Una cita de Chris Wright

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Este libro magisterial de más de 700 páginas nos ofrece tanto una visión general de la Biblia como un análisis detallado de varios de sus aspectos más importantes. Hay que leerlo detenidamente y reflexionar sobre los puntos y argumentos del autor.

A continuación unos párrafos del capítulo 9.

La evangelización y el compromiso social: ¿El huevo o la gallina? Otra forma en que a veces se encara la cuestión es esta: con seguridad que la mejor manera de lograr un cambio social y todos los buenos objetivos que tenemos para la sociedad sobre la base de lo que sabemos que Dios quiere (justicia, integridad, compasión, cuidado de la creación, etc.) es mediante una vigorosa evangelización. Cuantos más cristianos haya, tanto mejor será para la sociedad. De manera que si queremos cambiar la sociedad, dediquémonos a la evangelización. Luego aquellos que se hacen cristianos se ocuparán de la parte que corresponde a la acción social. Con frecuencia he oído esto como un argumento para priorizar la evangelización por encima de la acción social, y suena muy plausible, pero tiene algunas fallas serias. Una vez más, quiero destacar que lo que sigue de ningún modo tiene por objeto negar que la evangelización sea absolutamente vital, sino más bien negar que pueda cargar con el peso de la obediencia al resto de los mandatos de la Biblia en relación con nuestras responsabilidades sociales en el mundo.

Primero (y creo que le debo este punto a John Stott), hay una lógica defectuosa en la afirmación que dice que ‘si se es cristiano, no se debe dedicar tiempo a la acción social, y en su lugar se debe dedicar tiempo a la evangelización porque la mejor manera de cambiar la sociedad es multiplicando el número de cristianos’. Esta lógica es defectuosa porque (1) todos esos nuevos cristianos, siguiendo la misma recomendación, dedicarán tiempo solo a la evangelización, de modo que ¿quién se va a dedicar al aspecto social de la misión? y (2) tendríamos que dedicarnos a la acción social ya que nosotros mismos somos producto de evangelización de alguna otra persona. Así que siguiendo esa lógica, tendríamos que ser nosotros los que nos dediquemos a la actividad social que tan fácilmente transferimos a los que son fruto de nuestros esfuerzos evangelísticos. En otras palabras, el argumento se convierte en un retroceso infinito en el que el verdadero compromiso social como parte de la misión cristiana en el mundo se posterga de una generación de conversos a otra, y cada una con la sensación de un justificativo espurio al transferir la responsabilidad.

Segundo, este punto de vista pasa por alto la importancia del ejemplo. Todos tendemos a imitar a los que ejercen mayor influencia sobre nosotros. Si alguien llega a la fe a través del esfuerzo de un cristiano o una iglesia que solo apoya el mandato de la evangelización pero tiene una actitud negativa o no comprometida con lo social, cultural, económico o político, entonces lo más probable es que ese nuevo convertido absorba, conscientemente o de otro modo, la misma actitud dicotómica. Enseñamos como fuimos enseñados. Reflejamos el tipo de misión que nos llevó a acercarnos a la fe. La evangelización que ofrece una segura estrategia personal para escapar del mundo, antes que un compromiso misional con el mundo, probablemente produzca, a largo plazo, cristianos e iglesias que tienen poca influencia en la cultura que los rodea y poco incentivo para saber cómo o por qué tendrían que tenerla de todos modos. La evangelización que multiplica cristianos que solo están interesados en más evangelización, pero que no luchan con el desafío de ser sal y luz en el mundo laboral que los rodea, podrá aumentar las estadísticas de crecimiento de la iglesia. Pero no debemos suponer que es un modo adecuado, y menos aún el mejor modo, de cumplir el resto de nuestras obligaciones bíblicas en la sociedad.

Tercero, y trágicamente, este punto de vista no recibe el apoyo de la historia de la misión cristiana. Sin duda hay lo que podríamos llamar mejoramiento como consecuencia de la conversión. Es decir, el hecho de que cuando la gente de trasfondos muy pobres y desposeídos se hace cristiana, tiende a abandonar algunos hábitos perniciosos (p. ej., despilfarrar su dinero en el juego, el alcohol, etc.) y adquiere algunos hábitos positivos (tales como un nuevo sentido de valía personal y de la dignidad del trabajo, de la preocupación por otros, de la responsabilidad de proveer para la familia, la honestidad, etc.). El efecto puede contribuir a un mejoramiento social, y desde luego que puede ser de beneficio para la comunidad si suficientes personas son afectadas de este modo.

Sin embargo, hay otros casos en los que una rápida conversión de comunidades enteras hacia un evangelio pietista que canta las canciones del Sión venidero pero no exige ninguna preocupación radical por las consecuencias sociales, políticas, étnica y culturales de la totalidad de la fe bíblica aquí y ahora, ha llevado a una masiva y bochornosa disonancia entre las estadísticas y la realidad. Algunos de los estados en el noreste de la India, tales como Nagalandia, se erigen como destacados ejemplos del éxito de la evangelización de la última parte del siglo diecinueve y la primera del siglo veinte, cuando se convirtieron tribus enteras. Según las estadísticas del estado alrededor del 90 por ciento de la población es cristiana. Con todo, actualmente se ha vuelto en uno de los estados más corruptos de la Unión India y está azotada por problemas de juego y drogas entre la generación más joven. Los estudiantes del Union Biblical Seminary, donde enseñé en la década de 1980, me decían esto como prueba del hecho de que la evangelización exitosa por sí sola no siempre arroja como resultado una transformación social duradera. Otros pueden señalar con desesperación y triste desconcierto la trágica ironía de Ruanda, una de las naciones más cristianizadas de la tierra y lugar donde se inició el avivamiento cristiano del África Oriental. Y sin embargo, cualquiera haya sido la forma de piedad cristiana que surgió como fruto de la evangelización, no pudo oponerse a la marea de odio y violencia intertribal que envolvió a la región en 1994. La sangre del tribalismo, se dijo, resultó ser más espesa que el agua del bautismo. Además, la exitosa evangelización, que produjo una floreciente espiritualidad de tipo renovado y una población mayoritariamente cristiana, no arrojó como resultado una sociedad en la que los valores bíblicos de Dios de la igualdad, la justicia, el amor y la no violencia hubieran echado raíces y florecido en forma consecuente.

Escribo como hijo de Irlanda del Norte. Este lugar es, seguramente, uno de los pequeños sectores más ‘evangelizados’ del globo. A medida que me fui criando, casi cualquier persona con la que me encontraba podría haberme explicado el evangelio y ‘cómo ser salvo’. La evangelización en las esquinas de las calles era un rasgo común de la escena urbana. Yo mismo tomé parte en ella en algunas oportunidades. Sin embargo, en mi cultura evangélica y protestante, el celo por la evangelización era tan fuerte como la sospecha hacia cualquier forma de preocupación o conciencia social cristiana sobre temas de justicia. Ese era el dominio de los liberales y los ecuménicos, y una traición al evangelio ‘puro’. El resultado fue que la política del protestantismo quedó, de hecho, incluida en el evangelio, de tal modo que todo el prejuicio político, el patriotismo partidista y el odio tribal fue santificado en lugar de ser proféticamente desafiado (excepto por unos cuantos valientes que con frecuencia pagaron un alto precio). En consecuencia, un número proporcionalmente elevado de evangelizadores y evangelizados (en comparación con cualquier otra parte del Reino Unido) no produjo, por cierto, una sociedad transformada por los valores del reino de Dios. Por el contrario, era (lamentablemente todavía es) posible oír a la vez el lenguaje del celo evangelizador y todo el lenguaje del odio, la intolerancia y la violencia de parte de los mismos labios. Como diría Santiago, ‘esto no debe ser así’ (Santiago 3.10). Pero lo es. Y es una razón por la cual me permito disentir con la noción de que la evangelización por sí sola dará como resultado un cambio social, a menos que a los cristianos se les enseñen las demandas radicales del discipulado del Príncipe de Paz, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y entiendan el carácter integral de lo que la Biblia muestra con tanto énfasis que es la misión de Dios para su pueblo.

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