Vida en Comunidad

DB

Capitulo 2.

El día en común

Al amanecer, con alabanza; con plegarias al atardecer, nuestra pobre voz, Señor, te glorifica eternamente. (LUTERO, según Ambrosio)

 El culto de la mañana

«La palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente» (Col 3, 16). En el Antiguo Testamento, el día comienza al anochecer y termina con la puesta del sol. Es el tiempo de la espera. Para la comunidad del Nuevo Testamento, el día comienza al rayar el alba y termina con la aurora del día siguiente. Es el tiempo del cumplimiento, de la resurrección del Señor. Cristo nació de noche: una luz en las tinieblas, y en el momento de su muerte en la cruz, el sol se oscureció; sin embargo, con el amanecer del día de pascua, surge victorioso de la tumba:

Al amanecer, cuando sale el sol, resucita Cristo, mi salvador, se desvanece la noche del pecado: regresan la luz, la vida y la salvación. Aleluya.

Así cantaba la Iglesia de la Reforma. Cristo es «el sol de justicia» que se ha levantado sobre la comunidad expectante (Mal 4, 2), y «los que le aman serán como el sol cuando sale con todo su esplendor» (Jue 5, 31). Las primeras horas de la mañana pertenecen por tanto a la comunidad de Cristo resucitado. Al rayar el día, conmemora aquella mañana en que la muerte, el diablo y el pecado fueron vencidos, y los hombres, libres, nacieron a una nueva vida.

Pero ¿qué sabemos nosotros ahora -que no tenemos ni sentimos ya respeto de la noche- de aquel gozo de nuestros antepasados y primeros cristianos por el retorno de la luz cada mañana? Si aprendiésemos algo de esa alabanza matutina que debemos dar a Dios trino, al Dios-Padre y Creador que nos ha protegido durante la noche y nos ha despertado para darnos un nuevo día; a Dios-Hijo, Salvador del mundo que, por nosotros, triunfó de la muerte y el infierno y, vencedor, vive entre nosotros; a Dios-Espíritu santo que, desde el amanecer, ilumina nuestros corazones con la palabra divina, ahuyenta las tinieblas y el pecado, y nos enseña a orar rectamente, entonces también vislumbraríamos el gozo de los hermanos que, unidos en armonía, se encuentran cada mañana para alabar a Dios, escuchar su palabra y orar en comunidad.

La mañana no pertenece al individuo, sino a la Iglesia de Dios trino, a la comunidad familiar y fraterna de los cristianos. Innumerables son los viejos cantos que llaman a la comunidad a alabar a Dios cada mañana. Por ejemplo, estos himnos que cantan los hermanos bohemios al llegar el día:

El día ahuyenta la oscuridad de la noche. ¡Cristianos, despertad para alabar a Dios, vuestro Señor. Recuerda que el Señor Dios te ha creado a su imagen para que tú lo reconozcas!

Despunta el día y resplandece. ¡Oh Dios nuestro, te alabamos por habernos protegido esta noche! ¡Gloria a ti, nuestra alegría! Guárdanos también en este día porque somos pobres peregrinos; asístenos con tu ayuda para que no nos dañe mal alguno.

Se aproxima la claridad del día. ¡Hermanos, alabemos al Dios del amor que, por su gracia nos ha protegido esta noche! Nos ofrecemos. Señor, a ti para que, según tu voluntad, nos guíes y hagas buenas nuestras obras.

La vida en común bajo la autoridad de la palabra comienza con un acto común al comenzar el día. Toda la comunidad se reúne para la alabanza, la acción de gracias, la lectura de la Escritura y la oración. La tranquilidad profunda de las primeras horas de la mañana no es interrumpida más que por la plegaria y el canto de la comunidad que resuena con más claridad después del silencio nocturno y del amanecer.

La sagrada Escritura dice a este respecto que el primer pensamiento y la primera palabra del día pertenecen a Dios: «De mañana tú escuchas mi voz; de mañana me pongo ante ti y espero» (Sal 5, 4); «mis plegarias se dirigen a ti desde el amanecer» (Sal 88, 14); «Pronto está mi corazón, oh Dios, mi corazón está dispuesto. Te cantaré y te ensalzaré. ¡Despierta, gloria mía, despertad salterio y cítara, y despertaré a la aurora!» (Sal 57, 8). Desde el amanecer, el creyente tiene sed de Dios y suspira por él: «Me adelanto a la aurora pidiendo auxilio, y espero en tu palabra» (Sal 119, 14 7). «Oh Dios, tú eres mi Dios, te busco sin cesar; mi alma tiene sed de ti; mi carne suspira en pos de ti como tierra reseca, sedienta, sin agua» (Sal 63, 2). La Sabiduría de Salomón, por su parte, quiere «anticiparse al sol para darte gracias y salirte al encuentro al levantarse el día» (Sab 16, 28), y el Eclesiástico de Jesús Ben Sirach dice en particular del escriba que «madruga de mañana para dirigir su corazón al Señor que le creó, para orar en presencia del Altísimo» (Eclo 39, 6). Asimismo, la Escritura considera el amanecer como la hora en la que Dios nos concede su ayuda especial. De la ciudad de Dios se dice que «Dios la socorrerá desde el clarear de la mañana» (Sal 46, 6), y de Dios, que «sus misericordias se renuevan todas las mañanas» (Lam 3, 22).

Para el cristiano el comienzo del día no debe estar sobrecargado ni obstaculizado por los quehaceres múltiples que le esperan. Cada día que comienza está sometido al Señor que lo creó. Solamente la claridad de Jesucristo y su palabra resucitadora es capaz de disipar la oscuridad, la confusión de la noche y sus quimeras. Ella desvanece toda inquietud, toda impureza, toda aflicción y toda angustia. Por eso, al comienzo de nuestra jornada, debemos acallar todos los pensamientos y palabras inútiles, y dirigir nuestra primera palabra y nuestro primer pensamiento a aquel a quien pertenece toda nuestra vida. «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará» (Ef 5, 14).

Con sorprendente frecuencia la sagrada Escritura nos recuerda que los hombres de Dios se levantaban temprano para buscarle y cumplir sus mandatos. Así, Abraham, Jacob, Moisés, Josué (cf. Gn 19, 27; 23, 3; Ex 8, 16; 9, 13; 24, 4; Jos 3, l; 6, 12, etc.). Del mismo Jesús, el evangelio -en el que no hay palabra superflua- dice: «A la mañana, mucho antes de amanecer, se levantó, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba» (Mc 1, 35). Existe un levantarse temprano, impulsado por las preocupaciones, llamado inútil por la Escritura: «Es inútil que madruguéis y que comáis el pan de la fatiga» (Sal 127, 2). Y también existe un madrugar por amor a Dios. Este era el que practicaban los hombres de la sagrada Escritura.

La oración en común de la mañana comprende la lectura de la Escritura, el canto y la plegaria. A diversidad de comunidades corresponde también diversidad de formas de devoción matutina. Y así debe ser. La oración de una familia donde haya niños, por ejemplo, debe ser diferente de la de una comunidad de teólogos; sería absurdo ignorar esta diferencia y que la comunidad de teólogos, por ejemplo, se contentase con un culto destinado a los niños. Sin embargo, toda forma de devoción matinal en común debe comprender la lectura de la Escritura, el canto y la plegaria de la comunidad. Hablaremos de cada uno de estos elementos.

La lectura de los salmos

«Hablando entre vosotros con salmos» (Ef 5, 19). «Enseñándoos y amonestándoos unos a otros … con salmos» (Col 3, 16). La lectura de los salmos como forma de plegaria en común ha tenido desde siempre una importancia especial en la Iglesia. Todavía inicia el culto matutino de los fieles en algunas iglesias. Nosotros hemos perdido casi por completo esta costumbre, y debemos esforzarnos por recuperarla.

El libro de los salmos ocupa un lugar excepcional dentro del conjunto de la sagrada Escritura. Es palabra de Dios y, al mismo tiempo, salvo raras excepciones, plegaria del hombre. ¿Cómo hay que entender esto? ¿Cómo es posible que la palabra de Dios pueda ser al mismo tiempo oración dirigida a Dios? Añadamos además la observación hecha por todos los que comienzan a rezar los salmos. Al principio intentamos recitarlos como una oración personal. Pronto, sin embargo, tropezamos con pasajes que no se prestan a este modo de usarlos. Pensemos en los salmos de inocencia o de venganza, incluso en los de sufrimiento. Sin embargo estas oraciones son palabra de la sagrada Escritura que un cristiano no puede rechazar como anacronismos religiosos ya caducos. Por tanto se niega a juzgar las palabras de la Escritura, aunque admite que le es imposible hacer de estos textos materia de su oración personal. Puede leerlas, escucharlas, asombrarse, incluso escandalizarse, admitiendo que son oración de otro, pero él no las puede utilizar ni suprimir.

Ciertamente sería cómodo aconsejar, en estos casos, comenzar al principio por los salmos «comprensibles», dejando de lado aquellos que por dificultad resulten incomprensibles. Pero resulta que esta dificultad de algunos salmos nos va a permitir precisamente acercamos a su misterio. Las oraciones de los salmos que nuestros labios no pueden pronunciar, que nos sorprenden o espantan, nos hacen presentir que aquí es otro el que ora, y que el que puede proclamar así su inocencia, clamar por el juicio de Dios y descender a tan profundo dolor, no es otro que … Jesucristo mismo. Es él quien ora aquí, y no solamente aquí, sino también en todo el salterio. Así lo han reconocido y testificado siempre el Nuevo Testamento y la Iglesia. Es el hombre Jesucristo quien ora en los salmos por boca de su Iglesia, es decir, aquel para quien ninguna pena, ninguna enfermedad, ningún sufrimiento son desconocidos, y quien, sin embargo, era el justo y el inocente por excelencia.

Los salmos son el libro de oraciones de Jesucristo en el sentido más propio. Él ha rezado los salmos y así el salterio se ha convertido en su oración para todos los tiempos. ¿Comprendemos ahora cómo los salmos pueden ser la oración de la Iglesia al mismo tiempo que la palabra de Dios a la Iglesia, ya que aquí nos encontramos con Cristo en oración? Jesucristo reza los salmos en su Iglesia. También ella, como el cristiano individual, reza, pero es porque Cristo ora en sus oraciones; no ora en nombre propio, sino en nombre de Jesucristo. El creyente no ora siguiendo el impulso natural de su propio corazón sino en base a la humanidad asumida por Cristo, ora en la oración del hombre Jesucristo. Es lo único que le da seguridad de que su oración será escuchada. Debido a que Cristo reza los salmos con nosotros ante el trono de Dios o, mejor dicho, porque los que oran son asumidos en la oración de Jesús, su oración es escuchada por Dios. Cristo se ha convertido en su intercesor.

El salterio es la oración vicaria de Cristo por su Iglesia. Ahora que Cristo está con el Padre, es el cuerpo de Cristo sobre la tierra -es decir, su nueva humanidad- el que continúa diciendo su oración hasta el fin de los tiempos. Y así, no es al miembro individual a quien pertenecen los salmos, sino a la totalidad del cuerpo de Cristo; sólo en esa totalidad se encarna todo lo que el individuo aislado no podrá aplicarse jamás a sí mismo. Por esta razón la oración de los salmos pertenece especialmente a la comunidad. Si un versículo o un salmo no pueden expresar mi oración personal, no por ello deja de ser la oración de uno u otro miembro de la comunidad y, en cualquier caso y siempre, es la oración del verdadero hombre Jesucristo y de su cuerpo en la tierra. Los salmos nos enseñan a orar sobre el fundamento de la oración de Cristo. Son la escuela de oración por excelencia. En ella aprendemos, en primer lugar, lo que significa orar: orar sobre la base de la palabra de Dios y de sus promesas. La oración cristiana se asienta sobre la palabra revelada, y no tiene nada que ver con la vaguedad y el egoísmo de nuestros deseos. Oramos fundándonos sobre la oración del verdadero hombre Jesucristo. Esto es lo que quiere expresar la Escritura cuando dice que el Espíritu santo ora en nosotros y por nosotros, y que no podemos orar verdaderamente a Dios sino en nombre de Jesucristo.

En segundo lugar, la oración de los salmos nos enseña lo que debemos expresar en nuestras oraciones. Si es verdad que el alcance de la oración de los salmos sobrepasa en mucho la medida de la experiencia personal, también es verdad que, por la fe, el creyente puede decir las oraciones que Cristo pronuncia en los salmos, las oraciones de aquel que era verdadero hombre y el único que posee en plenitud toda la medida de las experiencias contenidas en esas oraciones. ¿Podemos entonces rezar los salmos de venganza? No, en cuanto somos pecadores y los impregnamos de malos pensamientos; sí, en cambio, en cuanto estamos en Cristo, quien toma sobre sí, y soporta la justicia divina en lugar nuestro y que solamente así -atrayendo sobre sí mismo la cólera de Dios- pudo perdonar a sus enemigos; sí, nos está permitido rezar esos salmos, en tanto que miembros de Jesucristo, a través de él y desde su corazón. ¿Podemos entonces, con el salmista, llamamos inocentes, piadosos y justos? No, si lo hacemos por nosotros mismos y si hacemos la oración desde nuestro corazón pervertido; sí, en cambio, desde el corazón de Cristo, puro y sin pecado, y desde la inocencia de Cristo que él ha hecho compartir en la fe. En la medida en que «la sangre de Cristo y su justicia se haya convertido en nuestro adorno y vestimenta de honor» podemos y debemos rezar los salmos de inocencia: expresan su oración y su gracia por nosotros. Y ¿cómo habremos de rezar aquellos salmos de una tribulación y sufrimiento inenarrables, de forma que podamos entrever algo de lo que expresan? No intentando sentir una realidad de la que nuestro corazón no tiene experiencia, ni pretendiendo expresar nuestras propias quejas, sino sabiendo que todo ese sufrimiento ha sido verdadero y real en Jesucristo, el hombre que ha sufrido la enfermedad, el dolor, el oprobio y la muerte, y en quien toda carne ha sido crucificada y muerta; sí, en este sentido nosotros podemos y debemos rezar los salmos de dolor. Lo que nos ha acontecido en la cruz: la muerte de nuestro hombre viejo, y lo que nos acontece y debe acontecemos a partir de nuestro bautismo por la mortificación de nuestra carne, es lo que nos da derecho a rezar estos salmos. En cuanto oraciones de Jesucristo, pertenecen, desde su crucifixión, a su cuerpo extendido sobre la tierra. No podemos en este trabajo desarrollar más extensamente esta verdad. Se trata simplemente de indicar la trascendencia de los salmos como oración de Cristo. Pero esto, sólo muy poco a poco podremos irlo comprendiendo.

En tercer lugar, la recitación de los salmos nos enseña a orar en comunidad. Ora el cuerpo de Cristo, y, en tanto que individuo, comprendo que mi oración no es sino una pequeña fracción de la oración colectiva de la Iglesia. Aprendo a orar con el cuerpo de Cristo. Es lo que hace que me eleve por encima de circunstancias personales y ore prescindiendo de mí mismo. Muchos de los salmos de la comunidad del Antiguo Testamento debieron ser oraciones alternadas. El llamado paralelismus membrorum, es decir, la costumbre de repetir una misma cosa con otras palabras en la segunda parte del versículo, no es solamente una forma literaria, sino que tiene también un sentido eclesial y teológico. Alguna vez valdría la pena examinar a fondo este asunto.

Como ejemplo especialmente ilustrativo, tomemos el salmo quinto. En él son dos las voces que elevan un mismo ruego a Dios. ¿Acaso no será esto una prueba de que el que ora nunca lo hace solo, sino que siempre debe ser acompañado por otro, un miembro de la Iglesia, el mismo Jesucristo, a fin de que la oración individual sea verdadera oración? ¿No es posible, tal vez, que con la repetición de un mismo tema que, como sucede al final del salmo 119, culmina en una monotonía interminable, casi intraducible, se indique que cada palabra de la oración pugna por penetrar en una profundidad del corazón que sólo puede ser alcanzada mediante una repetición ininterrumpida … y en último término ni aun así? ¿Que en la oración no se trata del desahogo accidental, apesadumbrado o gozoso, del corazón humano, sino de aprender, asimilar y grabar en la memoria, durable e ininterrumpidamente, la voluntad de Dios en Jesucristo?

En su interpretación de los salmos, Otinger ha expresado una profunda verdad al ordenarlos según las siete peticiones del padrenuestro. Con ello quería decir que en los salmos, en el fondo, no se trata de otra cosa que del mensaje contenido en las breves peticiones de la oración dominical. En todas nuestras oraciones lo importante es la oración de Jesucristo que contiene la promesa de ser atendida y nos libra de la palabrería pagana. Cuanto más nos volvamos a identificar con los salmos y cuanto mayor sea la frecuencia con que los recitemos, tanto más sencilla y rica llegará a ser nuestra oración.

La lectura bíblica

Después de la oración de los salmos, e intercalado un cántico, sigue la lectura de la sagrada Escritura. «Aplícate a la lectura» (1 Tim 4, 13). También aquí tendremos que vencer numerosos prejuicios para llegar a una verdadera lectura en común de la Biblia. Casi todos nosotros hemos crecido en la convicción de que leer la Escritura significa escuchar la palabra que Dios nos dirige para la jornada, de manera que para muchos esta práctica consiste en leer algunos versículos seleccionados que constituyen el tema dominante del día. No hay duda de que la selección de textos bohemios, por ejemplo, ha constituido hasta nuestros días una verdadera bendición para todos los que la han utilizado. Muchos hicieron esta experiencia sorprendidos y agradecidos precisamente en épocas de lucha para la Iglesia. Sin embargo esas breves palabras orientadoras de la jornada no pueden ni deben reemplazar completamente la lectura de la Escritura. El texto del día no es aún la sagrada Escritura que permanecerá a través de los tiempos; hasta el último día, la sagrada Escritura es algo más que un texto bíblico. Por lo mismo, es algo más que «el pan cotidiano». Es la palabra con que Dios se revela a todos los hombres de todos los tiempos. No consiste en versículos aislados sino en un todo que exige manifestarse como tal. Es en su totalidad como la Escritura es la palabra revelada de Dios. Sólo en la infinitud de sus relaciones interiores, en la conexión entre Antiguo y Nuevo Testamento, la promesa y cumplimiento, sacrificio y ley, ley y evangelio, cruz y resurrección, fe y obediencia, don y espera, se hace enteramente inteligible el testimonio de Jesucristo, el Señor. Por eso el culto comunitario debe constar, además de la recitación de los salmos, de una extensa lectura del Antiguo y Nuevo Testamento.

Una comunidad doméstica debería ser capaz de leer, mañana y tarde, un capítulo del Antiguo Testamento y al menos medio capítulo del Nuevo. Un primer intento mostrará que este modesto programa es ya, para la mayoría, una gran exigencia. Puede objetarse que no es posible asimilar y retener realmente tanta abundancia de pensamientos y relaciones, y que más bien significa despreciar la palabra divina leer más de lo que puede ser asimilado. Esta objeción hace que se regrese pronto a los versículos aislados, denunciando con ello una grave laguna. Si verdaderamente nosotros, cristianos adultos, no somos capaces de leer completamente un capítulo del Antiguo Testamento, debería causarnos una profunda vergüenza, porque ¿no es un pobre testimonio de nuestro conocimiento de la Escritura y de todas nuestras experiencias en esta práctica? Si conociésemos la materia que leemos no nos sería nada difícil seguir la lectura de un capítulo, sobre todo si tenemos a mano la Biblia y seguimos el texto. Sin embargo tenemos que admitir que la sagrada Escritura nos es muy poco conocida. Esta laguna en nuestro conocimiento de la palabra de Dios ¿no debería despertamos?, ¿no tendrían que comenzar por aquí los teólogos? Y que no se diga que el culto comunitario no tiene por objeto hacemos conocer la Escritura, que esto es una tarea demasiado profana que puede conseguirse independientemente. Tal razonamiento expresa un desconocimiento completo de la naturaleza del culto. La palabra de Dios debe ser oída según la situación y comprensión de cada uno: para el niño, el culto familiar es ocasión de oír y aprender por primera vez la historia bíblica; para el adulto, la oportunidad de comprenderla mejor, a lo que no podrá llegar por la sola lectura personal.

Sin embargo, es posible que no solamente los niños, sino también los cristianos adultos se quejen de que la lectura de la Biblia es frecuentemente muy larga y contiene muchas cosas incomprensibles. A este respecto hay que decir que toda lectura bíblica, aun la más corta, es siempre «demasiado larga», y esto muy especialmente para el cristiano consciente. ¿Qué quiere decir esto? La Escritura es un todo, y cada palabra, cada frase, se encuentra tan diversamente relacionada con el conjunto que resulta imposible conservar la visión del conjunto en cada uno de los detalles. Esto nos enseña que la Biblia en su conjunto y en cada una de sus palabras sobrepasa en mucho nuestro entendimiento, y es provechoso que diariamente se nos recuerde este hecho que nos remite constantemente al mismo Jesucristo, en quien «se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría» (Col 2, 3). Esto permite afirmar que toda lectura de la Biblia debe ser «bastante larga» para que no se transforme en una simple retahíla de consejos utilitarios, sino que permanezca la palabra de Dios revelada en Jesucristo.

Por ser la Escritura un corpus, un todo viviente, es conveniente que la comunidad doméstica practique la lectio continua, es decir, la lectura seguida. Libros históricos, profetas, evangelios, cartas y hechos se leerán relacionados como palabra de Dios. Estos textos introducen a la comunidad que los escucha en el corazón mismo del mundo maravilloso de la revelación de Dios al pueblo de Israel con sus profetas, jueces, reyes y sacerdotes; sus guerras, sus fiestas, sus sacrificios y sufrimientos; la comunidad cristiana es introducida en la historia de la navidad, bautismo, milagros, predicación, sufrimientos, muerte y resurrección de Jesucristo; toma parte en el acontecimiento único realizado sobre la tierra por la salvación del mundo y recibe ella misma aquí la salvación en Jesucristo. Así, la lectura continua de la Biblia obliga a todos los que quieran entender, a aproximarse donde Dios ha actuado una vez por todas en favor de la salvación de los hombres, y dejarse encontrar allí por él. Es precisamente en la lectura durante el culto cuando los libros históricos de la Biblia adquieren para nosotros un aspecto absolutamente nuevo. Tomamos parte ahí en los acontecimientos llevados a cabo antaño por nuestra salvación; nos olvidamos de nosotros mismos y entramos con el pueblo en la tierra prometida, atravesando el mar Rojo, el desierto, el Jordán; con Israel caemos en la duda y en la incredulidad, y por medio del castigo y la penitencia recibimos de nuevo el socorro y la fidelidad de Dios; y todo esto no son ensueños, sino una realidad sagrada y divina. Somos arrancados de nuestra propia existencia e introducidos en el corazón de la historia que Dios escribe en la tierra. Ahí es donde Dios ha obrado en nosotros y ahí es donde sigue obrando: en nuestras miserias y pecados mediante su ira y su gracia.

Lo importante no es que Dios sea espectador compasivo de nuestra existencia presente, sino que nosotros seamos oyentes atentos y activos de su actuación en la historia sagrada, en la historia de Cristo sobre la tierra, y solo en la medida en que participemos en esa historia. Dios está también hoy con nosotros. Se produce por tanto un cambio radical. Comprendemos que no es en nuestra vida donde tiene que revelarse la ayuda y la presencia de Dios, sino que se reveló definitivamente en favor nuestro en la vida de Jesucristo. Efectivamente, es más importante para nosotros saber lo que Dios realizó en Israel y en su Hijo Jesucristo que atormentamos por descubrir lo que Dios quiere de nosotros hoy. La muerte de Jesucristo es más importante que mi propia muerte, y su resurrección de entre los muertos es el único fundamento de la esperanza de mi resurrección en el último día. Nuestra salvación está «fuera de nosotros» (extra nos), yo no la encuentro en los acontecimientos de mi propia vida sino únicamente en la historia de Jesucristo. Sólo aquel que se deja encontrar en Jesucristo, en su encamación, en su cruz y en su resurrección, está en Dios, y Dios en él.

Desde esta perspectiva, la lectura de la Biblia en la oración de la mañana se nos hará cada día más significativa y saludable. Porque lo que nosotros llamamos nuestra vida, nuestras tribulaciones, nuestras culpas, no constituye en modo alguno la realidad, puesto que es en la Escritura donde está nuestra vida, nuestras tribulaciones, nuestras culpas y nuestra salvación. Porque le ha agradado a Dios obrar ahí nuestra salvación, solamente de ahí nos vendrá la ayuda. Sólo por medio de la sagrada Escritura aprendemos a conocer nuestra propia historia. El Dios de Abraham, Isaac y Jacob es el Dios y Padre de Jesucristo, nuestro Dios y nuestro Padre.

Nuestro primer deber es recuperar el conocimiento que nuestros antepasados y los reformadores tenían de la Escritura. Para ello no debemos ahorrar tiempo ni sacrificios. Debemos hacerlo ante todo por nuestra salvación, aunque también existen otras buenas razones que urgen este deber. ¿Cómo podríamos, por ejemplo, tener seguridad y confianza en nuestra vida personal y eclesial si no nos basamos en el sólido fundamento de la Escritura? No es nuestro corazón el que decide nuestro camino sino la palabra de Dios. Sin embargo ¿quién siente hoy la necesidad de la fundamentación de la Escritura? Cuántas veces hemos oído fundamentar las decisiones más importantes en argumentos tomados «de la vida» y «de la experiencia», sin preocuparse de si las indicaciones de la Escritura podían señalar una dirección opuesta. No debe extrañarnos que quien no se toma el trabajo de leer, conocer y estudiar la Escritura trate de desacreditar la prueba bíblica. Pero quien no desea conocer personalmente la Escritura no es un cristiano evangélico.

Todavía más: ¿cómo podríamos ayudar realmente a un hermano en la miseria o en la tribulación sin recurrir a la palabra de Dios? Todas nuestras palabras se agotan rápidamente. En cambio, aquel que como «un buen padre de familia saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas» (Mt 13, 52), aquel que puede hablar inspirándose en la riqueza de las indicaciones, exhortaciones y consuelos de la Escritura, podrá arrojar al demonio por el poder de la palabra de Dios y prestar una ayuda real a sus hermanos. Nos detenemos aquí. «Porque desde la infancia conoces las sagradas Escrituras, que pueden instruirte en orden a la salvación» (2 Tim 3, 15).

¿Cómo debemos leer la sagrada Escritura? Dentro de la comunidad doméstica, el mejor método es que cada uno continúe por turno la lectura comenzada. Se comprobará entonces que no es fácil leer la Biblia a los demás. Cuanto más sobria, más objetiva y más humilde sea la actitud interior frente al texto, tanto más adecuada será la lectura. En la manera de leer la Escritura se pone de manifiesto a menudo la diferencia entre un cristiano experimentado y un cristiano principiante.

Para una recta lectura de la Biblia debe observarse la siguiente regla: el que lee no debe identificarse jamás con el «yo» que habla en la Escritura. No soy yo quien se irrita, consuela o exhorta, sino Dios. Desde luego no quiere decir que deba adoptarse un tono monótono e indiferente; al contrario, deberé leerlo sintiéndome interiormente, yo mismo, comprometido e interpelado; no obstante, toda la diferencia entre buena o mala lectura reside en que yo no me ponga en el lugar de Dios sino que le sirva con toda sencillez. De lo contrario corro el peligro de convertirme en retórico, patético, sentimental o impulsivo, es decir, de llamar la atención del oyente sobre mi persona y no sobre la palabra; es la deformación que amenaza toda lectura de la Biblia. Explicándolo con un ejemplo profano podríamos decir que la situación del lector de la Escritura es como la de una persona que lee a otra la carta de un amigo. No leeré la carta como si yo mismo la hubiese escrito, sino que respetaré y haré sentir la distancia; sin embargo, tampoco leeré la carta como si no me concerniese, sino que en mi entonación se percibirá mi implicación personal.

La lectura correcta de la Escritura no es una técnica que puede ser aprendida, sino que depende de mi propia disposición interior. Con frecuencia la manera pesada y dificultosa con que ciertos cristianos cargados de años y de experiencia leen la Biblia vale más que la lectura acabada hecha por un pastor. También en esto pueden ayudarse y aconsejarse mutuamente los miembros de la comunidad doméstica cristiana.

Diremos, para terminar, que la lectura continua de la Biblia no excluye los textos señalados para el día que pueden encontrar su lugar y su sentido en el transcurso de una reunión de oración, y constituir una consigna diaria o semanal.

Cantar en común

A la lectura de los salmos y a la lectura bíblica se añade el canto en común; con él la voz de la Iglesia alaba, agradece e implora a su Señor.

«Cantad al Señor un cántico nuevo» nos repite el salmista. Es el cántico nuevo entonado cada mañana, en honor de Cristo, por la comunidad familiar, y que estamos llamados a cantar con toda la Iglesia en la tierra y en el cielo. Dios quiere ser celebrado con un cántico eterno, y entrar en su Iglesia es unir la voz a este coro inmenso. Es «el canto de alegría de las estrellas del alba y las aclamaciones de los hijos de Dios» que suben hasta él de toda la creación (Job 38, 7). Es el canto victorioso de los hijos de Israel después del paso del mar Rojo, el magnificat de María después de la anunciación, el himno de alabanza de Pablo y Silas en la noche de su prisión, «el cántico de Moisés y del Cordero» cantado por los creyentes liberados «sobre un mar de cristal», el himno nuevo de la Iglesia celestial (Ap 15, 2).

Cada mañana, la Iglesia aquí en la tierra une su voz a este canto universal y, al atardecer, vuelve sobre él para señalar el final de la jornada. Su finalidad es alabar a Dios trino y su obra. Pero es distinto el cántico en la tierra que en el cielo. En la tierra es el canto de los que creen; en el cielo, el de los que contemplan; en la tierra es un canto hecho de pobres palabras humanas; en el cielo son «palabras inefables que ningún hombre puede expresar» (2 Cor 12, 4), el cántico nuevo que nadie puede aprender si no son «los 144.000» (Ap 14, 3) acompañado por «las arpas de Dios» (Ap 15, 2). ¿Qué podemos saber nosotros de este cántico nuevo y de esas arpas de Dios? Nuestro cántico nuevo es un canto terrestre, un himno de peregrinos y viajeros a quienes ha llegado la palabra de Dios que ilumina nuestro camino. Está vinculado a la palabra reveladora de Dios en Jesucristo. Es el canto sencillo de los hijos de esta tierra, llamados a ser hijos de Dios; no es un cántico exaltado ni estático, sino centrado en la palabra revelada, con sobriedad, gratitud y recogimiento.

«Cantando y alabando al Señor en vuestros corazones» (Ef 5, 19). El cántico nuevo ha de ser entonado en primer lugar en nuestro corazón. De otro modo no es posible cantarlo. El corazón canta porque está lleno de la presencia de Cristo. De ahí que, en la Iglesia, el canto es un acto espiritual. Presupone sumisión a la palabra y a la comunidad, mucha humildad y una gran disciplina. Un cántico que no fuese cantado con el corazón no sería más que un himno horrible y confuso de autoalabanza humana. Cuando no se canta por Dios, se canta por uno mismo o por la música. Pero así el cántico nuevo se transforma en un canto a los ídolos.

«Hablando entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales» (Ef 5, 19). Nuestro cantar sobre esta tierra es lenguaje, palabra cantada. ¿Por qué cantan los cristianos cuando están juntos? Ante todo porque el canto en común les brinda la posibilidad de pronunciar y pedir, juntos y al mismo tiempo, la misma cosa, es decir, manifestar su unidad mediante una palabra común. La palabra cantada tiene su espacio en todas las reuniones cristianas. El hecho de que no hablemos, sino cantemos en común, no hace más que subrayar que las palabras son incapaces de expresar todas nuestras experiencias, mientras que el canto tiene un poder de expresión mucho más rico. Sin embargo el canto está unido a palabras que nosotros pronunciamos para alabar a Dios, darle gracias, invocar y confesar su nombre. De este modo la música está íntegramente al servicio de la palabra y traduce lo que ésta tiene de incomunicable.

Debido a su total vinculación a la palabra, el canto de la Iglesia, sobre todo el cantado en familia, es esencialmente un canto al unísono. Su naturaleza exige que el vínculo entre la palabra y la música sea simple. Su melodía, totalmente libre, está sostenida única y esencialmente por la fuerza interior de la palabra cantada y por tanto no necesita de ningún apoyo polifónico. «Cantemos hoy con una sola voz, al unísono y desde el fondo del corazón», dice un canto bohemio. «Para que unánimes, a una sola voz, glorifiquéis al Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Rom 15, 6). La pureza del canto al unísono, exento de la ornamentación de una musicalidad dudosa; la claridad no enturbiada por las veleidades de asignar a la música un privilegio junto a la palabra; la sencillez y sobriedad, la humanidad y el calor de esa manera de cantar, son las características esenciales que conviene al canto de la Iglesia. Sin embargo, sólo después de un ejercicio paciente nuestro oído llega a abrirse poco a poco a su belleza. La cuestión del canto al unísono en una comunidad depende de su poder de discernimiento espiritual. Por cantar al Señor y su palabra en un mismo espíritu, el canto al unísono se canta desde el corazón.

Existen algunos enemigos del canto al unísono que deben ser eliminados sin contemplación de la comunidad. A través del elemento musical es por donde llegan a introducirse más fácilmente en el culto el mal gusto y la frivolidad. Entre esos enemigos, señalamos en primer lugar la segunda voz improvisada, tan frecuente en los cantos en común y que, intentando dar base y plenitud a la melodía que flota libremente, mata la melodía y la palabra cantada. Otro de los enemigos es la voz baja o alta que se cree en la obligación de llamar la atención de todo el mundo sobre la potencia de su registro cantando una octava diferente. Algo parecido sucede con el solista que quiere hacer valer su magnífica voz cubriendo la de los otros cantores con fortísimos exagerados. Enemigos también, aunque menos peligrosos, son los que «no tienen oído», y por esta razón no quieren cantar, aunque son menos numerosos de lo que pretenden. Más numerosos, en cambio, son los que, a causa de su estado anímico o mal humor, no quieren unirse al canto, rompiendo así la unidad de la comunidad.

El canto al unísono, por difícil que sea, más que musical, es una cuestión espiritual. Sólo en la comunidad donde cada uno adopta interiormente una actitud de recogimiento y disciplina, el canto puede brindarnos el gozo que le es propio incluso con imperfecciones musicales.

Para aprender a cantar al unísono, recomendamos sobre todo los corales de la Reforma, los cantos bohemios y las antiguas melodías de la Iglesia. De esta forma se aprenderá a discernir qué composiciones del cantoral son aptas para este tipo de canto y cuáles no. Todo dogmatismo en este campo es contraproducente. Debe decidirse en cada caso particular, aunque tampoco debemos convertimos en iconoclastas. Una comunidad doméstica deberá esforzarse por aprender a cantar espontáneamente y de corazón el mayor número posible de cantos. Logrará este propósito si, además del canto libremente escogido, intercala algunos versículos fijos que puedan ser cantados entre las lecturas.

Se ha de cantar, sin embargo, no solamente con ocasión de los actos de culto, sino también a ciertas horas fijas del día o de la semana. Cuanto más cantemos, tanto mayor será nuestra alegría; y sobre todo, cuanto mayor sea el espíritu de comunidad, de disciplina y de alegría con que cantemos tanto más rica será la bendición que se derramará sobre la vida comunitaria.

Es la voz de la Iglesia la que se hace audible en el canto en común. No soy yo el que canta sino la Iglesia, pero como miembro de la Iglesia puedo participar en su canto. Así, el canto en común debe servir para ampliar nuestro horizonte espiritual, para llevamos a reconocer nuestra comunidad como un eslabón de la gran comunidad cristiana extendida por toda la tierra, y a unir libre y gozosamente nuestro canto -débil o potente- al canto de la Iglesia.

Orar en común

La palabra de Dios, la voz de la Iglesia y nuestra oración forman una unidad. Hablaremos ahora de la oración en común. «Si dos de vosotros conviniéreis pedir cualquier cosa, os será concedida por mi Padre que está en los cielos» (Mt 18, 19). La oración es, de todas las prácticas del culto comunitario, la que nos ofrece las mayores dificultades, pues en ella somos nosotros mismos los que debemos hablar. Hemos escuchado la palabra de Dios y hemos podido unimos al canto de la Iglesia; ahora se trata, en cambio, de orar a Dios en comunidad, y esta oración debe ser nuestra palabra, nuestra oración por este día, por nuestro trabajo, por nuestra comunidad, por las miserias y los pecados particulares que pesan sobre todos, por las personas que nos están encomendadas. ¿O tal vez no deberíamos pedir nada para nosotros? ¿Sería inadmisible la necesidad de orar en común y con nuestras propias palabras por nosotros? Sea como fuere, es imposible que cristianos llamados a vivir bajo la autoridad de la palabra no acaben por dirigir, también unidos, sus oraciones personales a Dios. Presentarán a Dios las mismas preces, la misma gratitud, la misma intercesión, y deberán hacerlo con alegría y confianza. Deben desaparecer por tanto la timidez y el temor a expresarse libremente ante los demás. Es preciso dejar que uno de nuestros hermanos dirija a Dios, sobria y sencillamente, la oración de la comunidad. Igualmente habrá que hacer callar en nosotros toda tendencia a juzgar y a criticar a aquel que ora, pues las débiles palabras que pronuncia las dice en nombre de Jesucristo. La oración en común es efectivamente el acto más natural de la vida cristiana comunitaria y, aunque es bueno y provechoso que nos esforcemos en conservarla en toda su pureza y en su carácter bíblico, no debemos sin embargo sofocar la libertad de su impulso, pues el Señor hizo una gran promesa a esta forma de oración.

Como regla general, la oración libre será pronunciada por el padre de familia al final del acto religioso, y en cualquier caso siempre por la misma persona, que deberá orar en nombre de todos los asistentes durante un tiempo suficientemente largo, a fin de que la oración sea protegida de falsos juicios, de la falsa subjetividad. Esto impone al encargado una gran responsabilidad.

Para que la oración de esa persona en nombre de la comunidad sea posible, es necesario que todos los asistentes intercedan por ella. ¿Cómo podría pronunciar la oración de la comunidad si primero no es sostenido por la intercesión de la comunidad misma? Es precisamente aquí donde toda tendencia a la crítica deberá trocarse en intercesión y ayuda fraterna. De lo contrario, ¡qué fácilmente puede quedar destruida la unidad de una comunidad!

En el acto religioso comunitario, la oración libre debe ser la oración de todos y no la del responsable que la pronuncia. A éste se le encomienda orar por la comunidad. Por ello, es preciso que comparta la vida diaria de la comunidad, que conozca sus aficiones y necesidades, su alegría y gratitud, sus ruegos y sus esperanzas. Tampoco debe ignorar su trabajo y los problemas que éste acarrea. Ora como un hermano en medio de otros hermanos. El no tomar su propio corazón por el de la comunidad, exige lucidez y vigilancia. Por esta razón será útil que reciba continuamente ayuda y consejo de los demás y que recuerde en su oración esta necesidad, aquel trabajo, a tal persona determinada. De este modo la oración se transformará cada vez más en la oración de todos los que forman la comunidad.

También la oración libre debe obedecer a una cierta disciplina interna, pues no se trata del desahogo caótico de un corazón humano, sino de la oración de una comunidad ordenada. Por eso volverán a repetirse cada día ciertas peticiones aunque tal vez de manera distinta. Es probable que al principio se encuentren monótonas estas repeticiones diarias, sin embargo terminarán finalmente por revelarse como oración. Si resulta posible añadir otros ruegos a los de cada día, puede establecerse un orden semanal, como ya ha sido propuesto bajo diversas modalidades. De todas formas, esta disciplina es útil para la oración personal. Para proteger la oración libre de la fantasía de la subjetividad también resulta útil partir de una de las lecturas bíblicas de la reunión. En ellas la oración encuentra un sostén y una base firmes.

Continuamente ocurrirá que el encargado de orar por la comunidad no se sienta interiormente en condiciones de hacerlo y prefiera ceder su tumo a otro. Esta solución no es aconsejable ya que la oración comunitaria correría el peligro de verse sujeta a estados de ánimo que nada tienen que ver con la vida espiritual. Precisamente en los momentos en los que el vacío espiritual, la fatiga o una falta personal nos inclinan a desertar de nuestra responsabilidad es cuando debemos aprender lo que significa tener un cargo en la comunidad, y cuando nuestros hermanos deben sostener nuestra debilidad y nuestra capacidad de orar. Tal vez se estén cumpliendo entonces las palabras de Pablo: «Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; mas el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrables» (Rom 8, 26). Todo depende de que la comunidad interprete como suya la oración del hermano, la apoye y se una a ella.

En ciertos casos, el uso de fórmulas de oración puede suponer una ayuda para la comunidad doméstica, sin embargo frecuentemente son un medio de eludir la verdadera oración. La riqueza de fórmulas litúrgicas hace que se desestime fácilmente el valor de la oración personal; serían bellas y profundas oraciones pero carecerían de autenticidad. Por útiles que sean las oraciones tradicionales de la Iglesia para aprender a orar, no pueden sustituir la oración que yo le debo a Dios hoy. En este sentido un balbuceo defectuoso vale aquí mucho más que la mejor de las fórmulas. No es necesario decir que en el culto público la situación es totalmente distinta.

Frecuentemente sucederá que, además de los actos acostumbrados de oración comunitaria, una comunidad desee tener actos especiales de oración. Como norma, no deben ser instituidos estos actos, a no ser que se trate de un deseo de todos y que todos participen en ellos. Pues toda iniciativa individual en este asunto introduce fácilmente gérmenes de división dentro de la comunidad. Precisamente en este terreno los fuertes deberán sostener a los débiles y éstos renunciarán a juzgar a los fuertes. El Nuevo Testamento nos enseña que una comunidad de oración es algo totalmente normal y natural entre cristianos, y ha de mirarse sin recelo alguno. Y cuando aparezcan la desconfianza y las dificultades es preciso aprender a soportarse mutuamente con paciencia. Nada debe hacerse aquí por la fuerza, sino todo en libertad y con amor.

La comunidad de mesa

Hemos examinado los diferentes elementos del culto matutino de una comunidad cristiana. La palabra de Dios, el canto de la Iglesia y la oración de la comunidad inician la jornada. Sólo después de haber sido alimentada y fortalecida por el pan de la vida eterna, la comunidad se reúne para recibir de Dios el pan para la vida corporal. Dando gracias e implorando la bendición de Dios, la comunidad doméstica recibe el pan diario de la mano del Señor. Desde que se sentó a la mesa con sus discípulos, Jesucristo está presente para bendecir a los suyos siempre que se reúnen para comer. «Sentado con ellos a la mesa, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron» (Lc 24, 30-31). La Escritura menciona tres clases de comida en las que Jesús toma parte con los suyos: la diaria, la santa cena y el banquete final en el reino de Dios. Pero en los tres casos una sola cosa es importante: «Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron». ¿Qué significa reconocer a Jesucristo a través de sus dones?

Significa, en primer lugar, reconocerlo como el dispensador de todos los dones que recibimos, como Señor y Creador de este mundo junto con el Padre y el Espíritu santo. «Bendice los bienes que tú nos has dado» es la oración de la comunidad reunida para comer, confesando así la divinidad eterna de Jesucristo.

En segundo lugar, significa que todos nuestros bienes temporales nos son dados únicamente por Cristo, del mismo modo que el mundo entero continúa existiendo gracias a él, a su palabra y a la predicación de esta palabra. Él es el verdadero pan de vida; él es no solamente el dador, sino el don mismo que hace posible todos los otros dones terrenos. Únicamente por el hecho de que la palabra de Jesucristo debe seguir siendo proclamada y creída, y porque nuestra fe no es todavía perfecta, Dios en su paciencia nos sigue manteniendo en la existencia y nos colma de beneficios. Por eso la comunidad cristiana reunida a la mesa dice con Lutero: «Señor Dios, Padre bueno celestial, bendícenos y bendice estos dones que recibimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén», reconociendo así a Jesucristo como mediador y salvador divino.

Significa, finalmente, que la Iglesia cree que su Señor se hará presente allí donde ella le invoque. Por este motivo ora: «Ven, Señor Jesús, sé nuestro huésped», confesando así la presencia misericordiosa de Jesucristo. Cada vez que los creyentes comparten la mesa, confiesan que Jesús está presente en medio de ellos como su Señor y su Dios. Y no es que se ceda a la tendencia enfermiza de espiritualizar los dones temporales, sino que los creyentes reconocen a Jesucristo como autor de esos dones y, además, como el mismo don supremo, el verdadero pan de vida, que nos invita al banquete gozoso en el reino de Dios. De este modo, la comunidad de mesa cotidiana vincula a los cristianos con su Señor y les une entre sí de una forma especial. Reconocen que es Jesucristo quien parte el pan, se les abren los ojos de su fe.

Para los creyentes, compartir la mesa tiene algo de festivo. Es el recuerdo permanente, en medio de la jornada de trabajo, del descanso de Dios después de su obra, el sabbat que da sentido y finalidad al trabajo de toda la semana. Nuestra vida no es solamente fatiga y trabajo, también es refrigerio y gozo por la bondad de Dios. Nosotros trabajamos, pero Dios nos alimenta y sostiene. Debemos alegrarnos. El hombre no debe comer «el pan del dolor» (Sal 127, 2), sino como dice el Eclesiastés, «come alegremente tu pan» (9, 7), «por eso alabo la alegría, porque la única felicidad del hombre bajo el sol consiste en comer, beber y disfrutar» (8, 15); sin embargo «¿quién puede comer y alegrarse sino gracias a él?» (2, 25). De los setenta ancianos de Israel que subieron al monte Sinaí con Moisés y Aarón, se dice: «después de ver a Dios, comieron y bebieron» (Ex 24, 11). A Dios no le gusta que comamos nuestro pan con tristeza, con prisa o con vergüenza. La comida de cada día es un remanso gozoso al que el Señor nos invita como a una fiesta.

Compartir la mesa compromete a los cristianos. Lo que comemos y compartimos es nuestro pan de cada día. De este modo estamos unidos entre nosotros no solamente por el espíritu sino con todo el ser, cuerpo y alma. El hecho de que comamos todos del mismo pan nos mantiene fuertemente unidos. Por eso nadie debe pasar hambre mientras uno de nosotros tenga pan; quien destruye la comunión material destruye también la comunidad del espíritu. Ambas están indisolublemente unidas. «No vuelvas tus ojos ante el necesitado … Parte tu pan con el hambriento» (Eclo 4, 1-2). Porque en él sale el Señor a nuestro encuentro (Mt 25, 37). «Si el hermano o la hermana están desnudos y carecen de alimento cotidiano, y algunos de vosotros les dijere: ‘Id en paz, que podáis calentaros y hartaros’, pero no les diereis lo necesario, ¿qué les aprovecharía?» (Sant 2, 15-16). Mientras comamos juntos nuestro pan nos será suficiente por poco que haya. El hambre no comienza sino cuando alguien quiere guardar su pan sólo para él. Esta es una ley singular de Dios. ¿No podría ser éste uno de los sentidos de la multiplicación de los panes, cuando Jesús alimentó a cinco mil hombres con cinco panes y dos peces?

La comida en común enseña a los cristianos que ellos comen todavía el pan de los peregrinos. Sin embargo, este compartir les recuerda también que recibirán un día el pan incorruptible en la casa del Padre. «Dichoso el que coma pan en el reino de Dios» (Lc 14, 15).

El trabajo

A continuación, la jornada del cristiano está dedicada al trabajo. «Sale el hombre a sus labores, a su trabajo hasta la tarde» (Sal 104, 33). En la mayoría de los casos, los miembros de la familia se separan durante el tiempo de su trabajo. Orar y trabajar son dos realidades diferentes. Y si la oración no debe ser obstaculizada por el trabajo, tampoco debe serlo el trabajo por la oración. La voluntad de Dios, que exige que el hombre trabaje seis días y descanse el séptimo para alegrarse en su presencia, exige también que cada día del cristiano esté marcado por el doble signo de la oración y el trabajo. La oración exige su tiempo, pero las horas del día corresponden fundamentalmente al trabajo. Sólo dando a estas dos realidades su valor correspondiente, es posible descubrir su carácter indivisible. Sin el esfuerzo y el trabajo de la jornada, la oración no es oración, y sin la oración, el trabajo no es trabajo. Esto únicamente lo sabe el cristiano. Sólo teniendo un claro conocimiento de su diferencia es como se descubre la unidad entre ambos.

El trabajo coloca al hombre en el mundo de las cosas que esperan su actuación. Del mundo de la fraternidad el cristiano sale al mundo de las cosas impersonales, neutras, que le exigen objetividad; porque el mundo exterior no es más que un medio por el que Dios libera a los creyentes de ellos mismos, de su yo. Para cumplir su obra en el mundo de las cosas Dios hace que el hombre se olvide de sí mismo para enfrentarse con la realidad objetiva, exigente, impersonal. En el trabajo el hombre aprende a dejarse limitar por el objeto de su trabajo; de este modo el trabajo se convierte en el mejor remedio contra la pereza e indolencia de la naturaleza humana. El contacto con las cosas mata las exigencias de nuestra carne. Sin embargo, esto sólo es posible si se sabe descubrir, a través de ellas, la presencia de Dios, que somete a sus criaturas a la ley del trabajo para liberarlas de sí mismas. No por ello el trabajo deja de ser trabajo; es más, puede decirse que sólo el hombre que conoce el verdadero sentido del trabajo no teme afrontar su dureza, en la lucha incesante con el mundo impersonal de las cosas. Sin embargo, al encontrar detrás de las cosas la presencia personal de Dios, el cristiano logra descubrir la unidad entre oración y trabajo, la unidad del día. Comprende así lo que significa el «orad sin cesar» del apóstol Pablo (1 Tes 5, 17). Su oración se prolonga durante toda la jornada, penetra en el trabajo y, lejos de interrumpirlo, lo potencia y lo afirma, dándole seriedad y alegría. De esta manera, toda palabra, toda acción y todo trabajo del cristiano se convierte en oración, no en el sentido ilusorio de rehuir la tarea encomendada, sino en el hecho de descubrir sin cesar la realidad de Dios a través de la severa impersonalidad de las cosas. «Todo cuanto hagáis de palabra o de obra, hacedlo en el nombre del Señor» (Col 3, 17).

Conseguida su unidad, la jornada del cristiano toma un carácter de orden y disciplina. Esta unidad debe ser buscada y hallada en la oración de la mañana, y confirmada en el trabajo. En la oración de la mañana, se decide la suerte del día. Con mucha frecuencia, el tiempo despilfarrado que nos llena de vergüenza, las tentaciones a las que sucumbimos, la debilidad y el desaliento en el trabajo, el desorden y la indisciplina en nuestros pensamientos y en nuestros encuentros con otras personas, etc., tienen su origen en nuestra negligencia en la oración de la mañana. La oración nos enseña a ordenar y distribuir mejor nuestro tiempo. De igual modo, cuando sabemos descubrir a Dios a través de las cosas, adquirimos fuerza suficiente para vencer todas las tentaciones que cada jornada de trabajo trae consigo. Y las decisiones que debemos adoptar se vuelven más fáciles y sencillas cuando se toman, no por temor humano, sino solamente para complacer a Dios. «Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón por el Señor, no por los hombres» (Col 3, 23). También los trabajos puramente mecánicos se realizan con mayor aceptación cuando somos conscientes de la presencia de Dios y de sus mandatos. Nuestro ardor en el trabajo crece cuando rogamos a Dios que nos conceda hoy las fuerzas que necesitamos para nuestra tarea.

La comida del mediodía

La hora del mediodía es para la comunidad cristiana, donde es posible, un pequeño descanso en las tareas de la jornada. Ha transcurrido la mitad del día. La comunidad da gracias a Dios y le pide que la proteja hasta la noche. Recibe el pan diario y ora con el cántico de la Reforma: «Alimenta, Padre, a tus hijos; consuela a los pecadores arrepentidos». Dios es quien puede alimentarnos. Nosotros no podemos hacerlo porque somos pecadores y no merecemos nada. De este modo, el alimento que Dios nos proporciona se convierte en consuelo para nuestra tristeza, porque es la prueba de la misericordia y fidelidad con que Dios mantiene y guía a sus hijos. Es cierto que la Escritura dice: «El que no quiera trabajar, que no coma» (2 Tes 3, 10), relacionando así el don del pan con el trabajo realizado. En cambio, no habla de que el que trabaja pueda hacer valer algún derecho ante Dios. Si bien el trabajo es un mandato, el pan es un don libre y misericordioso de Dios. De suyo no se deduce que nuestro trabajo deba proporcionamos el sustento, es Dios quien lo quiere así. Sólo a él le pertenece el día. Por eso, a mediodía, los creyentes se reúnen en torno a la mesa a la que Dios les invita. La hora del mediodía es una de las siete horas que la Iglesia y el salmista dedican a la oración. En el apogeo del día, la Iglesia invoca a Dios trino para cantar sus maravillas y pedirle ayuda y la pronta salvación. Es la hora en la que el cielo se oscureció sobre la cruz de Jesús, la hora en la que la obra de la reconciliación iba a cumplirse.

La comunidad cristiana que tenga la posibilidad de reunirse en esta hora para un momento de oración, comprobará que no lo hace en vano.

La oración de la noche

La jornada de trabajo toca a su fin. Si ha sido dura y llena de dificultades, el cristiano podrá comprender lo que quería decir Paúl Gerhardt en una de sus canciones:

La tarea, al fin, ha terminado y todo nuestro ser se regocija. Pronto serás liberado de las miserias de la tierra y de su pesado trabajo.

Un día es suficientemente largo para poner a prueba nuestra fe; el día de mañana tendrá sus propias tribulaciones.

La comunidad doméstica se reúne una vez más para la cena y la última plegaria. «Señor, quédate con nosotros, porque la tarde está cayendo y anochece» (Le 24, 29). Es bueno que la plegaria de la noche sea el último acto del día, antes del descanso nocturno. En estos momentos la comunidad percibe con mayor claridad la verdadera luz de la palabra divina. La oración de los salmos, la lectura bíblica, el canto y la oración común cierran la jornada, del mismo modo que la habían abierto.

Nos queda todavía añadir algunas palabras sobre la oración de la noche, a la que conviene de un modo especial la intercesión. Después de la jornada de trabajo, imploramos de Dios su bendición, su paz y su protección sobre toda la cristiandad, sobre nuestra comunidad, sobre nuestros vecinos, pastores, solitarios, enfermos, moribundos, sobre nuestra familia. ¿No es el momento en que, apartados del trabajo y abandonados en las manos de Dios, podemos vislumbrar con mayor profundidad el poder y la providencia de Dios? ¿No es cuando, terminada nuestra tarea, estamos más dispuestos a implorar de Dios su bendición, su paz y su protección? Cuando nos rinde la fatiga, Dios continúa actuando. «El que guarda a Israel, ni duerme ni reposa».

La oración de la noche de la comunidad doméstica es también el momento en que pedimos perdón por todo el mal que hemos hecho a Dios y a nuestros hermanos; pedimos para que Dios nos perdone, para que nos perdonen nuestros hermanos y para que nosotros mismos podamos perdonar de corazón todo el mal que nos hayan hecho. Es costumbre antigua de los monasterios que en la última oración de la noche el prior y los monjes se pidan mutuamente perdón de todas sus faltas y negligencias, y se den por turno una palabra de perdón. «Que no se ponga el sol sobre vuestro enojo» (Ef 4, 26). Es decisivo para la comunidad cristiana saldar cada noche las diferencias que hayan podido surgir durante la jornada. Es peligroso para el cristiano acostarse con el corazón sin reconciliar. Por eso es bueno que la oración de la noche incluya una petición especial por el perdón mutuo, para lograr así la reconciliación de los creyentes y la renovación de su comunión fraterna.

Finalmente, nos llama la atención que en todas las antiguas oraciones nocturnas tropecemos con tanta frecuencia con la súplica de que durante la noche Dios preserve a los creyentes del diablo, de sus terrores y de la desgracia de una muerte repentina. Nuestros antepasados sabían todavía del desfallecimiento del hombre durante el sueño, del parentesco del sueño con la muerte, de la astucia del diablo empeñado en hacer caer al hombre cuando no tiene defensa. Por esta razón piden el auxilio de los ángeles y la presencia de los poderes celestiales para evitar la seducción de Satanás.

Sin embargo, de todas las peticiones de la Iglesia primitiva, la más singular y profunda es la que ruega a Dios que mantenga nuestro corazón despierto mientras nuestros ojos duermen. Ruega a Dios que habite con nosotros y en nosotros, aun cuando no sintamos ni nos demos cuenta de nada; que mantenga puro nuestro corazón de todos los pesares y tentaciones de la noche; que lo prepare para escuchar su llamada en todo momento, y para que podamos responder, durante la noche, como Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3, 10). También durante el sueño estamos en las manos de Dios o bajo el poder del maligno. También durante el sueño podemos ser objeto de los milagros de Dios o de los estragos del demonio. Por eso rogamos de noche:

Aunque nuestros ojos duerman, mantén despiertos nuestros corazones. Que tu diestra, oh Dios, nos proteja y nos libre del maligno (Lutero).

Nuestra jornada desde la mañana a la noche está bajo la palabra del salmista: «Tuyo es el día, tuya es la noche» (Sal 74, 16).

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Dietrich Bonhoeffer y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s