Vida en Comunidad

DB

Capítulo 5 – Confesión y santa cena

El prójimo, medio de la gracia

«Confesaos mutuamente vuestros pecados» (Sant 5, 16). Quedarse a solas con el propio mal es quedarse completamente solo. Y puede ser que, a pesar del culto en común, la oración en común y la comunión en el servicio, haya cristianos que permanezcan solos, sin llegar a formar realmente comunidad. ¿Por qué? Porque si bien están dispuestos a formar parte de una comunidad de creyentes, de gente piadosa, no lo están para formar una comunidad de impíos y pecadores. La comunidad piadosa, en efecto, no permite a nadie ser pecador. Por esta razón cada uno se ve obligado a ocultar su pecado a sí mismo y a la comunidad. No nos está permitido ser pecadores, y muchos cristianos se horrorizarían si de pronto descubriesen entre ellos un auténtico pecador. Por eso optamos por quedarnos solos con nuestro pecado, a costa de vivir en mentira e hipocresía; porque, aunque nos cueste reconocerlo, somos efectivamente pecadores.

Sin embargo, he aquí que la gracia del evangelio -aunque sea difícil de comprender por el piadoso- nos coloca ante la verdad y nos dice: tú eres un pecador, un pecador incurable, sin embargo, tal como eres, puedes llegar a Dios que te ama. Te quiere tal como eres, sin necesidad de que hagas nada o des nada, te quiere a ti personalmente, sólo a ti. «Dame, hijo mío, tu corazón» (Prov 23, 26). Dios ha venido hasta ti, pecador, para salvarte. ¡Alégrate! Afirmando en ti la verdad, este mensaje te libera. Ante Dios no puedes ocultarte. Ante él no sirve de nada la máscara que llevas delante de los hombres. Él quiere verte tal como eres para salvarte. Ya no tienes necesidad de mentirte a ti mismo ni a los otros como si estuvieses sin pecado. Y da gracias a Dios de que te sea permitido ser pecador, porque Dios, aunque aborrece el pecado, ama al pecador.

Jesucristo se hizo nuestro hermano en la carne para que nos uniésemos a él por la fe. En él llegó el amor de Dios al pecador. Ante él los hombres han podido manifestarse pecadores y así es como han podido recibir ayuda. Cristo ha hecho derribar todas las apariencias. El evangelio de Jesucristo ha puesto así de manifiesto la miseria del pecador y la misericordia de Dios. De esta verdad debería vivir en adelante su Iglesia. Por ello el Señor concedió a los suyos el poder de confesar y perdonar los pecados en su nombre. «A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos» (Jn 20, 23).

Por esta promesa Cristo nos ha dado la comunidad, y con ella al hermano, como un medio de gracia. El hermano ocupa desde entonces el lugar de Cristo. Ya no necesito, por tanto, fingir ante él. Puedo ser ante él el pecador que efectivamente soy porque aquí reinan la verdad de Jesucristo y su misericordia. Cristo se hizo nuestro hermano para socorremos, y desde entonces, a través de él, nuestro hermano se convierte para nosotros en Cristo, con toda la autoridad de su encargo. El hermano está ante nosotros como signo de la verdad y de la gracia de Dios. Nos es dado como ayuda. Escucha nuestra confesión en lugar de Cristo y guarda, como Dios mismo, el secreto de nuestra confesión. Por eso cuando me dirijo a mi hermano para confesarme, me dirijo al mismo Dios.

La invitación a confesarse con el hermano y a recibir el perdón fraternal en el seno de la comunidad cristiana es una invitación a aceptar la gracia de Dios en la Iglesia.

La confesión

La confesión hace posible el acceso a la comunidad. El pecado quiere estar a solas con el hombre. Lo separa de la comunidad. Cuanto más solo está el hombre, tanto más destructor es el poder que el pecado ejerce sobre él; tanto más asfixiantes sus redes, tanto más desesperada la soledad. El pecado quiere pasar desapercibido; rehúye la luz. Se encuentra a gusto en la penumbra de las cosas secretas, donde envenena todo el ser. En este sentido, una comunidad simplemente piadosa está lejos de ser invulnerable. En la confesión, en cambio, la luz del evangelio irrumpe en las tinieblas y en el hermetismo del corazón. El pecado es puesto a la luz. Lo callado es revelado, confesado. Todo lo oculto es puesto a la luz del día. La lucha es dura hasta que el pecado sube a la superficie. «Pero Dios quebranta puertas de bronce y cerrojos de hierro» (Sal 107, 16).

Se puede decir que en la confesión el pecado pierde definitivamente todo resto de autojustificación. El pecador se libera, abandona todo lo que hay en él de malo, abre su corazón a Dios y encuentra el perdón de todos sus pecados en la comunión con Jesucristo y con el hermano que le escucha. Una vez revelado y confesado, el pecado ha perdido todo su poder. Ha sido reconocido y juzgado. Ya no puede quebrantar más la comunidad. En adelante es la comunidad quien sobrelleva el pecado del hermano perdonado. Este ya no está solo con su pecado pues se ha «rendido» y entregado a Dios en la confesión. Le ha sido quitado su pecado, y en adelante forma parte de la comunidad de pecadores que viven de la gracia de Dios bajo la cruz de Jesucristo. Ahora le está permitido ser pecador y, sin embargo, gozar de la gracia divina, confesar sus pecados y encontrar así una posibilidad de comunidad. Permaneciendo oculto el pecado le separaba de la comunidad; confesado, le ayuda a encontrar la verdadera comunión fraterna en Jesucristo.

Todo lo dicho aquí se refiere únicamente a la confesión personal entre dos creyentes. Para reencontrar la comunión con toda la comunidad no es necesario confesar los pecados ante todos los componentes de ésta, ya que es la comunidad entera la que encuentro en la persona del hermano ante quien me confieso y por quien soy perdonado. En comunión con él, disfruto ya de la comunión con toda la comunidad, con toda la Iglesia. Porque, al escucharme, el hermano no actúa en su propio nombre ni por su autoridad personal, sino por encargo de Jesucristo, válido para el conjunto de la comunidad, y que no ejerce sino en virtud de una vocación. Cuando un creyente se integra en la comunidad creada por la confesión fraterna, no conocerá más la maldición del aislamiento.

El acceso a la cruz

La confesión hace posible el acceso a la cruz. La raíz de todo pecado es el orgullo, la superbia. Yo quiero vivir para mí solo, tener derecho a disponer de mí mismo, a odiar, a desear, a vivir o a morir a mi gusto. Todo nuestro ser, espíritu y carne, está inflamado de orgullo. La raíz de todo el mal que hay en nosotros es querer ser como Dios. La confesión ante el hermano es una terrible humillación: duele, humilla y abate nuestro orgullo. Presentarse ante el hermano como un pecador produce una vergüenza casi insoportable. Porque en nuestra confesión de culpabilidad sobre pecados concretos, nuestro prójimo puede asistir a la muerte dolorosa de nuestro hombre viejo.

Este acto de humillación ante un tercero es tan difícil que siempre desearíamos poder evitarlo. Nuestros ojos están tan cegados que ya no ven la promesa y la grandeza de semejante humillación. Porque no es otro que el mismo Jesucristo el que, en nuestro lugar y públicamente, ha sufrido la muerte ignominiosa del pecador. No tuvo vergüenza de ser crucificado por nosotros como un malhechor; y es precisamente nuestra comunión con él la que nos conduce a sufrir esta muerte horrible de la confesión, a fin de que participemos realmente de su cruz. La cruz de Jesucristo aniquila todo orgullo. Sin embargo no podemos acceder a ella mientras tengamos miedo de ver morir públicamente, como en el Gólgota, nuestro hombre viejo, y nos avergoncemos de pasar por esta muerte poco gloriosa del pecador en la confesión. La confesión nos introduce en la verdadera comunión de la cruz de Jesucristo y nos hace aceptar nuestra propia cruz. Quebrantados en nuestra carne y en nuestro espíritu por la humillación sufrida ante el hermano, o sea, ante Dios, podemos reconocer la cruz de Jesús como el signo de nuestra salvación y nuestra paz. Nuestro hombre viejo ha muerto, pero es Dios quien lo ha vencido. Desde ese momento tomamos parte en la resurrección de Cristo y en la vida eterna.

La ruptura con el pecado

La confesión hace posible el acceso a la nueva vida. Una vez arrojado, confesado y perdonado el pecado, la ruptura con el pasado está consumada. «Las cosas viejas han pasado». Esta ruptura significa conversión. La conversión es el otro aspecto de la confesión. «Ahora todas las cosas se han hecho nuevas» (2 Cor 5, 17). Cristo ha realizado en nosotros un nuevo nacimiento. Así como los primeros discípulos lo abandonaron todo ante la llamada de Jesús y le siguieron, así también el cristiano lo abandona todo en la confesión y sigue a su Señor. Confesión implica imitación. La vida entre Jesucristo y los suyos da comienzo. «El que oculta sus pecados no prosperará, el que los confiesa y los abandona, alcanzará misericordia» (Prov 28, 13). Confesándolas, el cristiano comienza a abandonar sus transgresiones. El poder del pecado es quebrantado. Desde este momento una victoria sigue a otra. El acontecimiento de nuestro bautismo vuelve a producirse en la confesión. Pasamos de la esclavitud de las tinieblas al reino de Jesucristo. Esta es la buena nueva, el mensaje gozoso. «Al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, la alegría» (Sal 30, 5).

El perdón de Dios

La confesión hace posible el acceso a la certeza. ¿De dónde viene entonces que nos sea más fácil confesar nuestros pecados a Dios que a nuestros hermanos? ¿No es Dios santo y sin pecado, juez justo del mal y enemigo de toda desobediencia? Nuestros hermanos, en cambio, son pecadores como nosotros y conocen por experiencia la realidad íntima y tenebrosa del mal, ¿no debería sernos más fácil acercamos a ellos que a Dios? Si esto no ocurre así, debemos preguntamos si no nos habremos engañado con frecuencia al confesar nuestros pecados a Dios; si no nos habremos confesado nuestros pecados a nosotros mismos, y si no nos los habremos perdonado también nosotros mismos. ¿No sería posible que nuestras recaídas y la debilidad de nuestra obediencia tuviesen su causa en que vivimos de un perdón ilusorio -de un autoperdón- y no del verdadero perdón de los pecados? El perdón que nos concedemos a nosotros mismos nunca nos hará capaces de romper con el pecado; únicamente la palabra de Dios, que juzga y perdona en la cruz. podrá hacerlo.

¿Quién nos dará, entonces, la certeza de que la confesión y el perdón de nuestros pecados no ha sido cosa nuestra, sino del Dios vivo? Esta certeza nos la da Dios por medio del hermano que recibe nuestra confesión. Nuestro hermano rompe el círculo de nuestro autoengaño. El que confiesa sus pecados ante el hermano sabe que ya no está a solas consigo mismo; reconoce en la presencia del otro la presencia misma de Dios. Mientras permanezca a solas conmigo mismo, la confesión de mis pecados sigue siendo equívoca. Es en presencia del hermano como mi pecado debe manifestarse a la luz del día.

Ahora bien, en vista de que siempre llegará el momento en que esto tenga que ocurrir, es mejor que ocurra ahora, entre mi hermano y yo, no en el último día en la claridad del juicio final. La gracia de poder confesar nuestros pecados al hermano nos evita los terrores del juicio final. Por el hermano puedo estar seguro ya en este mundo de la realidad de Dios, de su juicio y su perdón. Y así como la presencia del hermano garantiza la autenticidad de la confesión de mis pecados, así también la promesa de perdón que él me da en nombre de Dios me da la certeza absoluta de que soy perdonado. Dios nos concedió la gracia de poder confesarnos unos con otros para que estuviésemos seguros de su perdón.

Confesión de pecados concretos

Pero para que esta certeza del perdón sea real, es necesario que nuestra confesión sea concreta. La confesión general no sirve más que para hacer a los hombres más hábiles para justificarse a sí mismos. Yo no puedo conocer toda la perdición y corrupción de la naturaleza humana más que por la experiencia personal, es decir, en la experiencia de sus pecados concretos y precisos. Por eso una confrontación con los diez mandamientos será la mejor preparación para la confesión. Sin esto, corro el peligro de caer en la hipocresía y quedar sin consuelo. Jesús trataba con los pecadores públicos, publicanos y prostitutas. Ellos sabían para qué tenían necesidad de ser perdonados, y recibían el perdón como algo aplicado a un pecado muy concreto. Al ciego Bartimeo le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?». Deberíamos poder responder claramente a esta pregunta antes de la confesión; ello nos permitirá recibir el perdón de pecados muy concretos que hemos cometido y, al mismo tiempo, el perdón de todos nuestros pecados, conocidos o no.

¿Significa todo esto que la confesión es una ley impuesta por Dios? No, constituye simplemente un medio del que Dios se vale para ofrecer su ayuda al pecador. Puede darse el caso -y es una gracia de Dios- de que alguien acceda a la certeza, a la vida nueva, a la cruz y a la comunidad sin la ayuda de la confesión fraterna. Puede darse el caso de que alguien no dude nunca de su arrepentimiento y perdón personal, y que reciba así, humillándose a solas con Dios, el perdón que éste concede. Pero aquí nos estamos refiriendo a los demás. El mismo Lutero pertenecía a los que no pueden imaginarse la vida cristiana sin la confesión fraterna. Dice en el Catecismo mayor: «Por esto, cuando exhorto a los creyentes a que se confiesen sus pecados unos con otros, les exhorto simplemente a ser cristianos». La ayuda que Dios pone a nuestra disposición por medio de la confesión fraterna es ofrecida a todos los que, pese a su esfuerzo, no consiguen acceder al gozo de la comunidad, de la cruz, de la vida nueva y de la certeza. Ciertamente que la confesión se deja a la libertad de los creyentes, pero ¿se puede rehusar sin perjuicio una ayuda que Dios mismo ha creído necesario ofrecer?

Con quién confesarse

¿A quién debemos confesarnos? De acuerdo con la promesa de Jesús, todo cristiano puede convertirse en confesor de sus hermanos. Pero, ¿nos comprenderá? Puede ser que el hermano que escucha nuestra confesión posea una vida cristiana muy superior a la nuestra. ¿No le incapacitaría precisamente mi pecado personal para comprenderme, y le apartaría de mí? Para el creyente que vive bajo la cruz de Jesús y que ha reconocido en ella el abismo de impiedad del corazón humano y del propio corazón, ningún pecado puede serle ya extraño; quien se haya horrorizado una sola vez del propio pecado que crucificó a Jesús, ya no puede espantarse ante los pecados de los otros por muy graves que sean. Por medio de la cruz de Jesús ha llegado a conocer el corazón humano. Conoce la inmensidad de su perdición, envenenada por el vicio y la debilidad, y su extravío por caminos malditos, pero sabe también el precio de la gracia y la misericordia que le ha devuelto a Dios, y también que sólo el creyente que permanece bajo la cruz puede recibir mi confesión.

No es la experiencia de la vida sino la experiencia de la cruz la que hace al confesor. El mejor conocedor del hombre sabe infinitamente menos del corazón humano que el creyente que vive simplemente del conocimiento de la cruz de Cristo. Porque existe algo que la mayor agudeza, el mayor talento y la mayor experiencia psicológica, no podrán jamás conseguir: comprender la realidad del pecado. La ciencia psicológica conoce la angustia, la debilidad y la desesperación del hombre, pero no sabe lo que es estar sin Dios. En consecuencia no sabe tampoco que, abandonado a sí mismo, el hombre camina hacia la perdición y que sólo el perdón puede salvarle. Esto sólo lo sabe el cristiano.

Ante el psicólogo yo no soy más que un enfermo, ante el hermano en la fe me está permitido ser un pecador. El psicólogo comenzará por escudriñar mi corazón, pero, pese a todo, no podrá descubrir la verdadera causa del mal; sin embargo, el hermano sabe de antemano cuando acudo a él: aquí viene un pecador como yo, un sin Dios que quiere confesarse y busca el perdón de Dios. El psicólogo me contempla como si para él no existiese Dios; el hermano en la fe me contempla ante Dios que, en la cruz, juzga y perdona. Lo que nos hace tan lamentablemente incapaces de recibir la confesión no es la falta de conocimientos psicológicos, sino simplemente la falta de amor por Cristo crucificado.

El contacto diario y profundo con la cruz de Cristo despoja al cristiano tanto del espíritu humano de juicio como del de indulgencia, dándole en cambio una actitud de severidad y de amor conforme al espíritu de Dios. Diariamente el creyente hace la experiencia de la muerte y resurrección del pecado, justificado por la gracia. De este modo es empujado a amar a sus hermanos con el amor y la misericordia de Dios que, a través de la muerte, conduce al pecador a la vida nueva.

¿Quién puede, entonces, escuchar nuestra confesión? Aquel que vive bajo la cruz. Allí donde se vive de la predicación de la cruz, la confesión fraterna surge por sí misma.

El perdón de los pecados

La comunidad cristiana que practica la confesión debe guardarse de dos peligros. El primero atañe al confesor. No es bueno que una sola persona desempeñe esta función para toda la comunidad. Aparte de que no <lis-pondría de tiempo material suficiente, correría el riesgo de considerar la confesión como una simple formalidad, o caería en el abuso de ejercer una tiranía espiritual sobre las almas. Para evitar este peligro, quien no practique la confesión debe abstenerse de recibirla. Sólo quien ha sabido primero humillarse puede escuchar sin peligro una confesión.

El segundo peligro atañe al que confiesa. Que se guarde, por su propia salvación, de hacer de la confesión una obra piadosa. Esto sería una manera impúdica, estéril y abominable de entregar su corazón a otro; sería hacer de la cosa más sagrada una charlatanería deshonesta. La confesión transformada en una obra piadosa es una idea del diablo. Para atrevemos a penetrar en este abismo de la confesión, no debemos exigir otra cosa que la gracia y la ayuda ofrecida por Dios y su promesa de perdón. La confesión considerada como obra meritoria de piedad entraña la muerte espiritual; practicada únicamente sobre el fundamento de la promesa de Dios, da la vida. No tiene más que una sola razón de ser, una sola finalidad: el perdón de los pecados.

La comunidad eucarística

Aunque es verdad que la confesión constituye una acción en sí misma completa, cumplida en nombre de Cristo y practicada en la comunidad tantas veces como sea necesaria, sin embargo, tiene como objetivo especial preparar a la comunidad de los creyentes para participar en la santa cena. Reconciliados con Dios y con los hombres, los cristianos están en disposición de recibir el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Jesús exige que nadie se acerque al altar sin estar reconciliado con sus hermanos. Esta exigencia, que es válida para la oración y el culto en general, urge con mayor razón para el sacramento.

El día que precede a la santa cena, los miembros de la comunidad cristiana harán bien en reunirse para pedirse mutuamente perdón de los propios pecados. Si se rechaza este reencuentro con los hermanos es imposible acercarse a la mesa del Señor en las disposiciones espirituales necesarias. Para recibir juntos la gracia de Dios por medio del sacramento es necesario que los creyentes hayan destruido todo fermento de cólera, celos, maledicencia y hostilidad que haya entre ellos. Aunque pedir perdón a un hermano no significa que haya que hacer ahora una confesión, y Jesús formalmente no exige más, sin embargo la preparación para la santa cena podrá despertar en el creyente la necesidad de adquirir una certeza total sobre el perdón de ciertos pecados concretos que le angustian y le atormentan, y que sólo Dios conoce. En este caso, se nos recuerda que Dios nos ofrece la posibilidad de confesarnos con alguno de nuestros hermanos, y de recibir su absolución.

La invitación a la confesión fraterna, hecha en nombre de Jesús, va dirigida por tanto a todos los que el pecado ha sumergido en una angustia y un desamparo particularmente graves, y que buscan la certeza del perdón. El poder de perdonar los pecados, que le valió a Jesús ser acusado de blasfemo, se manifiesta ahora en la comunidad cristiana por la presencia decisiva de su Señor. Cada uno puede, en nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu santo, otorgar a su hermano el perdón de todos sus pecados, y se alegrarán los ángeles por el pecador arrepentido. De esta manera, el tiempo de preparación para la santa cena será un tiempo de exhortación, consolación y oración, lleno a la vez de angustia y de alegría.

El día de la santa cena es un día de fiesta para la comunidad cristiana. Reconciliados plenamente con Dios y los hermanos, los creyentes reciben el don del cuerpo y de la sangre de Jesucristo, es decir, el perdón, la vida nueva y la bienaventuranza eterna. Sus relaciones con Dios y con los hombres quedan transformadas. La comunidad eucarística constituye el cumplimiento supremo de la comunidad cristiana. El vínculo que une a los fieles comulgantes permanecerá en la eternidad. La comunidad ha alcanzado su meta. El gozo de Cristo y su Iglesia es completo. La vida comunitaria de los cristianos bajo la autoridad de la palabra de Dios ha encontrado en el sacramento su plenitud.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Dietrich Bonhoeffer y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s