Cita de Eugene Peterson

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El Gran Dador

La tercera cosa que Dios hizo con Jeremías antes de que Jeremías hiciera nada por sí mismo fue esto: “te di por profeta a las naciones”. Dios da. Él es generoso. Él es tremendamente generoso. Antes de que Jeremías siquiera existiera ya había sido dado.

Esta es la forma en que Dios obra. Él hizo esto mismo con su propio hijo, Jesús. Él lo dio. Lo dio a las naciones. No lo ostentó. No lo mantuvo en un museo. No lo exhibió como un trofeo. “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

Dios dio a Jeremías. Puedo escuchar a Jeremías quejándose: “espera un momento. No te des tanta prisa en darme. Tengo algo que decir al respecto. Tengo mis derechos humanos. Tengo unas cuantas decisiones que tomar por mí mismo sobre mi vida”. Y me imagino la respuesta de Dios: “Lo siento, pero ya lo había decidido antes de que nacieras. Ya está hecho, serás dado”.

Tenemos poder de decisión sobre algunas cosas y sobre otras no. En esta, no. Es la clase de mundo en el cual nacimos. Dios lo creó. Dios lo sustenta. Dar es el estilo del universo. Dar es el tejido en la tela de la existencia. Si tratamos de vivir tomando en lugar de dando, vamos contra la dirección de las fibras. Es como tratar de ir contra la ley de la gravedad, la consecuencia serán huesos rotos y moretones. De hecho, vemos muchas vidas lisiadas, deformes, distorsionadas entre quienes desafían el hecho de que toda vida es dada y debe seguir siendo dada para que pueda ser fiel a su propia naturaleza.

Hay un acantilado rocoso a la orilla del lago de Montana en donde pasaba parte de cada verano. Hay grietas en la superficie de la roca en las cuales las golondrinas hacen sus nidos. En un verano observé durante varias semanas a las golondrinas en veloz vuelo recolectando insectos por sobre la superficie del agua y luego descender en picada dentro de las cavidades del acantilado, alimentando primero a sus parejas y luego a sus polluelos recién empollados. Cerca de una de las grietas del acantilado una rama muerta se extendía poco más de un metro sobre el agua. Un día estuve encantado al ver tres pequeñas golondrinas sentadas una junto a la otra sobre la rama. Sus padres amplios y dramáticos circuitos de caza de insectos sobre el agua y luego volvieron a las enormes cavidades que aquellas pequeñas aves transformaron a medida que abrían sus picos para alimentarse.

Esta escena se repitió por un par de horas hasta que los padres decidieron que sus polluelos ya habían comido lo suficiente. Una golondrina adulta tomo consigo los polluelos y comenzó a empujarlos hasta el final de la rama, más, más y más. Uno de los polluelos cayó. En algún lugar entre la rama y el agua, poco más de un metro más abajo, sus alas comenzaron a funcionar y el polluelo fue libre de volar por sí mismo. Luego, el segundo. El tercero no se dejaría intimidar. En el último momento se resbaló de la rama lo suficiente como para balancearse hacia abajo, luego volvió a asirse fuertemente, cual tenaz buldog. El padre ni se inmutó. Lo picoteó en la desesperadamente aferrada garra hasta que fue más doloroso para el pobre polluelo mantenerse colgando que arriesgarse a las inseguridades del vuelo. El polluelo se soltó y las inexpertas alas comenzaron a agitarse. La golondrina adulta sabía lo que el polluelo no sabía –que podía volar— y que no habría peligro alguno en hacer aquello para lo cual estaba perfectamente diseñado para hacer.

Las aves tienen patas y pueden caminar. También tienen garras y puede asirse con seguridad a las ramas. Pueden caminar y pueden aferrarse. Sin embargo, volar es su actividad característica, y no es sino hasta que vuelan que tienen una vida plena bella y grácil.

Dar es lo que mejor hacemos. Es nuestra naturaleza. Fue la acción diseñada dentro de nosotros aún antes de nuestro nacimiento. Dar es lo que define al mundo. Dios se da a sí mismo. También da todo lo que existe. No hace excepción alguna con nosotros. Somos dados a nuestras familias, a nuestros vecinos, a nuestros amigos, a nuestros enemigos, a las naciones. Nuestra vida es para otros. Esta es la manera en la que la creación trabaja. Algunos de nosotros tratamos desesperadamente de mantenernos para nosotros mismos, de vivir para nosotros mismos. Lucimos tan descuidados y patéticos haciendo esto, aferrándonos a la rama muerta de una cuenta bancaria para nuestra querida vida, temerosos de arriesgarnos a confiar en las alas sin probar del dar. Creemos que no podemos vivir generosamente porque nunca hemos tratado de hacerlo. Pero mientras más pronto comencemos a hacerlo, mucho mejor, porque al final tendremos que dar nuestras propias vidas, y mientras más tiempo esperemos menos tiempo tendremos para el rápido ascenso y descenso de la vida de gracia.

Jeremías pudo haberse mantenido aferrado al callejón sin salida en donde nació en Anatot. Puedo haberse apegado a los hábitos sosos de su cultura. Pero no lo hizo. Él creyó en lo que le fue dicho sobre su trasfondo, que Dios mucho antes lo había dado, y que él participaba en el dar por medio de su vocación.

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