La Expansión del Cristianismo, de Rodney Stark (1)

Los libros de este señor son muy interesantes. Este es el único que he encontrado en español. Es un poco viejo y hace unos años sacó otro con ajustes y mejoras en la metodología que utiliza. Pero, en fin, da para pensar.

 Stark English cover

PREFACIO

Siempre he sido aficionado a la historia, aunque durante la mayor parte de mi carrera profesional nunca me vi a mi mismo trabajando con materiales históricos, sino que me contentaba con ser sociólogo y pasar el tiempo tratando de formular y comprobar ciertas tesis rigurosas acerca de una serie de temas, la mayoría de ellos en torno a la sociología de la religión. Pero en 1984 leí The First Urban Christians, de Wayne Meeks. Siguiendo un impulso instintivo, lo compré en el History Book Club, y me gustó mucho. Me impresioné en extremo, no solo por la cantidad de cosas nuevas que aprendí acerca del tema, sino también por los esfuerzos de Meeks por utilizar las ciencias sociales.

Varios meses después tuve suerte de nuevo, pues me topé con un catálogo de libros sobre estudios religiosos. Aparte del libro de Meeks, señalaba otros títulos nuevos sobre historia de la Iglesia primitiva. Aquel día encargué los siguientes libros: Christianizing the Roman Empire, de Ramsay MacMullen; The Christians as the Romans Saw Them, de Robert L. Wilken, y Miracle in the Early Christian World, de Howard Clark Kee. Sería difícil seleccionar tres libros mejores acerca de la primera época del cristianismo. Junto con Meeks, estos autores me convencieron de que lo que este ámbito de estudio necesitaba realmente era un tipo de ciencia social más actualizada y rigurosa.

Un año después, cuando envié para su publicación un artículo titulado <<The Class Basis of Early Christianity: Inferences from a Sociological Model>> informé al director de la revista de que mi primer propósito era descubrir si yo era <<lo suficientemente bueno para jugar en la liga grecorromana>>. Por ello, me sentí encantado cuando varios especialistas en Nuevo Testamento reaccionaron tan favorablemente a mi artículo que me invitaron a escribir un trabajo que sirviera de base de discusión para el encuentro anual de 1986 del <<Grupo de historia social del cristianismo primitivo» de la Society of Biblical Literature. Ese estudio exponía mi herética perspectiva de que la misión cristiana a los judíos había sido mucho más exitosa y duradera de lo que afirman el Nuevo Testamento y los primeros Padres de la Iglesia. Después de las réplicas formales a mi trabajo por parte de John Elliott, Ronald Hock, Caroline Osiek y L. Michael White, me vi envuelto en una larga sesión de preguntas y respuestas con los que debatían conmigo y varias otras personas de entre los asistentes. Acostumbrado a los congresos de estudiosos de las ciencias sociales, en los que nadie se toma la molestia de asistir a las sesiones, era normal que no estuviera preparado para el diálogo intelectual que se llevó a cabo. Sin embargo, fueron las tres horas más provechosas que jamás haya pasado en una reunión académica. Y además, al menos para mí, logró responder a la pregunta de si yo tenía algo que aportar al estudio de la Iglesia primitiva.

No soy experto en Nuevo Testamento y jamás lo seré. Tampoco soy historiador, a pesar de mi reciente incursión en la historia religiosa norteamericana (Finke y Stark, 1992). Soy un sociólogo que trabaja esporádicamente con materiales históricos y que en la preparación de este volumen ha dado lo mejor de sí mismo para dominar a fondo las fuentes pertinentes, aunque en su mayoría estuvieran en inglés. La contribución primordial que trato de hacer a los estudios de la Iglesia primitiva es mejorar la investigación en el ámbito de las ciencias sociales, aportar mejores teorías y métodos formales de análisis, lo que incluye también la utilización de estadísticas cuando sea posible y apropiado. Por tanto, en este libro trataré de introducir a los estudiosos e historiadores de la Biblia en una auténtica ciencia social, en particular en la teoría formal de la elección razonada, en las teorías de la empresa, la función de las redes sociales y de las relaciones interpersonales en la conversión, en los modelos dinámicos de población, epidemiologia social y modelos de economías religiosas. Por otro lado, trataré de compartir con los cultivadores de las ciencias sociales la inmensa y fértil fuente de erudición disponible en los trabajos modernos sobre la Antigüedad.

Soy deudor de muchos investigadores por sus consejos, y en especial por guiarme hacia fuentes que yo no habría encontrado por mi falta de experiencia en este campo. Estoy particularmente en deuda con mi colaborador ocasional Laurence Iannaccone, de la Universidad de Santa Clara, no solo por sus numerosos y útiles comentarios, sino por varias de las ideas fundamentales que subyacen a los capítulos 8 y 9. Estoy muy agradecido también a L. Michael White, del Oberlin College, y a mi colega Michael A. Williams, de la Universidad de Washington, por su inestimable ayuda al lidiar con las fuentes y por animarme a investigar esos temas. Debo expresar también mi agradecimiento a R. Garrett, del St. Michael’s College, por sus valiosas sugerencias y por su estimulo en el inicio de estos trabajos. David L. Balch, de la Brite Divinity School en la Christian University de Texas, me invité a participar en una conferencia internacional sobre <<Historia social de la comunidad mateana» y me convenció para que escribiera el trabajo que ahora es el capitulo 7. Stanley K. Stowers, de la Universidad Brown, me invitó gentilmente a dar varias conferencias allí, incitándome a completar mi trabajo acerca de la cristianización del Imperio urbano. Mientras presidié la Association for Sociology of Religion, David Bromley hizo posible que pronunciara la conferencia anual de la cátedra <<Paul Hanly Furfey», cuyo resultado fue el capitulo 5. Darren Sherkat, de la Universidad Vanderbilt, me hizo útiles sugerencias acerca de varias de mis incursiones en la aritmética de lo posible. Finalmente, Roger S. Bagnall, de la Universidad de Columbia, evitó varias aventuras especulativas mías, totalmente innecesarias.

También quiero dar las gracias a Benjamin y Linda de Wit, de Chalcedon Books, en East Lansing, Michigan, por conseguirme ejemplares de numerosos clásicos (a menudo, varias versiones de la misma obra). Al depender de las traducciones, me encontré para mi sorpresa abrumado por un exceso de ellas: en mis estantes hay cuatro versiones de Eusebio de Cesarea, por poner un ejemplo. Hay diferencias notables entre ellas en varios de los pasajes que he citado en este estudio. ¿Cuál utilizar? Basado en la calidad de su prosa, he preferido la traducción de 1965 de G. A. Williamson. Sin embargo, mis colegas con mayor experiencia en este ámbito me explicaron que Eusebio escribía en realidad en una prosa bastante pesada y complicada, por lo que debería basarme en la versión de Lawlor y Oulton. No soy un convencido de que los traductores deban transmitirnos la pesadez del original si son fieles al significado de cada pasaje. Tras hacer varias comparaciones, he adoptado una regla que aplico siempre que me enfrento a múltiples traducciones: utilizar la versión que explica más claramente el tema que me hizo citar ese pasaje concreto, siempre que el punto en cuestión no sea privativo de una traducción particular.

Trabajar con la famosa traducción en diez volúmenes, titulada The Ante-Nicene Fathers, editada por Roberts y Donaldson, me hizo valorar debidamente mi deuda con la multiplicidad de las traducciones. Esto resulté especialmente verdadero cuando escribía sobre el aborto, el control de la natalidad y las normas sexuales en el capítulo 5; cada vez que los Padres de la Iglesia escribían con toda crudeza acerca de estos temas, la versión de Roberts y Donaldson traducía del griego al latín en vez de al inglés. Al leer a Clemente de Alejandría, por ejemplo, se encuentran abundantes párrafos en latín. Gracias a Jaroslav Pelikan (1987, 38) descubrí que era ésta una tradición muy antigua. Así, Edward Gibbon pudo decir en su Autobiografía <<Mi texto inglés es casto, todos los pasajes licenciosos quedan en la oscuridad del lenguaje erudito>> (1961, 98). Afortunadamente para quienes nos resultan oscuras las lenguas eruditas, hay traducciones recientes de estudiosos con una sensibilidad menos refinada que Gibbon o la de los caballeros de Edimburgo de la época victoriana. En suma, fue una experiencia sumamente instructiva.

Este libro es el producto de una tarea larga y laboriosa. Desde el comienzo sometí a prueba su material publicando las primeras versiones de muchos de estos capítulos en distintas revistas. Por otra parte, este libro nunca fue mi preocupación principal. Desde inicios de 1985, cuando completé la versión inicial de lo que hoy es el capitulo 2, he publicado varios libros, uno de los cuales es una introducción a la sociología que he revisado posteriormente cinco veces. Entre estas actividades, mi esfuerzo por reconstruir la expansión del cristianismo ha sido un pasatiempo muy apreciado por mí, una justificación para leer libros y artículos que ahora llenan una pared completa de mi estudio. Sería imposible expresar adecuadamente cuanto placer me han proporcionado sus autores. Estoy convencido de que los estudiosos de la Antigüedad son por lo general los investigadores más cuidadosos y los escritores de más depurado estilo en el mundo académico. Lamentablemente, este libro es el final de mi pasatiempo y con él termina mi visita a estos ámbitos.

Más que una causa del triunfo del cristianismo, el Edicto de Milán del emperador Constantino fue una respuesta astuta al rápido crecimiento de esa religión el cual había hecho de ella una fuerza política importante.

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