Lectura de Twelve Months of Sundays para hoy

12 months NTW

Año A, domingo 23 de febrero del 2014

Propio 3

Levítico 19.1– 2, 9–18

1 Corintios 3.10–11, 16–23

Mateo 5.38–48

La gente comete dos errores básicos en cuanto al mandamiento de amar a tu prójimo como a ti mismo. Primero, se olvidan de las dos últimas palabras. No se nos dice que amemos a nuestro prójimo con todo nuestro corazón, mente, alma y fuerza; sólo Dios afirma hacer eso en forma absoluta. Debemos amar a nuestro prójimo ni más ni menos como nos amamos a nosotros mismos.

Esto variará en función de si somos personas naturalmente egoístas que mimamos a nosotros mismos, o si somos de un temperamento ascético y reprendemos y restringimos nuestros deseos carnales. Podría ser divertido, por un tiempo, ser amado por la primera clase de persona de la misma forma como ellos aman a sí mismos, mientras que el segundo tipo podría ser un prójimo incómodo.

Pero aquí es donde surge el segundo error. Se nos ofrece orientación en cuanto a cómo debemos amarnos a nosotros mismos. Aunque el leccionario hace todo lo posible para protegernos de las partes más severas de esa instrucción, al omitir varios versículos del pasaje de 1 Corintios 3. Los versículos 12-15 son vitales y únicos, porque hablan del juicio futuro no de los no cristianos sino de los propios cristianos, de hecho, de los obreros cristianos. Pablo usa imágenes referidas no sólo a la construcción de viviendas sino a la de templos: después de todo, él está edificando el nuevo templo, la comunidad en la que el Espíritu de Dios realmente habita. Tarde o temprano el fuego pondrá ese edificio a prueba y sólo los materiales adecuados durarán. Los constructores que han utilizado madera, heno y hojarasca – constructores de pacotilla que no se tomaron la molestia de hacer correctamente el trabajo para el que fueron llamados – descubrirán demasiado tarde que todo se va en humo.

Con advertencias de este tipo, un verdadero amor propio no puede darse el lujo de ser complaciente. El respeto para sí mismo, eso sí, siempre y cuando no se convierta en una excusa para el pensamiento o el comportamiento descuidados (“es que yo soy así”); el cuidado de sí mismo, eso sí, siempre y cuando es apropiado y no se trata de mimos o avaricia. Pero, sobre todo, respeto por la vocación de mirar hacia afuera. No es cuestión de “¿cómo puedo enriquecerme?” sino de ¿cómo puedo ser fiel a lo que Dios me ha llamado a ser para su iglesia y el mundo? Y si el amor propio es así, el amor al prójimo debe ser igual: ni una aceptación incondicional de todo lo que su prójimo haga, ni una mandonería agresiva. En Levítico se exige una serie de medidas prácticas que, trasplantadas a nuestra cultura, dan pistas vívidas al enfoque verdadero.

Por su parte, Mateo 5 sugiere un enfoque alegre, casi juguetón (dado el hecho de que la mayoría de nuestros prójimos hoy en día no nos van a golpear en la mejilla ni obligarnos a cargar su equipo militar por una milla). Jesús no está pidiendo que nos dejemos pisotear, sino que encontremos formas creativas y no violentas de salir de situaciones difíciles. En última instancia, tanto el amor propio como el amor para el prójimo se derivan del amor para Dios: la mirada fija firme y devotamente en nuestro creador y redentor, a través del cual descubrimos el patrón para los que están hechos a su imagen. Si somos llamados a ser el santo templo de Dios, nada menos que eso bastará.

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