Daniel 2

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Capítulo 2 – Comentario sobre Daniel 2

¿CABEZA DE ORO O PIES DE BARRO?

Hace pocos años me afilié a un partido político. Ya hacía mucho tiempo que me interesaban los asuntos sociales y políticos, pero lo que me motivó a formar parte del partido Liberal Demócrata fue el que me invitaran a dar una conferencia en el Fórum Cristiano Liberal Demócrata. Allí me encontré con personas que estaban entregadas tanto a las actividades políticas como a la oración y al estudio bíblico, intentando esparcir un poco de sal y de luz en el mundo de la política británica. Decidí que ya era hora de poner mi dinero donde también estaba mi voto, y me afilié tanto al partido como al Fórum Cristiano, dado que creo que ambos son vitales. Sé que en los otros partidos principales existen movimientos cristianos parecidos, y también que hay agrupaciones donde se encuentran miembros de diversos partidos, tales como el Movimiento para la Democracia Cristiana. Los Miembros Cristianos del Parlamento, de todos los partidos, junto con sus esposas, se reúnen también para orar, tener comunión y respaldarse mutuamente.

También he asistido a conferencias de iglesias cristianas en el mundo de las finanzas, la enseñanza, la medicina e incluso la veterinaria, tanto en Inglaterra como en la India, y me ha impresionado mucho su compromiso con la puesta en práctica de la mente y del testimonio cristianos en esas esferas.

Ya es bastante duro ser un creyente cristiano en el mundo secular, pero aún es peor estar solo. A veces Dios llama a las personas a una situación de soledad que les exige un tipo de valor muy especial. Sin embargo, es importante que, si se presenta la ocasión, nos reunamos con otros creyentes y nos enfrentemos juntos a las presiones y problemas con que nos encontramos. Puede que no tengamos la misión de salvar las vidas de muchas personas en una sola reunión de oración, como hicieron Daniel y sus amigos, pero ciertamente podemos esperar que obtendremos mucho más para el reino de Dios de lo que haríamos si fuéramos «Llaneros Solitarios».

El capítulo uno empezaba con una crisis internacional, pasando luego a otra personal. En el capítulo dos sucede lo contrario. Comienza con un problema individual, acabando en el escenario de la historia universal.

NABUCODONOSOR Y SU SUEÑO

«En el segundo año del reinado de Nabucodonosor, tuvo Nabucodonosor sueños, y se perturbó su espíritu, y se le fue el sueño. Hizo llamar el rey a magos, astrólogos, encantadores y caldeos, para que le explicasen sus sueños. Vinieron, pues, y se presentaron delante del rey. Y el rey les dijo: He tenido un sueño, y mi espíritu se ha turbado por saber el sueño. Entonces hablaron los caldeos al rey en lengua aramea: Rey, para siempre vive; di el sueño a tus siervos, y te mostraremos la interpretación. Respondió el rey y dijo a los caldeos: El asunto lo olvidé; si no me mostráis el sueño y su interpretación, seréis hechos pedazos, y vuestras casas serán convertidas en muladares. Y si me mostrareis el sueño y su interpretación, recibiréis de mí dones y favores y gran honra. Decidme, pues, el sueño y su interpretación. Respondieron por segunda vez, y dijeron: Diga el rey el sueño a sus siervos, y le mostraremos su interpretación. El rey respondió y dijo: Yo conozco ciertamente que vosotros ponéis dilaciones, porque veis que el asunto se me ha ido. Si no me mostráis el sueño, una sola sentencia hay para vosotros. Ciertamente preparáis respuesta mentirosa y perversa que decir delante de mí, entre tanto que pasa el tiempo. Decidme, pues, el sueño, para que yo sepa que me podéis dar su interpretación. Los caldeos respondieron delante del rey, y dijeron: No hay hombre sobre la tierra que pueda declarar el asunto del rey; además de esto, ningún rey, príncipe ni señor alguno preguntó cosa semejante a ningún mago ni astrólogo ni caldeo. Porque el asunto que el rey demanda es difícil, y no hay quien lo pueda declarar al rey, salvo los dioses cuya morada no es con la carne. Por esto el rey con gran ira y con gran enojo mandó que matasen a todos los sabios de Babilonia. Y se publicó el edicto de que los sabios fueran llevados a la muerte; y buscaron a Daniel y a sus compañeros para matarlos.»

Daniel 2:1-13

Los primeros años del reinado de Nabucodonosor estuvieron llenos de actividad. Tuvo que luchar en muchas campañas para consolidar su nuevo imperio. Se produjeron muchas revueltas fronterizas y otras amenazas externas. De alguna manera tenía que potenciar su prestigio personal, su imagen, como nuevo rey de un nuevo poder mundial. Parece ser que todo esto generó en él una inseguridad y temor internos que se manifestaron en sueños problemáticos.

En la antigua Babilonia, un mal sueño era un mal presagio, en especial si era una pesadilla que se repetía, como sugiere el texto. ¡Y era aún peor si uno no podía recordarlo! Tenían enormes libros sobre los sueños, escritos por expertos en interpretación de todo tipo de sueños… ¡pero no servían de nada si no se contaba con material primario! La historia no deja muy claro si Nabucodonosor no lograba recordar el sueño de verdad (como puede suceder) quería que los magos se lo dijeran, o si en realidad se acordaba perfectamente y quería comprobar las habilidades de sus astrólogos privados.

Lo más interesante es el hecho de que Dios tenía algo que ver con la vida subconsciente de este joven rey pagano. Sus consejeros reconocieron que sólo los dioses podían hacer lo que él les pedía, decirle lo que había soñado antes de interpretarlo. Pero más adelante Daniel dejó claro que el Dios vivo no sólo podía revelar el sueño interpretarlo, sino hacer que primero el rey lo soñara (Dn 2:23, 28, 45). El Dios de Israel, soberano sobre la historia las naciones, que hasta entonces había hablado a través de las bocas de sus propios profetas, decide en aquel momento revelar sus planes para la historia universal no a Daniel y a sus compañeros, sino a un rey pagano que no le reconocía (todavía). Es notable ver cómo Daniel estaba dispuesto a aceptar esto. La actitud que tenían muchos de sus contemporáneos hacia todo lo que fuese extranjero y pagano era mucho más hostil. Recordemos quién era este extranjero en concreto: el hombre que lo había deportado a él y a sus amigos, y quien, al cabo de pocos años, destruiría Jerusalén y deportaría a Babilonia a la mayor parte de su población. ¿Cómo podía Dios «hablar» a un hombre así? Si Dios tenía que transmitir una revelación, ¿por qué no usaba a alguien de su pueblo? La forma de actuar de Dios debió resultarle tan chocante a los judíos de aquella época como nos lo resulta a nosotros hoy día.

De hecho, esta historia es solamente uno de los diversos encuentros que tuvieron Dios y Nabuconodosor, que al final lo llevaron a «convertirse» cuando fue capaz de reconocer el liderazgo de Dios, superior al propio (al final de Daniel 4). Aquí Dios ya estaba obrando en su mente por medio de unos sueños y una fiel interpretación, mostrándole su propio lugar en la historia, la fuente de donde había obtenido su poder, una fidedigna perspectiva del imperio que estaba consolidando con tamaña energía, y a la vez una advertencia del gran poder que tenía Dios sobre lodos los imperios humanos en este mundo.

¿Creemos de verdad que Dios puede hablar a los corazones y las mentes de los no creyentes?

DANIEL Y SU DIOS

«Entonces Daniel habló sabia y prudentemente a Arioc, capitán de la guardia del rey, que había salido para matar a los sabios de Babilonia. Habló y dijo a Arioc capitán del rey: ¿Cuál es la causa de que este edicto se publique de parte del rey tan apresuradamente? Entonces Arioc hizo saber a Daniel lo que había. Y Daniel entró y pidió al rey que le diese tiempo, y que él mostraría la interpretación al rey.»

Daniel 2:14-16

Volvemos a encontrarnos con Daniel, y lo primero que nos choca es que su rechazo a comprometerse en cuanto al tema de la comida real en el capítulo uno no implicaba una política de no cooperación con el poder pagano y secular. Incluso parece que está muy dispuesto a ayudar, que se alegra de hacerlo, ¡aunque seguramente sobre su mente pesaba bastante la amenaza de la ejecución! Por otra parte, podía haber adoptado fácilmente la actitud de: «Interpreta tu propio sueño, oh rey al que aborrezco. Si nos matas, seremos mártires, pero jamás sabrás lo que significa tu sueño». Pero, como vimos en el primer capítulo, él y sus amigos no habían adoptado el camino escapista, el del pío separatismo o el del martirio santo. Ahora eran servidores civiles bien cualificados, ocupados en tareas administrativas, pero habían adoptado una actitud que conservaba la distintividad y la integridad de su fe.

Daniel comparte sus oraciones

«Luego se fue Daniel a su casa e hizo saber lo que había a Ananías, Misael y Azarías, sus compañeros, para que pidiesen misericordias del Dios del cielo a fin de que Daniel y sus compañeros no pereciesen con los otros sabios de Babilonia. Entonces el secreto fue revelado a Daniel en visión de noche.»

Daniel 2:17-19a

Otra de las canciones que cantábamos en nuestro grupo de jóvenes en Belfast decía:

«Atrévete a ser un Daniel, atrévete a estar solo.»

Es cierto que en un episodio posterior Daniel tuvo que enfrentarse solo a los leones, pero en estos primeros capítulos vemos que él y sus amigos se habían seguido respaldando y teniendo comunión entre ellos a lo largo de sus carreras. Puede que Daniel fuera el portavoz, o el que se jugaba el cuello al presentarse ante el rey, pero no era un héroe solitario. Pidió el apoyo en oración que necesitaba, y lo recibió. Estos jóvenes creyentes trabajaban en equipo. Habían recibido juntos su reeducación, habían servido al estado juntos, servían juntos a Dios. Sabían apoyarse mutuamente para conservar la cabeza… tanto literal como metafóricamente. Y cuando se reunían para orar juntos, no se trataba de una mera huida de las tareas cotidianas para obtener cierta cálida y confortable comunión. Presentaban ante Dios el urgente problema de sus ocupaciones públicas.

Ojalá todas las iglesias funcionaran así. A menudo los grupos bíblicos que se reúnen por las casas son mediocres porque se mantienen en el nivel en que todo el mundo se siente a gusto, sin infiltrarse nunca en las duras realidades de las vidas de sus miembros. Todos podemos escaparnos al campo del estudio intelectual de la Biblia, o al de la alabanza emocional, o incluso al de la oración ferviente. Pero también podemos dejar nuestra vida real en la puerta, colgada con el abrigo en el recibidor.

Una de las mejores células de estudio bíblico que recuerdo era una donde nos dedicamos a debatir algunos asuntos morales a los que se enfrentan hoy los cristianos. Mientras lo hacíamos, Alf, uno de los miembros más jóvenes, que trabajaba en una tienda de recambios para coches, empezó a hablar de repente sobre todos los trucos y negocios sucios que veía en el trabajo. Modificaban las facturas; se cobraba el IVA pero no se registraba, con lo cual iba a parar al bolsillo; desaparecía material. ¿Cómo podía enfrentarse a estas cosas, siendo como era un joven empleado? Si no se ponía de parte de los estafadores, acabaría mal. Lo que es más, se arriesgaba a sufrir su odio y su ostracismo. Por otra parte, si acudía a Dirección, sabía perfectamente que ellos ya estaban enterados de lo que pasaba, pero evitaban tocar el tema para no provocar problemas. De manera que, si decidía denunciar las estafas, tendría problemas tanto con sus compañeros como con la Dirección, y probablemente perdería el trabajo.

El grupo se dio cuenta de repente que los asuntos de moral no eran meramente un tema que se podía discutir filosóficamente, sino que para Alf eran una realidad cotidiana que le sometía a una considerable tensión y estrés mental. No fuimos capaces de encontrar solución a sus dilemas, pero sí de orar pidiendo a Dios que le diera sabiduría y constancia. Desde ese momento, el grupo se aseguró de que los problemas reales de las personas entraran a formar parte de nuestro tiempo de oración, de forma regular. También acudimos al pastor para que organizara charlas y conferencias los domingos en las que considerara específicamente los conflictos sociales y morales de la gente.

En la India me invitaron con frecuencia a dar conferencias en seminarios de cristianos que convivían con un ambiente profesional secular. Lo primero que hacía era llevarlos de cabeza a las radicales enseñanzas del Antiguo Testamento sobre la integridad, la justicia, la honestidad -el pálpito poderoso y ético de la ley de Israel y de sus profetas- y luego les desafiaba a que, como pueblo de Dios en el mundo actual, consideraran que su misión era un llamamiento a vivir de un modo distinto a como lo hacía el mundo en torno a ellos.

Entonces les pedía que compartieran sus tensiones y problemas generados por el hecho de ser cristianos en medio de la vida secular de la India. Los problemas surgían a carretadas. La presión para ofrecer o recibir sobornos (que se infiltra en todas las facetas de la sociedad); la corrupción y las prácticas deshonestas; los incentivos sutiles y las amenazas no tan sutiles; las extorsiones sin escrúpulos; la presunta imposibilidad de meterse en negocios sin participar, a todos los niveles, en el mercado negro.

En cierta ocasión pregunté al auditorio qué tenían que decir sus iglesias sobre tales asuntos, y si sus pastores o sus hermanos en la fe les apoyaban. Recuerdo con gran claridad las carcajadas y el enorme asombro que provocó esta pregunta. Dijeron: «Nuestros pastores no predican ni enseñan sobre estas cosas. En realidad, ¡algunos de ellos las practican!» Algunos dijeron que, en cualquier caso, asistían a la iglesia para evadirse de la maldad del mundo, ¡así que no querían que allí se tocara el tema! Independientemente del motivo, quedaba claro que existía un insondable abismo entre su trabajo secular cotidiano, con todas sus presiones y dificultades, y sus vidas «religiosas». No recibían apoyo alguno, ni se oraba por ellos, ni compartían los problemas, ni recibían enseñanzas bíblicas que pudieran aplicárseles. Es comprensible que les resultara tan complicado destacar como cristianos, dar testimonio efectivo a la luz de la verdad divina en medio de la oscuridad moral y espiritual que les rodeaba. Daniel fue capaz de plantarse solo ante el rey porque previamente se había arrodillado ante Dios con sus amigos.

El himno de alabanza de Daniel

«Por lo cual bendijo Daniel al Dios del cielo. Y Daniel habló y dijo: Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría. El muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos. El revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz. A ti, oh Dios de mis padres, te doy gracias y te alabo, porque me has dado sabiduría y fuerza, y ahora me has revelado todo lo que te pedimos; pues nos has dado a conocer el asunto del rey.»

Daniel 2:19b-23

Puede que no todas las reuniones de oración tengan tanto éxito como ésta, al menos directamente. Sin embargo, todas las reuniones de oración pueden seguir el ejemplo de la oración de Daniel en este episodio, del mismo modo que podemos aprender un tipo distinto de oración que vemos en sus labios en el capítulo 9. La oración se centra en Dios y en sus formas de actuar, antes de tocar en último lugar el aspecto más individual. Siempre resulta positivo comenzar una oración como lo hace aquí Daniel: afirmando las grandes verdades acerca de Dios. Así es como oraba la iglesia primitiva, cuando se enfrentaban a situaciones que amenazaban sus vidas, como vemos en Hechos 4:23-31. Una vez hayamos hecho esto, todo lo demás se coloca en la perspectiva correcta. Entonces la verdad de Dios tendrá prioridad sobre nuestros sentimientos en cada tema determinado.

Es importante que los grupos de comunión aprendan a hacer esto, porque de otro modo pueden volverse muy introvertidos y hundirse en una especie de hipocondría espiritual: contemplamos nuestros problemas y lloramos, lloramos y lloramos. O pueden llegar a ser también poco más que una especie de grupo de terapia para los miembros: una inyección de comunión que alcance esos rincones a los que no han llegado otros sermones. Pero la idea central de una reunión de oración es la de aprender a depender de Dios, no de la comunión; así que debemos exaltar a Dios y ponerle siempre en primer lugar. Las personas deben saber cómo afirmar el poder y la capacidad de Dios en ellos mismos, y sacar fuerzas de tales cosas cuando vuelvan a sentirse solas. Porque incluso Daniel tuvo que verse solo más adelante, cuando carecía de comunión según lo que podemos deducir; pero su vida de oración sobrevivió y le sostuvo firme cuando tuvo que mirar a la muerte a la cara (Daniel 6).

En su himno de alabanza, Daniel afirma dos cosas en concreto acerca de Dios: primero, que controla la historia (v. 21); segundo, que revela sus propósitos (v. 22). Ambas verdades se demuestran reiteradamente, tanto por medio de sueños como de visiones, durante el resto del libro. Dios actúa y Dios habla. No es ni impotente ni está callado. Nuestro mundo no se cree esto. Incluso aquellos a quienes les gusta pensar que creen en Dios no quieren este tipo de Dios. Una encuesta preguntó una vez a la gente si creían en el Dios que actúa en la historia. Una de las respuestas decía: «No, sólo en el de siempre». Nabucodonosor no lo sabía, pero al pedir que le interpretaran el sueño, lo que solicitaba era un encuentro con un Dios que estaba muy lejos de ser «el de siempre», Y al final ese encuentro le cambió. En nuestras iglesias occidentales vemos muy pocos cambios dinámicos en las personas y en las situaciones porque hemos perdido el hábito de afirmar la grandeza de Dios de un modo válido.

Pero Daniel era consciente de que el Dios al que afirmaba era también el Dios a quien le complace mostrarse. Notemos que las cosas que dice de Dios son las mismas que afirma que Dios le ha dado: «… porque suyos son el poder y la sabiduría» (v. 20); «… porque me has dado sabiduría y fuerza» (v. 23). En esto no observamos arrogancia ni blasfemia: es la simple afirmación de un hecho. Daniel reconocía que cualquier capacidad que poseyera provenía de Dios, y esto es algo que admite ante Nabuconodosor en el versículo 30. Le llevó bastante tiempo persuadir a Nabuconodosor de esta misma verdad, en su propio caso. Jesús prometió a sus discípulos todos los recursos del Espíritu Santo. Prometió que nosotros haríamos las mismas cosas (incluso mayores) que él hizo. La sabiduría y el poder está ahí, para que los pidamos (Santiago 1:5, 2 Corintios 12:9,10).

La fuente de su capacidad

«Entonces Arioc llevó prontamente a Daniel ante el rey, y le dijo así: He hallado un varón de los deportados de Judá, el cual dará al rey la interpretación. Respondió el rey y dijo a Daniel, al cual llamaban Beltsasar: ¿Podrás tú hacerme conocer el sueño que vi, y su interpretación? Daniel respondió delante del rey, diciendo: El misterio que el rey me manda, ni sabios, ni astrólogos, ni magos ni adivinos lo pueden revelar al rey. Pero hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabuconodosor lo que ha de acontecer en los postreros días. He aquí tu sueño, y las visiones que has tenido en tu cama…»

Daniel 2:25-28

En Inglaterra hay un anuncio de la Asociación Automovilística en el que se ve a distintos conductores en ciertas situaciones de desconcierto e incompetencia. La pregunta aplastante viene luego, siguiendo la línea del «¿Lo puede arreglar?». La desoladora respuesta es: «No», seguida de un alegre: «¡Pero conozco a alguien que sí!» Entra el hombre A.A. y todo arreglado.

La respuesta de Daniel a Nabuconodosor siguió el mismo patrón clásico: «¿Eres capaz de decirme lo que vi?» «No, pero conozco a un Dios que sí lo es». No dijo: «Mis colegas y yo hemos llegado fácilmente a la solución, allí en nuestro grupo de estudio», sino «Hay un Dios en los cielos…».

Durante la campaña electoral parlamentaria en 1992, intenté aportar mi granito de arena a favor del partido Liberal Demócrata desde mi comité local. Una tarde fui con nuestro candidato a una residencia de adultos con problemas de aprendizaje, donde nos habían invitado. Se formularon todo tipo de preguntas y salieron muchos temas, e hicimos lo que pudimos para responderlas y explicar las diferencias entre los partidos. Una joven tenía una larga lista de preguntas preparadas, cada una de las cuales concluía con un «¿Qué podemos hacer al respecto?» No tenían minibús: «¿Qué podemos hacer al respecto?» En su carretera no tenían semáforos. «¿Qué podemos hacer al respecto?» En la residencia había muy poco personal; no le gustaba la palabra «Incapacitado» que aparecía en su tarjeta de autobús; a ella y a sus amigos los insultaban en la calle: «¿Qué podemos hacer al respecto?» Shirley era de lo más persistente, pero nos dejó a mí y al candidato con un sentimiento de impotencia frente a aquella masacre inquisitiva. Le sugerimos esto y le recomendamos lo otro, pero aún había muchas cosas que escapaban a nuestro poder. No teníamos la autoridad o la capacidad de «hacer algo al respecto». Intentaríamos persuadir a los que sí podían hacerlo, pero no había mucho más que pudiéramos hacer «al respecto».

Y cuando escuchamos los discursos de los políticos nos encogemos de hombros con cierto escepticismo, sabiendo que su facilidad para hacer promesas no siempre corre pareja a su capacidad para cumplirlas.

Entre los temas del libro de Daniel, encontramos la presión constante de Dios sobre Nabuconodosor para forzarle a ver dónde se encuentra el verdadero poder, la auténtica capacidad. En este capítulo el rey pregunta si Daniel es capaz de hacer algo, y éste responde que sólo Dios lo es. En Daniel 3 le pregunta a Sadrac, Mesac y Abed-nego si algún dios será capaz de librarles de su mano, a lo que ellos replican fríamente: «Sí, nuestro Dios es capaz de librarnos». Finalmente Nabuconodosor tiene que reconocer que el verdadero poder no está en sí mismo, ni siquiera en la estatua de oro que hizo con su imagen, ni en sus magos y todo el esplendor de su corte, ni en su aparato militar y su poderoso imperio… sino en el Dios de este joven prisionero judío, un Dios al que pensaba que había derrotado y capturado, pero que en realidad era «el Dios de los cielos», y también el Dios de la tierra. Ese Dios, el Dios de Daniel, sí es capaz.

Al final del capítulo, Nabuconodosor llega hasta el punto de reconocer esto, dentro de aquel contexto limitado que era el remedio a su pesadilla. Es capaz de entender que Dios es la fuente de la habilidad que posee Daniel. Pero podemos ver aún más claramente que entre la verdad de que «Dios es capaz» y el hecho de que «Daniel pudo» (Daniel 2:47), se extiende la vida de oración y de comunión que sostuvo a Daniel y a sus amigos en medio de sus labores cotidianas.

DIOS Y SU REINO

Al final, después de un considerable «suspense», como pasa en todas las buenas historias, el lector descubre cuál era el sueño y qué significaba.

«Tú, oh rey, veías, y he aquí una gran imagen. Esta imagen, que era muy grande, y cuya gloria era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era terrible. La cabeza de esta imagen era de oro fino; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de bronce; sus piernas, de hierro; sus pies, en parte de hierro y en parte de barro cocido. Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó. Entonces fueron desmenuzados también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro, y fueron como tamo de las eras del verano, y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno. Mas la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra.»

Daniel 2:31-35

El sueño de Nabuconodosor era extraño: una gran estatua, una mezcla de gran gloria y de absurda inestabilidad, plena de contradicciones internas al estar hecha en parte de metales costosos y útiles y en parte de una mezcla imposible de metal y barro. Y este lugar tan débil era el que más necesitaba ser fuerte… la base; toda una gloria deslumbrante, pero sobre una base frágil, propensa a deshacerse.

Y entonces aparece la roca, una roca que él sabía, de alguna manera y en mitad de su sueño, que no había sido tallada por seres humanos. Así que, ¿de dónde había venido? Y golpeó los pies de barro, y toda la estatua se vino abajo; pero no sólo cayó, sino que se convirtió en polvo y se la llevó el viento, como el cadáver de Drácula al final de la película. Sin embargo la roca, como un monstruo viviente, creció hasta llenar toda la tierra. Este es el material con el que se hacen películas de ciencia-ficción.

No es extraño que Nabuconodosor se preocupara. Si el sueño hablaba de él, ¿cuál era su papel? Quizás la estatua simbolizaba sus enemigos, y él sería la roca que los haría polvo y adquiriría un poder mundial. Pero… ¿y si la estatua era su propio imperio? ¿Era realmente tan frágil? Su pueblo, ¿era una mezcla tan imposible de razas que al final se separarían? ¿Y quién o qué era aquella roca que golpeaba y pulverizaba? ¿Quizás algún enemigo desconocido que acechaba en sus fronteras?

Entonces Daniel pasó a interpretar el sueño de Nabuconodosor, para alivio de éste y, a la vez, de los lectores.

«Este es el sueño; también la interpretación de él diremos en presencia del rey. Tú, oh rey, eres rey de reyes; porque el Dios del cielo te ha dado reino, poder, fuerza y majestad. Y dondequiera que habitan hijos de hombres, bestias del campo y aves del cielo, él los ha entregado en tu mano, y te ha dado el dominio sobre todo; tú eres aquella cabeza de oro. Y después de ti se levantará otro reino inferior al tuyo; y luego un tercer reino de bronce, el cual dominará sobre toda la tierra. Y el cuarto reino será fuerte como hierro; y como el hierro desmenuza y rompe todas las cosas, desmenuzará y quebrantará todo. Y lo que viste de los pies y los dedos, en parte de barro cocido de alfarero y en parte de hierro, será un reino dividido; mas habrá en él algo de la fuerza del hierro, así como viste hierro mezclado con barro cocido. Y por ser los dedos de los pies en parte de hierro y en parte de barro cocido, el reino será en parte fuerte, y en parte frágil. Así como viste el hierro mezclado con barro, se mezclarán por medio de alianzas humanas; pero no se unirán el uno con el otro, como el hierro no se mezcla con el barro. Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre, de la manera que viste que del monte fue cortada una piedra, no con mano, la cual desmenuzó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro. El gran Dios ha mostrado al rey lo que ha de acontecer en lo por venir; y el sueño es verdadero, y fiel su interpretación.»

Daniel 2:36-45

La interpretación de Daniel es nada menos que una teología de la historia. Sin embargo, no es un horario de la historia. La gente se obceca intentando identificar y fechar cada parte de esta interpretación -que es algo que no hace el texto- perdiéndose de esta forma su verdadera importancia.

Daniel comienza con el presente y luego pasa al futuro. En el presente, afirma las cosas como dándolas por hechas, y luego las interpreta. «Tú, oh rey», le dice a Nabuconodosor, «eres el rey de reyes». Para nosotros, acostumbrados a escuchar esta expresión referida a Dios, esto suena un poco exagerado, pero era un hecho evidente. Nabuconodosor era el gran rey sobre cierto número de pequeños estados cuyos reyes se le habían tenido que someter; el propio rey de Israel era uno de ellos. De manera que Daniel comienza con la cabeza de la estatua del sueño, y afirma que el propio Nabuconodosor era la cabeza de oro. No era adulación, sino una simple realidad.

Pero entonces Daniel le añade la penetración teológica. Todo este oropel dorado, este poder y esta gloria, pertenecían a Nabuconodosor sólo porque el Dios de los cielos se los había concedido. Nabuconodosor era el «VIP» de la nación más importante sólo porque Dios se lo había permitido y concedido. Ahora bien, seguramente Nabuconodosor ya creía esto en cierto sentido. Los reyes de la antigüedad solían atribuir su poder a los dioses, dado que esto respaldaba su reinado, dándole cierta aura de aprobación divina. Pero no cabe duda de que el propio Daniel, cuando usaba la expresión «el Dios de los cielos» se refería a Jehová, su Dios, el Dios de su pueblo, el único Dios viviente y verdadero. ¡El Dios de Israel le había concedido el poder supremo al rey de Babilonia! Eso debió sonar de lo más irónico, dada la posición de ambos pueblos: ¡Israel en el cautiverio y Babilonia en el poder!

Jeremías manifestó exactamente esta misma comprensión de la historia contemporánea, cuando se metió de rondón en un encuentro diplomático al que habían acudido todos los embajadores de los pequeños estados en torno a Judá para planear la rebelión contra Nabuconodosor. Llevando un yugo alrededor del cuello como gesto simbólico, les dijo a todos aquellos diplomáticos que Jehová, el Dios de Israel, le había entregado la autoridad a Nabuconodosor, y la única vía segura que podían seguir todos aquellos estados era la de sometérsele.

«Yo hice la tierra, el hombre y las bestias que están sobre la faz de la tierra, con mi gran poder y con mi brazo extendido, y la di a quien yo quise. Y ahora yo he puesto todas estas tierras en mano de Nabuconodosor rey de Babilonia, mi siervo, y aun las bestias del campo le he dado para que le sirvan».

Jeremías 27:5,6

«¡Nabuconodosor, mi siervo!» La idea en sí ya parece algo escandalosa. Pero así es como interpretaron Daniel y Jeremías los acontecimientos que vivieron. Ver las cosas así exigía una fe muy profunda y una amplia visión de la soberanía de Dios. Pensemos en los sucesos trágicos en los que estaban inmersos. Pensemos en el odio que suscitaba, a nivel nacional, una figura como Nabuconodosor. Imaginemos lo impopular que resultaría alguien que se pusiera en pie y le llamara siervo de Jehová, o «cabeza de oro». Pero el control divino sobre la historia y el misterio de sus planes son más amplios que nuestros prejuicios.

Durante toda una generación, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, a los occidentales se nos ha enseñado que el mundo estaba dividido en dos. Por un lado estaba «el mundo libre» y por el otro «el bloque soviético» (el Tercer Mundo lo inventaron más tarde). Y sabíamos de parte de quién estaban los ángeles. Nos dijeron que todo lo que estaba al este del Telón de Acero era «el imperio del mal». ¿De parte de quién estaba Dios? La respuesta parecía muy obvia, y numerosos escenarios apocalípticos tanto en libros como en cómics y películas representaban la gran batalla final del Armagedón como el suceso donde se enfrentaban, por un lado, las legiones del comunismo contra, por el otro, las de la (auto-)justicia.

Escribiendo esto a este lado de los años 90, resulta difícil de creer y de recordar todo eso tras los cambios revolucionarios que sacudieron Europa en 1989-90. Si vemos en ellos la mano de Dios (como ciertamente lo hacen los cristianos de Europa central y oriental), entonces hemos de reconocer también que la chispa humana fue Mikhail Gorbachev, el Presidente de la ex-Unión Soviética. Dios no usó a ninguno de los presuntos líderes «cristianos» de Occidente, aunque a algunos de ellos les gusta decir que «ganamos la guerra fría».

Y sin embargo, ¿dónde está ahora Gorbachev? No sólo ya no es presidente, ¡sino que el estado en que lo fue ni siquiera existe ya! Vemos una especie de ironía divina, casi de sentido del humor, en el hecho de que la tenaza tiránica de la Unión Soviética en Europa fuera deshecha no por el poder de los enemigos, sino mediante la política de su jefe de estado más prominente. «Dios escribe recto con renglones torcidos». Levanta líderes humanos, les concede una capacidad temporal y un poder para que pongan en marcha procesos y acontecimientos que alcanzan su propósito, y una vez han cumplido la misión los hace desaparecer y sigue adelante con la historia. Nadie es indispensable.

Después Daniel pasa a presentar un cuadro general de la historia que se acercaba, basado en la sucesión de diversos metales. El dice que éstos representan una sucesión de reyes que vendrán después de Nabuconodosor. No se da ninguna identificación, y no hemos de detenernos en este punto para intentar darles nombre. Los puntos principales del discurso de Daniel son los siguientes.

  • El poder del cuarto reino. Será enormemente poderoso, pero tendrá una falta de cohesión interna, será inestable debido a su naturaleza dividida.
  • La caída de la estatua. Esto se deberá en parte a su propia fragilidad e inestabilidad internas. Aquí encontramos una imagen del fracaso de todo poder humano, con sus pretensiones arrogantes. Al final, todo lo que los seres humanos construyen orgullosamente, «la torre y el templo vuelven al polvo». Este cuadro de una serie de gobiernos que llegan a su fin con el fin del imperio más poderoso podría ilustrar muchos períodos de la historia humana, incluyendo a nuestra propia generación. En este siglo hemos tenido «un Reich de mil años», y un Muro de Berlín cuyo arquitecto anunció que duraría un milenio… justo unos meses antes de que fuera demolido. Hubo otro profeta que lo expresó de esta maneta:

«El convierte en nada a los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana. Como si nunca hubieran sido plantados, como si nunca hubieran sido sembrados, como si nunca su tronco hubiera tenido raíz en la tierra; tan pronto como sopla en ellos se secan, y el torbellino los lleva como hojarasca».

Isaías 40:23,24

  • La venida de la roca. La caída de la estatua no sólo se debió a que tuviera pies de barro, sino a que fue golpeada y demolida por una roca que no había cortado la mano del hombre. La estatua se hace polvo pero la roca permanece y, según la interpretación de Daniel, esta roca representa el reino del propio Dios, que al final reemplazará a todos los reinos humanos. Aunque lo describe sólo brevemente, sus palabras son poderosamente proféticas al describir ciertos aspectos del reino de Dios, tal y como lo encontramos en los Evangelios.

Viene de fuera. Es decir, que este reino no es uno más en la serie de reinos humanos. Tiene su origen en otro lugar. Esto es lo que quiso decir Jesús: «Mi reino no es de este mundo». No quería decir que fuera meramente espiritual o que no tuviera nada que ver con el poder político. Quería decir que su origen, su fuente, no estaban en el poder humano, sino en el de Dios.

Se establece en la tierra. Sustituye a los demás reinos pero no a la propia tierra. El reino de Dios no es sólo una escapatoria al cielo, sino el establecimiento del reino de Dios sobre la propia tierra.

Es la obra de Dios, y por tanto es indestructible. Hará que acaben todos los reinos humanos, pero él mismo perdurará para siempre.

Crecerá y se extenderá. Su establecimiento seguirá un proceso, hasta que al final llene toda la tierra. Jesús expresó la misma idea en muchas de sus parábolas acerca del reino de Dios (por ejemplo, la del grano de mostaza, la levadura en la masa, la red en el mar, etc.).

Así que Daniel le dio a este rey pagano una lección de teología. Su propio poder personal era un préstamo del Dios viviente, pero no duraría para siempre. El futuro traía consigo una sucesión de reinos humanos, pero en última instancia el futuro pertenece al reino de Dios.

Para Nabuconodosor, el sueño y su interpretación tenían como objetivo enfrentarle con las realidades espirituales que están más allá de las fronteras de la historia. Tenía que contemplar su propio poder a la luz de su transitoriedad. Ni él ni su imperio durarían eternamente. Las cabezas de oro tienen un precario futuro si descansan sobre pies de barro, pero existe un rey mayor y un reino más permanente. La pregunta era: ¿los reconocería Nabuconodosor? Hasta cierto punto, sí lo hizo.

«Entonces el rey Nabuconodosor se postró sobre su rostro y se humilló ante Daniel, y mandó que le ofreciesen presentes e incienso. El rey habló a Daniel, y dijo: Ciertamente el Dios vuestro es Dios de dioses, y Señor de los reyes, y el que revela los misterios, pues pudiste revelar este misterio.»

Daniel 2:46,47

Sin embargo, uno se lleva la impresión de que este acto no fue tanto el de un hombre que sabe ponerse en su sitio tras tener un encuentro con Dios, sino más bien una expresión de su alivio al entender que su poder no se veía amenazado de forma inminente.

Para Daniel y sus amigos, y para todos aquellos en su situación -creyentes atrapados en un imperio hostil- supuso la afirmación de que su Dios seguía en el trono. Puede que pasaran la vida bajo el yugo de un Nabuconodosor -por no mencionar a sus metálicos sucesores- pero al final tenían el futuro asegurado, porque éste estaba junto a Dios y la roca de su reino.

Y Daniel 2 concede esta misma seguridad a los cristianos atrapados en las presiones de la vida en medio de un ambiente pagano, donde parece que hay tantas cosas afiliadas a los poderes de este mundo, con toda su pompa y su gloria, su maldad y su corrupción. Porque lo que vio Daniel como una mera visión del futuro es ahora una realidad presente que obra en este mundo. El reino de Dios ha comenzado por medio de la venida de Cristo y de su muerte y resurrección. Un día quedará establecido en toda su plenitud cuando Cristo regrese para reclamar su reino. Entonces «la tierra será llena del conocimiento de Dios como las aguas cubren el mar». Hasta ese momento, Dios «obra su propósito mientras un año sucede a otro año», y cada acto de obediencia, cada palabra de testimonio, cada valiente combate a favor de la verdad, vale la pena y quedará justificado a la luz de ese futuro.

Y hemos de leer los últimos versículos de este capítulo teniendo esta idea en mente.

«Entonces el rey engrandeció a Daniel, y le dio muchos honores y grandes dones, y le hizo gobernador de toda la provincia de Babilonia, y jefe supremo de todos los sabios de Babilonia. Y Daniel solicitó del rey, y obtuvo que pusiera sobre los negocios de la provincia de Babilonia a Sadrac, Mesac y Abed-nego; y Daniel estaba en la corte del rey».

Daniel 2:48-49

No se trata tan sólo de que Daniel y sus amigos ascendieran de grado, sino que también continuaron al servicio político de un rey que ahora sabía que era una cabeza de oro sobre unos pies de barro. Y volvieron al trabajo. Al siguiente lunes regresaron a la oficina. No formaron una comunidad de esperanza espiritual para preparar la llegada de la roca. No sabemos si tuvieron ocasión de seguir reuniéndose para orar. Pero es evidente que las fuerzas que sacaron de esas reuniones les prepararon para enfrentarse a una prueba futura aún más escabrosa.

Concluimos, pues, volviendo a destacar la importancia que tiene integrar nuestras vidas laborales como cristianos en nuestra comunión espiritual y nuestra oración, aferrándonos al llamamiento que Dios nos hace a practicar ambas cosas. Probablemente Daniel y sus amigos tuvieron más revelaciones y visiones de Dios de las que puedan tener los miembros de un grupo de oración en todas sus vidas. Sin embargo, el efecto que esto tuvo no fue el de que perdieran la cabeza entre nubes de pietismo, ni siquiera que iniciaran flamantes ministerios «proféticos». Ni siquiera se pasaron por un instituto bíblico para desarrollar sus recién descubiertos dones espirituales. Siguieron con el trabajo para el que les habían preparado. Siguieron clavados a sus mesas de trabajo. Y Dios utilizó a Sadrac, Mesac y Abednego (Daniel 3) y a Daniel (Daniel 4) de una forma mucho más impactante sobre el rey que si hubiesen atronado como Amós o resplandecido como Elías.

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