Nuevo tomo de Comentarios con Aplicación NVI disponible en Kindle

Hebreos NVI coverIntroducción

           Antonius se sentó solo en el desvencijado apartamento del segundo piso de un edificio ubicado en un tugurio que se extendía por la ladera del monte Esquiline de Roma. La lluvia golpeaba con fuerza las desgastadas paredes exteriores; un plato con pan y verduras, y un vaso de vino agrio descansaban sobre una improvisada mesa. La habitación se había oscurecido con la tormenta, y Antonius encendió una pequeña lámpara de aceite. Con la luz aparecieron súbitamente hambrientas cucarachas, que corrieron en seguida a refugiarse a la oscura seguridad de las grietas de la pared. En el apartamento de al lado, un bebé lloraba mientras su padre le gritaba obscenidades a la madre. El murmullo de una apresurada conversación aumentó primero en volumen y luego se desvaneció, a medida que dos comerciantes descendían por las escaleras y salían a la calle. En algún lugar de la vía, enlodada por la lluvia, una unidad de soldados romanos marcaban el paso con aire marcial, fustigados por las perentorias órdenes de su comandante. Antonio se sentó, solo y pensativo.

           Aquella mañana, Brutus, su patrón, un tipo áspero y fornido, dejó de nuevo lo que estaba haciendo para ridiculizarlo por ser cristiano. Sus sarcasmos habían sido molestos y agresivos, como un enjambre de mosquitos acosándolo por todas partes. Brutus era corpulento, detestable y cruel. Dolido y ultrajado, Antonius se había encogido ante las puyas de aquel hombre, deseando poder decirle cuatro verdades. Cada vez que “volvía la otra mejilla” recibía otra bofetada. No obstante, se mordió la lengua, se tragó su orgullo herido y, una vez más, le pidió perdón al Señor por sus pensamientos.

           La persecución de los cristianos en Roma todavía no había llegado al punto de los martirios, pero desde la expulsión de los judíos bajo el mandato de Claudio, los cristianos habían seguido sufriendo el acoso de judíos y paganos por igual. Tras la expulsión, algunos de ellos habían padecido cárceles, flagelaciones y la confiscación de sus propiedades. Hacía casi quince años que esto había sucedido. En aquel tiempo, Antonius no formaba parte de la iglesia, pero había oído hablar de lo sucedido. De hecho, su abuelo, dirigente de la sinagoga de los augustenses, había sido uno de los más vehementes opositores de los cristianos. Cuando, a los diecisiete años, Antonius se había convertido al cristianismo, el anciano había tenido un amargo disgusto que casi le costó la vida; encendido por la ira, le había gritado a Antonius que para él había muerto; el abuelo había acabado llorando y su relación se había roto.

           En los últimos meses, los abusos contra la iglesia se habían agravado con la divertida aprobación del propio emperador, y ahora el cansancio emocional estaba pasando factura. Cosas completamente normales como oír pasos en el vestíbulo o un grito en la noche, hacían que el corazón de Antonius se disparara. Se le había hablado del coste de seguir al Mesías; sin embargo, su experiencia era, de algún modo, distinta de lo que había esperado. Al principio pensaba que su alegría nunca desaparecería, que siempre sentiría la presencia de Dios con él. Se le había enseñado que el Señor, Juez justo, vindicaría a su pueblo del nuevo pacto. ¿Acaso las Escrituras, hablando del Mesías, no decían que Dios había puesto “todas las cosas bajo sus pies”? Pero, últimamente, la iglesia había sido golpeada con contundencia y los miembros de varias congregaciones domésticas se habían descorazonado y estaban cuestionando si Cristo tenía realmente control de la situación. En sus corazones se preguntaban si Dios no habría cerrado su oído a su clamor pidiendo alivio. Desilusionados, algunos habían sido presa de las dudas y habían abandonado la iglesia.

           Antonius Bardavid recordaba las tradiciones de la sinagoga y el apoyo de la comunidad judía, la alegría de las festividades y las solemnes celebraciones del calendario judío. Apreciaba la comunión de la comunidad de Cristo pero, sinceramente, echaba de menos las tradiciones de sus antepasados y, de manera especial, a los miembros de su familia. Los veía a distancia cuando iban juntos al mercado, junto al Tíber. Algunos de ellos seguían sin hablarle y pasaban por su lado sin mirarlo, como si fuera un gentil. Todo esto era muy duro, y hoy su soledad le caía encima como un tenebroso manto.

           Y, por si esto fuera poco, era uno de los miembros más pobres de la iglesia. Cuando Antonius se había hecho cristiano, había perdido su trabajo como aprendiz de sastre en el barrio judío. Ahora se pasaba el día retirando fruta y verdura podridas, barriendo suelos, matando moscas y preparando pedidos para desagradables esclavos romanos que compraban para sus ricas propietarias. Había caído tan bajo que a veces se llevaba a casa piezas de fruta en mal estado para matar el hambre que no conseguía saciar. Aun a los esclavos les iba mejor. Días atrás, Gayo, un esclavo que trabajaba en la cocina de un criador de caballos, le había dado un puñado de higos maduros diciéndole, “¡Toma, cristiano! Deja la carne humana y come un poco de buena fruta”. Sus estentóreas carcajadas habían resonado un buen rato. Ser pobre y cristiano invitaba doblemente a la burla.

           Las últimas dos semanas, Antonius no había asistido al ágape y al encuentro semanal de adoración, y su corazón se había enfriado un poco hacia los miembros de la pequeña comunidad doméstica. Sentía una inquietud espiritual en su interior que le advertía, amonestándolo por su pérdida de perspectiva; no obstante, últimamente había comenzado a desterrar estos pensamientos tan pronto como le llegaban a la mente. La amargura de Antonius por su situación iba en aumento y oscureciendo lentamente la verdad.

           Aquella noche, los creyentes tenían que reunirse para adorar juntos y animarse mutuamente. Se rumoreaba que los dirigentes habían recibido un documento procedente de algún lugar de oriente. Aunque descorazonado y tentado a no ir tampoco a esta reunión, Antonius había comenzado a sentir curiosidad y decidió acercarse hasta la casa donde iba a encontrarse la congregación. Entró a la habitación donde se había reunido el grupo y saludó a varios amigos, que también parecían cansados de la dura jornada. Con cordialidad y buen humor, la anfitriona les ofreció una bebida pero el abatimiento pesaba como una losa en la atmósfera. Después de la comida llegó, por fin, el dirigente del grupo, un hombre bueno y piadoso de casi setenta años. José había atravesado media ciudad, procedente de una reunión con otros dirigentes y jadeaba un poco. Visiblemente emocionado y sonriente, se puso frente al grupo de unas veinte personas, las manos un poco temblorosas por lo avanzado de su edad. Tras unas palabras de introducción, José respiró hondo y les explicó que les había pedido a los otros dirigentes que permitieran que su grupo fuera el primero en leer el rollo. Con los ojos brillándole, el anciano dijo: “Creo que os gustará oír estas palabras”. Desenrolló la primera parte del pergamino y comenzó a leer con vigor: “Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo…”.

           Desaliento. ¿Qué creyente de cualquier época no ha sentido, en uno u otro momento, el anestesiante efecto del desánimo que lo arrastra hacia el lodazal de la autocompasión y el desespero? La vida, y por tanto la vida cristiana, no es una excepción; está llena de pruebas que nos deshinchan emocionalmente y detienen nuestro avance. Cuando llega el desaliento —la clase de desaliento que grita preguntas a la fe— necesitamos ánimo y perspectiva; necesitamos a la comunidad de la fe; necesitamos ayuda para seguir adelante con el compromiso contraído. Hebreos se escribió para impartir este tipo de ayuda.

           Los comentaristas de este asombroso y complejo documento han tenido que abordar, con cierta reserva y provisionalidad, algunos asuntos del trasfondo. Como observa William L. Lane: “Hebreos es un deleite para quienes disfrutan con los rompecabezas”.1 De manera explícita, el autor habla muy poco de su propio contexto o del de sus receptores. No obstante, como en los casos de Sherlock Holmes, existen ciertas claves en el texto que llevan al investigador motivado a conclusiones verosímiles. Aunque ficticio, el relato de nuestro joven Antonius no está posiblemente lejos de la verdadera situación que subyace tras el libro de Hebreos.

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Una respuesta a Nuevo tomo de Comentarios con Aplicación NVI disponible en Kindle

  1. sionbv dijo:

    Bendiciones Peter.

    Saludos.

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