Biografía de Bonhoeffer en español (6)

Bonhoeffer cover

Continuación del Capítulo 1…

La guerra llega a casa

Conforme la guerra continuaba, los Bonhoeffer oían más noticias de muertes y heridos de su amplio círculo. En 1917, sus dos hijos mayores, Karl-Friedrich y Walter, recibirían la convocatoria para incorporarse a filas. Ambos habían nacido en 1899 y ahora les tocaría ir a la guerra. Aunque podían haberlo hecho, los padres no buscaron recomendaciones para evitar que sirvieran en primera línea. La mayor necesidad alemana era en infantería y allí se alistaron ambos. En cierto modo, su valentía presagiaba lo que llegaría veintidós años después, en la siguiente guerra. Los Bonhoeffer habían educado a sus hijos para que hicieran lo correcto, de modo que cuando actuaban sin egoísmo y con valor, era muy difícil discutir. Las palabras extraordinarias que Karl Bonhoeffer escribiría a un colega en 1945, tras enterarse de la muerte de sus hijos Dietrich y Klaus —así como de sus dos yernos— capta perfectamente la actitud de esta familia durante ambas guerras: «Nos sentimos tristes, pero también orgullosos».

Tras el periodo de instrucción básica, ambos hermanos fueron enviados al frente. Karl-Friedrich se llevó consigo sus libros de texto de Física. Walter se había estado preparando para este momento desde que estalló la guerra, fortaleciéndose mediante largas excursiones con peso adicional en su mochila. Aquel año, las cosas seguían pintando muy bien para Alemania. De hecho, los alemanes confiaban plenamente en que el káiser declarara el 24 de marzo de 1918 como fiesta nacional.

En abril de 1918 le tocó el turno a Walter. Como lo habían hecho siempre y como lo seguirían llevando a cabo para la generación de sus nietos veinticinco años después, hicieron una cena especial de despedida. La gran familia se reunió en torno a la gran mesa, le entregó regalos hechos a mano, recitaron poemas y cantaron canciones compuestas para la ocasión. Dietrich, que contaba entonces con doce años, hizo los arreglos para Ahora, por fin, te deseamos suerte en tu viaje y, acompañándose él mismo al piano, se la cantó a su hermano. Llevaron a Walter a la estación a la mañana siguiente y, al empezar el tren a alejarse, Paula Bonhoeffer corrió junto a él, diciendo a su muchacho de rostro lozano: «Lo que nos separa no es más que espacio». Dos semanas más tarde, murió en Francia por una herida de metralla. El fallecimiento de Walter lo cambió todo.

Sabine escribió:

“Todavía recuerdo aquella radiante mañana de mayo y la terrible sombra que la ocultó de repente de nosotros. Mi padre se preparaba para marcharse en el auto a su clínica y yo estaba a punto de salir para la escuela. Entonces llegó un mensajero con dos telegramas y yo permanecí en el pasillo. Vi cómo mi padre abría los sobres a toda prisa; se quedó lívido, entró a su estudio y se dejó caer en la silla detrás del escritorio. Se inclinó sobre él con la cabeza apoyada en ambos brazos, ocultando su rostro con las manos … Momentos después, por la puerta medio abierta, vi cómo mi padre subía las amplias escaleras agarrado al pasamano, cuando por lo general solía ascender por ellas con rapidez y ligereza para ir al dormitorio donde se encontraba mi madre. Se quedó allí durante horas”.

Walter había resultado herido por la explosión de una bomba el 23 de abril. A los doctores no les había parecido que las heridas eran tan graves y escribieron a la familia para aliviar su preocupación. Sin embargo, se había inflamado y su estado había empeorado. Tres horas antes de su muerte, Walter dictó una carta para sus padres:

“Queridos míos: Hoy me han operado por segunda vez y debo admitir que fue más desagradable que la primera vez, porque las astillas que me sacaron estaban más hondas. Después tuvieron que ponerme dos inyecciones de alcanfor con un intervalo entre ambas; espero que esto resuelva el asunto. Estoy utilizando mi técnica de pensar en otras cosas para no recrearme en el dolor. Existen cosas más interesantes en el mundo ahora mismo que mis heridas. Monte Kemmel y sus posibles consecuencias y las noticias de hoy sobre la toma de Ypres, son grandes razones de esperanza. No me atrevo a pensar en mi pobre regimiento que tanto ha sufrido estos últimos días. ¿Cómo va todo con los demás oficiales cadetes? Pienso en ustedes con nostalgia, queridos míos, a cada minuto de los largos días y en las noches. Desde tan lejos, Su Walter”.

Más tarde, la familia recibió otras cartas que Walter había escrito en los pocos días anteriores a su muerte, en las que indicaba cuánto había esperado poder venir de visita. «Aún hoy —escribió su padre muchos años después— no puedo pensar en esto sin reprocharme el no haber ido directamente, a pesar de los telegramas tranquilizadores recibidos que afirmaban explícitamente que era innecesario». Más tarde supieron que el oficial de mando al frente del regimiento de Walter era muy inexperto y había cometido la necedad de llevar a todos sus soldados a primera línea.

A principios de mayo, un primo que formaba parte del Estado Mayor escoltó el cuerpo de Walter de vuelta a casa. Sabine recuerda el funeral celebrado en primavera: «…el coche fúnebre con los caballos cubiertos de tela negra y todas las coronas, mi madre pálida como una muerta y cubierta con un gran velo negro de luto…, mi padre, mis parientes y la numerosa gente silenciosa, vestida de negro, de camino a la capilla». El primo de Dietrich, Hans-Christoph von Hase, recordaba: «…los niños y las niñas pequeñas lloraban y lloraban. Y su madre… nunca la había visto sollozar así».

La muerte de Walter fue un punto decisivo para Dietrich. El primer himno del culto fue «Jerusalén, ciudad edificada en lo alto». Él cantaba con voz alta y clara, como a su madre le gustaba siempre que lo hiciera su familia. Ella también cantó, sacando fuerza de las propias palabras que hablaban del anhelo del corazón por la ciudad celestial donde Dios nos espera, nos consolará y «enjugará toda lágrima». Dietrich opinaba que debía parecer heroico y lleno de sentido:

“El noble tren de los patriarcas y los profetas, con todos los verdaderos seguidores de Cristo, que llevaron la cruz y pudieron desdeñar lo peor que los tiranos osaron hacer. Los veo resplandecer para siempre, tan gloriosos como el son, en medio de la luz que nunca se desvanecerá. Han ganado ya su perfecta libertad.”

El tío de Dietrich, Hans von Hase, predicó el sermón. Recordando un himno de Paul Erhardt, habló de cómo el dolor y la tristeza de este mundo solo duraba un momento en comparación con la gozosa eternidad junto a Dios. Al final del culto, los camaradas de Walter portaron el féretro por el pasillo mientras los trompetas interpretaban el himno que Paula Bonhoeffer había escogido: Was Gott tut, das ist Wholgetan [Lo que Dios ha hecho, bien hecho está]. Sabine recordaba cómo los trompetistas tocaron la familiar cantata y, más tarde, se maravillaron de los himnos que su madre había elegido.

“Lo que Dios ha hecho, bien hecho está. Su voluntad siempre es justa. Me haga lo que me haga,

En él siempre pondré mi confianza”.

Paula Bonhoeffer se tomaba muy en serio aquellos sentimientos, aunque la muerte de su querido Walter era devastadora. Durante aquella amarga temporada, Karl-Friedrich permaneció en la infantería, y la indecible aunque cierta posibilidad de poder perderlo a él también aumentaba su agonía. El joven Klaus, de diecisiete años, fue llamado a filas. Era demasiado. Ella se derrumbó. Durante varias semanas, incapaz de salir de la cama, se quedó en casa de los Schönes, sus vecinos cercanos. Incluso cuando regresó a casa, esta fuerte mujer extremadamente capaz, no pudo retomar sus obligaciones habituales hasta un año después. Transcurrieron varios años antes de que volviera a parecer ella misma. A lo largo de ese tiempo, Karl Bonhoeffer fue la fuerza de la familia, pero hasta pasados diez años no pudo volver a escribir su diario anual de año nuevo.

Las primeras palabras que tenemos de Dietrich Bonhoeffer aparecieron en una carta que escribió unos meses antes de la muerte de Walter. Fue días antes de su —y de Sabine— doce cumpleaños. Walter todavía no se había ido al frente, pero se encontraba haciendo la instrucción militar.

“Querida abuela: Por favor, ven el 1 de febrero, y así estarás aquí para nuestro cumpleaños. Sería mucho mejor si tú estuvieras. Por favor, decídete de una vez y ven el día 1 … Karl-Friedrich nos escribe con mayor frecuencia. Recientemente nos ha comentado que ganó el primer premio en una carrera en la que compitieron todos los oficiales subalternos. Consistía en cinco marcos. Walter volverá el domingo. Hoy nos han dado diecisiete platijas de Boltenhagen, del mar Báltico, que nos comeremos esta noche”.

Boltenhagen es un balneario costero. Dietrich, Sabine y Susanne solían ir a veces con las hermanas van Horn. Sus vecinos, los Schönes, poseían una residencia de vacaciones allí.

Dietrich fue enviado allí con las hermanas van Horn en julio de 1918, unas cuantas semanas después de la muerte de Walter. Allí pudo escapar de la pesadumbre de Wangenheimstrasse por un poco de tiempo; podía jugar y ser un niño. La segunda carta suya que tenemos fue una que le escribió a su hermana mayor Úrsula, durante aquel tiempo:

“El domingo nos levantamos a las 7:30 de la mañana. Primero tomamos el desayuno … Después corrimos a la playa y construimos nuestro propio castillo de arena. A continuación, hicimos una muralla alrededor de la silla de playa de mimbre. Luego trabajamos en la fortaleza. Durante las cuatro o cinco horas que la dejamos mientras comíamos y tomábamos el té, el mar se la llevó enterita. Pero nos habíamos llevado nuestra bandera. Después del té volvimos y cavamos canales … Entonces empezó a llover, y vimos cómo ordeñaban las vacas del señor Qualmann.”

En otra carta a su abuela (con el matasello del 3 de julio) parloteaba entusiasmado en una línea similar, pero el mundo exterior de muerte se inmiscuía incluso en ese ambiente infantil de castillos de arena y batallas imaginarias. De esta forma describió dos hidroaviones que hacían maniobras hasta que uno de ellos, de repente, cayó en picado:

“Pronto vimos una espesa columna de humo negro que subía desde el suelo y ¡supimos que esto significaba que el avión se había estrellado! … Alguien dijo que el piloto se había carbonizado, pero que el otro había saltado y solo se había lastimado una mano. Después, llegó donde nos encontrábamos y vimos que tenía todas las cejas chamuscadas … Hace unos días (domingo), por la tarde, dormimos en nuestro castillo de arena y nos quemamos mucho con el sol … Nos obligan a dormir una siesta todas las tardes. Hay dos niños más aquí, uno tiene diez años y el otro catorce, y también un niñito judío … Ayer todo estaba iluminado de nuevo con puntos de luz, sin duda a causa de los pilotos … Mañana, que es nuestro último día, planeamos hacer una guirnalda de hojas de encima para la tumba de Walter.

En septiembre, Dietrich se reunió con sus primos von Hase en Waldau, a unos sesenta y cuatro kilómetros al este de Breslau. Allí, el tío Hans, hermano de Paula Bonhoeffer, era el superintendente del distrito eclesial de Liegnitz y vivía en la casa parroquial. Las visitas de Dietrich formaban parte de su conexión con el lado materno de la familia, en la que ser pastor o teólogo era algo tan normal como ser científico en la de los Bonhoeffer. Dietrich pasó muchas vacaciones con su primo Hans-Christoph, al que llamaban Hänschen, que era un año menor que él. Ya de adultos, permanecieron muy cercanos y Hans-Christoph seguiría los pasos de su primo en el programa Sloan Fellows del Union Theological Seminary en 1933, tres años después de él. Aquel mes de septiembre en Walday, los niños tomaron clases de latín juntos, pero en una carta que Dietrich escribió a sus hermanos se veía que otras cosas le entusiasmaban más:

No sé si ya les he escrito que encontramos huevos de perdiz y que cuatro ya se han roto. Tuvimos que ayudar a dos polluelos porque no podían salir. La gallina bajo la cual los colocamos no les está enseñando a comer, y nosotros no sabemos cómo hacerlo. Ahora ayudo más a menudo a Hänschen a hacer entrar a los animales. Siempre voy delante. Esto significa que los dirijo hacia las pacas de heno que han de ser cargadas y, hace poco, hasta conduje la carreta durante un buen trozo y con bastantes giros. Ayer, Klärchen y yo montamos a caballo. Fue hermoso. Aquí cosechamos con frecuencia y éxito, de modo que reunimos gran cantidad de grano. Hoy quiero volver a trillar y dejar que caiga por el separador … Lamentablemente, la recolecta de fruta no es demasiado buena … Esta tarde queremos ir a navegar al lago.

Su celo infantil por divertirse nunca estaba demasiado lejos —ni siquiera de adulto, cuando la amenaza del peligro era grande—, pero siempre se pudo ver en él un lado serio e intenso. La muerte de Walter y la creciente posibilidad de que Alemania perdiera la guerra lo hizo aflorar. Fue por este tiempo cuando comenzó a pensar en estudiar teología y, al final de la guerra, cuando Alemania se tambaleaba bajo el peso de una economía devastada, siguió tomando la iniciativa de procurar comida. Al final del mes escribió a sus padres:

“Ayer llevamos mi cosecha al molino. Superará lo que yo pensaba en un margen de entre cuatro kilos y medio a siete, dependiendo de lo fino que lo muelan … Aquí el tiempo es magnífico prácticamente siempre. En los próximos días recogeremos las patatas … Trabajo todos los días aquí con Hänschen y el tío Hans traduciendo del latín. ¿Vendrás a Breslau esta vez, querida mamá, ahora que Karl- Friedrich no está en el servicio activo?”

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Dietrich Bonhoeffer y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s