Un buen libro sobre la transformación del creyente

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 Capítulo 1

UNA INTRODUCCIÓN A LA FORMACIÓN ESPIRITUAL

El «Más Allá y Más Adentro» y el Camino de Jesús

Con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida.

PROVERBIOS 4:23

Nuestra vida procede de nuestro corazón. La parte de nosotros que dirige y organiza nuestra vida no es la física. Esto es algo que sigue siendo cierto aunque lo neguemos. Tú tienes un espíritu dentro de ti que ha sido formado. Se ha configurado con un carácter específico. Yo tengo también un espíritu que ha sido formado; esto es una verdad común a todo ser humano.

El espíritu humano es algo que no puede ignorarse, un aspecto fundamental de cada hombre y mujer; y su carácter se configura a partir de las experiencias por las que hemos pasado y las elecciones que hemos hecho en el pasado. Esto es lo que significa que es «formado».

Nuestra vida y el modo en que encontramos el mundo ahora y en el futuro es, casi por completo, un simple resultado de lo que hemos llegado a ser en lo más profundo de nuestro ser: nuestro espíritu, voluntad o corazón. A partir de ello vemos nuestro mundo e interpretamos la realidad; tomamos nuestras decisiones, entramos en acción, e intentamos cambiar las cosas. Nuestra vida procede de las profundidades de nuestro ser: algo que en gran medida no entendemos.

«¿Quieres decir –dirán algunos– que los desastres individuales y colectivos que saturan el escenario humano no nos vienen impuestos desde afuera? ¿Que no se trata simplemente de cosas que suceden?».

Sí. Esto es lo que quiero decir. En el mundo de hoy, el hambre, la guerra, y las epidemias son casi por completo el resultado de decisiones humanas, que son a su vez expresiones del espíritu humano. Si bien existen varias salvedades y matices acertados, en general lo anterior es rigurosamente cierto.

Los desastres individuales son consecuencia también, en gran medida, de decisiones humanas, ya sean las nuestras o las de otros. Las situaciones en que nos encontramos no son nunca tan importantes como nuestras respuestas a ellas (puede que lo sean en algún caso muy puntual), unas respuestas que proceden de nuestro lado «espiritual ». Un corazón cuidadosamente cultivado, ayudado por la Gracia de Dios, preverá, impedirá o transformará la mayor parte de las dolorosas situaciones ante las que otros reaccionarán como niños impotentes diciendo: «¿por qué?».

La Biblia está llena de sabiduría acerca de estas cuestiones. Esta es la razón por la que a los principales libros del Antiguo Testamento les llamamos «literatura sapiencial». Jesús lo resume todo en sus enseñanzas. Él es poder y sabiduría de Dios (1 Corintios 1:24). Nos dice, por ejemplo: «buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33). Y «cualquiera que oye estas palabras mías y las pone en práctica, será semejante a un hombre sabio que edificó su casa sobre la roca; y cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y azotaron aquella casa; pero no se cayó, porque había sido fundada sobre la roca» (Mateo 7:24-25).

Por tanto, la mayor necesidad que tenemos tú y yo –la mayor necesidad del colectivo humano– es la renovación de nuestro corazón. Este órgano espiritual de nuestro interior del que proceden nuestras perspectivas, elecciones y acciones ha sido configurado por un mundo alejado de Dios. Ahora ha de ser transformado.

De hecho, la única esperanza de la Humanidad radica en el hecho de que, del mismo modo que nuestra dimensión espiritual ha sido formada, puede también ser transformada. Ahora y a lo largo de los tiempos esto ha sido reconocido por todos los que han reflexionado con profundidad respecto a nuestra condición: desde Moisés, Salomón, Sócrates y Spinoza, hasta Marx, Nietzsche, Freud, Oprah y los ecologistas y feministas de nuestros días.

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