Biografía de Bonhoeffer en español (2)

CAPÍTULO 1

FAMILIA E INFANCIA

El rico mundo de sus antepasados estableció los principios de la propia vida de Dietrich Bonhoeffer. Le aportó una certeza de juicio y una actitud que no se puede adquirir en una única generación. Creció en una familia que creía que la esencia del aprendizaje no radicaba en una educación formal, sino en la obligación profundamente arraigada de ser los guardianes de una herencia histórica extraordinaria y una tradición intelectual.

—EBERHARD BETHGE

Durante el invierno de 1896, antes de que el matrimonio anciano se conociese, fueron invitados a una «velada abierta» en casa del físico Oscar Meyer. «Allí —escribió más tarde Karl Bonhoeffer—, conocí a una joven, rubia, de ojos azules, de conducta tan libre y natural y con una expresión tan franca y segura que nada más entrar por la puerta me cautivó. El momento en que puse mis ojos sobre mi futura esposa permaneció en mi memoria con una fuerza casi mística».

Karl Bonhoeffer había venido a Breslau —en la actualidad Wroclaw, en Polonia— tres años antes para trabajar como asistente de Karl Wernicke, el internacionalmente renombrado profesor de psiquiatría. La vida consistía en trabajar en la clínica, socializar con unos cuantos amigos de Tubinga, la encantadora ciudad universitaria donde había crecido. Pero, tras aquella tarde de invierno memorable, su vida cambiaría de manera extraordinaria: en primer lugar, empezó de inmediato a patinar sobre hielo en los canales, por las mañanas, con la esperanza de encontrarse —y a ser posible con frecuencia— con aquella cautivadora chica de ojos azules que había visto por primera vez aquella tarde. Era maestra y se llamaba Paula von Hase. Se casaron el 5 de marzo de 1898, tres semanas antes de que el novio cumpliera los treinta años. La novia tenía veintidós años.

Ambos —doctor y maestra— contaban con antecedentes fabulosamente ilustres. Los padres de Paula Bonhoeffer y su familia estaban estrechamente relacionados con la corte del emperador en

Potsdam. Su tía Pauline había llegado a ser dama de honor de la princesa heredera Victoria, esposa de Federico III. Su padre, Karl Alfred von Hase había sido capellán militar y, en 1889, lo fue del Kaiser Guillermo II, aunque dimitió tras criticar la descripción que este hizo del proletariado, al que llamó «jauría».

El abuelo de Paula, Karl August von Hase, había ocupado un lugar preponderante en la familia y había sido un famoso teólogo en Jena, donde enseñó durante seis años y donde todavía hoy se erige su estatua. Había sido convocado para este puesto por Goethe mismo —por entonces ministro a las órdenes del duque de Weimar— y conoció en privado al tesoro nacional que ya contaba con ochenta y nueve años y estaba componiendo su Fausto, Segunda Parte. Los estudiantes de teología del siglo XX seguían utilizando el libro de texto de Karl August sobre la historia del dogma. Hacia el final de su vida, el gran duque de Weimar le concedió un título vitalicio y el rey de Württemberg le otorgó otro personal.

El lado materno de la familia de Paula incluía a artistas y músicos. Su madre, Clara von Hase, nacida condesa de Kakreuth (1851–1903) tomó clases de piano con Franz Listz y Clara Schumann, esposa del compositor. Legó su amor por la música y el canto a su hija y esto desempeñaría un papel vital en la vida de los Bonhoeffer. El padre de Clara, el conde Stanislaus Kalkreuth (1820–94) era un pintor famoso por sus grandes paisajes alpinos. Aunque de familia de aristócratas militares y nobles, este conde se casó con un miembro de la familia de escultores

Cauer y se convirtió en director de la Escuela de Arte del Gran Duque, en Weimar. Su hijo, el conde Leopoldo Kalkreuth, superó el éxito de su padre como pintor; sus obras de realismo poético siguen figurando en la actualidad en los museos de toda Alemania. Los von Hase también estaban relacionados con Yorck von Wartenburg, que destacaba en lo social y lo intelectual, y pasaban mucho tiempo en su compañía. El conde Hans Ludwig Yorck von Wartenburg era un filósofo cuya famosa correspondencia con Wilhelm Dilthey desarrolló una filosofía hermenéutica de la historia que influenció a Martin Heidegger.

El linaje de Karl Bonhoeffer no era menos impresionante. La familia se remontaba a 1403, en los anales de Nimega sobre el río Waal, en Holanda, cerca de la frontera alemana. En 1513, Caspar van den Boemhoff abandonó los Países Bajos para afincarse en la ciudad alemana de Schwäbisch Hall. Más tarde, el apellido familiar pasó a ser Bonhöffer, manteniendo la diéresis hasta el año 1800 aproximadamente. Bonhöffer significa «agricultor de frijoles» y su blasón, que sigue destacando en edificios de Schwäbish Hall, representa a un león que sostiene un tallo de esa planta sobre fondo azul. Eberhard Bethge nos comenta que Dietrich Bonhoeffer solía llevar un anillo de sellar con este emblema familiar.

Los Bonhoeffer fueron una de las principales familias de Schwäbisch Hall durante tres siglos. Las primeras generaciones fueron orfebres; las postreras estaban formadas por doctores, pastores, jueces, profesores y abogados. A lo largo de los siglos, setenta y ocho miembros del ayuntamiento y tres alcaldes de esta ciudad fueron Bonhöffer. Su importancia e influencia también es visible en la Michaelskirche (Iglesia de San Miguel), donde los Bonhöffer están representados en mármol y recordados de otras formas en esculturas barrocas y rococó, y en epitafios. En 1797, el abuelo de Karl, Sofonías Bonhoeffer, fue el último miembro de la familia que nació allí. La invasión de Napoleón en 1806 acabó con el estatus de ciudad libre de Schwäisch Hall y dispersó a la familia, aunque siguió siendo un santuario al que se retiraron posteriores generaciones, ya sin la diéresis en el apellido. El padre de Karl Bonhoeffer llevó a su hijo muchas veces a la ciudad medieval y le instruyó en los detalles de su historia patricia mientras descendían por las «famosas escaleras de madera de roble negro de la casa Bonhoeffer en la Herrengasse (la calle de los Lores)» y el retrato de la «encantadora mujer Bonhoeffer» que colgaba en la iglesia, con una copia en la que había sido la casa de los Bonhoeffer durante la infancia de Dietrich. Karl Bonhoeffer hizo lo mismo con sus propios hijos.

El padre de Karl Bonhoeffer, Friedrich Ernst Philipp Tobias Bonhoffer (1828–1907) era un funcionario judicial de alto rango en toda Württemberg, y acabó su carrera como presidente de la Audiencia Provincial en Ulm. Cuando se retiró a Tubinga, el rey le recompensó con un título nobiliario personal. Su padre había sido «un párroco bueno y campechano que conducía su propio carruaje por todo el distrito». La madre de Karl Bonhoeffer, Julie Bonhoeffer, de soltera Tafel (1842–1936), procedía de una familia de Suabia, fervientemente liberal, que jugó un papel principal en el movimiento demócrata del siglo XIX. De su abuela paterna, Karl Bonhoeffer escribió más tarde: «Mi abuelo y sus tres hermanos eran, claramente, hombres poco comunes. Cada uno tenía un rasgo especial, pero todos ellos compartían una veta idealista, junto con una disposición intrépida para actuar según sus convicciones». Dos de ellos fueron expulsados temporalmente de Württemberg por sus inclinaciones democráticas, y en una elocuente casualidad, uno de ellos, el tío abuelo de Karl, Gottlob Tafel, fue encarcelado en la fortaleza Hohenasperg. Coincidió allí con el bisabuelo de Dietrich, Karl August von Hase quien, antes de embarcarse en su carrera teológica, pasó por un periodo de actividad política juvenil. Estos dos antepasados de Dietrich Bonhoeffer llegaron a conocerse durante su mutuo encarcelamiento. La madre de Karl Bonhoeffer vivió hasta los noventa y tres años, y mantenía una estrecha relación con su nieto Dietrich, que se encargó del panegírico en su funeral, en 1936, y la atesoró como el vínculo viviente con la grandeza de su generación.

Los árboles genealógicos de Karl y Paula Bonhoeffer están tan cargados por todas partes de cifras correspondientes a sus logros que cabe esperar que las generaciones futuras lo consideren una carga. Pero el magnífico maremágnum que constituía su herencia parece haber sido una gran bendición, que no solo les impulsó para que cada niño no pareciera haberse sostenido sobre los hombros de gigantes, sino que también hubiera bailado sobre ellos.

Y así, en 1898, estas dos líneas extraordinarias se entremezclaron en el casamiento de Karl y Paula Bonhoeffer, que trajo al mundo a ocho niños en el espacio de una década. Sus dos primeros hijos se llevaban un año entre sí: Karl-Friedrich nació el 13 de enero de 1899 y Walter dos meses antes, el 10 de diciembre. Su tercer hijo, Klaus, nació en 1901, seguido de dos hijas, Úrsula en 1902 y Christine en 1903. El 4 de febrero de 1906, su cuarto hijo y el más joven, Dietrich, nació diez minutos antes que su hermana gemela, Sabine, y bromeó con ella a cuenta de esta ventaja durante toda su vida. Los gemelos fueron bautizados por el excapellán del Kaiser, su abuelo Karl Alfred von Hase, que vivía a siete minutos de ellos. Susanne, la última hija, nació en 1909.

Todos los niños Bonhoeffer nacieron en Breslau, donde Karl Bonhoeffer ocupaba la cátedra de psiquiatría y neurología en la universidad, y era director del hospital para las enfermedades nerviosas. La víspera de Año Nuevo del año en que nació Susanne escribió en su diario: «A pesar de tener ocho hijos —lo que parece un número enorme en los tiempos que estamos—, ¡nos da la impresión de que no son demasiados! La casa es grande, los niños se desarrollan con normalidad, nosotros no somos unos padres demasiado mayores, por lo que intentamos no mimarlos y hacer que tengan una infancia agradable».

Su casa —en el número 7 de Birkenwäldchen— se hallaba cerca de la clínica. Era gigantesca y estaba llena de recovecos, constaba de tres pisos y tejados a dos aguas, numerosas chimeneas, un porche cerrado y un gran balcón con vistas al espacioso jardín donde los niños jugaban. Cavaban cuevas, trepaban a los árboles y levantaban tiendas de campaña. Los niños Bonhoeffer y el abuelo Hase, que vivía al otro lado del río, un brazo del Oder, solían visitarse con frecuencia. Su esposa murió en 1903, y su otra hija, Elisabeth, cuidó de él. Ella también se convirtió en una parte importante de la vida de los niños.

A pesar de su apretada agenda, Karl Bonhoeffer disfrutaba mucho de sus hijos. «En invierno —escribió— echamos agua en una antigua pista de tenis con superficie de asfalto, para que los dos mayores pudieran patinar por primera vez. Teníamos una gran edificación anexa pensada para alojar un carruaje. Como no contábamos con ninguno ni tampoco caballos, la utilizábamos para guardar todo tipo de animales».

También había animales en la casa propiamente dicha. Una de las habitaciones de la casa se convirtió en un zoológico para las mascotas de los niños, e incluía conejos, cobayas, ardillas, palomas, lagartijas, serpientes y un museo de historia natural para sus colecciones de huevos de aves, así como escarabajos y mariposas enmarcados. Las dos niñas mayores tenían otra habitación, montada como si fuera una casa de muñecas y, en el primer piso, los tres hijos mayores contaban con un taller completo con banco de carpintero.

Su madre presidía aquella casa tan bien equipada; el personal estaba formado por una institutriz, una niñera, una criada, una doncella, y un cocinero. Arriba se encontraba el aula de estudio, con escritorios donde Paula daba clase a los niños. Era un poco chocante cuando Paula Bonhoeffer escogía afrontar el examen de maestra como si estuviera soltera, pero, como mujer casada, utilizaba lo que aprendía con muy buenos resultados. Desconfiaba abiertamente de las escuelas públicas alemanas y sus métodos educativos prusianos. Suscribió la máxima de que a los alemanes les partían las espaldas dos veces, una en la escuela y otra en el ejército; ella no estaba dispuesta a confiar sus hijos al cuidado de otros menos sensibles que ella durante sus primeros años. Cuando fueron un poco mayores, los envió a las escuelas públicas locales, donde siempre sobresalieron. Pero hasta la edad de siete u ocho años, ella fue la única educadora.

Paula Bonhoeffer había memorizado un impresionante repertorio de poemas, himnos y canciones populares que enseñó a sus hijos y que estos recordaron hasta su vejez. Los niños disfrutaban disfrazándose y representando obras de teatro para ellos mismos y para los adultos. Había también un teatro de marionetas familiar; cada año, el 30 de diciembre —día de su cumpleaños—, Paula Bonhoeffer ofrecía una representación de Caperucita Roja. Esto continuó hasta su vejez, cuando lo hacía para sus nietos. Uno de ellos, Renate Bethge, comentaba: «Ella era el alma y el espíritu de la casa».

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