Otro libro de Chris Wright disponible en español

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Este es un estudio corto pero sagaz de este experto en el Antiguo Testamento. A continuación, el texto de la Introduccíon.

INTRODUCCIÓN

Después de abandonar mis intentos infantiles de aprender a tocar el piano según el sistema habitual, descubrí, siendo ya adolescente, que era capaz de tocarlo de oído, e hice grandes progresos durante los años sesenta, cuando me dedicaba a tocar todos los himnos y coritos del grupo de jóvenes en mi iglesia de Belfast; la mayoría de las melodías las hacía trizas, porque las tocaba usando sólo las tres o cuatro teclas que dominaba bien. Había un espiritual negro que a un pianista aficionado como yo le resultaba muy sencillo interpretar, y que además era sencillo.

Este mundo no es mi hogar, pues de paso sólo estoy.

Mi tesoro es celestial, más allá del azul voy.

Los ángeles ya me llaman desde el abierto portal,

y ya no me siento a gusto en este mundo mortal.

Me gustaba tocar aquella música tan pegadiza, pero en parte era porque me evitaba tener que cantar la letra. Porque, francamente, aquella letra no me gustaba nada. Me parecía sensiblera y sólo una verdad a medias. Como yo ignoraba el sufrimiento y la opresión del que habían brotado aquellas palabras, bajo mi punto de vista juvenil -tan idealista- me sonaban al más puro escapismo. Recuerdo que pensaba «Este mundo es mi hogar, y Dios me ha puesto en él con un propósito. Así que los ángeles ya pueden llamar a quien quieran… yo me quedo».

Y sin embargo, es evidente que la canción tiene su parte de razón. En cierto sentido, este mundo es, para el cristiano, un territorio ajeno: no el planeta en sí mismo, que forma parte de la buena creación de Dios, sino «el mundo» tal y como lo describe a veces la Biblia; el mundo de la humanidad, organizado a espaldas de Dios o en rebelión contra él; el mundo como un lugar caído y maldito, el lugar donde habitan la maldad y el pecado. Este es el mundo del que hemos sido salvados, pero en el que seguimos viviendo. De manera que sí, en cierto sentido estamos «de paso». Las expresiones referidas al peregrinaje tienen una buena tradición dentro de la Biblia. Estamos embarcados en un viaje hacia un lugar mejor, aunque la Biblia no sólo lo describe como el cielo y sus ángeles, sino como una nueva creación, un nuevo cielo y una nueva tierra. De modo que estamos viviendo en este mundo, pero bajo la luz de un destino que lo trasciende.

El Nuevo Testamento le saca punta a esta dicotomía, hablando del reino de Dios como algo en contraste y en conflicto con el reino de Satán o los reinos de este mundo. Esta es la tensión primaria bajo la que han de vivir los cristianos. Estamos «en el mundo» pero no somos de él; nos sentimos a gusto en el mundo porque sigue siendo de Dios, pero a la vez nos sentimos alienados de él porque el mundo está muy alejado de Dios. Entonces, ¿cómo puede vivir un creyente como un ciudadano del reino de Dios mientras sigue viviendo en este reino terrenal? Más concretamente, ¿cómo puede el o la creyente dar testimonio de su fe (o incluso conservarla) en medio de una cultura extraña al cristiano, anti-cristiana, tanto si esto implica la cultura de cualquier otra religión (como en los países islámicos) o la cultura occidental, secular y cada vez más pagana? En especial, ¿cómo puede lograr esto el creyente cuando el precio es que le malinterpreten, le hagan sufrir, le amenacen o incluso acaben con su vida?

Unos cristianos me dijeron en la India –y lo decían en serio– que es completamente imposible tener un negocio y mantener plenamente los estándares de integridad que presenta la Biblia. Sea lo que sea lo que uno desee hacer, los negocios no funcionan sin esos sobornos y esa corrupción que hay tras bastidores, o incluso a cara descubierta. Otros me han dicho que sí es posible, pero solamente si uno tiene mucha fe y mucho coraje. Los maestros británicos apuntan a ese ambiente de hostilidad y a veces de amenaza de acción disciplinaria que rodea a cualquier compromiso de fe cristiano, al que se acusa de ser adoctrinador e intolerante. La única cosa de la que podemos hacer un dogma en nuestra cultura es la virtud básica de no ser dogmáticos respecto a nada, en especial delante de los niños. Una cristiana abandonó su empleo cuando se hizo evidente que entre las expectativas de sus empleadores estaba la de acceder a las demandas sexuales de sus clientes como parte del proceso de formalizar contratos de negocios. En algunas regiones de la India, los cristianos que rehúsan participar en los festivales hindúes del vecindario o a contribuir a ellos económicamente, se enfrentan a la intimidación personal y al vandalismo contra sus hogares y propiedades.

Estas cosas no son nada nuevo. Los cristianos se han enfrentado a ellas desde los leones de Nerón, e incluso desde antes. También los judíos se han encontrado con los mismos problemas a lo largo de su historia. De forma que no resulta extraño que la Biblia hebrea (o Antiguo Testamento, como lo llaman los cristianos) le preste mucha atención a tales asuntos. El libro de Daniel trata el problema de una forma directa, tanto por medio de la historia de Daniel y sus amigos como de las visiones que él recibió. Uno de los temas principales del libro es cómo las personas que adoran al único Dios, vivo y verdadero –el Dios de Israel–  pueden vivir, trabajar y subsistir en medio de una nación, una cultura y un gobierno que les son hostiles y que a veces amenazan su propia vida. Y este será el eje central de nuestro libro.

Por supuesto que se ha usado Daniel con muchos otros propósitos, en especial aquellos que tienen facilidad para la aritmética y a quienes les encanta describir por anticipado el fin del mundo. Ese no es mi interés en estas páginas. Las personas que se meten a hacer juegos aritméticos enrevesados acaban siempre teniendo que revisar sus cuentas. En cualquier caso, el Nuevo Testamento nos dice que el fin del mundo será un acontecimiento sorprendente e impredecible, quizás especialmente para los que lo tienen tan bien programado. Es evidente que los recientes acontecimientos en Europa y la Unión Soviética han estropeado los cálculos de aquellos cuyas confiadas predicciones se basaban en el libro de Daniel. De modo que dejaremos que los que se ocupan de adivinar el futuro sean los astrólogos y los magos como los que desfilan por el escenario del libro de Daniel con una despreciable futilidad, y nos ocuparemos en cambio de la cuestión de la supervivencia aquí y ahora, como hicieron Daniel y sus tres amigos.

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