Todo comienza con Jesús (1)

Kinlaw Jesus better

A continuación el texto de las primeras páginas del libro

  1. UN NUEVO CONCEPTO DE DIOS

Un joven capellán, en una de las escuelas de la Universidad de Oxford, tenía como costumbre todos los años entrevistar a cada uno de los nuevos estudiantes en su escuela. Él quería conocer a cada uno de los estudiantes en forma personal y así poder explicarles algo del programa religioso de su escuela. En algunos casos, luego que el capellán había presentado su programa, un estudiante intentaba explicar de un modo un tanto embarazoso que él no creía en Dios y que entonces, con toda posibilidad no participaría en forma activa en el programa del capellán. El capellán en esos casos contestaba: «¡Qué interesante! ¿Y en qué Dios es en quien no crees?» El estudiante entonces intentaba explicar su ateísmo. El capellán se sonreía y comentaba sobre la realidad que el estudiante y él mismo tenían mucho en común, ya que él tampoco creía en la existencia de ese dios.

Los eruditos dicen que el Homo sapiens es la criatura religiosa. Donde quiera que hallemos seres humanos, encontramos actos y lenguajes religiosos. Hablar de Dios y la experiencia humana siempre van tomados de la mano. Cuando una persona habla acerca de Dios o de los dioses, ¿qué es exactamente lo que él o ella quiere decir? El uso corriente de la palabra Dios en el lenguaje humano parecería indicar que hay un acuerdo universal cuando se trata de ofrecer una definición. Sin embargo, la realidad es exactamente el polo opuesto.

La mayoría de los supuestos dioses que los incrédulos rechazan nunca han tenido una realidad objetiva y son simplemente fantasmas fabricados en sus mentes. El concepto en sus cabezas y la realidad detrás de todas las cosas pudiera tener muy poca relación entre sí. El dios delante de quien el creyente sincero se postra, asimismo puede ser una caricatura que hace poca justicia de la realidad que el creyente cree estar adorando. Las consecuencias para el creyente cuya comprensión mental de Dios está desviada tal vez no sean tan serias. Como lo son para la persona que niega directamente la existencia de Dios, pero aun así son también muy dañinas. El error, tanto para el creyente como para el no creyente, siempre acarrea consecuencias desafortunadas.

William Temple, quien fue uno de los Arzobispos de Canterbury, insistía que si nuestro concepto de Dios está equivocado, cuanto más religiosa sea la persona, tanto más peligrosos llegamos a ser para nosotros mismos y para los demás. Nuestro concepto de Dios debe ser una fiel representación de quién es él, el Dios con quien en última instancia todos tendremos que tratar. En realidad, no hay nada que sea tan importante para cada individuo y toda la sociedad.

DOS CLASES DE DIOS: POLI/PANTEÍSTA Y MONOTEÍSTA

Sin embargo, ¿cómo podemos saber cómo es Dios? Yehezkel Kaufman es de gran ayuda en este punto. En su obra excelente sobre la religión de Israel, insiste que todas las religiones del mundo se pueden clasificar en dos categorías.

La primera categoría incluye todas las religiones que son básicamente naturalistas y se expresan a sí mismas mediante el panteísmo o el politeísmo. Todas estas religiones ven todas las cosas como un todo sin ruptura y el ser divino como parte integral de ese total, o también pueden ver al ser divino como un nombre para el total del cual todos participamos. Algunas de esas religiones hablan del ser divino como de aquello que permea el total en el cual todos participamos. Esto es el panteísmo, tal como lo podemos ver en el hinduismo y en las ideas contemporáneas de la Nueva Era.

El otro grupo dentro de esta categoría ve la naturaleza como conteniendo lo divino. Lo divino se manifiesta en fuerzas múltiples, cada una de las cuales tiene su propia individualidad y se debe adorar por sí misma. Así los griegos podían hablar de Uranos (los cielos), Gaia (la tierra), Oceanos (los océanos), y Cronos (el tiempo); tal como los romanos consideraban seres divinos primordiales al Sol y a la Luna. Las culturas del mundo del antiguo Mediterráneo tenían todas el mismo Panteón, excepto que usaban nombres diferentes. Así, los griegos hablaban de Afrodita y los romanos de Venus, aunque ambas civilizaciones hablaban del mismo factor en la vida humana. Derivamos nuestra palabra afrodisíaco del nombre de Afrodita. Cuando hablaban de Afrodita y Venus, los griegos y los romanos se referían a la fuerza erótica que atrae el hombre a la mujer y la mujer al hombre. A tales fuerzas naturales se les atribuía una personalidad y luego se adoraba como si fueran dioses individuales. Hasta aquí hemos conocido este tipo de politeísmo clásico en las religiones del antiguo Medio Oriente y en las civilizaciones griega, romana y egipcia, en el mundo del Mediterráneo. Algunas versiones parecidas aún se hallan entre aquellos a quienes consideramos las personas más primitivas entre los pueblos de la tierra. En la actualidad estas vertientes están reapareciendo en nuestro mundo postmoderno a través de las enseñanzas y prácticas de la Nueva Era.

El segundo grupo del cual habla Kaufman, es decir las religiones monoteístas, contiene tres expresiones distintas, cada una de las cuales no está anclada en la naturaleza (a diferencia con el panteísmo y el politeísmo) sino en la historia. Estas religiones son el judaísmo, el islamismo y el cristianismo. Uno reconoce inmediatamente que estas tres son religiones históricas relacionadas con Israel y la Biblia hebreacristiana. Las raíces de las tres se remontan hasta Abraham y su mundo. Estas tres religiones ven a la naturaleza no como un ser divino, sino como una expresión creada de un Dios supremo que trasciende la naturaleza. Dios no es parte de la naturaleza y no debe confundirse con nada dentro de ella. Para estas tres religiones, mezclar la naturaleza y lo divino es ser culpable de idolatría, es decir adorar a aquello que no tiene existencia por y en sí mismo sino que es el producto de uno más allá de sí mismo, de quien proviene y de quien depende su misma existencia. En otras palabras, todas estas religiones monoteístas hacen una distinción ontológica entre el Creador y la creación.

El análisis de Kaufman es absolutamente preciso y no admite debatirse. Esto significa que debemos estarle agradecidos por simplificar nuestro problema, especialmente si sentimos que necesitamos un Dios que puede hacer una diferencia notable en la raza humana, o un Dios quien pueda ayudarnos en forma personal. El politeísmo y el panteísmo no tienen respuesta para el problema del mal porque ambos consideran al mal como parte del mundo divino y del mundo humano. Para ellos, cuando nosotros hablamos de «malo» y «divino» no son conceptos separables, ya que el mal en el mundo está dentro del ser divino. No existe nada sino «nosotros». No hay nada más allá que sea ontológica y moralmente diferente de nosotros a quien podemos invocar y a quien solicitarle ayuda. Por lo tanto, la historia, al igual que la naturaleza, se ve como repetitiva, y el futuro no puede ser esencialmente diferente al pasado ya que no existe una realidad personal trascendente y transhistórica que pueda hacer una diferencia. Por otra parte, los conceptos de la posibilidad de un nuevo mundo, de una nueva sociedad y de un tipo diferente de ser humano han llegado a nuestra cultura desde las escrituras hebreo-cristianas como resultado de la naturaleza del Dios de la Biblia.

Kaufman nos ayudó a dar el primer paso, pero el segundo es igualmente importante. Existe un Dios trascendente, ¿pero cuál es la naturaleza de semejante Dios? Una lectura cuidadosa de la literatura de las tres religiones monoteístas mostrará diferencias radicales entre esas tres expresiones religiosas y no hay un lugar donde se hagan más patentes que cuando intentan representar al ser de Dios.

El CRISTIANISMO: MONOTEÍSMO CON UNA DIFERENCIA

No puede caber ninguna duda que tanto el judaísmo, el islamismo y el cristianismo son religiones monoteístas. La gran verdad básica detrás del sistema judaico se halla en las palabras de la Sema en el libro de Deuteronomio: «Escucha, Israel: El SEÑOR nuestro Dios es el único SEÑOR» (Deuteronomio 6:4). Los textos del Antiguo Testamento indican con claridad que ser hebreo significaba creer en un solo Dios, el Dios de Abraham, el Dios que sacó a Israel de Egipto y que habló con Moisés en el monte Sinaí. Los profetas hebreos como Isaías se gloriaban en este hecho: «Yo soy el SEÑOR, y no hay otro; fuera de mí no hay ningún Dios» (Isaías 45:5). En forma reiterada Isaías hace tronar esta nota de certeza (Isaías 43:10; 44:8; 45:6, 14, 18, 21; et al.).

Todo el judaísmo que siguió en forma subsecuente ha sido inamovible en esta postura. Maimónides, quien se puede considerar como el jurista y filósofo más grande dentro del judaísmo, estableció el patrón de creencias. Preste atención a los comentarios que hace en cuanto a la circuncisión, el rito simbólico que es la señal del pacto Abrahámico:

Es mi convicción que la circuncisión tiene otro significado muy importante, es decir, que todas las personas que profesan esta opinión-es decir aquellos que creen en la unidad de Dios-deberían mostrar una marca en el cuerpo que los una e identifique, de tal modo que aquellos que no pertenecen a esa convicción no puedan decir que son uno de ellos, mientras son extraños … La circuncisión es un pacto hecho por Abraham nuestro padre a la luz de su creencia en la unidad de Dios. Por ende, todos los que se circuncidan se unen al pacto de Abraham.

El islamismo también es claro en su afirmación de que Alá es Dios y que solo él es el único Dios. El pecado por sobre todos los otros pecados es afirmar que pueden existir otros dioses fuera de Alá. Ese tema comienza temprano en el Corán y es a lo largo de toda la obra la creencia y afirmación central.

Vuestro Dios es un Dios; no hay otro Dios fuera de él. Él es el benefactor, el misericordioso… Y, sin embargo, hay hombres quienes toman para sí objetos de adoración además de Alá, a quienes aman como debieran amar a Alá … ¡Oh, que los obradores de maldad puedan ver el castigo, y comprendan que el poder es totalmente de Alá y que Alá es muy severo cuando castiga! … Entonces Alá les mostrará que sus acciones son de profundo dolor para ellos, y que no escaparán del fuego. (2.163, 165, 167)

El Corán destaca de manera muy particular que Alá no tiene hijos (2116, 1935, 19:90-93, 112:3). Él reina por sí solo.

El cristianismo se une al judaísmo y al islamismo en su afirmación que hay un solo Dios. Jesús afirma de manera firme que él y Moisés provienen de la misma tradición y adoran al mismo Dios (Juan 5:45-46). Dios es uno solo y se debe amar con una devoción única y exclusiva (Marcos 12:29-30). Pablo, como un buen judío que era, también proclama su monoteísmo: «De modo que, en cuanto a comer lo sacrificado a los ídolos, sabemos que un ídolo no es absolutamente nada, y que hay un solo Dios. Pues aunque haya los así llamados dioses, ya sea en el cielo o en la tierra (y por cierto que hay muchos “dioses” y muchos “señores”), para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y para el cual vivimos; y no hay más que un solo Señor, es decir, Jesucristo, por quien todo existe y por medio del cual vivimos» (1 Corintios 8:4-6). Para el cristiano, al igual que para el buen judío y el devoto musulmán hay un solo Dios y es el único Dios.

Pero hay una diferencia. Cuando los cristianos dicen que Dios es uno, la unicidad de la cual hablan no es la misma unicidad de la cual hablan los judíos y musulmanes. No es la unicidad de una mónada, de un solo ser divino que es simple en su naturaleza. Los cristianos creen que dentro de esta unidad hay diferencias personales. Noten el pasaje que acabamos de mencionar escrito por el apóstol Pablo. En este se afirma la unicidad de Dios pero de manera inmediata agrega: «para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y para el cual vivimos; y no hay más que un solo Señor, es decir, Jesucristo, por quien todo existe y por medio del cual vivimos» (8:6).

Lo que Pablo añade acarrea implicaciones radicales.

LA DIFERENCIA: JESÚS

El problema que el mundo entero tiene con el cristianismo es Jesús. Él es «una piedra de tropiezo y una roca que hace caer» (1 Pedro 2:8; Romanos 9:32-33) y que separa el monoteísmo del cristianismo del que sostienen judíos y musulmanes. Y la separación es absoluta. Esto afecta todos los aspectos de la doctrina cristiana y le ofrece su distintivo en su comprensión del ser de Dios, la humanidad, el pecado, la salvación y el fin de la historia.

El corazón del problema radica en la definición que Jesús ofrece de sí mismo y su relación con Dios. La información más importante sobre este tema se encuentra en todos los evangelios y epístolas del Nuevo Testamento, pero se nota en forma distintiva en el Evangelio de Juan, especialmente en aquellos párrafos donde Jesús expone su propia relación con Dios. La relación que describe es muy íntima. Esto se pone en evidencia cada vez que usa la palabra Padre.

Aunque en los otros evangelios Jesús utiliza a menudo la palabra Padre para Dios, en Juan ocurre el doble de veces que en Mateo, tres veces más que en Lucas y seis veces más que en Marcos. La usa tan menudo en Juan que es evidente que el personaje central del libro, al igual que en la vida de Cristo, no es él mismo sino el Padre. Cristo y el Evangelio de Juan señalan algo más allá de sí mismos. Ambos consideran a Jesús como «el enviado» que vino del Padre para hacer la obra del Padre. El lenguaje, la sintaxis, e incluso la misma gramática del Evangelio de Juan, muestran la centralidad de este concepto. Juan deja bien en claro que siempre existió una relación muy íntima entre Jesús y el Padre, una muy distinta de la que Dios tuvo con un profeta e inclusive con Moisés, de quien se dice que habló con Dios cara a cara.

El quinto capítulo del Evangelio de Juan presenta este tema en forma muy clara. Jesús se halla en Jerusalén y ve a un hombre yaciendo junto al estanque de Betesda. El hombre estaba inválido desde hacía treinta y ocho años, aparentemente incapacitado de caminar. Jesús le pregunta si quiere sanarse. Cuando el hombre responde afirmativamente, Jesús le da la orden de levantarse, tomar su camastro y caminar. El hombre hizo tal como Jesús le ordenó. La mala noticia es que el milagro ocurre en un día sábado y según la ley de Moisés estaba prohibido llevar alguna carga en el día de reposo. Este acto de Jesús dejó en estado de shock a los que se hallaban en el atrio del templo. Cuando los líderes del templo se enteran que fue Jesús quien ordenó al hombre paralítico que cargara su camastro, entonces se vuelven contra él. Lo condenan por haber cometido una infracción mayor en contra de la Ley. La respuesta de Jesús es críptica. En respuesta a las acusaciones les dice que su Padre trabaja el día sábado, y que él tan solo está siguiendo su ejemplo.

Los judíos aceptaban el hecho de que Dios trabajaba el día sábado. ¿Cómo, pues, podía explicarse el origen de la lluvia o el nacimiento de un bebé cuando esto ocurría un día sábado? Esos procesos naturales se consideraban actos de un Dios misericordioso y lleno de gracia, quien se preocupaba por su pueblo. Entonces Jesús les lanzó la pregunta, ¿por qué los judíos estaban escandalizados cuando el Hijo de Dios hace una obra de misericordia en el día sábado? ¿Acaso el Hijo no debe obrar tal como la hace el Padre?

Los líderes del templo y los sacerdotes comprendieron muy bien las implicaciones de tal afirmación. De inmediato insistieron que Jesús era mucho más que alguien que quebrantaba la ley. Él se estaba colocando en el mismo nivel de Dios, haciéndose igual a Dios. Esto, por supuesto, era blasfemia para el buen judío monoteísta. Entonces, ¿a quién le puede sorprender que el liderazgo del templo acusara a Jesús de esta ofensa capital?

Esta acusación hizo que Jesús diera uno de los discursos más largos que se registran en los Evangelios sobre el tema de su relación con el Dios de Israel. Les informó a los judíos que era del Hijo de su Dios y que en esa condición él no hacía nada por sí mismo (Juan 5:19). Él estaba haciendo solamente lo que veía hacer al Padre. El Padre, insistió Jesús, compartía con él todo lo que el Dios eterno hacía. Además, agregó que su Padre, quien es la fuente de la vida, comparte su vida con el Hijo. El Hijo no tiene vida en sí mismo sino que la deriva del Padre en forma perpetua. El Padre tiene todo el poder, aun el poder de levantar a los muertos, y le ha dado todo ese poder a él, Jesús su Hijo. En realidad, el Padre, el Dios de Israel, quien es el juez de toda la tierra, le ha dado todo el juicio a Jesús, el Hijo (v. 27).

Las obras que Jesús estaba haciendo, tales como sanar al paralítico, eran una evidencia que había sido enviado por el Padre. Esto significaba que la nación debería reconocerlo como quien era. Juan el Bautista identificó a Jesús como aquel a quien Israel estaba esperando (Juan 5:33,36), y el mismísimo Moisés, el hombre más grande entre todos los hombres, juntamente con todos los otros profetas, había profetizado su venida (vv. 46-47). Esto implicaba que Jesús debía ser honrado tal como el Padre era honrado porque él es el Hijo del Padre. El hecho de no reconocerlo y no venir a él significaba, insistió Jesús, que perderían la vida que él en su gracia había venido para ofrecerles (vv. 39-40).

Este discurso, que Jesús pronunció luego de haber levantado al paralítico que había estado postrado durante treinta y ocho años, cambió para siempre la relación entre Jesús y los oficiales del templo y entre Jesús y las autoridades de Jerusalén. Desde ese mismo momento se propusieron matar a Jesús porque él afirmaba ser igual a Dios, y en consecuencia era un blasfemo.

Un milagro subsecuente intensificó aun más las hostilidades entre los oficiales del templo y Jesús, y subrayó para ellos la necesidad de matar a Jesús. El relato se encuentra en Juan capítulos 9 y 10. Es la historia de Jesús dándole la vista el hombre que había nacido ciego. Una vez más Jesús realiza el milagro un sábado, y de inmediato se trajo el caso delante de los líderes del templo. A continuación del relato de este milagro, Juan nos ofrece el discurso que Jesús ofreció sobre el Buen Pastor, aquel que da la vida por sus ovejas (Juan 10:11). Habló en una forma tan íntima de su relación con Dios, su Padre, que los líderes decidieron desafiarlo. Cuando le dijo que él y el Padre eran uno, ellos tomaron piedras para lapidarlo ya que entendían que estaba afirmando ser divino. Su intento, sin embargo, terminó en la nada ya que Jesús se les escurrió entre las manos. Los oficiales del templo quedaron totalmente convencidos que Jesús no solo afirmaba igualdad con Dios, sino que también afirmaba cierta identidad con el Padre. Por tanto, Jesús debía ser destruido.

Juan nos ofrece en los capítulos subsiguientes de su Evangelio otras afirmaciones de labios de Jesús que confirman el juicio del liderazgo judío en cuanto a la comprensión que Jesús tenía de sí mismo. La cúspide de las afirmaciones que hizo Jesús sucedió el jueves por la noche durante la Semana Santa en el diálogo privado en el aposento alto. Allí no habló con los líderes del templo judío sino con sus discípulos, de la misma manera que momentos más tarde hablaría con el Padre en su presencia a través de la oración sacerdotal que encontramos en Juan 17. En esos discursos insiste que él y el Padre son uno. En verdad, son «tan uno» que quien haya visto a Jesús ha visto al Padre, y al conocerlo a él los discípulos han conocido al Padre (Juan 14:7,9). Los dos, el Padre y el Hijo, son inseparables. Jesús insistió que su unión con el Padre es tan íntima que rechazarlo a él, es rechazar al Padre y recibirlo a él es recibir al Padre (Juan 13:20).

Al registrar esas afirmaciones, Juan recalca y explica la comprensión que Jesús tenía de sí mismo. Esta misma comprensión se encuentra en los otros tres Evangelios (cf. Mateo 10:40; 11:27; Marcos 12:1-12; Lucas 10:22), sin embargo, es en Juan donde se nos ofrece con mayores detalles y con un enfoque más preciso.

Como consecuencia de estos discursos de Jesús, Juan concluye para sí mismo que nadie ha visto jamás al Dios eterno, pero que Jesús, el Hijo eterno de Dios, quien vino del seno del Padre, lo ha dado a conocer para todos nosotros (Juan 1:18; cf. Mateo 11:27). Juan consideró a Jesús como la Palabra de Dios, una Palabra que en el principio estaba con Dios, y que era divina en sí misma; y que trajo todas las cosas a la existencia.

No hace falta estar muy familiarizado con la literatura judía para darse cuenta que los primeros versos con los cuales Juan comienza su Evangelio, cuando habla de la Palabra de Dios, son una paráfrasis de los versos con los cuales el libro de Génesis comienza su relato. En Juan, no obstante, algo que está apenas implícito en Génesis, se hace bien explícito. En Génesis aprendemos que Dios creó el mundo por su palabra. La frase clave en Génesis 1 es: «Y dijo Dios». Es un hecho significativo que la palabra hebrea usada para Dios (Elohim) está en plural, mientras que el verbo «dijo» (wayyo’mer) está en singular. En el comienzo hubo un solo Dios, pero en esa unicidad había tal riqueza que era imposible trasmitirla mediante un sustantivo singular. Con Dios estaba su Palabra, y la Palabra tenía sus propias características distintivas. Así, Juan pudo ampliar el relato de Génesis y decirnos que la creación era la obra de la Palabra de Dios.

Por los Evangelios aprendemos que esa Palabra, es el Hijo eterno del Padre y que tiene características tan distintas del Padre, que se pudo encarnar en el feto de una mujer virgen. El Hijo de Dios, ahora encarnado en forma humana, está tan identificado con nosotros los mortales que un día llegó a orar a su Padre en el jardín de Getsemaní, para recibir la gracia necesaria para completar la tarea que el Padre le había enviado a completar. Sí, los Evangelios nos dicen que Dios es uno, pero en una unidad diferente a la que sostienen los musulmanes y los judíos.

Lo que los Evangelios afirman en cuanto a Jesús y su relación con el Padre se desarrolla aun más en el resto del Nuevo Testamento. Pablo afirma en Colosenses 1:15 que Jesús es la misma «imagen del Dios invisible». De esta manera, Pablo está de acuerdo con el testimonio de Juan que quien ha visto a Jesús ha visto a Dios. Al igual que Juan, Pablo insiste en que todas las cosas fueron creadas por él y para él y que todas ellas subsisten por su poder. Es más, en Jesús habita toda la plenitud de la divinidad. El escritor de la carta a los Hebreos, en la introducción de su escrito (Hebreos 1:1-4), lleva este argumento un paso más allá cuando afirma que Jesús «es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que él es», quien sostiene todas las cosas con su palabra poderosa». El resto del Nuevo Testamento hace eco de este pensamiento y lo amplifica.

El libro de Apocalipsis completa este cuadro. Jesús, el Cordero de Dios, aparece de pie sobre el mismo trono de Dios (Apocalipsis 5:6). En la escena final del libro (Apocalipsis 22:1-5), el trono de Dios, el asiento de todo el poder y la autoridad divina, se identifica tanto como el trono de Dios y del Cordero, donde el Cordero recibe adoración junto con el Padre. Por lo tanto, en los últimos tiempos el Cristo de los Evangelios recibe los atributos que solo están reservadas a la divinidad. En forma obvia, el Dios que se nos describe aquí es radicalmente diferente al Dios a quien los líderes del templo judío en tiempos de Jesús habían concebido y a quien adoraban. Este Dios, también es muy diferente de Alá a quien los musulmanes han adorado a lo largo de los siglos. Jesús afirmó que Dios es uno, de la misma manera que Moisés insistió, pero en esa unicidad existe una diferenciación que capacita a Jesús para ser distinto del Padre y al mismo tiempo ser parte de la unidad divina.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Dennis F. Kinlaw y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s