Vida en Comunidad

DB

Cap. 3 El día en soledad

Saber estar solo

«El silencio, oh Dios, es tu alabanza en Sión» (Sal 65, 2). Muchos buscan la comunidad por miedo a la soledad. Su incapacidad de soledad les empuja hacia los otros. También ciertos cristianos, que no soportan estar solos por experiencias negativas consigo mismos, esperan recibir ayuda en compañía de otros seres humanos. La mayoría de las veces se ven defraudados y entonces reprochan a la comunidad lo que deberían reprocharse a sí mismos. La comunidad cristiana no es un sanatorio espiritual. Refugiarse en ella huyendo de sí mismo es convertirla en lugar de parloteo y distracción, incluso bajo la apariencia de una elevada espiritualidad. Porque en realidad no se busca la comunidad sino la embriaguez que permita olvidar por un buen tiempo la propia soledad y que, por lo mismo, sumerge al hombre en una soledad todavía más mortal. Tales tentativas tienen como resultado la anulación de la palabra de Dios y de toda experiencia auténtica, y provocan la resignación y la muerte espiritual.

El que no sepa estar solo, que tenga cuidado con la vida en comunidad. No podrá sino hacerla daño y hacerse daño a sí mismo. Solo estabas ante Dios cuando él te llamó y solo respondiste a su llamada; solo tuviste que cargar con tu cruz, luchar y orar, y solo morirás y darás cuenta a Dios de tu vida. No puedes huir de ti mismo, porque es Dios mismo quien te ha puesto aparte. Rehusando estar solo rechazas la llamada que Cristo te hace personalmente y no podrás tomar parte en la comunidad de los llamados. «Todos estamos llamados a la muerte y ninguno morirá por otro, sino que cada uno debe medirse personalmente con la muerte … yo no podré estar entonces contigo, ni tú conmigo» (Lutero).

Saber vivir en comunidad

Pero lo contrario también es verdad: el que no sepa vivir en comunidad, que tenga cuidado con la soledad. Has sido llamado en el seno de la Iglesia y esta llamada no se te ha hecho solamente a ti; llevas tu cruz, luchas y oras dentro de la comunidad de los llamados. No estás solo; incluso en la muerte y en el día del juicio no serás sino un miembro de la gran comunidad de Jesucristo. Si desprecias la comunión fraterna, rechazas la llamada de Jesucristo y tu aislamiento no te acarreará más que desgracia. «Si muero, no estoy solo en la muerte; si sufro, ella (la Iglesia) sufre conmigo» (Lutero).

Lo comprendemos: sólo dentro de la comunidad podemos estar solos, y sólo aquel que sabe estar solo puede vivir en comunidad. Ambas cosas van unidas. Sólo en la comunidad aprendemos la verdadera soledad, y únicamente en la soledad adquirimos realmente el sentido de la comunidad; sin embargo, no se trata de dos experiencias sucesivas, ambas comienzan al mismo tiempo: con la llamada de Jesucristo.

Por separado, ambas están llenas de trampas y peligros. Querer vivir en comunidad sin estar solo es arrojarse al vacío de palabras y sentimientos; querer estar solo sin la presencia de la comunidad es caer en un abismo de vanidad, narcisismo y desesperación.

El que no sepa estar solo, que tenga cuidado con la vida en comunidad. El que no sepa vivir en comunidad, que tenga cuidado con la soledad.

La comunidad diaria de la familia cristiana camina a la par de la soledad diaria de cada uno de sus miembros. Debe ser así. De lo contrario, individuo y comunidad se verán afectados de impotencia.

La señal distintiva de la soledad es el silencio, como la palabra lo es de la comunidad. Silencio y palabra guardan la misma íntima relación que soledad y comunidad. Lo uno no se da sin lo otro. La palabra oportuna nace del silencio, y el silencio, de la palabra.

Callarse no significa estar mudo, como tampoco hablar significa discutir. El mutismo no crea soledad, como tampoco una discusión crea comunidad. «El silencio es el exceso, la embriaguez y el sacrificio de la palabra. El mutismo, en cambio, es malsano, como algo que sólo fue mutilado, pero no sacrificado … Zacarías se vuelve mudo en vez de silencioso. Si hubiera aceptado la revelación, tal vez hubiera podido salir del templo silencioso, y no mudo» (Ernest Hello). La palabra que fundamenta y une de nuevo a la comunidad va acompañada de silencio. «Hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar» (Ecl 3, 7). Del mismo modo que existen en la jornada del cristiano determinadas horas para la palabra, especialmente las horas de meditación y de oración, deben existir también ciertos momentos de silencio, a partir de la palabra. Esto se dará sobre todo antes y después del culto. La palabra de Dios no se manifiesta en el ruido, sino en el silencio. El silencio del templo es la señal de la sagrada presencia de Dios en su palabra.

Escuchar a Dios

Existe una actitud de indiferencia y hasta de rechazo que ve en los momentos de silencio el menosprecio de la palabra en la que Dios ha querido revelarse. Esto sucede cuando se interpreta el silencio como una actitud ficticia o como un intento místico de elevarse más allá de la palabra. No se le ve más que como una exigencia del recogimiento.

Callamos antes de escuchar porque nuestros pensamientos ya están dirigidos hacia el mensaje, al igual que calla un niño cuando entra en la habitación de su padre. Callamos después de oír la palabra de Dios, porque ella resuena, vive y quiere permanecer en nosotros. Callamos al levantarse la mañana y callamos al caer la noche porque es a Dios a quien corresponde la primera y última palabra del día. Callamos, por tanto, únicamente por causa de la palabra, y esta actitud no significa que la despreciemos, sino que deseamos honrarla y recibirla como es debido. Callar, en definitiva, no significa otra cosa que estar atentos a la palabra para poder caminar con su bendición. La necesidad de aprender a callar en una época donde lo que priva es el ruido es algo que cualquiera puede ver; en este sentido, sólo el acto espiritual del silencio puede lograr un resultado positivo.

El silencio observado antes de escuchar la palabra de Dios repercutirá sobre toda la jornada. Nos enseñará a vivir midiendo nuestras palabras. Sin embargo, existe un silencio indebido, un silencio que se complace en sí mismo, orgulloso y agresivo, que viene a demostrar que lo que importa no es el silencio en sí mismo. El silencio del cristiano es un silencio expectante, humilde y que, por esto, acepta ser interrumpido. Es un silencio que está en comunicación con la palabra. Así lo interpreta Tomás de Kempis: «Nadie habla con más seguridad que quien sabe callar». Existe en el silencio un poder de clarificación, de purificación y de comprensión de lo esencial. Y esto ya en el terreno meramente profano. Saber callar ante la palabra de Dios, en cambio, hace que la entendamos mejor y la pronunciemos adecuadamente. Así se evitan muchas palabras inútiles. Lo esencial, lo que conviene, puede decirse en pocas palabras.

Cuando una comunidad doméstica se ve obligada a convivir en un lugar reducido y no puede, por lo tanto, asegurar a cada uno de sus miembros la tranquilidad exterior necesaria, es indispensable establecer horas fijas de silencio que renueven la actitud de unos para con otros. En muchos casos, sólo una fuerte disciplina podrá asegurar al individuo ese recogimiento, preservando así la integridad de la comunidad.

No es nuestro propósito enumerar aquí todos los frutos excelentes que la soledad y el silencio pueden reportar a los cristianos. Es muy fácil que nos extraviásemos por derroteros de experiencias un tanto dudosas. El silencio puede no ser más que un horrible desierto lleno de terror, o bien un paraíso artificial, pero lo uno no es mucho mejor que lo otro. Sea como fuere, nadie debe esperar del silencio otra cosa que el sencillo encuentro con la palabra de Dios, razón por la cual se ha refugiado en el silencio. Pero este encuentro es un don. Ningún cristiano debe poner condiciones a cómo ha de producirse este encuentro; ha de aceptarlo como se produzca y, así, su recogimiento silencioso tendrá amplia recompensa.

Existen tres cosas para las que el cristiano necesita de un tiempo aparte a lo largo de la jornada: la reflexión bíblica, la oración y la intercesión. Las tres constituyen lo que se conoce por meditación diaria. Esta expresión no debe asustarnos pues es un término antiguo tomado del lenguaje de la Iglesia y de la Reforma.

La meditación diaria

Podría preguntarse por qué se necesita para ella un tiempo especial, siendo así que todos sus elementos están incluidos ya en el culto común. Intentaremos explicarlo.

El tiempo de la meditación diaria debe estar dedicado exclusivamente a la reflexión bíblica personal, a la oración personal y a nuestra intercesión personal. Los experimentos espirituales no tienen cabida aquí. Pero debemos dar a esas tres cosas el tiempo necesario ya que Dios mismo nos lo exige. Aunque durante largo tiempo la meditación no fuese otra cosa que un rendir cuentas de la pobreza de nuestro culto, ya sería suficiente.

Este tiempo de meditación personal no es un salto en el vacío sin fondo de la soledad, sino una ocasión de encontramos a solas con la palabra de Dios. Se nos ofrece así una base sólida sobre la que afirmarnos y una pauta segura para el camino.

Mientras que en el culto comunitario leemos de forma continuada un texto largo, aquí nos contentamos con un texto breve, seleccionado, y que puede ser el mismo a lo largo de toda la semana. Si la lectura en común nos lleva a conocer la sagrada Escritura en toda su totalidad y amplitud, aquí descendemos a la profundidad insondable de cada frase «para que podáis comprender, en unión de todos los santos, cuál es la anchura, la longitud, la profundidad y la altura» (Ef 3, 18).

En la lectura del texto de nuestra meditación diaria contamos con la promesa de que tiene algo muy personal que decirnos hoy para nuestra vida cristiana, y de que es palabra de Dios no solamente para la comunidad sino también para cada uno de nosotros. Nos exponemos a la frase o a la palabra que leemos hasta que nos llega al corazón. Con esto no hacemos sino lo que hace a diario el cristiano más sencillo y menos instruido: leer la palabra de Dios como palabra de Dios para nosotros. Así no nos preguntamos qué puede decir tal texto a otras personas, qué uso podemos hacer de él en la predicación o en la enseñanza, sino qué nos dice personalmente a nosotros. Es cierto que antes debemos haberlo comprendido en su contexto, pero no se trata de hacer aquí exégesis o un estudio bíblico, ni una preparación para la predicación, sino de conocer lo que la palabra de Dios quiere decirnos. Este intento no es una esperanza vacía, se funda en una promesa clara de Dios. Sin embargo, a veces estamos tan invadidos y desbordados de pensamientos, imágenes y preocupaciones, que ha de pasar un tiempo hasta que la palabra de Dios logre abrirse paso hasta nuestro corazón. Pero su llegada es tan cierta como lo fue y sigue siéndolo la de Dios entre los hombres. Por eso debemos comenzar nuestra meditación diaria pidiendo a Dios que nos envíe su santo Espíritu para que nos revele la Escritura y nos ilumine.

No es necesario que lleguemos siempre al final del texto del día. Con frecuencia tendremos que detenemos en una frase o incluso en una palabra, que nos retendrá con tal fuerza que nos será difícil desasirnos. ¿Acaso no bastan a menudo las palabras «padre», «amor», «misericordia», «cruz», «santificación», para llenar de sobra el breve espacio de nuestra meditación?

No es necesario que en la meditación nos esforcemos en pensar y orar con palabras. A veces son preferibles la reflexión y la oración silenciosas, frutos de una actitud receptiva.

Tampoco es preciso que nos empeñemos en descubrir pensamientos originales; no harían sino distraernos y halagar nuestra vanidad. Basta con que la palabra de Dios penetre y haga su morada en nosotros tal como nos llega al leerla y comprenderla. De la misma manera que María «guardaba en su corazón» la palabra de los pastores, y la palabra de un hombre nos persigue a veces durante mucho tiempo, habitándonos y trabajando en nosotros, inquietándonos o haciéndonos feliz, sin que podamos hacer nada para impedirlo, así también la palabra de Dios intenta penetrar y permanecer en nosotros, para actuar en nuestro corazón, de modo que en todo el día no podamos desprendemos de ella: así es como lleva a cabo frecuentemente su obra sin que nosotros seamos conscientes de ello.

En fin, tampoco es necesario que nuestra meditación sea para nosotros ocasión de tener todo tipo de experiencias inesperadas y extraordinarias. Ciertamente pueden presentarse, pero su ausencia no significa que la meditación haya sido inútil. Frecuentemente -y no sólo al principio- experimentaremos gran sequedad interior, indiferencia, falta de alegría, incluso la incapacidad para meditar. No debemos permitir que estas experiencias nos detengan o nos hagan desistir de nuestra paciencia y fidelidad. Por eso no debemos darles una importancia excesiva. Nuestro antiguo orgullo y nuestra pretensión sacrílega de poner a Dios a nuestro servicio están siempre al acecho: nos persuaden de que tenemos derecho a toda una serie de experiencias siempre beneficiosas y entusiastas, y que nuestra pobreza espiritual es indigna de nosotros. Con este piadoso pretexto se infiltran en nosotros, impidiéndonos avanzar.

La impaciencia, los autorreproches, no hacen sino fomentar nuestra arrogancia y hundirnos, cada vez más profundamente, en la trampa de la introspección. Pero lo que vale para la vida cristiana en general, también es válido para la meditación personal: ésta no es tiempo para la introspección. Sólo la palabra debe retener nuestra atención y debemos someter todo a su eficacia. Es posible que Dios mismo nos envíe esas horas de vacío y aridez espiritual para que aprendamos a esperarlo todo de su palabra. «Busca a Dios, no la alegría», es la regla fundamental de la meditación personal. Y su promesa, ésta: es buscando únicamente a Dios como tú encontrarás la alegría.

La oración personal

La reflexión bíblica nos conduce a la oración. Ya hemos dicho que el camino más fecundo para la oración es la Escritura. Debemos aprender a dejarnos guiar por la palabra bíblica y orar sobre la base del texto. Evitaremos así perdernos en el vacío de nuestros pensamientos. Por tanto, orar no significa otra cosa que prepararme a recibir la palabra como un mensaje personal en mis propias tareas, en mis decisiones, pecados y tentaciones. Todo lo que no puede decirse en la oración colectiva, puede decirse aquí delante de Dios, en el silencio. Partiendo de la palabra de la Escritura pedimos a Dios que ilumine nuestra jornada, nos preserve del pecado, nos haga avanzar en la santificación, nos haga fieles y fuertes para cumplir nuestra tarea, teniendo la certeza de que nuestra oración es escuchada porque procede de la palabra y promesa de Dios. Por haber tenido la palabra de Dios su cumplimiento en Jesucristo, todas las oraciones que apelen a esta palabra recibirán en Jesucristo su cumplimiento y respuesta segura.

Una de las tribulaciones de nuestra meditación es la tendencia de nuestros pensamientos a dispersarse, a seguir su tendencia natural hacia otras personas o hacia determinados acontecimientos de nuestra vida. Por más que esto nos apene y entristezca, no debemos desalentarnos ni inquietarnos, y mucho menos llegar a la conclusión de que la meditación no está hecha para nosotros. A veces, en lugar de intentar rechazar desesperadamente esos pensamientos, puede dar buen resultado acoger tranquilamente en nuestra oración a las personas y acontecimientos a los que aquellos nos remiten sin cesar, volviendo de este modo, pacientemente, al punto de partida de la meditación.

La intercesión

Nuestras preces, igual que nuestra oración personal, están relacionadas también con la palabra de la Escritura. En el culto comunitario no es posible orar como debiéramos por todas aquellas personas que nos son encomendadas. Cada cristiano tiene su propio círculo de conocidos que se han encomendado a sus oraciones, o por los que él se siente obligado a orar. Estos son, en primer lugar, aquellos con los que debe vivir a diario. Con esto hemos llegado al centro vital de la vida comunitaria. Una comunidad cristiana vive gracias a los ruegos que hacen sus miembros unos por otros; de lo contrario, moriría. Desde el momento que ruego por un hermano ya me es imposible odiarlo o condenarlo, por grandes que sean las tribulaciones que me cause. Su rostro, que tal vez me sea odioso e insoportable, se transforma en mis ruegos en el rostro del hermano por quien Cristo ha muerto, en el rostro del pecador reconciliado. Es un descubrimiento reconfortante para el cristiano que comienza a orar por los demás. No hay antipatía, ni tensión, ni desacuerdo personal que no puedan superarse orando por otro. La intercesión es el baño purificador donde el individuo y la comunidad deben sumergirse cada día. Esto puede significar a veces una lucha muy dura con el hermano, pero contiene la promesa de conducimos a la meta.

¿Cómo se consigue esto? Interceder por otro no significa otra cosa que presentar al hermano ante Dios; verlo bajo la cruz de Jesús como un hombre pobre y pecador que necesita de la gracia. Entonces desaparece todo cuanto me resultaba odioso en él, se me aparece en toda su indigencia, en todo su desamparo; su miseria y su pecado me agobian, como si fueran míos; entonces no puedo hacer otra cosa que rezar: «Señor, actúa tú mismo, tú solo, sobre él, según tu justicia y tu bondad». Interceder por otro significa conceder al hermano el mismo derecho que nosotros hemos recibido, a saber: estar delante de Cristo y tener parte en su misericordia.

Por todo esto vemos que la intercesión es un servicio que debemos cada día a Dios y a nuestros hermanos. Negarnos a interceder por nuestro prójimo seria negarle el servicio cristiano por excelencia. Vemos igualmente que la intercesión no es algo vago y difuso, sino algo preciso y muy concreto. Se trata de orar por unas personas muy determinadas, por unas dificultades concretas. Cuanto más precisa sea la intercesión, tanto más fecunda.

Finalmente no podemos ignorar que el acto de intercesión exige tiempo a todo cristiano y, sobre todo, al pastor responsable de la comunidad. Bien atendida llenaría suficientemente toda nuestra meditación diaria. De todas formas, la intercesión se nos revelará, cada vez con más claridad, como un don de Dios para todo cristiano, para toda comunidad cristiana. Y puesto que en ella se nos da algo tan inmenso, es lógico que lo aceptemos con profunda gratitud. Nuestra alegría en el servicio de Dios y de la comunidad se renovará incesantemente según el tiempo que dediquemos a orar por los demás.

Presencia de la comunidad cristiana

La reflexión bíblica, la oración y la intercesión son el culto que debemos a Dios y donde él nos comunica su gracia. Por eso debemos acostumbrarnos a señalar cada día una hora determinada para este ejercicio, lo mismo que para cualquier otra obligación. No se trata de «legalismo», sino de disciplina y fidelidad. Para la mayoría, la primera hora de la mañana será la más adecuada. Tenemos derecho a exigir de los demás que nos concedan el tiempo y la tranquilidad necesarios para ello, pese a todas las dificultades externas. Para el pastor es un deber indispensable del que dependerá toda su actuación ministerial. ¿ Cómo podremos ser fieles en las cosas importantes, si no hemos aprendido a serlo en estas de todos los días?

Son numerosas las horas que, cada día, el cristiano pasa solo en un ambiente no-cristiano. Así es puesto a prueba. En estas horas de prueba se pone de manifiesto el valor de la meditación, el valor de la comunidad cristiana. ¿Ha servido la comunidad para hacer al individuo libre, fuerte y adulto, o lo ha convertido en un ser débil y timorato? ¿Lo ha enseñado a caminar solo, o lo ha convertido en un ser atormentado y vacilante? Este es uno de los problemas más serios que debe plantearse toda comunidad cristiana. Ahí se demostrará si la meditación personal ha conducido al cristiano a un mundo irreal del que se despierta con sobresaltos cuando debe afrontar las exigencias prosaicas de su trabajo, o si le ha conducido al mundo verdadero de Dios, que le permite afrontar, purificado y fortalecido, los trabajos de la jornada. ¿No ha sido más que una embriaguez espiritual pasajera que se esfuma al contacto con las duras tareas de la jornada, o ha hecho arraigar la palabra de Dios en el corazón del creyente tan profundamente que lo sostiene y fortalece durante todo el día, dando verdadera eficacia a su trabajo, a su obediencia y a su amor? Los acontecimientos del día lo dirán.

¿Es para mí una realidad y una ayuda la presencia invisible de la comunidad cristiana? ¿Me sostienen los ruegos de los demás creyentes? ¿Siento cerca de mí la palabra de Dios como un consuelo y una fuerza?

¿O aprovecho la soledad para olvidar la comunidad, la palabra y la oración? El cristiano debe saber que todo lo que haga durante las horas que está solo influye en la vida de la comunidad. En su soledad puede desgarrarla y mancillarla, o fortalecerla y santificarla. Toda autodisciplina del cristiano es un servicio que presta a la comunidad. Y, por otro lado, no existe pecado -por personal y secreto que sea- de pensamiento, palabra y obra, que no dañe a la comunidad. Un germen infeccioso penetra en el organismo, no se sabe de dónde procede ni en qué miembro está escondido, sin embargo todo el cuerpo está contaminado. De esta manera, por ser miembros de un solo cuerpo somos para él -no sólo cuando lo deseamos, sino siempre- instrumento de santidad o de perdición. Esta afirmación no es mera teoría; se apoya sobre una realidad espiritual que puede comprobarse perfectamente en los momentos de turbación o de alegría, en la vida de la comunidad cristiana.

El que, después de la jornada de trabajo, regresa a la comunidad trae consigo la bendición que ha recibido en los momentos que ha pasado solo, pero, al mismo tiempo, recibe la bendición que procede de la comunidad. Dichoso aquel que es capaz de estar solo gracias a la fuerza que recibe de la comunidad, y dichoso el que es capaz de mantener la unión con la comunidad por la fuerza de la soledad. Esta fuerza no es otra que la de la palabra de Dios dirigida al individuo integrado en la comunidad.

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