Vida en Comunidad

DB

Capítulo 4 El servicio

 Las tareas de la comunidad

«Entonces, comenzaron a discutir sobre quién sería el mayor de ellos» (Le 9, 46). Sabemos quién propaga este pensamiento en la comunidad cristiana, pero tal vez no reflexionamos suficientemente sobre el hecho de que ninguna comunidad cristiana puede formarse sin que ese pensamiento surja inmediatamente como semilla de división. No bien se reúnen los hombres, cuando ya comienzan a observarse, a juzgarse, a clasificarse. Con ello se entabla desde el mismo nacimiento de la comunidad, una terrible lucha invisible y, a veces, inconsciente, que pone en juego su misma existencia. «Entonces comenzaron a disputar… », esto basta para destruir la comunidad. Por esta razón es vital para toda comunidad cristiana que, desde el primer momento, desenmascare a ese enemigo que la amenaza, y acabe con él. No hay tiempo que perder, porque desde el primer instante de su encuentro el hombre busca una posición estratégicamente ventajosa frente al otro.

He aquí a fuertes y a débiles juntos. Si no se es de los primeros, se hará valer inmediatamente el derecho de los débiles, simples y complicados, piadosos y tibios, sociables y retraídos: ¿no intentan todos asegurar de entrada sus posiciones respectivas en detrimento de los otros, e imponer su manera de ser? Se necesitaría no ser hombre para no buscar instintivamente una posición segura frente a los otros; por la que se luchará con todas las fuerzas y a la que no se renunciará a ningún precio. Esta tendencia a afirmarse puede revestir las formas más civilizadas y piadosas, sin embargo, es importante que la comunidad cristiana se dé cuenta claramente de que puede encontrarse en cualquier momento en la situación descrita en «comenzaron a discutir sobre quién sería el mayor de ellos». Es la lucha del hombre natural por su autojustificación, que le hace comparar, juzgar y condenar. La justificación del hombre por sí mismo y el hecho de juzgar a los demás son inseparables, como lo son la justificación por la gracia y el servicio al prójimo que de ella se desprende.

El medio más eficaz de combatir nuestros malos pensamientos es hacerlos enmudecer. Así como no se puede superar la autojustificación a no ser con la ayuda de la gracia, así tampoco se pueden contener y sofocar los pensamientos condenatorios si no es impidiendo constantemente su manifestación, salvo que sea por la confesión de los pecados, de la que hablaremos más adelante. El que frena su lengua, domina su cuerpo y su alma (Sant 3, 3).

No juzgar

Una regla esencial de la vida cristiana comunitaria es que nadie se permita pronunciar una palabra secreta sobre otro. Está claro que aquí no nos referimos a la corrección fraterna personal. Lo que se proscribe es la palabra oculta que juzga al otro, incluso cuando se pretende ayudar, y la intención es buena; pues es precisamente bajo esta apariencia de legitimidad por donde mejor se infiltra en nosotros el espíritu de odio y de maldad. Este no es el momento de enumerar los diferentes modos de aplicación y las limitaciones de esta regla. Se trata más bien de una decisión personal y concreta. Bíblicamente la cuestión está clara: «Te sientas a hablar contra tu hermano, deshonras al hijo de tu madre … Te acusaré, te lo echaré en cara» (Sal 50, 20-21). «Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres cumplidor de la ley, sino juez. Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar o perder; pero tú ¿quién eres para juzgar a otro?» (Sant 4, 11-12). «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino palabras buenas y oportunas que favorezcan a los oyentes» (Ef 4, 29).

En una comunidad donde se observa desde el principio esta disciplina de la lengua, cada uno en particular podrá hacer un descubrimiento incomparable. No podrá dejar de observar continuamente a su prójimo, de juzgarlo, de condenarlo, de ponerle en su lugar y presionarle. Pero también podrá dejarle completamente libre en la situación en la que Dios le ha colocado respecto a él. Verá ensancharse su horizonte y descubrirá por primera vez, a propósito del prójimo, la riqueza y el esplendor del don de Dios creador.

Dios no creó a mi prójimo como yo lo hubiera creado. No me lo dio como un hermano a quien dominar, sino para que, a través de él, pueda encontrar al Señor que lo creó. En su libertad de criatura de Dios, el prójimo se convierte para mí en fuente de alegría, mientras que antes no era más que motivo de fatiga y pesadumbre. Dios no quiere que yo forme al prójimo según la imagen que me parezca conveniente, es decir, según mi propia imagen, sino que él lo ha creado a su imagen, independientemente de mí, y nunca puedo saber de antemano cómo se me aparecerá la imagen de Dios en el prójimo; adoptará sin cesar formas completamente nuevas, determinadas únicamente por la libertad creadora de Dios. Esta imagen podrá parecerme insólita e incluso muy poco divina; sin embargo, Dios ha creado al prójimo a imagen de su Hijo, el Crucificado, y también esta imagen me parecía muy extraña y muy poco divina, antes de llegar a comprenderla.

La función del creyente

En lo sucesivo, todas las diferencias existentes entre los miembros de la comunidad, diferencias de fuerza o debilidad, de inteligencia o sandez, de talento o incapacidad, de piedad o impiedad, ya no serán motivo de discusión, de juicio, de condenación, en una palabra, de autojustificación; al contrario, serán ocasión de alegría y de servicio mutuo. Cada miembro de la comunidad recibirá en ella su lugar bien determinado, pero no aquel en el que afirmarse con mayor éxito, sino aquel desde el cual pueda servir mejor a los demás. En la comunidad cristiana todo depende de que cada uno llegue a ser un eslabón insustituible de la misma cadena: sólo cuando hasta el eslabón más pequeño está bien soldado, la cadena es irrompible. Una comunidad que permite la existencia de miembros que no se aprovechan está labrando su ruina. Por eso será conveniente que asigne a cada uno una tarea especial a fin de que en horas de duda nadie pueda sentirse inútil. Toda comunidad cristiana debe saber que no solamente los débiles necesitan de los fuertes, sino también que los fuertes no pueden prescindir de los débiles. La eliminación de los débiles significaría la muerte de la comunidad.

Servir a los demás

No es la autojustificación y, en consecuencia, el espíritu de violencia lo que debe prevalecer en la comunidad, sino la justificación por la gracia y el consiguiente espíritu de servicio mutuo. Aquel que ha experimentado, aunque sea una sola vez, la misericordia de Dios en su vida, en adelante no desea más que una cosa: servir a los otros. Ya no le atrae el papel pretencioso del juez, sino que desea encontrarse entre los pobres y humildes allí donde Dios lo ha encontrado. «Unánimes entre vosotros, no seáis altivos, sino acomodaos a los humildes» (Rom 12, 16).

El que quiere aprender a servir, debe aprender ante todo a tenerse en poco. «Por la gracia que me ha sido dada, os digo a cada uno de vosotros: no os sobreestiméis más de lo que conviene estimaros» (Rom 12, 3). «Conocerse a sí mismo a fondo y aprender a tenerse en poco, es la tarea más alta y útil. No buscar nada para sí mismo y tener, en cambio, siempre una buena opinión de los demás, es la gran sabiduría, la gran perfección» (Tomás de Kempis). «No seáis sabios en vuestra propia estimación» (Rom 12, 16). Sólo aquel que vive del perdón de sus pecados en Jesucristo adquiere la verdadera humildad, pues sabe que ese perdón marcó el fin de su propia sabiduría: recuerda que la propia sabiduría perdió a los primeros hombres que quisieron conocer el bien y el mal, y que Caín, el primer hombre nacido sobre la tierra después de la caída, fue un homicida. Ese es el fruto de la sabiduría humana. Debido a que el cristiano ya no puede creerse sabio, tendrá en poca estima sus planes y proyectos personales, y comprenderá que es bueno que su voluntad sea domeñada en confrontación con el prójimo. Estará dispuesto a considerar más importante y más urgente la voluntad del prójimo que la suya propia. ¿Qué importa si se desbaratan los propios planes? ¿Acaso no es mejor servir al prójimo que imponerle la propia voluntad?

No ser altivos

También la honra del prójimo es más importante que mi propia gloria. «¿Cómo vais a creer vosotros, que recibís la gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios?» (Jn 5, 44). La apetencia de la propia gloria impide la fe. El que busca su propia gloria se olvida de Dios y del prójimo. ¿Qué importa que se me hagan agravios? ¿Acaso no habría merecido un castigo más severo si Dios no hubiera procedido conmigo misericordiosamente? ¿Acaso la injusticia que padezco no está mil veces justificada? ¿No será útil y bueno para mi humildad que aprenda a soportar en silencio y pacientemente alguna cosa? «Es mejor un espíritu paciente que un espíritu altivo» (Ecl 7, 8). El que vive de la justificación por la gracia, está dispuesto a aceptar también ofensas y vejaciones sin protesta, como provenientes de la mano severa y misericordiosa de Dios. No es ciertamente buena señal que no podamos soportar tales cosas sin apelar enseguida al ejemplo de Pablo que, maltratado, hizo valer su derecho de ciudadano romano, o al de Jesús, que dijo al que le golpeaba: «¿Por qué me pegas?», En cualquier caso, ninguno de nosotros podrá obrar como Cristo o Pablo si no ha aprendido primero, como ellos, a callar ante el oprobio y el ultraje. El pecado de la susceptibilidad que con tanta presteza florece en la comunidad nos demuestra continuamente cuánta ambición o, lo que es lo mismo, cuánta incredulidad hay latente todavía.

En fin, el no creerse sabio, el humillarse ante el humilde, significan simple y llanamente tenerse por el más grande pecador. Esto suscita la protesta más ardiente del hombre natural, y también la del cristiano consciente de sí mismo. Suena a exageración, a hipocresía. Sin embargo, el apóstol Pablo dijo de sí mismo que era el primero, es decir, el más grande de los pecadores (1 Tim 1, 15), precisamente allí donde habla de su ministerio de apóstol. Yo no puedo conocer verdaderamente mi pecado si no desciendo a esta profundidad. Si mi pecado, al compararlo con el de los otros, me sigue pareciendo de algún modo menos grave y menos condenable, es que mi desconocimiento de él es absoluto. Mi pecado es necesariamente el mayor, el más grave y el más condenable, porque para el pecado de los demás el amor fraterno me hace encontrar excusas, pero para el mío no hay excusa. Por esta razón es el más grave.

Hasta estas profundidades de humildad habrá que descender para poder servir a los hermanos en la comunidad. ¿Cómo podría servir a mi hermano con humildad si su pecado me parece mucho más grave que el mío? Convencido de mi superioridad ¿podría seguir teniendo esperanza en él? Esto sería una hipocresía. «No pienses que has hecho algún progreso en tanto no te creas inferior a todos los demás» (Tomás de Kempis).

¿En qué consiste, entonces, el verdadero servicio a nuestros hermanos en la comunidad? Hoy tendemos fácilmente a responder que el único servicio auténtico es el ministerio de la palabra. Es verdad que este servicio es único y que todos los demás le están subordinados, pero una comunidad cristiana no se compone solamente de predicadores de la palabra. Abusar de la palabra y dejar de lado otras cosas, importantes también, sería una insensatez.

Escuchar a los otros

El primer servicio que uno debe a otro dentro de la comunidad consiste en escucharlo. Así como el comienzo de nuestro amor por Dios consiste en escuchar su palabra, así también el comienzo del amor al prójimo consiste en escucharlo. El amor que Dios nos tiene se manifiesta no solamente en que nos da su palabra, sino también en que nos escucha. Escuchar a nuestro hermano es, por tanto, hacer con él lo que Dios ha hecho con nosotros.

Ciertos cristianos, y en especial los predicadores, creen a menudo que, cada vez que se encuentran con otros hombres, su único servicio consiste en «ofrecerles» algo. Se olvidan de que el saber escuchar puede ser más útil que el hablar. Mucha gente busca alguien que les escuche y no Jo encuentran entre los cristianos, porque estos se ponen a hablar incluso cuando deberían escuchar. Ahora bien, aquel que ya no sabe escuchar a sus hermanos, pronto será incapaz de escuchar a Dios, porque también ante Dios no hará otra cosa que hablar. Introduce así un germen de muerte en su vida espiritual, y todo lo que dice termina por no ser más que verborrea religiosa.

El que no sabe escuchar detenida y pacientemente a los otros hablará siempre al margen de los problemas y, al final, ni se dará cuenta de ello. El que piensa que su tiempo es demasiado valioso para perderlo escuchando a los demás, jamás encontrará tiempo para Dios y el prójimo. Sólo lo encontrará para sí mismo, para su palabrería y sus proyectos personales.

Aplicada al prójimo, la cura de almas se distingue fundamentalmente de la predicación en que a la misión de hablar se añade la de escuchar. Se puede escuchar a medias, convencido de que, en el fondo, ya se sabe todo lo que el otro va a decir. Esta es una actitud impaciente y distraída de escuchar que desprecia al prójimo, y en la que no se espera otra cosa sino el momento de quitarle la palabra. También aquí nuestra actitud hacia el hermano no hace más que reflejar nuestra relación con Dios. No es de extrañar que no seamos capaces de cumplir la tarea más importante que Dios nos ha confiado, esto es, escuchar la confesión del hermano, si le cerramos los oídos en las cosas menos importantes.

El mundo secular de hoy tiene conciencia de que, frecuentemente, sólo es posible ayudar a un ser humano si se le escucha con seriedad; sobre este convencimiento ha edificado su propia cura de almas, secular, que goza de la afluencia de los hombres y, entre ellos, también de los cristianos. Estos en cambio han olvidado que les ha sido encomendado el ministerio de escuchar por aquel que es «el oyente» por excelencia, que quiere hacernos partícipes de su obra. Debemos escuchar con los oídos de Dios para poder hablar con la palabra de Dios.

Ayudarse

El segundo servicio que debemos prestarnos mutuamente en la comunidad cristiana es el de ayudarnos diariamente. Pensamos en primer lugar en la ayuda material, en las pequeñas cosas de las que está hecha la vida de cualquier comunidad. Nadie debe creerse por encima de estas tareas. Temer perder el tiempo con ellas, es conceder demasiada importancia al propio trabajo. Debemos estar siempre dispuestos a aceptar que Dios venga a interrumpirnos. Repetidamente, incluso a diario, se cruzará en nuestro camino y trastocará nuestros proyectos humanos con sus propias exigencias. Absortos en nuestras importantes ocupaciones diarias, podemos pasar de largo como hizo el sacerdote ante el hombre que había caído en mano de los ladrones … quizás también enfrascados en la lectura de la Biblia. De este modo pasamos de largo ante el signo que Dios ha erigido bien visible en nuestra vida para mostrarnos que lo que cuenta no es nuestro camino sino el suyo. No deja de sorprender que, a menudo, son precisamente los cristianos y teólogos los que creen que su trabajo es tan importante y urgente que no están dispuestos a dejarse interrumpir por nada. Con ello creen servir a Dios, pero, al hacerlo, desprecian «su camino torcido que, sin embargo, es recto» (Gottfried Arnold). No quieren saber nada de Aquel que se cruza en nuestro camino. No debemos negar nuestra ayuda a quienes la necesiten, ni administrar nuestro tiempo por nuestra cuenta, sino dejar que sea Dios quien nos lo llene; esto forma parte de la escuela de la humildad. En el claustro, el voto de obediencia al superior despoja al monje del derecho a disponer de su tiempo. En la vida evangélica de comunidad, el voto es reemplazado por el libre servicio a los hermanos. Y sólo cuando nuestras manos no vacilen en brindarse con solicitud diaria a la obra de amor y misericordia, podrá nuestra boca pronunciar, con la alegría y la fuerza convincentes de la fe, la palabra de afecto que convence.

Aceptar al prójimo

En tercer lugar hablaremos del servicio de soportar a los otros. «Sobrellevad los unos las cargas de los otros y cumpliréis así la ley de Cristo» (Gál 6, 2). La ley de Cristo es, por tanto, una ley del sobrellevar. Sobrellevar es soportar. Para el cristiano, y precisamente para él, el prójimo es una carga. Esto en ningún caso lo es para el pagano. Este evita que el prójimo sea para él una carga. El cristiano, en cambio, debe soportar la carga del prójimo, debe soportar a su hermano. Sólo así, como carga, el prójimo se convierte verdaderamente en un hermano y no en un objeto que se posee. La carga de los hombres resultó tan pesada para el mismo Dios, que caminó hasta la cruz bajo su peso. Dios verdaderamente nos ha llevado y soportado en el cuerpo de Jesucristo. Nos ha llevado como una madre a su hijo, como un pastor a su oveja perdida. Dios acogió a los hombres, en tanto que ellos le abatieron, pero quedó con ellos y ellos con él. Soportándolos, permaneció en comunidad con ellos. Esta es la ley de Cristo que se cumplió en la cruz. De esta ley participan los creyentes. Ellos deben sobrellevar y soportar al prójimo pero -y es lo más importante- pueden hacerlo ya, puesto que esta ley se cumplió por la muerte de Jesucristo.

Es sorprendente la frecuencia con que aparece en la Escritura la palabra sobrellevar, soportar. Y es que con esa sola palabra se puede expresar toda la obra de Jesucristo. «Ciertamente fue él quien tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por castigado y herido por Dios y humillado … él soportó el castigo que nos trae la paz» (Is 53, 4- 5). Por esta razón, la vida entera del cristiano es también vida bajo la cruz. Así se realiza la comunidad del cuerpo de Cristo, la comunidad bajo la cruz, en la que nosotros aceptamos y llevamos las cargas unos de otros. De lo contrario, no somos una comunidad cristiana y renegamos de la ley de Cristo.

Lo que constituye en primer lugar una carga para el cristiano es la libertad del prójimo, de la que ya hemos hablado. Esta libertad va en contra de nuestra tendencia a dominar sobre los otros; sin embargo, debemos aceptarla. Podríamos deshacernos de esta carga y atentar contra la libertad del prójimo intentando formarle a nuestra imagen. Debemos, sin embargo, dejar que sea Dios quien cree su imagen en él. Respetaremos así la libertad de sus criaturas mientras llevamos la carga que esta libertad supone para nosotros. Entendemos por libertad del prójimo todo lo que constituye su naturaleza, sus cualidades, sus talentos, incluidas también las debilidades y rarezas que tanto ponen a prueba nuestra paciencia, también todas las fricciones, contrastes y choques que puedan surgir entre él y nosotros. Sobrellevar la carga del prójimo significa, por tanto, soportar la realidad del otro como criatura, aceptarla y alegrarnos de hacerlo.

Esto resultará especialmente difícil en una comunidad que agrupe a fuertes y a débiles en la fe. Que el débil no juzgue al fuerte; que el fuerte no desprecie al débil. Que el débil se cuide del orgullo, y el fuerte, de la indiferencia. Que nadie busque su propio derecho. Si cae el fuerte, que el débil se guarde de aplaudir en su corazón; si cae el débil, que el fuerte lo ayude amistosamente a levantarse. El uno necesita de tanta paciencia como el otro. «¡Ay del solo, que si cae, no tiene quien lo levante!» (Ecl 4, 10). La Escritura subraya este deber de soportar a los otros en su libertad cuando exhorta: «Soportándoos los unos a los otros» (Col 3, 13). «Con toda humildad, mansedumbre y longanimidad, soportándoos los unos a los otros en caridad» (Ef 4, 2).

El pecado del prójimo

Por el abuso de su libertad, es decir, por el pecado, el prójimo se convierte también en carga para el cristiano. El pecado de nuestro prójimo es aún más difícil de soportar que su libertad, porque destruye la comunión que tenemos con Dios y con los hermanos. Nosotros debemos soportar aquí la ruptura de la comunidad que Jesucristo ha instituido entre nosotros. Sin embargo también aquí puede manifestarse todo el poder de la gracia sobre aquellos que saben soportar el pecado del hermano. El no menospreciar al pecador, sino atreverse a soportarlo, significa no darlo por perdido, aceptarlo como tal y facilitarle, por el perdón, el acceso a la comunidad. «Hermanos, si alguno fuere hallado en falta … corregidle con espíritu de mansedumbre» (Gál 6, 1). Porque Cristo nos soportó y aceptó como pecadores, nosotros podemos soportar y aceptar a los pecadores en su Iglesia, fundada sobre el perdón de los pecados. Ya no necesitamos juzgar los pecados de los otros, sino que se nos concede el poder soportarlos. Esto es una gracia, pues ¿cuál es el pecado que se comete en la comunidad que no nos obligue a examinamos y a juzgamos a nosotros mismos de nuestra falta de perseverancia en la oración y en la intercesión, de nuestra negligencia en el servicio, amonestación y consuelo a nuestros hermanos, en una palabra, de todo el mal que hemos hecho a la comunidad, a nuestro prójimo y a nosotros mismos, por nuestro pecado y nuestra indisciplina personal? Todo pecado personal es una carga y una acusación que pesa sobre toda la comunidad, por eso la Iglesia se alegra por cada nuevo dolor, por cada nueva carga que soporta por el pecado de sus miembros. Porque así se sabe juzgada digna de llevar y perdonar los pecados. «Mira, tú soporta a todos, como ellos también te soportan a ti; todas las cosas, buenas o malas, nos son comunes a todos» (Lutero).

El ministerio del perdón de los pecados es un servicio diario. Se ejerce silenciosamente en los ruegos que cada uno hace por los otros; y el cristiano que no se cansa de prestar este servicio puede estar seguro de que sus hermanos ruegan también por él. Aquel que soporta a los otros sabe que los otros también le soportan a él, y esto es lo que le da fuerzas para poder hacerlo.

Cuando estas tres tareas del servicio cristiano -escuchar, ayudar y soportar a los hermanos- son cumplidas fielmente, se hace posible cumplir igualmente la última y más importante: el servicio de la palabra de Dios.

La palabra de Dios

Nos referimos aquí a la palabra libre, entre dos personas, no vinculada a oficio, lugar o tiempo determinados. Se trata de esa situación, única en el mundo, en que un hombre, con palabras humanas, testifica a su semejante la realidad de Dios, su consuelo y sus caminos, su bondad y su severidad. Muchos son los peligros que pueden presentarse aquí. ¿Cómo podría ser nuestra palabra la apropiada a una situación, si antes no hemos escuchado a aquellos a quienes queremos exhortar? ¿Cómo podría ser fidedigna y persuasiva, si está en contradicción con nuestra actitud en la ayuda mutua fraterna? y ¿cómo, finalmente, podría ser liberadora y salvadora, si en lugar de proceder de la caridad que lo soporta todo, procede de la impaciencia y del espíritu de dominio? Por el contrario, cuando hemos sabido escuchar, servir y soportar a nuestro prójimo, tenemos más fácilmente deseos de callarnos.

Nuestra profunda desconfianza hacia todo cuanto sea palabra, sofoca a menudo lo que deberíamos decir personalmente al hermano. ¿Qué puede aportar una débil palabra humana al otro? ¿Debemos multiplicar los discursos vacíos? ¿Debemos, ante una angustia real, pedir ayuda a los profesionales de la palabra? ¿Hay algo más peligroso que abusar de la palabra de Dios? Pero, por otra parte, ¿hay algo más grave que callarse cuando se debería hablar? ¡Cuánto más fácil resulta la palabra desde el pulpito que la que voluntaria y libremente pronunciamos, debatiéndonos entre la responsabilidad de callarnos y el temor de hablar!

A este temor de asumir la responsabilidad de hablar en nombre de Dios y de su palabra, se añade el temor ante los otros. ¡Cuánto cuesta a menudo pronunciar el nombre de Jesús delante de otros! También aquí se mezcla lo falso con lo verdadero. ¿Quién nos autoriza -pensamos- a introducirnos en la vida del otro? ¿Tenemos derecho a abordarlo y ponerlo entre la espada y la pared? Afirmar de entrada que todos tienen este derecho y este deber no sería dar pruebas de comprensión en la fe. El espíritu de coacción podría reaparecer aquí bajo su aspecto más detestable. Creemos que el prójimo tiene el derecho y el deber de defenderse contra las intromisiones inoportunas en su vida interior. Posee su propio misterio que no debe profanarse sin gran perjuicio, y que él no puede entregar sin destruir su personalidad. Se trata, más que del misterio de su saber o de su sensibilidad, del misterio de su libertad, de su salvación, de su ser profundo. Y sin embargo debe reconocerse que este escrúpulo, en sí legítimo, tiene una afinidad peligrosa con aquellas palabras de Caín: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?», El respeto aparentemente justificado ante la libertad del prójimo puede caer bajo la maldición de Dios: «Te pediré cuentas de su sangre» (Ez 3, 18).

Por esta razón una comunidad cristiana exige a sus miembros que se den testimonio personal respecto a la palabra y a la voluntad de Dios. Es totalmente impensable que los hermanos se abstengan de hablar entre ellos precisamente de aquello que les es más vital. Sería anticristiano negar deliberadamente a un hermano este servicio fundamental. Si la palabra no quiere aflorar a nuestros labios, deberíamos preguntarnos si, a fin de cuentas y a pesar de todo, no consideramos a nuestro hermano únicamente en su dignidad humana que no queremos coaccionar, olvidándonos así de lo más importante: que nuestro hermano, por respetable, encumbrado o ilustre que sea, es un hombre como nosotros; un pecador necesitado de la palabra de Dios y que en sus tribulaciones semejantes a las nuestras, tiene necesidad de ayuda, de consuelo y de perdón.

La base de la que hay que partir es esta: saber que mi hermano es un pecador abandonado y perdido en toda su dignidad humana si no recibe ayuda. Esto no significa desacreditar ni deshonrar su honor, al contrario, es tributarle el único verdadero que posee el hombre: hacerle saber que, aunque pecador, está destinado a tomar parte en la misericordia y gloria de Dios, a ser hijo suyo. El conocimiento de la verdadera situación del prójimo da a nuestra palabra la libertad y franqueza necesarias. Nuestro propósito se orienta a la ayuda que necesitamos unos de otros. Nos mostramos el camino que Cristo nos manda seguir. Nos ponemos mutuamente en guardia contra la desobediencia y sus consecuencias mortales. Nuestra palabra, es a la vez, dulce y dura porque conocemos la bondad y severidad de Dios. ¿Por qué tenernos miedo unos a otros, cuando sólo debemos temer a Dios? ¿Por qué temer no ser comprendidos, si nosotros hemos comprendido perfectamente cuando alguien -a veces con palabras torpes- nos ha hablado del consuelo y la amonestación de Dios? ¿Por qué, si no, Dios nos ha hecho el regalo de la fraternidad cristiana?

Cuanto más aprendemos a dejarnos interpelar por el prójimo y aceptar con humildad y reconocimiento sus duros reproches y amonestaciones, tanto más libres y objetivos seremos en aquello que tengamos que decirle. Aquel que por susceptibilidad o amor propio rechaza la palabra del hermano, tampoco es capaz de decir la verdad al otro con humildad por temor a ser rechazado y tener así un nuevo motivo de sentirse herido. En nuestra relación con el prójimo, la susceptibilidad toma necesariamente la forma de adulación y, en consecuencia, de traición y mentira. La verdad y el amor son, por el contrario, el clima de la humildad. La palabra de Dios sigue siendo la fuerza que la inspira y por la que se deja guiar hacia el prójimo. Y puesto que no busca ni teme nada para sí mismo, el humilde es capaz de ofrecer a otros la ayuda de la palabra.

La amonestación es necesaria siempre que el hermano cae en un pecado manifiesto; es mandato de Dios. La disciplina debe comenzar a ejercerse a partir del ámbito más estrecho de la comunidad. Se trata de hablar clara y firmemente siempre que la comunidad familiar -y por lo mismo la Iglesia- está amenazada por modos de vivir o de pensar que reniegan de la palabra de Dios. Nada puede ser más cruel que esa forma de indulgencia que abandona al prójimo en su pecado. Y nada puede ser más caritativo que la seria reprimenda que le saca de su vida culpable. Dejando que entre nosotros únicamente la palabra de Dios despliegue su poder de juicio y salvación, estamos cumpliendo un acto de misericordia, y ofrecemos al prójimo una última posibilidad de auténtica comunión fraterna. No somos nosotros los que juzgamos; sólo Dios juzga, y su juicio es recto y saludable.

Hasta el último momento no podemos hacer otra cosa que servir al hermano sin elevarnos nunca sobre él; y continuaremos sirviéndole incluso cuando debamos transmitirle la palabra que condena y separa, rompiendo de este modo, por obediencia a Dios, nuestra comunión con él. Porque nosotros sabemos que no es nuestro amor humano lo que nos mantiene fieles al prójimo, sino el amor de Dios que a través del juicio llega al hombre. La palabra de Dios, al mismo tiempo que le juzga, está sirviendo al hombre; y es aceptando el juicio de Dios como el hombre recibe la ayuda que necesita. Aquí es donde se ponen de manifiesto los límites de nuestras posibilidades de acción para con el prójimo: «Nadie puede rescatar al hombre de la muerte, nadie puede dar a Dios su precio, pues muy elevado es el rescate de la vida, y no se llegará jamás a él» (Sal 49, 7-8).

Esta abdicación del hombre confirma y presupone que nuestro hermano no puede recibir ayuda y redención más que de Dios y su palabra. No tenemos en nuestras manos el destino de nuestro prójimo, y cuando las ataduras tienen que disolverse, nosotros no podemos impedirlo. Dios, sin embargo, une en la ruptura, religa en el mismo acto de la separación, concede su gracia en el juicio. No obstante, ha puesto su palabra en nuestra boca, y quiere que sea pronunciada por nosotros. Si nos guardamos su palabra, la sangre de nuestro hermano caerá sobre nosotros. Si, por el contrario, la proclamamos, Dios se servirá de nosotros para salvar a nuestro hermano. «Quien convierte a un pecador de su errado camino, salvará su alma de la muerte y cubrirá la muchedumbre de sus pecados» (Sant 5, 20).

Servir a Dios

«El que de vosotros quiera ser el primero, sea siervo de todos» (Mt 10, 43). Jesús ha unido así la autoridad en la comunidad al servicio fraterno. No existe verdadera autoridad espiritual sino en el servicio de escuchar, ayudar, soportar a los otros y anunciarles la palabra de Dios. En la comunidad no existe lugar alguno para el culto a la personalidad, por muy importantes que sean las cualidades y dones naturales que la adornen; es totalmente profano y envenena la comunidad. El anhelo -tan difundido en nuestros días- de tener «figuras episcopales», «hombres sacerdotales», «fuertes personalidades» dimana con frecuencia de la enfermiza necesidad de admirar a los hombres y tener una autoridad humana visible, ya que se considera demasiado humilde la del servicio. Nada contradice este anhelo más vigorosamente que el Nuevo Testamento en su descripción del obispo (1 Tim 3, 15). Nada encontramos ahí sobre personalidades espirituales dotadas de brillantes cualidades, de talento excepcional, de fuerte encanto. El obispo es el hombre sencillo, sano, fiel en la fe y en la vida, que ejerce rectamente su ministerio. Toda su autoridad reside en su servicio. Nada hay de extraordinario en el hombre como tal.

Buscar otro género de autoridad en la Iglesia es querer restablecer una forma directa de relación entre los creyentes, un lazo puramente humano. Ahora bien, es precisamente en el ámbito de la autoridad donde esa tendencia es más dañina. Porque la verdadera autoridad sabe que no puede subsistir más que estando al servicio del único que la posee. Se sabe unida totalmente a la palabra de Jesús: «Uno solo es vuestro maestro, Cristo, y todos vosotros sois hermanos» (Mt 23, 8). La comunidad no necesita de personalidades brillantes sino de fieles servidores de Jesucristo y de sus hermanos: y no está falta de los primeros, sino de los segundos. Por lo tanto, ella no entregará su confianza más que a aquel que quiere ser un simple servidor de la palabra de Jesús, pues sabe así que no será guiada por sabiduría y vanidad humanas, sino por la palabra del buen pastor. El problema de la confianza espiritual que tan estrecha relación guarda con el problema de la autoridad, encuentra su solución en la fidelidad con que el hombre se pone al servicio de Jesucristo, pero jamás en los dones extraordinarios de que dispone.

Autoridad pastoral sólo podrá hallarla aquel servidor de Jesús que no busca su propia autoridad; aquel que, sometido a la autoridad de la palabra de Dios, es un hermano entre los hermanos.

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