Biografía de Bonhoeffer en español (4)

Bonhoeffer cover

Continuación del Capítulo 1…

El traslado a Berlín, 1912

En 1912, el padre de Dietrich aceptó el nombramiento a la cátedra de psiquiatría y neurología en Berlín. Esto le situaba a la cabeza de su especialidad en Alemania, posición que mantuvo hasta su muerte en 1948. Resulta difícil exagerar la influencia de Karl Bonhoeffer. Bethge dijo que su mera presencia en Berlín «convirtió la ciudad en un bastión contra la invasión del psicoanálisis de Freud y Jung. No era que tuviera una mente cerrada a las teorías no ortodoxas ni que rechazara por principio la validez de los esfuerzos por investigar las áreas inexploradas de la mente». Karl Bonhoeffer jamás desestimó a Freud, Jung o Adler en público ni sus teorías, sino que mantuvo las distancias con ellos mediante un escepticismo medido nacido de su devoción por la ciencia empírica. Como doctor en medicina y científico, tenía una opinión poco halagüeña de la especulación excesiva en la esfera desconocida de la llamada psique. Bethge citó a Robert Gaupp, amigo de Karl Bonhoeffer y psiquiatra de Heidelberg:

“En la psicología intuitiva y la observación escrupulosa no había nadie por encima de él. Pero venía de la escuela de Wernicke, a la que solo le preocupaba el cerebro y no permitía nada que se apartara del pensamiento en términos de la patología cerebral … No tenía ninguna prisa por avanzar en el campo de la interpretación oscura, indemostrable, atrevida e imaginativa, donde se tiene que suponer mucho y se puede demostrar muy poco … Permaneció dentro de los límites del mundo empírico al que tenía acceso.”

Karl Bonhoeffer era sumamente cauteloso con todo lo que sobrepasaba aquello que uno pudiera comprobar con sus sentidos o deducir de dichas observaciones. Tanto en el psicoanálisis como en la religión se le podría definir como agnóstico.

En su casa reinaba una firme atmósfera contra el pensamiento confuso, que incluía un prejuicio contra ciertos tipos de expresiones religiosas. Sin embargo, no había conflicto alguno entre la esfera del padre y la de la madre. A decir de todos, se complementaban de una manera hermosa. Que aquellas dos personas se amaban y se respetaban era más que evidente. Eberhart Bethge describe la suya como «una relación feliz en la que cada una de las partes suplementaba la fuerza de la otra con gran habilidad. Con ocasión de sus bodas de oro, se dijo que los días que habían estado separados el uno del otro durante los cincuenta años de matrimonio no llegaban a un mes, ni siquiera contando días sueltos».

Karl Bonhoeffer no se habría definido como cristiano, pero respetaba la tutela de su esposa sobre los niños al respecto y prestaba su tácita aprobación, aunque solo fuera participando como observador. No era el tipo de científico que descartara la existencia de una esfera por encima de la física y parecía sentir un respeto genuino por los límites de la razón. Estaba completamente de acuerdo con los valores que su mujer enseñaba a los niños, entre los cuales se hallaba una seria consideración por los sentimientos y las opiniones de los demás, incluidos los de ella. Era nieta, hija y hermana de hombres que habían entregado su vida a la teología y sabía que se tomaba su fe muy en serio, por lo que había empleado a institutrices que tuvieran ese mismo sentir. Él solía estar presente en las actividades religiosas de la familia y en la celebración de las fiestas era su esposa quien las orquestaba; y siempre incluía himnos, lecturas de la Biblia y oraciones. «En todo lo relacionado con nuestra educación —recordaba Sabine— nuestros padres se mantuvieron unidos como un muro. Era imposible que uno dijera una cosa y el otro sugiriera otra distinta». Era un entorno excelente para el teólogo en ciernes que había en medio de ellos.

La fe que Paula Bonhoeffer manifestaba hablaba por sí sola; vivía en los actos y era evidente en la forma en que ponía a los demás por delante de sí misma y enseñaba a sus hijos a hacer lo mismo. «En nuestra casa no había cabida para la falsa piedad ni ningún tipo de falsa religiosidad —comentaba Sabine—. Mamá esperaba que mostrásemos gran resolución». La mera asistencia a la iglesia tenía poco encanto para ella. El concepto de la gracia barata que Dietrich haría tan famoso con posterioridad debió de tener sus orígenes en su madre; tal vez no el término en sí, sino la idea subyacente: la fe sin obras no es fe en absoluto, sino una sencilla falta de obediencia a Dios. Durante el surgimiento de los nazis ella empujó a su hijo, con todo respeto, aunque firmemente, a conseguir que la iglesia viviera lo que afirmaba creer pronunciándose abiertamente en contra de Hitler y de los nazis y emprendiendo acciones contra ellos.

La familia parecía tener lo mejor de lo que hoy podríamos considerar valores conservadores y liberales, de los tradicionales y los progresistas. Emmi Bonhoeffer, que conocía a la familia desde mucho antes de casarse con Klaus, el hermano de Dietrich, recordaba: «Sin lugar a duda, era la madre quien gobernaba la casa, su espíritu y sus asuntos, pero jamás concertaba u organizaba nada que al padre no le hubiera gustado que hiciera y que no le hubiera agradado. Según Kierkegaard, el hombre pertenece al tipo moral o al artístico. No conocía este hogar, que formaba una armonía de ambas cosas».

Sabine observó que su padre poseía:

“una gran tolerancia que no dejaba lugar a una estrechez de mente y ampliaba los horizontes de nuestro hogar. Daba por sentado que intentaríamos hacer lo correcto y esperaba mucho de nosotros, pero siempre podíamos contar con su bondad y la equidad de sus juicios. Tenía un gran sentido del humor y nos ayudaba con frecuencia a vencer las inhibiciones con una broma a tiempo. Controlaba sus propias emociones con demasiada firmeza como para decirnos una sola palabra que no fuera totalmente adecuada. Su aversión por los estereotipos causó algunas veces que nos expresáramos con dificultad y que no estuviésemos seguros de nosotros mismos. Sin embargo, el efecto de esto fue que, como adultos, no nos gustaran los lemas, los cotilleos, lo banal o la locuacidad. Él no habría utilizado jamás un eslogan ni una frase «de moda».

Karl Bonhoeffer enseñó a sus hijos a que hablaran solo cuando tenían algo que decir. No toleraba las expresiones sensibleras, como tampoco soportaba la autocompasión, el egoísmo o la vanagloria. Sus hijos le amaban y le respetaban de un modo que les hacía ansiar su aprobación; apenas tenía que recurrir a las palabras para comunicar sus sentimientos sobre cualquier tema. A veces bastaba con una ceja arqueada.

El profesor Scheller, colega suyo, afirmó una vez: «Así como le desagradaba por completo todo lo inmoderado, exagerado o indisciplinado, en su propia persona todo estaba perfectamente controlado». A los niños Bonhoeffer se les había enseñado a dominar firmemente sus sentimientos. La emotividad, como la comunicación sensiblera, se consideraba una falta de moderación. Cuando su padre murió, Karl Bonhoeffer escribió: «De entre todas sus cualidades, desearía que nuestros hijos heredaran su sencillez y su veracidad. Jamás oí de él un estereotipo; hablaba poco y era un firme enemigo de todo lo caprichoso y lo antinatural».

El traslado de Breslau a Berlín debió de parecer un salto a la familia. Para muchos, aquella ciudad era el centro del universo. Su universidad era una de las mejores del mundo, la ciudad era un centro intelectual y cultural, y constituía la sede de un imperio.

Su nueva casa —en la Bruckenallee, cerca de la parte noroccidental del Tiergarten— era menos espaciosa que la de Breslau y disponía de menos terreno alrededor. Pero tenía la distinción especial de compartir uno de sus muros con el Parque de Bellevue, donde jugaban los niños reales. Una de las institutrices de los Bonhoeffer —probablemente Fräulein Lenchen— era una especie de monárquica que corría entusiasmada con los niños que tenía a su cargo para echar un vistazo al káiser o al príncipe heredero cuando pasaban en su auto. Los Bonhoeffer valoraban la humildad y la sencillez, y no soportaban que nadie se quedara embobado contemplando a los miembros de la familia real. Cuando Sabine se jactó de que una de las princesitas se había acercado a ella y había intentado pincharle con un palo, la respuesta fue un silencio de reproche.

En Berlín, los niños mayores ya no estudiaban en casa, sino que asistían a la escuela cercana. Desayunaban en el porche: pan de centeno, mantequilla y mermelada, con leche caliente y, a veces, cacao. Las clases comenzaban a las ocho. El almuerzo consistía en pequeños sándwiches —mantequilla y queso o salchicha— envuelto en papel vegetal, que llevaban a la escuela en sus mochilas. En Alemania no existía nada parecido a un almuerzo a media mañana en aquellos días, de modo que se consideraba un segundo desayuno.

En 1913, Dietrich, que tenía siete años, comenzó la escuela fuera de casa. Durante los siguientes seis años asistió al Friedrich-Werder Gymnasium. Sabine dijo que se esperaba que fuese hasta la escuela solo:

“Le asustaba caminar hasta allí solo, porque tenía que cruzar un largo puente. De modo que, al principio, le acompañaron y sus compañeros caminaban por el otro lado de la calle para que no se sintiese avergonzado delante de los demás niños. Finalmente venció su temor. También se asustaba de Santa Claus y mostraba cierto recelo al agua cuando nosotros, los gemelos, aprendimos a nadar. Las primeras veces lanzaba un alarido … Más tarde se convirtió en un excelente nadador.”

A Dietrich le fue bien en la escuela, aunque no se puede decir que no necesitara disciplina, y sus padres no vacilaban a la hora de proporcionársela. A la edad de ocho años, su padre escribió: «Dietrich hace su trabajo con espontaneidad y pulcramente. Le gusta luchar y lo hace con frecuencia». En una ocasión atacó a un compañero cuya madre sospechó que en casa se respiraba una atmósfera antisemítica. Paula Bonhoeffer se sintió horrorizada solo de pensarlo y se aseguró de que la mujer supiera que en su hogar no se toleraba nada por el estilo.

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