Biografía de Bonhoeffer en español (5)

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Continuación del Capítulo 1…

Friedrichsbrunn

Con el traslado a Berlín, su casa de Wölfesgrund quedaba demasiado lejos, de modo que la vendieron y encontraron una casa de campo en Friedrichsbrunn en los montes del Harz. Había sido un albergue forestal y ellos conservaron su sensación de sencillez. No instalaron la electricidad durante treinta años. Sabine describe cómo fue viajar hasta allí:

“El viaje, en dos compartimentos especialmente reservados bajo la supervisión de Fräulein Horn, fue un gozo en sí mismo. En Thale, nos esperaban dos carruajes y dos parejas, una para los miembros más pequeños del grupo y los adultos y el otro para el equipaje. La mayor parte del equipaje pesado se había enviado ya con antelación y dos doncellas habrían viajado de antemano, unos días antes, para limpiar y calentar la casa.”

Algunas veces, los chicos hacían que el carruaje fuera por delante hasta Thale y ellos caminaban los restantes seis kilómetros y medio atravesando el bosque. Los cuidadores, Herr y Frau Sanderhoff, vivían en una casita dentro de la propiedad. El marido mantenía la pradera bien segada y la mujer se aseguraba que hubiera verduras del huerto y leña.

Las hermanas van Horn solían regresar a Friedrichsbrunn antes que los padres, y se llevaban a los niños. Siempre se esperaba la llegada de los progenitores con gran entusiasmo. Sabine y Dietrich solían bajar en el carruaje hasta la estación de ferrocarril de Thale para recibirlos. «Mientras tanto… habíamos alumbrado la casa con pequeñas velas en tazas que utilizábamos para colocar en todas las ventanas —recuerda Sabine—. De este modo, incluso desde lejos, la casa se veía radiante para recibir a los recién llegados».

En los treinta y tantos años que visitaron Friedrichsbrunn, Dietrich solo tuvo un recuerdo de pesadilla. Ocurrió en 1913, durante su primer verano allí. Un sofocante día de julio, Fräulein Maria decidió llevar a los tres pequeños y a Úrsula a un lago de montaña cercano. Fräulein Lenchen también los acompañó. Fräulein María les advirtió que se refrescasen un poco antes de meterse en el agua, pero Fräulein Lenchen ignoró el aviso y nadó rápidamente hasta la mitad del lago, donde se hundió instantáneamente. Sabine recuerda:

“Dietrich fue el primero en darse cuenta y lanzó un grito desgarrador. De un solo vistazo, Fräulein Horn entendió lo que había ocurrido. Todavía puedo verla echando a un lado su reloj de cadena, con su larga falda de lana, nadando con firmes movimientos rápidos, gritando por encima de su hombro: «¡Que todo el mundo se quede en la orilla!».

Teníamos siete años y aún no sabíamos nadar. Lloramos, temblamos y sostuvimos con firmeza a la pequeña Susie.  Podíamos oír cómo nuestra querida Fräulein Horn gritaba a la mujer que se ahogaba: «¡No dejes de nadar! ¡No dejes de nadar!». Vimos cuánto le costó salvar a Lenchen y traerla de vuelta. Al principio, esta se enganchó a su cuello, pero pronto perdió el conocimiento y pudimos oír cómo Fräulein Horn exclamaba: «¡Ayúdame, Dios mío, ayúdame!», mientras nadaba de regreso con Fräulein Lenchen sobre su espalda, quien, todavía inconsciente, fue colocada de lado. Fräulein Horn le metió un dedo en la garganta para que saliera el agua. Dietrich le daba suaves palmadas en la espalda y todos estábamos agachados alrededor de Fräulein Lenchen. Pronto recuperó la consciencia y Fräulein Horn elevó una larga oración de agradecimiento.

Los niños Bonhoeffer llevaron amigos a Friedrichsbrunn, aunque, a lo largo de toda su infancia, el círculo de amigos de Dietrich se limitó a la familia. Su primo Hans-Christoph von Hase los visitaba durante largos periodos y, juntos, cavaban zanjas y hacían excursiones en los inmensos pinares para buscar fresas salvajes, cebollas y champiñones.

Dietrich también pasaba mucho tiempo leyendo.

“A Dietrich le encantaba sentarse bajo los serbales de nuestra pradera y leer sus libros favoritos, como Rulamann, la historia de un hombre de la Edad de Piedra, y Pinocho, que le hacía estallar de risa y cuyos pasajes más divertidos nos leía una y otra vez. Tenía unos diez años por aquel entonces, pero conservaba su sentido de la comedia alegre. El libro Héroes de todos los días le conmovió mucho. Contenía historias de jóvenes que, por su valor, su presencia de ánimo y su altruismo, habían salvado la vida de otros, y esas narraciones solían acabar de un modo triste. La cabaña del tío Tom le mantuvo ocupado durante largo tiempo. Allí, en Friedrichsbrunn, fue también donde leyó por primera vez a los poetas clásicos y, por la noche, leíamos mientras representábamos distintas partes.”

Algunas veces, por las noches, jugaban a la pelota en la pradera con los niños del pueblo. En el interior, se divertían con adivinanzas y cantando canciones populares. «Observaban cómo la neblina de los prados flotaba y subía por los abetos», comentó Sabin, y veían como anochecía. Cuando aparecía la luna, cantaban «Der Mond ist Aufgegangen» [La luna ha salido]:

Der Mond ist

aufgegangen

die goldnen Sternlein

prangen

am Himmel hell und klar!

Der Wald steht Schwarz

und schweiget

Und aus den Wiesen

steiget

Der weisse Nebel

wunderbar.

Las palabras de folclore y religión se mezclaban tanto a principios del siglo XIX en la cultura alemana que incluso las familias que no asistían a la iglesia solían ser profundamente cristianas. Esta canción popular es típica; comienza como un himno a la belleza del mundo natural, pero pronto se convierte en una meditación sobre la necesidad que la humanidad tiene de Dios y, finalmente, en una oración que le pide que nos ayude a nosotros, «pobres y orgullosos pecadores», para que veamos su salvación cuando muramos y, mientras tanto, aquí en la tierra, que seamos «como niños pequeños, alegres y fieles».

La cultura alemana era ineludiblemente cristiana. Era el resultado del legado de Martín Lutero, el monje católico que creó el protestantismo. Gravitando sobre la cultura y la nación alemana, como padre y madre, Lutero fue para Alemania lo que Moisés para Israel; en su briosa e irritable persona se combinaban de una forma maravillosa y terrible la nación alemana y la fe luterana. No podemos sobrestimar su influencia. Su traducción de la Biblia al alemán fue un cataclismo. Como el medieval John Bunyan, de un solo golpe, Lutero hizo añicos el catolicismo europeo y, por añadidura, creó la lengua alemana moderna que, a su vez, fue el artífice del pueblo alemán. La cristiandad se partió en dos, y de la tierra que había junto a ella surgió el Deutsche Volk [el pueblo alemán].

La Biblia de Lutero fue a la lengua alemana lo que las obras de Shakespeare y la Biblia King James a la lengua inglesa moderna. Solo existía en una mezcolanza de dialectos y Alemania como nación era una idea lejana en el futuro, un reflejo en la mirada de Lutero. Pero, cuando tradujo la Biblia al alemán, creó una única lengua, un solo libro que todos podían leer y leyeron. En realidad, no había nada más para leer. Enseguida todos empezaron a hablar el alemán a la manera de la traducción de Lutero. Como el efecto homogeneizador que la televisión ha tenido sobre los acentos y dialectos de las estadounidenses, así la Biblia de Lutero suavizó los acentos y lijó las tonalidades consiguiendo una única lengua alemana. De repente, los molineros de Munich podían comunicarse con los panaderos de Bremen. De esto surgió el sentido de una herencia y una cultura comunes.

Pero Lutero llevó a los alemanes a un compromiso más pleno con su fe también a través de las canciones. Escribió muchos himnos —el más conocido de todos, Castillo fuerte es nuestro Dios— e introdujo la idea de un canto congregacional. Antes de él, nadie cantaba en la iglesia a excepción del coro.

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