Twelve Months of Sundays

12 months NTW

Domingo de Ramos

(Liturgia de la Pasión)

Isaías 50:4-9a Filipenses 2:5-11 Mateo 26:14-27:66

Escribiendo como crítico literario, C. S. Lewis propuso una prueba para determinar la calidad de una obra: ¿con qué frecuencia merece que se le lee? Las historias de revistas baratas reciben una calificación baja (como uno sabe lo que sucede, no las vuelve a leer) y las grandes novelas y obras de teatro una muy alta (una vez conocí a un octogenario que leía las obras completas de Shakespeare todos los años). Aplicando el mismo criterio, las historias de la Pasión reciben una calificación muy alta. La acción es rápida y el diálogo corto y significativo. Hay una docena de cameos humanos brillantes: Jesús y Judas; Pedro; Caifás; Pilato (y su esposa); Barrabás; Simón; los maleantes; los burladores; el centurión; las mujeres; y José – cada uno de ellos merece un cuidadoso análisis. El drama pasa rápidamente de una escena a otra: la amistad traicionada, nuevos mundos evocados, la justicia denegada, el imperio apaciguado, la fe insultada, la inocencia abusada. Apenas nos encontramos en la falda de la montaña, conscientes de los picos que se asoman encima de nosotros, del personaje central del drama, de los interrogantes que planteó para sus contemporáneos y que todavía plantea para nosotros, de sus extrañas palabras y sus silencios más extraños todavía. Los relatos de tortura y muerte siempre son feos e impresionantes; esta tortura y esta muerte todavía provocan truenos y rayería. Cuando Mateo nos habla del terremoto, pensamos que era casi inevitable, que así tenía que ser. Si estos sucesos no fueran la clave del destino humano, ¿qué otra cosa podría reemplazarlos? Es imposible no leer este relato una y otra vez.

La historia es la culminación del relato del extraño profeta-Mesías de Nazaret. Al mismo tiempo, según lo cuentan los evangelistas, lleva todo el drama de Israel a su clímax – el mismo Israel que en las Escrituras es el punto focal de la historia mundial. Aquí nos ofrecen algo que deshace y rehace el mundo, incluyendo nosotros mismos. Aquí, si solo pudiéramos escalar los picos, está la respuesta a nuestras preguntas más profundas, a nuestros anhelos más desesperadas. Y lo presentan en forma no de teoría ni de explicación, sino de una historia que se abre para recibirnos, o quizás para envolvernos, arrebatándonos como una ola gigante, llevándonos lejos hasta el mar profundo y oscuro de la pasión de Dios. Y todavía la figura en el centro nos llama, nos atrae, nos perturba, nos asusta y nos obliga a reaccionar. Al igual que los Salmos, esta historia contiene todo lo que somos y sentimos y lo desnuda ante la presencia de un amor que nos doblega.

Con ecos de Isaías, Pabla habla de la obediencia de Jesús (al plan de Dios; al llamado de Adán y de Israel) y su justificación. El propio Isaías habla de un extraño maestro, llamado a escuchar, a sostener a los cansados y a sufrir. En otros sitios (por ejemplo, Romanos 8:31-39), Pablo, con considerable osadía, aplica este mismo pasaje a los cristianos. Invita a los que cuentan, y basan su vida, en la historia de la cruz a aprender a escuchar entre sus líneas la historia de los mártires antiguos y modernos y el llamado a aceptar nuestra propia porción de esta pasión capaz de cambiar y curar el mundo. Puede que los que siguen este camino tengan que enfrentar y sufrir muchas cosas. Pero no serán avergonzados.

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