Daniel 1

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Capitulo 1 – Comentario sobre Daniel 1

¿COMPROMISO O CONFRONTACIÓN?

Había llegado el fin del mundo. Eso debió parecerles a las personas que pasaron por los acontecimientos que nos resume Daniel l.

«En el año tercero del reinado de Joacim rey de Judá, vino Nabuconodosor rey de Babilonia a Jerusalén, y la sitió. Y el Señor entregó en sus manos a Joacim rey de Judá, y parte de los utensilios de la casa de Dios; y los trajo a tierra de Sinar, a la casa de su dios, y colocó los utensilios en la casa del tesoro de su dios».

Daniel 1: 1-2

Esto se lee como una afirmación muy directa sobre unos hechos, pero deja mucho sin decir, cosas que hemos de comentar un poco si queremos que el lector moderno sienta el impacto de los aplastantes sucesos que aparecen en el libro.

LA COLISIÓN DE IMPERIOS

Era el año 609 a.C. En Oriente Medio, como en la Europa de los años 90, un extenso imperio se venía abajo, y se formaban nuevos poderes políticos. Asiria había gobernado el mundo durante 150 años; un siglo y medio de un gobierno fuerte, centralizado y militarizado, que había sometido a muchas naciones pequeñas bajo su conquista inmisericorde. Entre las reducidas naciones que habían sido destruidas se encontraba el propio reino del norte de Israel, que había sido derrotado y esparcido a los cuatro vientos unos cien años antes, en el 721 a.C. Jerusalén y la parte sur del reino de Judá se habían librado de aquel destino, pero había pasado más de un siglo sin ser más que un país vasallo de Asiria, un satélite de su imperio.

Pero ahora era Asiria la que se estaba desmenuzando. El nuevo poder emergente era Babilonia, bajo el enérgico liderazgo de un joven rey, Nabuconodosor. El gran poder occidental, Egipto, se dio cuenta de que era el momento adecuado para intentar restablecer su poder, de forma que el rey egipcio, el Faraón Necao, partió con su ejército atravesando Palestina con la intención de ayudar a los asirios contra el poder babilónico. En aquella época el rey de Judá era Josías. No tenía deseos de retrasar la caída de aquel aborrecible imperio asirio, de forma que se movilizó para interceptar a Necao e impedir que fuera en su ayuda. Fue un gesto bien intencionado, pero no sirvió de nada. Su ejército, superado en número más allá de toda esperanza, se encontró con los egipcios en Meguido (cerca del Monte Carmelo) y fue derrotado. El propio Josías murió en batalla, y el Faraón Necao capturó al hijo y heredero de Josías, Shallum (llamado también Joacaz), y le deportó a Egipto. Entonces Necao colocó a Joacim en el trono de Jerusalén; este es el rey que menciona Daniel 1:1.

Nabuconodosor consiguió desbaratar el intento egipcio de salvar el pellejo del imperio asirio. Derrotó definitivamente a Egipto en la batalla de Carquemis, el año 605 a.C. Así Babilonia se convirtió en el poder dominante sobre Mesopotamia y toda el Asia occidental, situación que continuó durante los siguientes cuarenta años. De modo que fue el final de una era y el comienzo de otra. Los estados pequeños en la región tuvieron que bailar a la música que tocaban los babilonios, y Judá fue uno de esos estados. Poco después de su victoria en Carquemis, Nabuconodosor se desplazó al sur y amenazó Jerusalén. En aquella ocasión se llevó a Babilonia a un pequeño grupo de cautivos, probablemente como rehenes para asegurarse el buen comportamiento de aquel estado vasallo.

Entre estos primeros exiliados estaban Daniel y sus tres amigos, que en aquella época debían ser adolescentes. Probablemente debían estar en Jerusalén preparándose para el servicio sacerdotal o militar, destinados –puede que pensaran ellos– al servicio del pueblo de Dios en la ciudad de David. En lugar de eso, sin previo aviso, se encontraron a miles de kilómetros de su casa, desarraigados de todo lo que conocían, aposentados en medio de un estado pagano, gentil y enemigo. Estaban rodeados de extranjeros, con un lenguaje desconocido, una cultura que les era ajena y, lo peor de todo, dioses e ídolos en cantidades industriales. Debió ser una experiencia espantosa, traumática. Y lo peor estaba por venir.

LA FE EN MEDIO DE UNA CRISIS HISTÓRICA

¿Por qué sucedía todo esto? El versículo 2 nos ofrece una respuesta increíblemente directa: «el Señor», es decir, Jehová, el Dios de Israel, «entregó en sus manos (las de Nabuconodosor) a Joacim rey de Judá».

¡Dios lo hizo! Y nosotros decimos: Por supuesto que lo hizo. Es algo evidente, porque hemos leído a los profetas y ellos no paraban de advertir al pueblo de Israel que Dios les iba a castigar por medio de sus enemigos. Podemos contemplar la historia con la ventaja de saber qué va a pasar. Pero en aquella época la mayoría del pueblo tenía el hábito de ignorar a los profetas, de forma que toda aquella confusión de acontecimientos que se produjo en aquellos años debió parecerles algo inconcebible. El pueblo tenía todo un cargamento de preguntas, formuladas a medida que intentaban encontrarle un sentido a todo aquello. ¿Cómo podía permitir el Dios de Israel que trataran así a su pueblo? ¿Acaso Jehová se enfrentaba a un igual? ¿Eran los dioses babilonios más jóvenes y fuertes? Entonces, ¿no sería más sensato pasarse a la tendencia general y adorar a los dioses de Babilonia? O si bien, como estaban diciendo algunos profetas –como Jeremías– era realmente Jehová el que había hecho eso, ¿no estaba siendo injusto? (Ezequiel aborda esta queja en su capítulo 18).

Y –quizás la pregunta más dura para aquellos que habían aceptado la palabra de los profetas sobre la autoría de Dios–, ¿quedaba alguna esperanza para el futuro? Si Dios había derramado su juicio contra Israel, ¿les quedaba algo a que aferrarse? ¿Y qué pasaba con los propósitos de Dios que debía realizar por medio de Israel? Los israelitas creían que Dios los había hecho una nación para usarlos para beneficio del resto de las naciones. Esta creencia se basaba en la promesa que le había hecho Dios a Abraham (Gn. 12:1-3), y era el motivo por el que Dios había establecido esa relación íntima con Israel. Esta se centraba en la presencia de Dios en el templo, y en el profundo significado de los objetos sagrados que formaban parte de su mobiliario. Dios era el Dios de Israel para poder demostrar, al final, que era el Dios de toda la tierra. Muchos de los salmos que se cantaban en el templo celebraban esta creencia. De manera que, ¿cómo podía encajar el pueblo el hecho de que esos mismísimos objetos asociados a la adoración del Dios viviente fueran arrebatados por un rey pagano y, peor todavía, fueran colocados en el templo de su dios? Y el templo pagano estaba en la tierra de «Sinar», es decir, el lugar donde había estado la Torre de Babel (Gn. 11:19). Era como un espectral regreso al pasado, como si Dios hubiera hecho retroceder la historia y les hubiera hecho volver hasta el tiempo en que nadie siquiera había oído hablar de Abraham. Era evidente que había algo que iba muy, muy mal. O bien todo su sistema de creencias estaba equivocado, o los acontecimientos se les habían escapado de las manos.

Parecía que se hubiera abierto un enorme abismo entre su fe por un lado y los sucesos mundiales por otro, de forma que éstos parecían contradecir la fe. Y así llegaban a la pregunta final y más aplastante: ¿Seguía Dios teniendo el control? Cuando llegan las catástrofes, ¿sigue Dios siendo soberano? ¿Somos capaces de aceptar la libertad que tiene Dios para actuar como prefiera, aun cuando hace algo que parece contradecir sus propósitos o, como mínimo, algo que va en contra de lo que nosotros pensábamos que era su voluntad?

Los cristianos no tuvieron problemas en ver la mano de Dios actuando en el colapso de las dictaduras comunistas europeas y en la caída del muro de Berlín en 1989-1990. Sin embargo, lo que ya no fue tan fácil de entender es por qué Dios permitió que hubiera alguna vez un Telón de Acero; en especial fue difícil para los que consideraban que valía la pena pagar el terrible precio de la Segunda Guerra Mundial para liberar a Europa de una tiranía, para luego ver que fue reemplazada por otra. ¿Cómo podían reconciliarse en aquel momento tales sucesos con la voluntad de Dios?

Seamos más agudos: si creemos que Dios ha ordenado a los cristianos extender el evangelio, y que es el propósito de Dios que la Iglesia vea este crecimiento en todas las naciones, ¿cómo lo hacemos para reconciliar esto con el hecho de que permite que muchos países cierren sus puertas a los misioneros cristianos y restrinjan o erradiquen las actividades cristianas? Cuando la China comunista expulsó a los misioneros a principios de los años 50, esto provocó una onda expansiva que llegó a toda la Iglesia cristiana, dado que China era uno de los «campos de misión» más amplios de aquella época. Si uno tiene una teología que le dice que Dios quiere misioneros, que Dios controla este mundo, ¿cómo se las arregla cuando tiene que contemplar cómo Dios permite que se erradique la misión en la nación más grande de la tierra? Bueno, usando nuestro privilegiado punto de vista vemos que el fin de las misiones occidentales en China no supuso el fin de las misiones en China, ni tampoco el final de la iglesia allí. Esto lo podemos ver ahora, pero en aquel momento supuso un duro golpe.

Y en nuestra vida personal, podemos pasarlo mal cuando las cosas que creemos sobre Dios y su voluntad para nuestras vidas se ven radicalmente contradichas por las circunstancias por las que nos hace pasar. Una estudiante del instituto cristiano All Nations, que llegó con un buen currículum de trabajos realizados al otro lado del océano y que tenía la intención de mejorar su preparación, cayó en un prolongado período de depresión clínica, potenciada por una amplia mezcla de «tareas inacabadas» en su vida pasada. Lo peor de todo, el pozo más hondo como lo describía ella, fue cuando descubrió lo difícil que le resultaba creer con el corazón las cosas que su cabeza le decía sobre Dios. La fe y la realidad eran cosas demasiado separadas. Dios se volvió demasiado increíble debido a lo que había permitido que le sucediera a ella… si es que lo había permitido.

Por tanto, el libro de Daniel se abre con esta contradicción entre la fe y los hechos. Luego pasa a mostrarnos la respuesta de unos pocos jóvenes que pasaron por estas circunstancias, y que no sólo lograron sobrevivir sino también ajustarse a los nuevos acontecimientos y mantener su integridad y su fe. Fueron capaces de afirmar que su Dios seguía teniendo el control, incluso en un mundo que parecía haber escapado a él.

LA FE EN MEDIO DE UNA CRISIS PERSONAL

La crisis internacional que se había adueñado de su mundo también sumergió a Daniel y a sus amigos en una crisis cultural y personal que les probó con severidad, a pesar de ser tan jóvenes en aquel momento. Tuvieron que enfrentarse no al mero hecho de estar viviendo en Babilonia, sino también a la exigencia de entrar al servicio de su administración política. Esto se debió a la política gubernamental de Nabuconodosor:

«Y dijo el rey a Aspenaz, jefe de sus eunucos, que trajese de los hijos de Israel, del linaje real de los príncipes, muchachos en quienes no hubiese tacha alguna, de buen parecer, sabios en ciencias y de buen entendimiento, e idóneos para estar en el palacio del rey; y que les enseñase las letras y la lengua de los caldeos. Y les señaló el rey ración para cada día, de la provisión de la comida del rey, y del vino que él bebía; y que los criase tres años, para que al fin de ellos se presentasen delante del rey. Entre estos estaban Daniel, Ananías, Misael y Azarías, de los hijos de Judá.»

Daniel 1:3-6

Nabuconodosor tenía un tipo de programa bien calculado, muy diferente al del adusto régimen que le había precedido. Decidió ofrecer a la clase social más selecta de los pueblos que había conquistado una especie de re-culturación, empleando luego a sus miembros en el servicio de su nuevo y pujante estado. Quizá sea un sistema similar al empleado por el Imperio Británico cuando ofreció una educación inglesa a una élite de «nativos» en países como la India, para formar una clase de competentes administradores que se ocupasen de los asuntos civiles rutinarios bajo el gobierno imperial. Nabuconodosor fue muy específico respecto a las personas que buscaba. Debían ser física y psicológicamente aptas para el servicio. Daniel y sus amigos tenían estas cualidades, las mismas que les hubieran destinado al servicio de Dios en Jerusalén; pero ahora, por un cruel quiebro de la historia, estarían a disposición del rey que pronto destruiría Jerusalén.

El curso para alcanzar el diploma de servicios civiles de Nabuconodosor duraba tres años, e incluía cuatro áreas: la enseñanza de la cultura babilonia; la organización estatal; un curso sobre la administración política del reino; y la sustitución de los nombres judíos por otros babilónicos. Esto suponía, para unos jóvenes crecidos en Jerusalén, un tremendo cambio y reorientación. Debieron luchar muy duramente con sus conciencias para poder llegar a una decisión sobre qué responder. ¿Podrían aceptar semejantes novedades? ¿Comprometerían su fe o cometerían idolatría al someterse a ese programa?

¿Acaso tenían opción? Bueno, pues sí. Podían haber elegido el camino del rechazo total, que hubiera acabado en el martirio. Entonces hubiesen pasado a la historia junto con esa larga lista de personas que han muerto por su fe y sus convicciones. No es que les faltara el coraje para dar ese paso, porque más adelante, en Daniel 3 y 6, les vemos en distintas circunstancias y dispuestos a morir si fuera necesario. Pero, en cambio, vemos que aceptaron tres de las cuatro exigencias. La mayoría de los sermones que escuché en mi juventud sobre este capítulo de Daniel enfatizaban el rechazo radical, «Daniel y Compañía contra el mundo». Los predicadores y líderes de estudio bíblico nunca comentan ese notable grado de aceptación que ellos demostraron. Dijeron tres veces que «Sí» antes que decir un «No».

Dijeron que sí a una educación pagana

Tenían que aprender «las letras y la lengua de los caldeos» (Dn. 1:4b). Es decir, tenían que ser reeducados en la cultura y la civilización babilónicas. Ahora bien, la civilización mesopotámica era una de las más importantes del mundo. Había realizado grandes avances en la literatura, las matemáticas, la astronomía y la ciencia primitiva. Pero también tenía un enorme bagaje de politeísmo, es decir, una religión con muchos dioses e ídolos. Estaba repleta de magia y de prácticas ocultistas, y era especialmente «rica» en astrología, con todas aquellas supersticiones que acompañan la pseudo-ciencia antigua. Así que la educación babilónica era un auténtico cajón de sastre. Podían aceptarse muchos de sus elementos, pero otra buena parte de ellos, desde el punto de vista del monoteísmo judío, hubiera sido como mínimo desagradable, y como mucho directamente ofensiva y blasfema.

Y, sin embargo, estos adolescentes judíos no sólo se aplicaron a estas cosas, sino que destacaron, ¡y sacaron mejores notas en sus exámenes orales que sus compañeros babilonios!

«A estos cuatro muchachos Dios les dio conocimiento e inteligencia en todas las letras y ciencias; y Daniel tuvo entendimiento en toda visión y sueños. Pasados, pues, los días al fin de los cuales había dicho el rey que los trajesen, el jefe de los eunucos los trajo delante de Nabuconodosor. Y el rey habló con ellos, y no fueron hallados entre todos ellos otros como Daniel, Ananías, Misael y Azarías; así, pues, estuvieron delante del rey. En todo asunto de sabiduría e inteligencia que el rey les consultó, los halló diez veces mejores que todos los magos y astrólogos que había en todo su reino.»

Daniel 1: 17-20

El hecho de que en los siguientes capítulos los encontremos firmes en su fe y resistiendo frente a la idolatría debe significar que el fundamento de la fe de Israel que habían recibido de niños era lo bastante consistente como para soportar el curso universitario babilónico objetivamente y con un punto de vista crítico. Podían aprender todo lo que tenían que enseñarles, pero no tenían por qué creerlo todo, asumiéndolo como si nada. Podían dominar sus contenidos sin tener que tragarse sus falsedades. Y aquella educación en la que destacaban les proporcionó acceso a unos puestos dentro de la sociedad y del gobierno desde los que podían ejercer una influencia muy notable.

Algunos cristianos piensan que los creyentes deberían tener un sistema educativo totalmente propio. Se dice que los dogmas seculares y humanistas sobre los que se levantan nuestras escuelas y universidades occidentales no encajan con la idea que tiene la Biblia de la verdad. De modo que, o bien podríamos educar a nuestros niños en casa, o respaldar los centros cristianos en los que todo el currículum girara en torno a una base bíblica. Conozco a personas que lo creen así y que actúan en consecuencia, y respeto sus puntos de vista, pero no consigo estar de acuerdo con ellos.

A mí me parece que lo que realmente cuenta no es proteger a los niños del paganismo secular propio de nuestra cultura aislándoles de él por completo, sino enseñarles cómo pueden interactuar con él desde una posición de fe y de conocimiento, distinguiendo entre el bien y el mal. Esa es la tarea del hogar cristiano y de la iglesia, una labor en la que tristemente solemos fracasar a menudo. Porque, ¿cómo lograrán los cristianos hacer que la verdad bíblica sea importante para responder a las necesidades y preguntas de nuestra cultura pagana a menos que la comprendan tan bien como el evangelio? Siempre he dado gracias a Dios porque mis hijos, tres de los cuales están ahora en la universidad, pasaron una buena parte de sus estudios en escuelas indias, codeándose con hindúes, sikhs y musulmanes, y otra parte en escuelas británicas, mezclándose con el típico grupo de agnósticos, escépticos y ateos (¡tanto entre el alumnado como entre los docentes!) que suele encontrarse en esos lugares. Y nos traían a casa muchas preguntas que teníamos que resolver durante la cena. Tenían que defender sus propias creencias y también sus elecciones y valores. Pero creo que están mejor preparados para ser sal y luz en nuestro mundo secular que si sólo hubieran recibido una «educación cristiana».

Dijeron que sí a una carrera política

Sabían que los estaban formando para el gobierno, pero, ¿qué gobierno? No simplemente el de una nación pagana, con su idolatría y arrogancia, sino específicamente el gobierno de Babilonia, una nación que había sido el blanco de muchos discursos de los profetas de Israel, ¡que predijeron que sería objeto de la ira divina! En concreto, estaban sirviendo a Nabuconodosor, el rey que los había secuestrado de sus hogares y que pronto atacaría Jerusalén para destruirla por completo. ¿Cómo podían aceptar servir a semejante rey y nación? Y sin embargo lo hicieron. De hecho, estaban dispuestos a considerar su servicio al gobierno como un servicio para Dios; esto fue lo que le dijeron a la cara a Nabuconodosor cuando les amenazó con quemarlos vivos (Dn. 3:17). Quizás sacaron sus fuerzas de historias como las de José, quien había servido también a un rey pagano. O quizás reflexionaron sobre cómo Abdías había ocupado un alto puesto durante el reinado de Acab y Jezabel a pesar de la flagrante idolatría y maldad que ellos demostraban (1 R. 18:1-4).

Hay cristianos que dicen que los creyentes no deben inmiscuirse en política. Es un mundo ambiguo, repleto de verdades a medias, corrupción e intereses creados; y si sabemos que el mundo en general y nuestro país en particular están bajo el juicio de Dios, ¿qué sentido tiene organizar fiestecillas en un barco que se hunde? Una vez más, creo que la Biblia no admite esta especie de síndrome del abandono. Dios gobierna el mundo –no sólo la Iglesia y los cristianos, para ser la luz del mundo, tienen que ser algo más que velas de un altar. Siento gratitud y admiración hacia los cristianos involucrados en política, en especial hacia los miembros del Parlamento. Es un trabajo en el que los recursos de hombres y mujeres se apuran al límite bajo las constantes exigencias de la mente, el cuerpo, las emociones y la conciencia. En parte fue por cierto sentimiento de solidaridad con estos creyentes por lo que hace unos años entré a formar parte de un partido político y me involucré a nivel local, añadiendo al menos un pequeño grano de sal a la tan necesitada influencia cristiana en la tambaleante democracia británica.

Dijeron que sí a un cambio de nombre

Los nombres no son tan importantes para nosotros como lo fueron en el mundo antiguo. En aquellos tiempos la esencia de la persona estaba en el nombre, y había algunos que denotaban la identidad étnica y religiosa, como sigue sucediendo en muchas partes del mundo. De forma que cuando Nabuconodosor insistió en que todos sus nuevos siervos civiles debían tener nombres babilónicos adecuados, esto supuso un problema para unos judíos cuyos nombres contenían el de Dios –Yahvé–, como Ananías y Azarías, sobre todo porque los nuevos nombres incluían nombres de otros dioses, aumentando así el insulto y la indignidad. Pueden ustedes pensar que esto sería la gota que colmaría el vaso para aquellos hombres. ¡A ver qué creyente iba a cambiar el nombre del Dios viviente de Israel por el de un dios pagano! ¡Imposible! Pero, una vez más, ellos aceptaron. Quizás, con el mismo tipo de madurez que exigía Pablo en relación a los ídolos, sabían que estos dioses no eran nadie, y que por tanto sus nombres no significaban nada; así que podían respirar hondo y pronunciar esos nombres o llevarlos en la solapa, sabiendo perfectamente que el Dios de Israel no era sólo su Dios, sino el único Dios.

Descubrimos pues un notable grado de aceptación del cambio cultural que les había impuesto la actuación de Dios en la historia. Ya estaban comportándose de maneras que encajaban con lo que más adelante diría Jeremías en su carta a los exiliados (Jer. 29); es decir, que debían asentarse en Babilonia, vivir, trabajar, edificar casas y multiplicarse allí, que debían orar por Babilonia y considerarse no sólo las víctimas de la deportación, sino aquellos a los que Dios había enviado allí. Tuvieron que reescribir sus himnos –«Este mundo (Babilonia) es mi hogar, no sólo de paso estoy»– y, como resultado de su elección, no sólo fueron capaces de servir a Babilonia, sino de influenciarla en ciertas maneras e incluso de proteger las vidas de sus compatriotas judíos en un episodio posterior.

Dijeron que no a la comida del rey

«Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse. Y puso Dios a Daniel en gracia y en buena voluntad con el jefe de los eunucos; y dijo el jefe de los eunucos a Daniel: Temo a mi señor el rey, que señaló vuestra comida y vuestra bebida; pues luego que él vea vuestros rostros más pálidos que los de los muchachos que son semejantes a vosotros, condenaréis para con el rey mi cabeza. Entonces dijo Daniel a Melsar, que estaba puesto por el jefe de los eunucos sobre Daniel, Ananías, Misael y Azarías: Te ruego que hagas la prueba con tus siervos por diez días, y nos den legumbres a comer, y agua a beber. Compara luego nuestros rostros con los rostros de los muchachos que comen de la ración de la comida del rey, y haz después con tus siervos según veas. Consintió, pues, con ellos en esto, y probó con ellos diez días. Y al cabo de los diez días, pareció el rostro de ellos mejor y más robusto que el de los otros muchachos que comían de la porción de la comida del rey. Así, pues, Melsar se llevaba la porción de la comida de ellos y el vino que habían de beber, y les daba legumbres.»

Daniel 1: 8-16

¡Pero qué ridiculez! Después de haber aceptado tantas rosas, ¿por qué poner pegas en una cosa tan trivial? Cuando vemos cuánto estaban dispuestos a «tragar», resulta difícil de comprender por qué no tragaban también la comida y el vino reales. Ha habido muchos intentos de explicar los motivos de Daniel sobre este asunto. Sólo dos de esas explicaciones me parecen plausibles.

  • Aquella comida era impura desde el punto de vista de la ley levítica; o había sido ofrecida a los ídolos antes de pasar por la cocina real, «contaminándose» por tanto. De cualquiera de estas dos maneras, para un judío estricto hubiera resultado una ofensa. Esta explicación dice que Daniel y Compañía decidieron conservar al menos un dogma de su identidad judía y de su fe monoteísta. Las propias leyes levíticas sobre el alimento eran un símbolo de la distintividad israelita respecto a las demás naciones. Daniel y sus amigos ya no podían vivir en un país propio rodeados de sus compatriotas israelitas, pero al menos podían conservar una dieta diferente realizando de este modo un acto simbólico, recordándose cotidianamente cuál era su verdadera identidad y su compromiso con Dios.

Puede que un acto simbólico no tenga una importancia intrínseca, pero en algunas circunstancias puede tener un significado poderoso y, a veces, peligroso. Salpicar a alguien con agua puede ser algo divertido cuando estamos en la playa, pero si lo hacemos en el nombre de Cristo en ciertos países musulmanes nuestra vida y la de la otra persona correrán peligro. El hecho de cantar puede parecer algo inofensivo –sin efectos nocivos– pero el espiritual negro con el que empezamos el libro es sólo uno de los himnos que nacieron de la opresión de la esclavitud, muchos de los cuales mantenían viva la esperanza en una liberación. Algunos cristianos llevan en la solapa pines o broches con forma de cruz, pez o cualquier otro símbolo cristiano, para denotar su identidad cristiana en medio de un entorno arreligioso o en sus trabajos. Saben que como esto hace una silenciosa afirmación sobre su fe cristiana, les compromete con un tipo de comportamiento que no admite negociación. A veces las convicciones cristianas, o nuestra conciencia, necesitan de estas expresiones simbólicas, aun si la forma del símbolo carece por sí misma de importancia. A veces, el hecho de plantarse sobre algún tema, de trazar una línea en un momento dado, puede ser más importante como testimonio que la propia naturaleza de aquello que rechazamos. Hay muchas cosas a las que los cristianos han dicho que no y que en realidad no son malas en sí mismas (del mismo modo que la comida ritualmente impura tampoco lo era). Pero podemos expresar un principio o dar un testimonio silencioso al rechazar algo o no participar de ello.

Durante mis días de estudiante formé parte del grupo de remo de mi universidad. Por lo general no entrenábamos el domingo, pero en algunas ocasiones se nos pidió que lo hiciéramos, o tuvimos que participar en una regata un domingo. Yo declinaba hacerlo, lo cual era perder popularidad, porque implicaba encontrar un remero sustituto para un solo día. (Sin embargo, ¡a nadie se le ocurrió proponerme hacer una película sobre mí, al estilo de «Carros de fuego»!) Mis propias convicciones sobre la naturaleza del domingo han cambiado un poco desde entonces, ya que ahora me preocupa más que abusen del domingo las fuerzas de la codicia y del provecho que los entrenamientos físicos. Así que es probable que ahora no adoptara la misma actitud, pero estoy seguro de que tenía razón al hacerlo entonces, dentro del contexto de mi propio testimonio cristiano y mi conciencia. Era afirmar, sencillamente, que aunque me gustaba el deporte y era capaz de sacrificar muchas cosas por él, en mi vida había algo más importante que el remo; esto equivalía, en el mundillo de los clubs de remo universitarios, ¡a poco menos que una blasfemia!

En la India, la cultura dominante hindú permea toda la sociedad, y los cristianos se encuentran fuera de juego frente a las prácticas de su vecindario que implican el reconocimiento de deidades hindúes. A veces esto puede ser tan inofensivo como repartir caramelos o esparcir pétalos de flores. No participar en ello puede conducir al ostracismo o a los ataques físicos. Los cristianos indios tienen distintos puntos de vista sobre «dónde trazar la línea»; pero, sea donde sea, por insignificante que sea el tema en sí mismo, los cristianos, como Daniel y sus amigos, tienen que conservar alguna prueba de su separación del mundo, que debería tener también otras dimensiones mucho más importantes.

  • La comida podía simbolizar una relación de «lealtad pactual» hacia el rey. Esta explicación no se centra tanto en lo que simbolizaba la comida desde un punto de vista judío, sino en lo que hubiera significado para las autoridades. Aquellos que respaldan esta forma de comprender la decisión de Daniel apuntan que en Babilonia todos los alimentos serían técnicamente impuros, porque el propio país era una tierra impura y extranjera. El vino, al menos, no estaba prohibido en las leyes levíticas sobre la «pureza», y las legumbres podían haber sido tan ofrendadas a un ídolo como lo era la carne. También parece ser que su dieta vegetariana duró solamente el tiempo de su aprendizaje, y que no se trató de una política de por vida, ya que Daniel nos habla de un período posterior de abstinencia de la carne, lo cual implica que en aquel momento sí la comía (Dn. 10: 2, 3). De manera que esta objeción puede que no se basara en las leyes levíticas sobre el alimento.

En el mundo antiguo, a veces compartir la comida de la mesa de una persona podía ser un modo de cimentar un pacto entre diversas personas. Por consiguiente, comer de la mesa del rey podía haberse considerado una expresión de total dependencia del rey, de una lealtad completa hacia él. Puede ser que fuera esto lo que Daniel y sus amigos rechazaron con educación, y explicaría mejor el temor que sentía Aspenaz por sí mismo y por ellos si se mantenían firmes en aquella decisión.

Estos cuatro jóvenes judíos decidieron que podían servir a Nabuconodosor y a su país y que lo harían. De hecho, lo harían dedicándoles sus mejores esfuerzos. Pero no pensaban entregarles la lealtad y el compromiso que, en última instancia, sólo podían tributar a Jehová. La lealtad pactual estaba restringida a Dios. No podían compartirla con un rey humano, por tentadores que fueran su menú y su carta de vinos. En otras palabras, establecieron una vital distinción entre, por un lado, un servicio civil legítimo prestado a un régimen político al que Dios había designado para que dominara temporalmente el mundo y, por el otro, un patriotismo idolátrico que le concedería una incuestionada lealtad a un ser humano que podría entonces inflar su investidura divina hasta convertirla en estatus divino, exigiendo entonces la autoridad absoluta.

La importancia que tenía este punto de vista y el rechazo basado en él quedan totalmente demostrados más adelante (Daniel 3), cuando la comida real se convierte en un horno real, y tienen que enfrentarse a una decisión mucho más dura. No podrían haber entonado ese «himno» virtualmente idólatra que se ha inculcado a muchas generaciones:

«A ti entrego, oh mi patria, por encima de todo bien terrenal, completo, uno y perfecto, el servicio de mi amor… »

Este patriotismo idolátrico es idéntico a muchas otras formas de lealtad que pueden entrar en conflicto con la lealtad última prestada a Dios. George Orwell definió el nacionalismo como «el hábito de identificarse con una sola nación o unidad, colocándola más allá del bien y el mal, y reconociendo como único deber el de promover sus intereses». Esto puede incluir partidos políticos, el espíritu de equipo, incluso la lealtad hacia una empresa, la entrega a cierto tipo de confesión teológica o a un líder firme y con grandes dones que es incapaz de hacer daño.

Hemos de vigilar nuestras lealtades, compromisos y convicciones, y someterlos constantemente a un examen crítico a la luz de nuestra lealtad máxima, a Cristo en persona como Señor nuestro.

¿Me he excedido en la entrega a una causa que tiene un gran valor, pero que no es la única prioridad cristiana? ¿He perdido el sentido crítico hacia alguna personalidad u organización pública -secular o cristiana- hasta tal punto que me pongo a la defensiva y excuso hasta los errores o fraudes más flagrantes que comete? El sentido de lealtad hacia mi empresa, ¿es simplemente un sano deseo de que obtenga un éxito legítimo y honrado en el mercado, o bien es una aceptación ciega y malsana de todo lo que me exige, sin tener en cuenta sus efectos sobre los demás o sobre los principios de la verdad y la honestidad? Mis lealtades políticas, mis opiniones, ¿se basan en los prejuicios, en el interés propio antes que en un punto de vista claramente bíblico sobre los patrones y prioridades divinos? ¿Estoy permitiendo que mi mente «se conforme a este mundo» en lugar de «transformarse» en la mente de Cristo?

Así que Daniel y sus amigos se plantaron firmes, de una forma valiente y educada, en aquel punto donde tenían sus lealtades, y Dios les justificó. Continuaron sus estudios, los acabaron con éxito, y sus carreras empezaron a abrirles grandes posibilidades. El último versículo del capítulo no es una mera nota a pie de página.

«Y continuó Daniel hasta el año primero del rey Ciro».

Daniel 1:21

Este versículo resume los dos aspectos del mensaje de este capítulo. Por una parte, apunta a la soberanía de Dios en la historia. Ciro fue el rey de Persia que derrocó al imperio babilonio. De modo que el imperio que había destruido a Israel en el primer versículo, en este último ya ha desaparecido de la historia… pero Daniel, su gente y su Dios sobrevivieron.

Por otra parte, indica el triunfo personal de un individuo en medio del maremágnum de su época, y las duras decisiones que tuvo que tomar durante toda su vida, desde bien joven. Dios es soberano y sigue teniendo el control del mundo; sólo Dios merece nuestra total fidelidad, frente a todos los competidores. Estas son las dos grandes verdades que brillan en este capítulo, y que seguirán apareciendo durante el resto del libro.

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