Cita de Vida en Comunidad, de Bonhoeffer

Vida cover

La sagrada Escritura dice … que el primer pensamiento y la primera palabra del día pertenecen a Dios: «De mañana tú escuchas mi voz; de mañana me pongo ante ti y espero» (Sal 5, 4); «mis plegarias se dirigen a ti desde el amanecer» (Sal 88, 14); «Pronto está mi corazón, oh Dios, mi corazón está dispuesto. Te cantaré y te ensalzaré. ¡Despierta, gloria mía, despertad salterio y cítara, y despertaré a la aurora!» (Sal 57, 8). Desde el amanecer, el creyente tiene sed de Dios y suspira por él: «Me adelanto a la aurora pidiendo auxilio, y espero en tu palabra» (Sal 119, 147). «Oh Dios, tú eres mi Dios, te busco sin cesar; mi alma tiene sed de ti; mi carne suspira en pos de ti como tierra reseca, sedienta, sin agua» (Sal 63, 2). La Sabiduría de Salomón, por su parte, quiere «anticiparse al sol para darte gracias y salirte al encuentro al levantarse el día» (Sab. 16, 28), y el Eclesiástico de Jesús Ben Sirach dice en particular del escriba que «madruga de mañana para dirigir su corazón al Señor que le creó, para orar en presencia del Altísimo » (Eclo 39, 6). Asimismo, la Escritura considera el amanecer como la hora en la que Dios nos concede su ayuda especial. De la ciudad de Dios se dice que «Dios la socorrerá desde el clarear de la mañana» (Sal 46, 6), y de Dios, que «sus misericordias se renuevan todas las mañanas» (Lam 3, 22).

Para el cristiano el comienzo del día no debe estar sobrecargado ni obstaculizado por los quehaceres múltiples que le esperan. Cada día que comienza está sometido al Señor que lo creó. Solamente la claridad de Jesucristo y su palabra resucitadora es capaz de disipar la oscuridad, la confusión de la noche y sus quimeras. Ella desvanece toda inquietud, toda impureza, toda aflicción y toda angustia. Por eso, al comienzo de nuestra jornada, debemos acallar todos los pensamientos y palabras inútiles, y dirigir nuestra primera palabra y nuestro primer pensamiento a aquel a quien pertenece toda nuestra vida. «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará» (Ef. 5, 14).

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