Otro libro de Eugene Peterson

EL DISCIPULADO

“¿Cómo competirás con los caballos?”

Si los que corren a pie han hecho que te canses, ¿cómo competirás con caballos?

Jeremías 12:5 NVI

Lo esencial en “el cielo y en la tierra” es … que tendría que existir una larga obediencia en la misma dirección; de ese modo el resultado sería, y ha sido siempre a la larga, algo que hace que valga la pena vivir. Federico Nietzsche, Más Allá del Bien y del Mal

Este mundo no es amigo de la gracia. El individuo que se entrega a Jesucristo como su Señor y Salvador no encuentra que se reúna de inmediato una multitud de personas para aplaudir su decisión o que sus viejos amigos se congreguen espontáneamente alrededor de él para felicitarlo y ofrecerle consejos. Por lo general, a pesar de que no haya nada directamente hostil, la acumulación de censuras algo perplejas y la indiferencia agnóstica constituyen una oposición sorprendentemente formidable.

Una antigua tradición divide las dificultades que enfrentamos en la vida de fe en las categorías del mundo, la carne y el diablo. En la mayoría de los casos, se nos previene sobre los peligros de la carne y de las artimañas del diablo. Sus tentaciones tienen una forma determinable y mantienen una continuidad histórica. Eso no implica que sea más sencillo resistirlas; hace que sea más fácil reconocerlas.

Sin embargo, el mundo es proteico: cada generación tiene que contender con el mundo en una forma nueva. El mundo es una atmósfera, un humor. Al pecador le resulta tan difícil reconocer las tentaciones del mundo como a un pez descubrir las impurezas en el agua. Existe una sensación, un sentimiento de que las cosas no están bien, que el medio ambiente carece de integridad, pero saber exactamente lo que es elude nuestro análisis. Sabemos que la atmósfera espiritual en la cual vivimos erosiona la fe, disipa la esperanza y corrompe el amor, pero es difícil saber exactamente qué es lo que está mal. 

Turistas y peregrinos

Un aspecto del mundo que he podido identificar como algo pernicioso para los cristianos es la suposición de que hay que adquirir de inmediato todo aquello que valga la pena. Suponemos que si existe algo que se pueda hacer, debe ser hecho rápidamente y con eficiencia. Nuestra capacidad de concentración ha sido condicionada por los avisos comerciales de treinta segundos de duración. Nuestro sentido de la realidad ha sido arrasado por las versiones condensadas de treinta páginas.

En un mundo semejante no es difícil lograr que una persona se interese en el mensaje del evangelio; lo que es terriblemente difícil es mantener su interés. Millones de personas de nuestra cultura toman la decisión de entregar su vida a Cristo, pero existe un espantoso índice de abatimiento. Muchos afirman que han vuelto a nacer, pero la evidencia de un discipulado cristiano maduro es poca. En nuestra clase de cultura todo se puede vender, incluso las nuevas sobre Dios, siempre y cuando tenga un envase fresco y novedoso; pero cuando éste pierde su frescura, va a parar a la basura. Existe un enorme mercado para la experiencia religiosa en nuestro mundo, sin embargo, hay poco entusiasmo por la adquisición paciente de virtud, y muy poco interés en inscribirse para el extenso aprendizaje de aquello que las generaciones anteriores de cristianos llamaban santidad.

En nuestra época, la religión ha sido capturada por la mentalidad del turista. Se piensa que la religión es como la visita que realizamos a un sitio atractivo cuando tenemos el suficiente tiempo libre para hacerlo. Para algunos es una excursión semanal a la iglesia; para otros, visitas ocasionales a cultos especiales. Algunos, con una inclinación hacia el entretenimiento religioso y la diversión sagrada, planifican sus vidas alrededor de eventos especiales tales como los retiros espirituales, concentraciones y conferencias. Acudimos para ver a una nueva personalidad, para escuchar una verdad nueva, para tener una experiencia y de esa manera expandir nuestras vidas que de lo contrario son bastante monótonas. La vida religiosa se define como lo último y lo más novedoso: Zen, curaciones milagrosas, potencial humano, parapsicología, vida exitosa, coreografía en el coro y presbiterio, Armagedón. Lo probamos todo–hasta que aparece algo nuevo.

Yo no sé cómo ha sido para los pastores de otras culturas y en siglos anteriores, pero estoy bastante seguro de que para un pastor en la cultura occidental en los albores del siglo veintiuno, el aspecto del mundo que hace que la tarea de llevar a los cristianos por la senda de la fe sea muy difícil es lo que Gore Vidal ha analizado como «la pasión actual por lo inmediato y lo fortuito.

Todo el mundo anda a las corridas. Las personas que lidero en oración, entre las que aconsejo, visito, oro, predico y enseño, desean atajos. Sólo desean que las ayude a completar el formulario que les dará crédito instantáneo (en la eternidad). Están impacientes por ver los resultados. Han adoptado el estilo de vida de un turista y sólo quieren los puntos más destacados. Pero un pastor no es un guía de turismo. Yo no tengo ningún interés en contar historias religiosas apócrifas en y alrededor de lugares dudosamente identificados como sagrados. La vida cristiana no puede madurar bajo tales condiciones y en semejantes maneras.

Federico Nietzsche, quien percibió al menos esta área de verdad espiritual con gran claridad, escribió: “Lo esencial ‘en el cielo y en la tierra’ es … que tendría que existir una larga obediencia en la misma dirección; de ese modo el resultado sería ser, y ha sido siempre a la larga, algo que hace que valga la pena vivir Es esta «larga obediencia en la misma dirección- lo que el temperamento del mundo trata por todos los medios de disuadir.

Para que las personas de fe puedan reconocer y resistir la corriente de lo mundanal, existen dos designaciones bíblicas que son extremadamente útiles: discípulo y peregrino. La palabra discípulo (mathetes) nos dice que somos personas que nos pasamos la vida como aprendices de nuestro maestro, Jesucristo. Estamos siempre en una relación de aprendizaje progresivo. Un discípulo es alguien que aprende, pero no en el ambiente académico de un aula de clases, sino más bien en el lugar de trabajo de un artesano. No adquirimos información sobre Dios sino conocimientos prácticos de la fe.

La palabra peregrino (parepidemos) nos indica que somos personas que nos pasamos toda la vida yendo a algún sitio, yendo hacia Dios, y cuyo sendero para llegar a ese punto es el camino, Cristo Jesús. Nos damos cuenta de que “este mundo no es nuestro hogar” y partimos hacia “la casa de nuestro Padre”. Abraham, quien “partió”, es nuestro modelo. Jesús, respondiendo a la pregunta de Tomás: “Señor, si no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino”, nos da direcciones: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Sin mí, nadie puede llegar a Dios el Padre” (Juan 14.5-6). La carta a los Hebreos define nuestro programa: “¡Todas esas personas están a nuestro alrededor como testigos! Por eso, en los años que nos quedan de vida debemos dejar de pecar, y dejar también de lado lo que nos estorba para vivir confiando totalmente en Dios. Porque la vida es como una carrera, y el pecado es como un estorbo que se nos enreda en los pies y no nos deja correr. Pongamos toda nuestra atención en Jesús, pues de él viene nuestra confianza, y es él quien hace que confiemos cada vez más y mejor” (Hebreos 12.1-2).

Un cancionero con la esquina de una de sus páginas doblada

En la labor pastoral de capacitar a las personas en el discipulado y acompañarlas en su peregrinaje, he descubierto, oculto en el salterio hebreo, un antiguo cancionero con la esquina de una de sus páginas doblada. Lo he utilizado para darles continuidad a la guía de los demás por la senda cristiana y a la dirección de las personas de fe en su esfuerzo consciente y continuo hacia la madurez en Cristo. El antiguo cancionero se llama, en hebreo, shiray hammaloth: Canciones de ascenso (Cántico de los peregrinos). Las canciones son los Salmos 120 al 134 en el libro de los Salmos. Quizás estos quince salmos eran cantados, probablemente en cadena, por los peregrinos hebreos a medida que ascendían a Jerusalén para las grandes fiestas de adoración. Topográficamente, Jerusalén era la ciudad más elevada en Palestina, de modo que aquellos que viajaban a ella se pasaban la mayor parte del tiempo ascendiendo. Pero el ascenso no era sólo literal, sino que era también una metáfora: el viaje a Jerusalén representaba una vida orientada hacia lo alto, en dirección a Dios, una existencia que pasaba de un nivel a otro, hasta alcanzar la madurez-lo que Pablo describe como “la meta”: “Así que sigo adelante, hacia la meta, para llevarme el premio que Dios nos llama a recibir por medio de Jesucristo” (Filipenses 3.14).

Los fieles hebreos realizaban ese viaje tres veces al año (Éxodo 23.14-17; 34.22-24). Los hebreos eran un pueblo cuya salvación se había llevado a cabo en el éxodo, cuya identidad había sido definida en el Sinaí y cuya preservación había sido garantizada durante los cuarenta años que anduvieron por el desierto. En la primavera, en la fiesta del Pan sin levadura (la Pascua), rememoraban la manera en que Dios los había salvado; a principios del verano, en la fiesta de Pentecostés, renovaban sus compromisos como el pueblo del pacto con Dios; en el otoño, en la fiesta de las Enramadas, respondían como comunidad bendecida a lo mejor que tenía Dios para ellos. Eran un pueblo redimido, un pueblo gobernado, un pueblo bendecido. Estas realidades fundamentales se predicaban y enseñaban y alababan en las fiestas anuales. Entre las fiestas, el pueblo vivía estas realidades en el discipulado diario hasta que llegaba el momento de ascender a la ciudad de la montaña como peregrinos para renovar el pacto.

La imagen de los hebreos cantando estos quince salmos cuando dejaban atrás sus rutinas de discipulado y viajaban desde sus poblados y aldeas, sus granjas y ciudades, como peregrinos para ascender a Jerusalén, ha quedado grabada en la devota imaginación cristiana. Es el mejor antecedente que poseemos para comprender la vida como un trayecto de fe.

Sabemos que nuestro Señor, desde muy pequeño, viajaba a Jerusalén para las fiestas anuales (Lucas 2. 41-42). Continuamos identificándonos con los primeros discípulos, quienes “iban confundidos, mientras Jesús caminaba delante de ellos hacia Jerusalén. Por su parte, los otros seguidores, estaban llenos de miedo” (Marcos 10.32). Nosotros también estamos confundidos y un poco asustados, porque en el camino hay un milagro inesperado tras otro, y nos toparemos con espectros aterradores. El cantar los quince salmos es una manera de expresar la asombrosa gracia y a la misma vez, acallar los ansiosos temores que nos aquejan.

No hay mejores “canciones para el camino” para aquellos que viajan por el camino de la fe en Cristo, un camino que tiene tantos encadenamientos con el camino de Israel. Dado que muchos (aunque no todos) los aspectos esenciales del discipulado cristiano están incorporados en estas canciones, ellas nos ofrecen una manera de recordar quiénes somos y a dónde nos dirigimos. Mi intención no es la de producir una exposición erudita de estos salmos, sino la de ofrecer meditaciones prácticas que utilizan estas tonadas como estímulo, aliento y guía. Si aprendemos a cantarlas bien, ellas pueden llegar a ser algo así como el vade mecum para el diario andar del cristiano.

Durante el trayecto

Paul Tournier, en su libro A Place for You, describe la experiencia de estar entremedio—entre el momento en que dejamos nuestro hogar y el momento en que llegamos a destino; entre el momento en que dejamos atrás la adolescencia y llegamos a la vida adulta; entre el momento en que abandonamos las dudas y llegamos a la fe. Es como el momento en que un trapecista suelta la barra del trapecio y permanece como suspendido en el aire, listo para agarrarse de otro soporte; es un momento de peligro, de expectativa, de incertidumbre, de entusiasmo, de extraordinaria vitalidad.

Los cristianos reconocerán cuán apropiadamente se pueden entonar estos salmos en medio de diversos momentos: entre el momento en que dejamos el ambiente mundanal y llegamos a la asamblea del Espíritu; entre el momento en que dejamos el pecado y llegamos a la santidad; entre el momento en que dejamos nuestro hogar los domingos a la mañana y llegamos a la iglesia adonde nos reunimos con el pueblo de Dios; entre el momento en que dejamos las obras de la ley y llegamos a la justificación por fe. Son canciones de transición, himnos breves que nos aportan valentía, apoyo y guía interior para ayudarnos a llegar al lugar hacia donde nos está guiando Dios en Cristo Jesús.

Entretanto, el mundo susurra: “¿Para qué te molestas? Existe a tu disposición una gran cantidad de diversiones sin tener que meterte en todo esto. El pasado es un cementerio: ignóralo; el futuro es un holocausto: evítalo. No hay ninguna compensación para el discipulado, no hay ningún destino para la peregrinación. Obtén a Dios de una manera rápida; por medio del carisma instantáneo”. Pero hablan otras voces—aunque no tan atractivas, por lo menos más verdaderas. Thomas Szasz, en su terapia y escritos, ha intentado revivir el respeto por aquello que él llama “las verdades humanas más simples y antiguas: es decir, que la vida es una lucha ardua y trágica; que lo que llamamos “cordura”, lo que queremos decir por medio de “no ser esquizofrénicos”, tiene mucho que ver con la capacidad, ganada por medio de la lucha por la excelencia; con la compasión, ganada duramente por medio de los conflictos de confrontación; y con la modestia y la paciencia, adquiridas a través del silencio y el sufrimiento. Su testimonio ratifica la decisión de aquellos que se comprometen a explorar el mundo del Cántico de los peregrinos, que lo excavan para encontrar sabiduría, y lo entonan para alegrarse.

Estos salmos eran sin duda utilizados de esa manera por las multitudes que, según nos relata Isaías, decían: “Subamos al monte de Sión, al templo del Dios de Israel, para que él mismo nos enseñe y obedezcamos sus mandamientos” (Isaías 2.3). Son también evidencia de lo que Isaías prometió cuando dijo: “Ustedes, en cambio, escucharán canciones como en una noche de fiesta; irán con el corazón alegre, como los que caminan al ritmo de las flautas. Irán al monte de Dios, pues él es nuestro refugio” (Isaías 30.29).

Todos aquellos que viajamos por el camino de la fe necesitamos, de vez en cuando, ayuda. Necesitamos que nos den aliento cuando nuestro espíritu flaquea; necesitamos dirección cuando el camino es incierto. Una de las “pequeñas oraciones” de Paul Goodman expresa nuestras necesidades:

En el camino hacia la muerte

Marchando penosamente, sin anhelo de llegar

A esa ciudad, sin embargo el sendero es

Todavía demasiado extenso para mi paciencia.

—enséñame una canción para la marcha,

Maestro, para caminar juntos

Como solíamos exclamar los niños

Cuando era un joven explorador.

Para los que eligen vivir como peregrinos y no ya como turistas, el Cántico de los peregrinos combina toda la alegría de las canciones para la marcha con la practicidad de una guía y un mapa. Su brevedad sin pretensiones está excelentemente descrita por William Faulkner. “No hay monumentos, sino huellas de pisadas. Un monumento sólo dice: ‘Por fin llegué hasta aquí’, mientras que una huella dice: ‘Aquí me encontraba cuando comencé nuevamente a avanzar’.”

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