre vecinos para sufragar festividades hindúes, puede acabar enfrentándose al ostracismo, el despido, la violencia contra ellos o sus hogares, la discriminación hacia sus hijos, e incluso a amenazas de muerte. La fidelidad sólo a Cristo puede ser muy cara, individual y socialmente. Es mucho más sencillo guardarte el monoteísmo en el corazón y ser feliz en la sociedad, saludando con la cabeza a los dioses cuando sea necesario.

No hay duda de que fue así como Nabuconodosor intentó razonar con estos tres encargados gubernamentales. Seguramente intentó el enfoque «de hombre a hombre». «No hagamos una montaña de este incidente. ¿Por qué hay que ser tan intransigente? Después de todo, soy vuestro rey… ¡aquel que decís que fue nombrado por vuestro Dios! Qué duda cabe de que incluso vuestro Dios desea que demostréis fidelidad hacia mí y hacia mi país. ¿Por qué malgastar vuestras vidas por un gesto inútil de intolerancia religiosa?»

Pero ellos no pensaban ceder, y se dispusieron a pagar el precio de la verdad básica y revelada de su fe. Jehová es Dios, y no hay ningún otro.

EL VALOR DE LA FE

«Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron al rey Nabuconodosor, diciendo: No es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado».

Daniel 3:16-18

Estos son versículos tremendamente impresionantes. La respuesta de los tres amigos a Nabuconodosor es digna y sosegada, llena de confianza en Dios y sin embargo nada presuntuosa. Lo primero que hemos de notar es que desinflan fríamente la arrogancia del rey. Reparemos en el contraste entre lo que dice el rey al final del versículo 15 y la respuesta que le dan en el 16.

«¿Qué dios será aquel que os libre de mis manos?», pregunta, como si dijera: «Yo, Nabuconodosor, soy mejor que el promedio de los dioses». Era una pretensión de deidad poco disfrazada. O al menos suponía la afirmación de que, en lo respectivo a aquel tema, su poder real era mucho más importante que la fe religiosa.

Como demuestra Daniel 4, parte del problema de Nabuconodosor era que estaba demasiado satisfecho de que los dioses gobernaran en los cielos mientras quedara claro quién gobernaba en la tierra. Con su horno ardiente a la vuelta de la esquina, debió parecer una afirmación perfectamente razonable. Al menos, así es como se dirige a aquellos tres oficiales del gobierno. ¡Menuda locura, suponer que sus estúpidos y estrechos escrúpulos religiosos podían oponerse a su poder absoluto!

Pero Sadrac, Mesac y Abed-nego se limitan a responder: «Oh Nabuconodosor… » Usan su nombre directamente.[1] Nada de títulos honoríficos, nada de optimistas «Oh rey, para siempre vive». Se dirigen a él como a un hombre, nada más. Puede que tuviera una estatua de muchos metros junto a él, pero bajo sus ropajes y su chapado de oro, y a pesar de todas sus absurdas exigencias, era simplemente Nabuconodosor. Era su rey, cierto; pero no era más que un hombre como ellos.

Por si fuera poco, se negaron a rebajarse o a defenderse. Sus palabras hablan por sí solas. «No es necesario que te respondamos sobre este asunto». Habían servido al rey competente e íntegramente, y sus creencias religiosas nunca antes les habían supuesto un obstáculo.

Entonces siguen adelante y hacen una imitación aún más valerosa. Le dan la vuelta a las amenazas del rey. Él había dicho: «Si os postráis y adoráis todo irá bien, pero si no… » (v. 15). Y ellos dijeron: «Si nos arrojas al horno de fuego… , y si no sepas… » (v. 17).

¡Vaya sangre fría! ¡Y qué valor! Pero en realidad se trataba, simplemente, la manera que ellos tenían de ver las cosas. «Tú haz lo que quieras, Nabuconodosor. De cualquier modo, no podemos satisfacer tus exigencias». Pero aparte de esta sangre fría también tenían una notable confianza en Dios, expresada de una forma clásica en el versículo 17. Cada una de sus frases tiene su importancia.

  • «Nuestro Dios…» ¿Quién era? Jehová, el Dios de Israel, el Dios de la historia. Jehová, el del Éxodo, Jehová el del Sinaí, Jehová el de la conquista. Estos creyentes judíos, con sus títulos obtenidos sobre literatura, filosofía, artes y ciencias de Babilonia, no habían olvidado la fe de su infancia. Seguían siendo parte del pueblo de Dios por pacto, hombres que podían llamar a Dios «nuestro Dios» y extraer de ese solo pronombre infinitos recursos de fuerza y de coraje.
  • «… al que servimos…» Esto lo dicen mientras se hallan delante de su señor y maestro. «Sí, Nabuconodosor, somos tus siervos, y además de los buenos. Pero al servirte, en realidad estamos sirviendo a nuestro Dios, quien te hizo rey». No llegaron a decir lo que aquel otro judío más famoso que, cuando se enfrentó a un poder político hostil en un juicio donde se jugaba la vida, dijo: «No tendrías poder alguno sobre mí a menos que te fuera dado por Dios»; pero, ciertamente, esto es lo que querían decir.
  • «… puede librarnos del horno de fuego ardiendo… » ¡Pues claro que sí! ¿ Quién fue el creador del fuego? El mismo Dios que creó el mar y luego libró a Israel de él. La omnipotencia de Jehová era un punto que todos los judíos creían sin reservas. Como ya hemos visto en el capítulo dos, en el libro de Daniel hallamos una pequeña sub-trama referente a «quién es capaz». ¿Quién tiene la verdadera capacidad ejecutiva en todos los asuntos de este mundo? Los ministros no siempre tienen la respuesta a esta pregunta, pero estos tres personajes sí la tenían.
  • «… y de tu mano, oh rey, nos librará». Como diría alguno de los habitantes del Ulster:[2] «Agárrate, Nabuconodosor. Si lo que buscas es pelea, tú y tu fachendosa imagen no sois adversario para nuestro Dios». Lo más impresionante es la sencillez de su respuesta. Hemos de paladearla un poco para captar su verdadero sabor, pero su sencillez es majestuosa. No es un argumento: se trata sencillamente de una calma confianza en la capacidad salvadora de Dios.

Sin embargo, el versículo 18 es aún más impresionante:

  • «Y si no, sepas, oh rey… » Estas son las palabras cruciales de su respuesta ante el rey. No debemos interpretarlas como una recaída en la duda y la incertidumbre. No se trata de repartir las apuestas para cubrir todas las opciones posibles. Más bien es una triunfante afirmación de su fe completa en Dios, que le concede la libertad de hacer lo que le plazca. Esperaban con fe un milagro, pero también servirían a Dios si no se producía. Declararon su total fe en la capacidad divina, junto con una completa aceptación de la libertad de Dios.

Esta combinación es difícil de mantener en la vida práctica cotidiana, y más aún cuando se prueba nuestra fe. Suena demasiado diferente a cierto tipo de enseñanzas populares en la actualidad sobre la certeza absoluta de la fe. Ciertamente no encaja bien con ese tipo de fe estilo «póliza de seguros»: «Nómbralo y reclámalo». Se nos dice que cualquier cosa que necesitemos y que requiera un vislumbre de lo milagroso debería sernos concedida si la pedimos con fe. Una vez me dijeron: «Nunca diga usted «Si es tu voluntad» cuando ore pidiendo algo, sobre todo si pide sanación». «Dios es capaz y Dios siempre hará». Si el versículo 17 estuviera aislado sí podría inducirnos a pensar esto, pero tenemos un versículo 18 que viene inmediatamente después. «Dios sigue siendo Dios, y puede que opte por dejar que nos friamos. Pero incluso si lo hace, afirmamos nuestra fe en él y no serviremos a tus dioses» (no es que estuvieran en disposición de hacerlo, pero no había tiempo para estas elucubraciones lógicas).

Recuerdo a una estudiante africana que llegó a nuestra reunión dominical en Pune, India. ¡Menudo testimonio tenía! En realidad no tenía las notas que le permitieran entrar en la universidad, pero ella creía que era allí donde Dios quería que estuviese, de modo que lo pidió y lo consiguió. No tenía billete de avión, pero lo pidió y lo obtuvo. Y así siguió, hablando de una cosa tras otra que había pedido a Dios con confianza y que siempre había obtenido. Eran cosas que emocionaban, y nos unimos a ella dando gracias a Dios y alabándole. No creo ser un cínico, y no dudé de su sinceridad ni por un momento. Pero no pude evitar preguntarme cómo se enfrentará su fe al primer momento en que Dios le diga «No», porque no cabe duda de que lo hará (si no lo ha hecho ya, como supongo). Me supone un gran alivio saber que la sabiduría de Dios es mayor que la mía, y que puedo confiar en él si mis peticiones son erróneas. Él puede hacer milagros con todos nosotros, pero me alegro de que no esté atado a nuestros caprichos. Incluso nuestras peticiones más sinceras pueden verse atajadas por su sabia negativa.

De una forma más seria, incluso la Biblia enseña que Dios puede rescatar a unos y dejar que otros sufran o mueran, sin dar explicaciones. ¿Se han preguntado alguna vez cómo se sintió Juan, el hermano de Jacobo, cuando Pedro recibió su angélica y milagrosa liberación de la cárcel mientras que Jacobo había sido ejecutado poco antes por Herodes? (Hechos 12) ¿Es que la iglesia no oró por Jacobo? ¿No oró él por sí mismo? Pienso que sí, pero Dios dijo que no. Una espada para Jacobo y un ángel para Pedro. ¿Por qué permitir que Pedro viviera y Jacobo muriera? Sólo Dios conoce la respuesta.

E incluso aquel famoso capítulo donde se describe a los héroes de la fe y las cosas que Dios consiguió por medio de ellos, Hebreos 11, nos recuerda que no todo fueron gloria y milagros. Hebreos 11:33-35a es una ampliación de Daniel 3:17:

«… que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección».

Hebreos 11:35b-38 se parece más a Daniel 3:18.

«Mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra».

El mensaje de ánimo de estos versículos de Hebreos 11 es que, tanto si acabamos entre los que asistieron a milagros como entre los «otros» que fueron muertos, «todos estos… alcanzaron buen testimonio mediante la fe» (v. 39). En otras palabras, cuando alguien al que conocemos (o nosotros mismos, da igual) parece haberse quedado en la cuneta a pesar de sus oraciones y de cualquier otra cosa que hagamos por él o ella, cuando un amigo no se cura o no vemos ningún milagro, cuando la persecución o el sufrimiento no cesan, no deberíamos llegar a la conclusión de que esa persona no tiene fe, o la fe necesaria. Pensar eso o decirlo suele ser falso y, desde el punto de vista pastoral, desastroso.

Volviendo a nuestros tres amigos, descubrimos que el verdadero fundamento de su capacidad de vivir con él «y si no» se encuentra en su doble afirmación: «El Dios al que servimos… no serviremos a tus dioses». Dicho de otra manera, «no servimos a nuestro Dios sólo porque sea más poderoso que tus dioses, aunque lo es. Ni tampoco le servimos únicamente porque obre milagros para nosotros, aunque puede hacerlo. Le servimos, en última instancia, porque en realidad es el único Dios al que se puede servir. Es el único Señor, el único digno de que se le sirva, se le adore y se le obedezca. No se trata de elegir entre servir a nuestro Dios o a los vuestros. Esa es una elección que sólo tiene abierta un politeísta. Es simplemente elegir entre servir o no servir al único Dios vivo y verdadero. Y nosotros optamos por servirle, independientemente de lo que él nos tenga reservado».

Esa es la señal de la fe auténtica. Es la determinación de continuar sirviendo a Dios y confiando en él a pesar de todos los «y si no … » Es ser capaz de decir: «Señor, sé que tú eres capaz de protegerme a mí y a mi familia de todo peligro, enfermedad, accidente, e incluso de la muerte. Pero incluso si no lo haces, no voy a inclinarme y adorar al dios de la amargura».

«Creo que eres capaz de mantener mi reputación, y mi empleo, si defiendo lo que creo que es correcto y justo. Pero incluso si no lo haces, incluso si pierdo todo eso, no pienso inclinarme ante el dios de la cobardía ni servirle, siguiendo las actitudes del mundo».

«Creo que tú puedes abrirme la puerta a ese trabajo, ese ministerio, ese país, esa oportunidad que me parece tan buena. Pero incluso si no es así, y me da la sensación de caminar en las tinieblas, no voy a inclinarme ante los dioses del desespero y la angustia, ni a servirles».

«Creo que eres capaz de ayudarme a encontrar una persona con la que compartir mi vida, disfrutando de todos tus dones reservados al matrimonio y la familia. Pero incluso si no lo haces, no me inclinaré ante los dioses de la autoconmiseración, ni quiero servirles».

No tengamos miedo del «y si no». No se trata de dudas o de incredulidad. Es la aceptación humilde de la libertad soberana de Dios para hacer con nosotros como desee, y hacernos pasar por esa prueba última de nuestra fidelidad a él, si lo desea. Entonces, como hicieron los discípulos, deberíamos orar pidiendo la gracia necesaria para considerar un honor el sufrir por causa de su nombre. Debemos afirmar con la misma pasión tanto la verdad gloriosamente objetiva del versículo 17 como la profunda verdad personal del 18.

LA CONFUSIÓN DE NABUCONODOSOR

«Entonces Nabuconodosor se llenó de ira, y se demudó el aspecto de su rostro contra Sadrac, Mesac y Abed-nego, y ordenó que el horno se calentara siete veces más de lo acostumbrado. Y mandó a hombres muy vigorosos que tenía en su ejército, que atasen a Sadrac, Mesac y Abed-nego, para echarlos en el horno de fuego ardiendo. Entonces estos varones fueron atados con sus mantos, sus calzas, sus turbantes y sus vestidos, y fueron echados dentro del horno de fuego ardiendo. Y como la orden del rey era apremiante, y lo habían calentado mucho, la llama del fuego mató a aquellos que habían alzado a Sadrac, Mesac y Abed-nego. Y estos tres varones, Sadrac, Mesac y Abed-nego, cayeron atados dentro del horno de fuego ardiendo. Entonces el rey Nabuconodosor se espantó, y se levantó apresuradamente y dijo a los de su consejo: ¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego? Ellos respondieron al rey: Es verdad, oh rey. Y él dijo: He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante al hijo de los dioses. Entonces Nabuconodosor se acercó a la puerta del horno de fuego ardiendo, y dijo: Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, salid y venid. Entonces Sadrac, Mesac y Abed-nego salieron de en medio del fuego. Y se juntaron los sátrapas, los gobernadores, los capitanes y los consejeros del rey, para mirar a estos varones, cómo el fuego no había tenido poder alguno sobre sus cuerpos, ni aun el cabello de sus cabezas se había quemado; sus ropas estaban intactas, y ni siquiera olor de fuego tenían. Entonces Nabuconodosor dijo: Bendito sea el Dios de ellos, de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió a su ángel y libró a sus siervos que confían en él, y que no cumplieron el edicto del rey, y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios. Por lo tanto, decreto que todo pueblo, nación o lengua que dijere blasfemia contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego, sea descuartizado, y su casa convertida en muladar; por cuanto no hay dios que pueda librar como éste. Entonces el rey engrandeció a Sadrac. Mesac y Abed-nego en la provincia de Babilonia.»

Daniel 3:19-30

¡El cuarto varón en el fuego! Es bastante inútil discutir sobre su identidad. Puede que para nosotros resulte sencillo, desde nuestro punto de vista, decir que era Cristo. Pero lo importante en esta historia es que, desde el punto de vista de Nabuconodosor, era alguien «semejante a hijo de los dioses»; es decir, un ser divino, algo o alguien más allá de toda comprensión o poder humanos, alguien que escapaba a su experiencia y a su control.

Por lo tanto, para Nabuconodosor esto supuso un durísimo encuentro con la «roca» de sus peores pesadillas. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué era aquel poder externo que escapaba a sus diminutos esfuerzos y amenazas? Era Dios, claro está, involucrado en un nuevo episodio de su relación con aquel hombre, proceso que llegará a su clímax en el capítulo siguiente. Obviamente, fue una experiencia altamente emocional. Primero Nabuconodosor se llena de ira, luego de miedo, y al final cae en la adulación. Los versículos finales del capítulo no son todavía una confesión. ¡Son más bien una confusión! Pero para él aquello fue sin duda un encuentro ominoso con el reino de Dios… un reino que ponía límites tan drásticos a su propio poder como rey.

Y para los tres amigos, y para todos aquellos que pertenecen a su linaje espiritual y leen esta historia, fue una simple prueba de Isaías 43:2: «Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti». Nunca estamos solos en medio de las llamas, tanto si salimos de ellas vivos como si no. Esta es una verdad que ha proporcionado tranquilidad y coraje a todos los creyentes perseguidos, en especial a aquellos que han tenido que vivir la realidad del versículo 18 mientras afirmaban su fe en el Dios del 17.

[1] Esto es cierto en el caso de la versión de la Biblia que utiliza el autor, la New lnternational Version. (N. del T.)

[2] El «Ulster» es un nombre informal que se usa para referirse a Irlanda del Norte o la República de Irlanda, dividida en seis condados. (N. del T.)

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