Otro libro de Craig Blomberg en español

Blomberg tres preguntas

Este es otro libro que podría tener más salida si no se hubiera incluido en la serie de ‘teología’. Aborda tres temas básicos relacionados con el Nuevo Testamento.

CAPÍTULO 1

¿Podemos confiar en la historicidad del Nuevo Testamento?

Jesús y los orígenes del cristianismo continúan fascinando al público estadounidense. Los estantes de religión de las cadenas de librerías más importantes están llenos de títulos sobre estos temas, aunque, desgraciadamente, tanto podemos encontrar libros escritos por eruditos respetables como otros que no son más que ficción y que afirman ser el último «descubrimiento verdadero» acerca de los principios del cristianismo. De dichos volúmenes que van más allá de lo que sería la pura erudición bíblica, podríamos distinguir tres categorías.

Para empezar, existen los libros que no se basan en ninguna evidencia histórica genuina y que, por tanto, son los más preocupantes. Un antiguo catedrático en ciencias atmosféricas de una importante universidad pública se entusiasmó con los ovnis y publicó dos libros sobre un presunto documento en arameo que reescribe el Evangelio según Mateo y que fue descubierto en Oriente Medio, aunque después fue (convenientemente) extraviado y conservado tan solo en una traducción en alemán de un «ufólogo». En este documento, Jesús es, en realidad, ¡un extraterrestre del espacio sideral que viene a visitar el planeta Tierra para enseñar una doctrina parecida a la filosofía moderna de la Nueva Era! También existe una antigua colección de gran éxito sobre ficción cristiana antigua y reciente titulada The Archko Volume, que, según dice, saca a la luz los hechos reales de Jesús y del cristianismo primitivo, sin admitir que no hay ningún historiador serio que crea que nada de su contenido pueda reflejar ningún hecho histórico.

La segunda categoría incluye aquellos volúmenes en que se distorsionan las pruebas descubiertas recientemente. Al desenterrarse los Rollos del Mar Muerto justo después de la Segunda Guerra Mundial, aparecieron todo tipo de afirmaciones sensacionalistas asegurando que cambiarían radicalmente la historia de los orígenes del cristianismo. Sin embargo, esto nunca ocurrió, aunque surgió otra oleada de exageraciones extravagantes a principios de los años 90, cuando se publicó y tradujo la última serie de unos documentos muy fragmentarios procedentes de Qumrán, el lugar de la secta del Mar Muerto. Una de las series de acusaciones más famosas viene de una colección de obras escritas por la australiana Barbara Thiering, que sostiene que varios de los personajes que aparecen en estos documentos, y que representan a los miembros de la comunidad de Qumrán y a otros del mundo judío de aquel tiempo, ¡solo son nombres en clave para Juan el Bautista, Jesús y algunos de sus seguidores! No obstante, no hay razón para pensar que los de Qumrán inventaran tales claves, sobre todo porque la gran mayoría de sus documentos son anteriores al siglo I D.C. y al nacimiento de Cristo. Así, no es de extrañar que Thiering no haya cosechado muchos seguidores entre los demás eruditos.

Desde los círculos conservadores también nos llegan distorsiones de los descubrimientos recientes. El evangélico alemán Carsten Thiede ha escrito recientemente varias obras donde sostiene que minúsculos fragmentos de manuscritos en griego hallados en Qumrán, que además contienen solo unas pocas letras cada uno, representan versículos del Evangelio según Marcos. De ser cierto, estos hallazgos obligarían a situar el Evangelio en una fecha más temprana de lo que, por lo general, incluso los estudiosos conservadores han defendido. Thiede también es de la opinión de que la copia de Mateo en griego, conservada desde hace tiempo en la biblioteca del Magdalen College, en Oxford, data de mediados del siglo I D.C. En cambio, prácticamente el resto de eruditos que han examinado estas afirmaciones opina que la comparación de los fragmentos de Qumrán con Marcos es un error y que el papiro de Oxford procede del mismo códex (o libro) al que pertenecen otros papiros del siglo III D.C. que se hallan en París y Barcelona. Es posible que los cristianos conservadores desearan que las hipótesis sostenidas por Thiede fueran plausibles, pero se desacreditarían frente a los demás si intentaran apoyar unas tesis tan poco probables solo con el propósito de afianzar su apologética.

La tercera categoría nos lleva aun más cerca de los límites de lo que es la erudición seria. En el sector más liberal de la Teología existen entendidos del Nuevo Testamento completamente acreditados que llevan a cabo sus investigaciones de buena fe, pero que a la hora de presentar sus opiniones lo hacen como si estas reflejaran el consenso de todos los académicos, cuando en realidad solo están representando al «sector radical». El ejemplo más famoso en los últimos años es, sin duda, el «Seminario de Jesús». Este grupo está formado mayoritariamente por eruditos del Nuevo Testamento (aunque muchos no eran especialistas en la investigación del Jesús histórico), que al principio llegó a tener más de doscientos miembros, pero que al final se quedó en menos de cincuenta. Consiguió la atención de los medios de comunicación para sus conferencias bianuales desde finales de los años 80 y durante la década siguiente. Mediante la votación de cada una de las palabras y acciones atribuidas a Jesús en los cuatro evangelios y en el apócrifo Evangelio según Tomás, el Seminario de Jesús llegó a la conclusión de que solo un dieciocho por ciento de las palabras de Jesús y un dieciséis por ciento de las acciones que aparecen en estos cinco documentos representan algo parecido a lo que Jesús dijo o hizo realmente.

Sin embargo, estas conclusiones estaban prácticamente determinadas por las presuposiciones y metodología del Seminario. En un listado especialmente franco de las mismas, el Seminario explica que los milagros no pueden ocurrir, lo que hace que todos los sucesos sobrenaturales de los Evangelios queden rechazados ya desde el principio, y que Jesús jamás habló de sí mismo, del futuro o del juicio final (un tema indigno para un maestro sabio). Estas últimas presuposiciones van mucho más allá de la tendencia antisobrenatural de las anteriores, que concluirían diciendo que Jesús no podía haberse visto como un ser divino o haber predicho el futuro de manera inequívoca. En vez de eso, afirman lo que no podría decirse de ningún otro líder religioso de la Historia, a saber, que Jesús no hizo ninguna afirmación sobre su identidad ni especuló en absoluto sobre los acontecimientos futuros. Además, aunque es posible que ciertos liberales modernos no puedan soportar la idea de un juicio final en el que toda la humanidad tenga que dar cuentas a Dios, esta era una creencia casi universal en el mundo de Jesús, por lo que sería asombroso que él no hubiese reflexionado sobre el tema.

Aunque el Seminario de Jesús ha dado por acabado su trabajo y ya se ha disuelto, a principios del milenio se formó el «Seminario de Hechos», un grupo parecido al anterior cuyos resultados iniciales ya sugieren que están adoptando los mismos enfoques defectuosos. Afortunadamente, este último ha recibido mucha menos atención mediática, por lo que podemos tener la esperanza de que acabe desapareciendo por completo.

Mientras tanto, uno de los secretos mejor guardados del público del siglo XXI es que lo que se ha llamado durante los últimos veinticinco años La tercera búsqueda del Jesús histórico, ha resultado ser, en su mayor parte, mucho más optimista sobre cuánto podemos conocer acerca del fundador del cristianismo. La investigación sobre los diferentes enfoques que Ben Witherington llevó a cabo a mitad de los años 90 nos da una buena visión general. Después de centrarse en las diferentes partes de los retratos que aparecen en los Evangelios y compararlos con una cantidad de información sin precedentes que ya está disponible sobre el mundo judío, griego y romano del siglo I D.C., ciertos estudiosos serios dentro de la corriente dominante del Nuevo Testamento han mostrado las numerosas maneras en que Jesús fue un profeta lleno del espíritu de una nueva era venidera, un reformador social, un sabio, y un mesías marginado. Solo un poco menos intenso es un renovado examen erudito del apóstol Pablo, llevado a cabo de forma similar por Witherington, que incluye una rehabilitación del valor del libro de los Hechos, especialmente de los pasajes que se ocupan del ministerio de Pablo.

Sin embargo, fuera de los círculos propiamente evangélicos, aunque aún dentro de la corriente académica mayoritaria y centrista del Nuevo Testamento, todavía existe la creencia de que una mayoría sustancial de los Evangelios o de Hechos no es históricamente fiable. Para separar las partes más históricas de las que lo son menos,11 se han utilizado ciertos criterios estándar que, según estudios recientes, parecen resultar, una vez más, inadecuados para lo que tratan de conseguir. Los dos criterios utilizados más a menudo por los estudiosos de los Evangelios son especialmente conocidos como la «desemejanza» y el «testimonio múltiple». El criterio de la desemejanza acepta como auténtico aquello que aleja un hecho o frase de los Evangelios del mundo judío convencional en el que vivía Jesús y del cristianismo posterior, ya que es poco probable que cualquier otro judío o cristiano lo hubiera inventado. El criterio del testimonio múltiple acepta como probablemente histórico aquello que aparece en más de un Evangelio o que aparece en más de una fuente o forma literaria, aparte de la hallada en los Evangelios. Ambos criterios pueden señalar elementos que están anclados de manera segura en el ministerio del Jesús histórico, pero no pueden eliminar lógicamente todo aquello que no apruebe estos dos exámenes. Jesús coincidió con sus predecesores judíos y los cristianos primitivos lo imitaron con precisión en muchos sentidos. Además, los testimonios individuales también pueden revelar verdades históricas. Es por todo ello que necesitamos criterios más complejos si vamos a cuestionar la historicidad de algunos elementos de los Evangelios.

De hecho, varios eruditos han desarrollado recientemente un criterio dividido en cuatro partes, que aumenta la probabilidad de que algunos pasajes largos de los Evangelios sean históricamente ciertos. N.T. Wright, obispo de Durham, Inglaterra, probablemente uno de los principales eruditos del Nuevo Testamento en el protestantismo de hoy, lo llama criterio de doble desemejanza y semejanza, mientras que los estudiosos alemanes Gerd Theissen, Annette Merz y Dagmar Winter hablan del criterio de la verosimilitud histórica. En cada caso, las diferentes características de los Evangelios demuestran de forma simultánea (1) suficiente continuidad con los orígenes judíos como para que sean creíbles en el entorno del Israel de las primeras décadas del siglo I D.C.; (2) suficiente discontinuidad con el judaísmo convencional como para que no puedan ser el producto de la invención de un judío cualquiera; (3) suficiente continuidad con el cristianismo primitivo como para demostrar que Jesús no fue malinterpretado de la misma manera por sus discípulos; y (4) suficiente discontinuidad con el movimiento inicial de Jesús como para sugerir que no lo inventó uno de los primeros cristianos. Cuando se satisfacen las cuatro condiciones, podemos confiar en que los Evangelios nos están presentando una información precisa. Wright es más optimista que el trío alemán sobre cuánto material satisface estas condiciones. No obstante, estos últimos aceptan en sus escritos muchos de los temas centrales de los Evangelios, sin duda muchos más de los que han sido normalmente, han reconocido los estudiosos alemanes, sumamente escépticos.

El alcance de este libro es demasiado modesto para comentar, por muy breve que fuera, cada uno de los temas o partes centrales del contenido del Nuevo Testamento. Sin embargo, sí puedo señalar varios puntos más generales que aportan un peso sustancial para la credibilidad histórica de los cinco libros neotestamentarios que, según se ha afirmado tradicionalmente, contienen una exposición verídica de la vida de Jesús y de la primera generación de la historia del cristianismo: los Evangelios según Mateo, Marcos, Lucas y Juan y el libro de los Hechos. Para eso, nos ponemos el sombrero de historiador e intentamos, por el momento, categorizar la creencia cristiana. No queremos caer en el error de hacer lo que tanto hemos criticado del Seminario de Jesús, es decir, presuponer nuestras conclusiones.14 Sin embargo, aun limitándonos a los enfoques adoptados por los historiadores clásicos que estudian otras gentes, hechos e instituciones de los mundos judío, griego y romano antiguos, nos encontramos con un cúmulo de casos que nos sugiere que nos podemos fiar de los datos históricos presentados en los cinco libros mencionados.

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