Biografía de Bonhoeffer en español (3)

Bonhoeffer cover

Continuación del Capítulo 1…

En 1910, los Bonhoeffer decidieron buscar un lugar para pasar sus vacaciones y escogieron un enclave idílico, en los bosques de los montes de Glatz, cerca de la frontera bohemia. Fue un viaje de dos horas en tren hacia el sur de Breslau. Karl Bonhoeffer lo describió como «un pequeño valle a los pies del monte Urnitz, al borde del bosque, con una pradera, un pequeño arroyo, un antiguo granero y un árbol frutal que tenía un asiento elevado con un pequeño banco para los niños, integrado en sus anchas ramas». El nombre de este paraíso rústico era Wolfesgründ. Estaba tan alejado de los caminos trillados que la familia no vio nunca a nadie, salvo a un solo personaje extraño: un «intolerante agente forestal» que vagaba constantemente por allí. Más tarde, Bonhoeffer lo inmortalizaría como Gelbstiefel (botas amarillas), el personaje de un relato de ficción.

Durante este tiempo es cuando conseguimos nuestros primeros atisbos de Dietrich, a la edad de cuatro o cinco años. Nos llegan de su hermana gemela, Sabine:

“Mis primeros recuerdos se remontan a 1910. Veo a Dietrich con su traje de fiesta, acariciando con su pequeña mano la enagua de seda azul; después lo veo al lado de nuestro abuelo, que está sentado junto a la ventana con nuestra hermana Susana, entonces un bebé, sobre sus rodillas, mientras el sol de la tarde derrama su luz dorada. Aquí se desdibujan las imágenes y solo se forma una escena más en mi mente: los primeros juegos en el jardín en 1911; Dietrich con una masa de cabello rubio ceniza que rodeaba su rostro quemado por el sol, acalorado de tanto retozar, ahuyentando a los mosquitos y buscando un rincón a la sombra, y obedeciendo muy a regañadientes a la niñera que le llama para que entre. Su juego de enorme actividad no ha acabado aún, y su intensidad le hace olvidar el calor y la sed.”

Dietrich fue el único de los hijos que heredó la blanca tez de su madre y su cabello rubio. Los tres hermanos mayores eran morenos como su padre. Klaus, el más joven de los hermanos de Dietrich, era cinco años mayor que él. Sus tres hermanos y las dos hermanas mayores formaban un quinteto natural, mientras que Dietrich se vio arrinconado con Sabina y Susi, su hermana pequeña, en el grupo de los «tres pequeños». En este trío, Dietrich disfrutó de su papel como protector fuerte y caballeroso. «Jamás olvidaré el carácter tan dulce —escribiría más tarde Sabine— que mostraba cuando recogíamos bayas en las laderas durante aquel caluroso verano. Llenaba mi pequeña jarra con las frambuesas que tanto trabajo le había costado conseguir para que yo no tuviera menos que él, o compartía su bebida conmigo». Cuando leían juntos, «empujaba el libro para que quedara delante de mí… aunque esto dificultara su propia lectura, y siempre era amable y servicial si se le pedía alguna cosa».

Su inclinación caballerosa iba más allá de sus hermanas. Adoraba a Fräulein Käthe van Horn, su institutriz desde la infancia, y «de propia voluntad asumía el papel de ángel guardián que la ayudaba y la servía. Cuando se servía el plato favorito de ella, exclamaba: “No quiero más”, y la obligaba a comerse su parte también. Solía decirle: “Cuando sea mayor me casaré con usted, y así siempre estará con nosotros”».

Sabine también recordaba cuando, a la edad de seis años, su hermano se maravilló al ver a una libélula que revoloteaba sobre un arroyo. Con los ojos abiertos como platos, le susurró a su madre: «¡Mira! ¡Hay una criatura sobre el agua, pero no te asustes que yo te protegeré!».

Cuando Dietrich y Sabine tuvieron edad suficiente para ser escolarizados, su madre le entregó la tarea a Fräulein Käthe, aunque ella seguía presidiendo la instrucción religiosa de sus hijos. Las primeras preguntas que se recogen de Dietrich son de cuando tenía cuatro años. Inquirió a su madre: «¿El buen Dios ama también al deshollinador?» y «¿Dios también se sienta a comer?».

Las hermanas Käthe y Maria van Horn llegaron a casa de los Bonhoeffer seis meses después del nacimiento de los gemelos y, durante dos décadas, se convirtieron en una parte vital de la vida familiar. Fräulein Käthe solía ocuparse de los tres pequeños. Las dos hermanas van Horn eran devotas cristianas instruidas en la comunidad de Heenhut, que significa «la atalaya del Señor», y tuvieron una decidida influencia espiritual sobre los niños Bonhoeffer. Fundada por el conde Zinzendorf en el siglo XVIII, Herrnhut siguió la tradición pietista de los hermanos moravos. De niña, Paula Bonhoeffer asistió allí durante un tiempo.

El conde Zinzendorf abogaba por la idea de una relación personal con Dios, en lugar de la asistencia formal a la iglesia del luteranismo de aquel tiempo. Utilizaba el término fe viva, que comparaba desfavorablemente con el nominalismo predominante de la aburrida ortodoxia protestante. Para él, la fe no consistía en la conformidad intelectual a las doctrinas, sino que era un encuentro personal y transformador con Dios; por tanto, enfatizaba la lectura de la Biblia y los devocionales en casa. Sus ideas influyeron en John Wesley, que visitó aquella ciudad en 1738, año de su famosa conversión.

El lugar que la religión ocupaba en el hogar de los Bonhoeffer se hallaba lejos del pietismo, aunque seguía algunas tradiciones de Herrnhut. En primer lugar, rara vez asistían a la iglesia; para los bautismos y funerales acudían al padre o al hermano de Paula. La familia no era anticlerical —de hecho, a los niños les encantaba «jugar» a bautizarse unos a otros—, pero su cristianismo era principalmente de cosecha propia. En su vida cotidiana leían mucho la Biblia y cantaban himnos, todos ellos dirigidos por Frau Bonhoeffer. Su reverencia por las Escrituras era tal que leía las historias bíblicas a sus hijos con el texto verdadero de la Biblia en lugar de hacerlo en forma de historia para niños. Sin embargo, algunas veces utilizaba una Biblia ilustrada y explicaba las imágenes a medida que iba leyendo.

La fe de Paula Bonhoeffer era más evidente en los valores que ella y su esposo enseñaban a sus hijos. Hacer gala de altruismo, expresar generosidad y ayudar a otros era algo fundamental en la cultura de la familia. Fräulein Käthe recordaba que a los tres hijos les gustaba sorprenderla haciendo cosas buenas para ella: «Por ejemplo, ponían la mesa para la cena antes de que yo pudiera hacerlo. No sé si era Dietrich quien animaba a sus hermanas a hacerlo, pero debería sospecharlo». Las hermanas van Horn describían a todos los niños como «alegres», aunque jamás «groseros o maleducados». Con todo, su buena conducta no siempre era algo natural. Recordaba Fräulein Käthe:

“Dietrich era travieso a veces, y dado a bromas variadas no siempre en el momento adecuado. Recuerdo que le gustaba hacerlo sobre todo cuando los niños debían lavarse y vestirse rápidamente porque estaban invitados a salir. Uno de esos días, pues, estaba bailando alrededor de la habitación y suponiendo una gran molestia. De repente, la puerta se abrió y su madre se precipitó hacia él y le dio un par de bofetadas a diestra y siniestra. Y se acabaron las tonterías. Sin derramar ni una sola lágrima, en ese momento hacía lo que debía.”

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