La Expansión del Cristianismo, de Rodney Stark (2)

constantine head

“Más que una causa del triunfo del cristianismo, el Edicto de Milán del emperador Constantino fue una respuesta astuta al rápido crecimiento de esa religión, el cual había hecho de ella una fuerza política importante”.

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CONVERSIÓN Y CRECIMIENTO DEL CRISTIANISMO

A un de cuentas, todas las cuestiones que conciernen a la expansión del cristianismo quedan reducidas a una: ¿Cómo fue posible?, ¿cómo fue que un pequeño y oscuro movimiento mesiánico nacido en los límites del Imperio romano desalojó al paganismo clásico y se transformó en la religión dominante dc la civilización occidental? Aunque la pregunta sea única, requiere varias respuestas, pues no fue una sola cosa lo que llevó al triunfo del cristianismo.

Los capítulos que siguen intentarán reconstruir la expansión del cristianismo para explicar cómo ocurrió. Pero en este capítulo plantearé la pregunta de una manera más precisa. Primero, exploraré la aritmética del crecimiento para ver más claramente la tarea que debe acometerse. ¿Cuál es la proporción mínima dc crecimiento que podría permitir al movimiento cristiano llegar a ser tan numeroso como debió de haber sido en cl lapso dc tiempo que le concedió la historia? ¿Creció el cristianismo tan rápidamente que hubieron de realizarse conversiones masivas, como atestiguan los Hechos de los apóstoles y han creído todos los historiadores, desde Eusebio de Cesarea a Ramsay MacMullen? Tras establecer una curva dc crecimiento plausible para la expansión del cristianismo, revisaré lo que sabemos sociológicamente del proceso mediante el cual la gente se convierte a nuevas religiones, para inferir dc él ciertos requerimientos acerca de las relaciones sociales entre los cristianos y el mundo grecorromano que los rodeaba. El capítulo concluye con cl tratamiento del uso legítimo de las teorías de las ciencias sociales que sirven para reconstruir la historia cuando falta la información adecuada de qué fue lo que ocurrió realmente.

Una advertencia: puesto que este libro es un trabajo tanto de historia como de ciencias sociales, lo he escrito para lectores no profesionales. De este modo estaré seguro de que los temas dc las ciencias sociales serán completamente accesibles para los historiadores de la Iglesia primitiva, y de que evitaré al mismo tiempo que los expertos en ciencias sociales se pierdan entre oscuras referencias históricas y textuales. Antes de continuar, sin embargo, me parece apropiado tratar el tema de si el intento de explicar la expansión del cristianismo constituye de algún modo un sacrilegio. Si, por ejemplo, argumento que el crecimiento del cristianismo se benefició de la mayor fertilidad de las mujeres o de un exceso de ellas que hizo posible altas tasas de matrimonios exógamos, es decir, con paganos, ¿no estoy acaso atribuyendo hechos sagrados a causas profanas? Creo que no. Sea lo que fuere lo que uno cree o deja de creer acerca de lo divino, Dios no hizo el mundo obviamente para que se hiciera cristiano, puesto que es ésta una tarea que no se ha completado. El Nuevo Testamento nos habla más bien de los esfuerzos humanos por extender la fe. Por tanto, no hay sacrilegio en el intento de comprender las acciones humanas en términos humanos. Más aun, no reduzco la expansión del cristianismo únicamente a factores <<materiales>> o sociales. La doctrina recibe la parte que le es debida: un factor esencial en el éxito de la religión fue aquello en lo que los cristianos creían.

LA ARITMÉTICA DEL CRECIMIENTO

Todos los estudios sobre la expansión del cristianismo recalcan el rápido auge del movimiento, pero rara vez se ofrecen datos precisos. Tal vez esto refleja la prevalencia entre los historiadores de la idea, expresada recientemente por Pierre Chuvin, de que <<la historia antigua es totalmente refractaria a las evaluaciones cuantitativas>> (1990, 12). Por supuesto, nunca descubriremos censos romanos <<perdidos>> que ofrezcan estadísticas fidedignas acerca de la composición religiosa del Imperio en varios periodos. Aun así, debemos ofrecer datos cuantificados—al menos en términos de la aritmética de lo posible—si queremos comprender la magnitud del fenómeno que deseamos explicar. Por ejemplo, para que el cristianismo lograra el éxito en un tiempo dado, ¿debió haber crecido en tasas que parecen increíbles a la luz de la experiencia moderna? Si así fue, puede que necesitemos entonces formular nuevas proposiciones acerca de la conversión en el ámbito de las ciencias sociales. Pero si no fue así, tenemos a nuestra disposición algunas proposiciones ya probadas a partir de las cuales trabajar. Necesitamos al menos dos estimaciones plausibles que nos proporcionen la base para extrapolar la tasa probable del crecimiento del cristianismo primitivo. Una vez obtenida esa tasa y usándola para proyectar el número de cristianos en diversos años, podemos contrastar estas proyecciones a la luz de una variedad de conclusiones y estimaciones históricas probables.

Como cifra de partida, los Hechos de los apóstoles 1, 14-15 sugieren que varios meses después de la crucifixión había ciento veinte cristianos. Posteriormente, en Hechos 4, 4, se dice que había un total de cinco mil creyentes. Y, según Hechos 21, 20, alrededor de la sexta década del siglo I había <<muchos miles de judíos>> en Jerusalén que eran creyentes.

Estas cifras no son estadísticas reales. Si hubiera habido entonces tantos conversos en Jerusalén, ésta habría sido la primera ciudad cristiana, ya que probablemente no contaba con más de veinte mil habitantes en ese tiempo; J. C. Russell estimó que solo había diez mil. Como señala Hans Congelan, estas cifras solo pretendían <<dar la impresión de la maravilla que el Señor mismo estaba realizando>> (1973, 76). Efectivamente, como apuntó Robert M. Grant, <<Debe tenerse en cuenta que las cifras en la Antigüedad eran parte de los ejercicios retóricos>> (1977, 7-8), por lo que no deben ser tomadas literalmente. Este hecho tampoco se limita a la Antigüedad. En 1984, una revista de Toronto sostuvo que había 10.000 miembros de la secta Hare Krishna en esa ciudad. Pero cuando Irving Hexham, Raymond F. Currie y Joan B. Townsend investigaron el asunto, encontraron que la cifra correcta era 80. Orígenes recalco: <<Demos por hecho que los cristianos eran pocos en el comienzo>> (Contra Celso III, 10). Pero, ¿cuantos eran esos pocos? Parece conveniente ser cauto en esta materia, por lo que debo presumir que había mil cristianos en el año 40. Precisaré esta presunción en varios momentos de este capítulo.

Tratemos ahora de la cifra final. En época tan tardía como mediados del siglo III Orígenes admitía que los cristianos eran solo <<unos pocos>> entre la población. Pero solo seis decenios después los cristianos eran tan numerosos que Constantino halló conveniente abrazar la nueva fe. Este hecho ha impulsado a muchos estudiosos a pensar que algo realmente extraordinario ocurrió en la última mitad del siglo III respecto al crecimiento del cristianismo (véase Pager, 1975). Ello podría explicar por qué la mayoría de los pocos datos que ofrece la bibliografía moderna alude a los miembros de la Iglesia alrededor del año 300.

Edward Gibbon fue probablemente el primero en intentar estimar la población cristiana, situándola en no más de <<una vigésima parte de los súbditos del Imperio>> en el momento de la conversión de Constantino ([1776-1778] 1960, 187). Autores posteriores han rechazado la cifra de Gibbon como extremadamente insuficiente. Goodenough estimó que el 10% de la población del Imperio era cristiana en tiempos de Constantino. Si aceptamos que la población total en ese momento era de 60 millones—la estimación más aceptada (Boak, 1955a; Russell, 1958; MacMullen, 1984; Wilken, 1984)—, ello significaría que había 6 millones de cristianos al iniciarse el siglo IV. Van Hertling (1934) estimó que el número máximo de cristianos en el año 300 era de 15 millones. M. Grant (1978) lo consideró demasiado alto e incluso rechazó como exagerada la estimación mínima de Van Hertling de 7 millones y medio. MacMullen (1984) situó el número de cristianos en el año 300 en 5 millones. Afortunadamente, no necesitamos mayor precisión; si asumimos que el número real de cristianos en el año 300 se situaba entre los 5 y los 7 millones y medio, tenemos una base adecuada para examinar qué tasa de crecimiento es necesaria para que ese rango se alcance en doscientos sesenta años.

Aceptando nuestra cifra inicial (ciento veinte cristianos varios meses después de la muerte de Jesús), si el cristianismo creció en una tasa del 40% por decenio, los cristianos deberían haber sido 7.530 en el año 100; 217.795 en el año 200, y 6.299.832 en el año 300. Si reducimos la tasa a un 30% por decenio, en el año 300 debería haber habido solo 917.334 cristianos: una cifra muy por debajo de lo que cualquiera aceptaría. Por otro lado, si incrementamos la tasa de crecimiento a un 50% por decenio, tendríamos que en el año 300 debería haber habido 37.876.752 cristianos, dos veces mas que la estimación más elevada de Van Hertling. Por tanto, el 40% por decenio (o 3,42% anual) parece la estimación más plausible de la tasa de crecimiento del cristianismo durante los primeros siglos.

Es éste un dato bastante alentador, ya que es muy similar a la tasa de crecimiento promedio por decenio que ha mantenido la iglesia mormona durante el siglo XIX: 43% (Stark, 1984; 1994). De este modo sabemos que las metas numéricas que el cristianismo necesitaba alcanzar están absolutamente de acuerdo con la experiencia moderna, por lo que no estamos forzados a buscar explicaciones excepcionales. Más bien, la historia dio tiempo para que se desarrollaran los procesos normales de conversión, tal como los entienden las ciencias sociales contemporáneas.

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