Twelve Months of Sundays

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Domingo de Pascua o Resurrección

Jeremías 31:1-6 Colosenses 3:1-4 Juan 20:1-18

Volverás a plantar viñedos; los sembradores plantarán y disfrutarán de las uvas. Jeremías hace eco de la promesa de la renovación del pacto en Deuteronomio, y anticipa el jardín de la Pascua descrita por Juan. María no estaba tan perdida al confundir a Jesús con el jardinero. Con la ironía característica de Juan, él en verdad era el jardinero (aunque no de la manera que pensaba María), el verdadero Adán, plantando el viñedo de Israel de nuevo, llevando al pueblo de Dios a casa del exilio de la muerte y sembrándolos como semilla en su nueva tierra.

Solo imágenes como esta pueden empezar a hacerle justicia a la realidad de la Pascua. Con demasiada frecuencia se le resta significado a la historia con verdades subsidiarias: una creencia en la vida después de la muerte (que no era ninguna novedad para la mayoría de los judíos contemporáneos de Jesús de todas maneras), o la verdad de que Jesús sigue vivo y podemos llegar a conocerlo. El genio poético de Juan cuenta una historia más grande mediante indirectas y alusiones. La Pascua es el comienzo de la nueva creación y el nuevo pacto de Dios, el nuevo mundo entero de Dios. Juan invita a sus lectores a vivir en ese nuevo mundo, a convertirse en socios del nuevo pacto, a ser jardineros asistentes en la nueva creación. Al quitar la piedra de la entrada a la tumba, se ha abierto una gran puerta en la historia de la humanidad y somos convocados a pasar, a hacer nuestro el país sin descubrir que se encuentra al otro lado de ella.

No es de sorprenderse, por lo tanto, que la historia nos deje muchos interrogantes. ¿Dónde estaban los ángeles cuando Pedro y Juan (si era Juan que lo acompañaba) entraron en la tumba? ¿Sólo María podía verlos? De ser así, ¿por qué? ¿Por qué Juan describió con tanto detalle las vendas y la tela que envolvían la cabeza de Jesús? Y – quizás lo más desconcertante – ¿por qué Jesús le prohibió a María que lo tocara? ¿Qué significa su explicación (‘todavía no he ascendido’) y cómo se relaciona eso con su posterior invitación a Tomás a que lo viera y tocara?

Sólo hay una manera de asumir este reto: hay que agarrar el toro por los cuernos. La Pascua nos invita a reconocer un nuevo nivel y modalidad de existencia. La resurrección de Jesús (a diferencia de la de Lázaro) no fue una mera reanimación. Fue una transformación que dio como resultado un nuevo tipo de fisicalidad; incluía lo viejo pero iba mucho más allá. Se trata de un cuerpo que de alguna manera vive en la tierra y el cielo simultáneamente (esto es más fácil de imaginar si uno tiene presente que, en el pensamiento bíblico, son dos esferas complementarias y superpuestas del orden creado de Dios), aunque a veces es más apropiado entenderlo como habitar una u otra. Es el comienzo de esa nueva creación que sólo estará completa cuando por fin se unan el cielo y la tierra. El hecho de que obviamente cuesta expresarlo con palabras no es ninguna vergüenza. ¿Qué más se puede esperar en la mañana de la Pascua?

Parte de la extraña verdad de la Pascua es que se trata de nosotros también. ‘Tu vida está escondida con Cristo en Dios’. Ya eres un ciudadano del mundo celestial. Entonces, ¿por qué te sigues comportando como si no lo fueras?

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