Twelve Months of Sundays

12 months NTW

El séptimo domingo de Pascua

(El domingo después del Día de la Ascensión)

Hechos 1.6-14 1 de Pedro 4.12-14; 5.6-11 Juan 17.1-11

‘La revelación de su gloria.’ La ascensión nos da una visión fugaz de la gran verdad que un día será revelada—o más bien, la gloriosa Persona que un día será revelada. Es como que el universo palpita con el conocimiento secreto de que Jesús, el Mesías, es su verdadero Señor, un conocimiento que todavía no puede expresarse con palabras porque no se comprendería. Ser cristiano es estar enterado de ese secreto, tenerlo grabado en su vida; porque la otra cara del secreto es el llamado cristiano a sufrir. La transformación del sufrimiento es otra parte clave del significado de la ascensión.

El ‘sufrimiento’ por el que los cristianos occidentales de vida cómoda pasan a menudo parece ser poca cosa en comparación con el que enfrentan nuestros hermanos y hermanas día a día en (por ejemplo) el Sudán. Una gran parte de él—el estrés de la vida contemporánea y todo que lo produce—en parte es auto-provocada, al menos a nivel de la sociedad. Pero hay un sufrimiento profundo, no cuantificable y, en consecuencia, imposible de comparar, que proviene de vivir como alguien que cree que el Mesías crucificado es el verdadero Señor del mundo, en medio de un mundo que vive según las reglas de la fuerza, o el placer, o la riqueza. Somos llamados a desentonar con la orquesta del mundo, a nadar contra el viento y la marea del mundo. No simplemente llevar la contraria y ser difíciles; más bien, entonados con la música escondida de Dios, mantenidos a flote por el oleaje sumergido de su amor.

Por consiguiente, es vital recordar que el Señor ascendido es precisamente el que fue crucificado. En el evangelio de Juan, que alcanza una especie de clímax en la gran oración del cap. 17, la crucifixión y el júbilo parecen fusionarse, para que la ascensión, cuando es prometida en Juan 20.17, no ‘revela su gloria’ de manera más plena que la propia cruz.

Sin esto, Hechos 1 sería simplemente una fanfarronada triunfalista. En el mundo de los lectores de Lucas, un emperador romano, al morir, se declaraba formalmente divino cuando alguien afirmaba haberle visto ascender hacia el cielo. La ascensión era el instrumento de poder y gloria: el poder del estado romano de mantener a los pueblos sujetos controlados tanto con la amenaza religiosa como la militar; la gloria del sistema imperial y la persona todopoderosa en la cima de él.

Para Lucas, sin embargo, como lo pone de manifiesto todo el libro de Hechos, el que el Jesús crucificado ahora había sido exaltado para compartir el trono del único Dios verdadero (desde luego, está pensando en Daniel 7 también) significaba que la misión de sus seguidores llevaría poder y hasta gloria, pero de un tipo muy diferente. Sería el poder, y la gloria, del amor que sufre. Cuando Jesús habla de que la gloria que el Padre le ha dado va a ser compartida con sus seguidores (Juan 17.22), esto parece ser un aspecto clave de lo que tiene en mente.

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