Interesante biografía de Bonhoeffer disponible en español

Este año he aprendido bastante acerca de este gran cristiano de origen alemán, ejecutado por los nazis poco antes de que terminara la guerra. Este libro fue un gran éxito de ventas en inglés y luego fue editado en español.

Bonhoeffer cover

«Eric Metaxas despeja muchas ideas falsas dando prioridad a las propias palabras y los hechos de Bonhoeffer, en una nueva biografía sólida y magistral: Bonhoeffer: Pastor, mártir, profeta, espía. Durante un tiempo angustioso en el que numerosas iglesias adoptaron la ideología nazi y otras se doblaron bajo la presión del gobierno, Bonhoeffer permaneció fuerte, aunque algunas veces solo. Metaxas presenta a Bonhoeffer como un cristiano con las ideas claras, profundamente convencido, que no se sometía a nadie excepto a Dios y a su Palabra».
—CHRISTIANITY TODAY

PRÓLOGO

 LONDRES, 27 DE JULIO DE 1945

Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida.

—2 CORINTIOS 4.8–12

Por fin la paz había regresado a Europa. Su rostro familiar —en otro tiempo distorsionado y aterrador— volvía a estar en paz, noble y fresco. Llevaría años poder entender todo por lo que había pasado. Era como si se hubiese sometido a un terrible y prolongado exorcismo, uno que la había exprimido hasta la última gota. Pero al final de todo, aunque protestando con alaridos mientras se marchaban, las legiones de demonios fueron expulsadas. Hacía dos meses que la guerra había llegado a su fin. El tirano se había quitado la vida en un gris búnker subterráneo sobre el que yacía su destrozada capital, y los Aliados cantaron victoria.

Lenta, muy lentamente, la vida en Gran Bretaña se volcó en la tarea de restaurarse. Luego, como si de una señal se tratara, llegó el verano. Era el primer estío de paz en seis años. Pero, como si quisiera demostrar que todo aquello no había sido un sueño ni una pesadilla, no faltaban nuevos y constantes recordatorios de lo que había sucedido. Y eran todos terribles, tanto como todo lo que había ocurrido con anterioridad. A veces, hasta eran peores. Al principio de ese verano surgían las espantosas noticias de los campos de muerte junto con las incomprensibles atrocidades que los nazis habían causado a sus víctimas en las infernales avanzadas de su breve imperio.

Este tipo de rumores circularon durante la guerra, pero ahora la realidad quedaba contrastada por las fotografías, las secuencias de los documentales informativos y los relatos de testigos oculares de entre los soldados que liberaron los campos en abril, durante los últimos días de la guerra. La profundidad de estos horrores no se había conocido ni imaginado, y era casi demasiado para que el pueblo británico, cansado de la guerra, pudiera absorberlo. Su odio hacia los alemanes estaba confirmado y se reafirmaba con cada repugnante detalle. El público se tambaleaba ante la maldad misma del mal.

Al principio de la guerra se podía separar a los nazis de los alemanes y reconocer que no todos ellos pertenecían a dicha ideología. A medida que fue pasando el conflicto entre ambas naciones, y cuantos más padres, hijos y hermanos ingleses morían, resultó más difícil distinguir la diferencia. Finalmente, esta se desvaneció por completo. El primer ministro Winston Churchill, que se dio cuenta de la necesidad de alimentar el esfuerzo británico de la guerra, fusionó alemanes y nazis en un único enemigo odiado. Era lo mejor para derrotarlo con rapidez y acabar con la implacable pesadilla.

Cuando los alemanes que intentaban vencer a Hitler y los nazis se pusieron en contacto con Churchill y el gobierno británico esperando recibir ayuda para aniquilar desde el interior a su enemigo común —con la esperanza de transmitir al mundo que algunos alemanes atrapados dentro del Reich eran de su mismo sentir— fueron rechazados. A nadie le interesaban sus propuestas. Ya era demasiado tarde. No podían participar en tales maldades y, cuando les parecía conveniente, intentar conformarse con una paz separada. Por el bien del esfuerzo bélico, Churchill mantuvo la ficción de que no había alemanes buenos. Se llegó a decir que el único alemán bueno —si alguien necesitaba utilizar la frase— era uno muerto. Esta carencia de matiz también formó parte de aquella guerra infernal.

Pero ahora el conflicto había tocado a su fin y, a medida que la absoluta e indecible maldad del Tercer Reich salía a la luz, también se debía considerar el otro lado de las cosas. Parte de la restauración del pensamiento al periodo de paz consistía en volver a distinguir más allá de los extremos de la guerra, para discernir de nuevo los matices y las tonalidades, las sombras y los colores.

Por tanto, hoy, en la Holy Trinity Church —junto a la Calle Brompton de Londres—, se estaba celebrando un culto que resultaba incomprensible para muchos. Para otros muchos era desagradable y perturbador, sobre todo para quienes habían perdido a algún ser querido durante la guerra. El funeral que se celebraba aquel día en suelo británico y que la BBC retransmitía era en memoria de un alemán que había muerto tres meses antes. La noticia de su fallecimiento se había abierto paso tan lentamente entre la niebla de la guerra y los escombros que sus amigos y familiares no la habían conocido hasta hacía muy poco. La mayoría de ellos seguían sin saber nada sobre ella. Pero aquí, en Londres, se habían reunido quienes sí estaban al tanto.

En los bancos se encontraba la hermana melliza del difunto, que tenía treinta y nueve años, su marido medio judío y sus dos hijas. Habían escapado de Alemania antes de la guerra, cruzando la frontera con Suiza en automóvil, por la noche. El finado había tomado parte en los preparativos de su huida ilegal —aunque esta no había sido más que una de sus más insignificantes desviaciones de la ortodoxia nacional socialista—, ayudándoles a establecerse en Londres, donde se habían afincado.

Entre sus amigos, aquel hombre contaba con numerosas personas destacadas, incluido George Bell, el obispo de Chichester, que organizó el funeral porque había conocido y amado a aquel a quien se estaba honrando. Fue algunos años antes de la guerra, cuando ambos participaban en los esfuerzos ecuménicos intentando advertir a Europa contra los designios de los nazis, rescatar a los judíos y, finalmente, llevar noticias de la resistencia alemana a la consideración del gobierno británico. Unas horas antes de su ejecución en el campo de concentración de Flossenbürg, había dirigido sus últimas palabras a este obispo. Aquel domingo se las repitió a un oficial británico, que fue encarcelado con él, después de haber celebrado su último culto, donde predicó su sermón final. Tras su liberación, este oficial llevó consigo aquellas últimas palabras y la noticia de su muerte por toda Europa.

Atravesando el canal de la Mancha, cruzando Francia y Alemania, en la ciudad de Berlín, en el distrito de Charlottenburg, en una casa de tres plantas en el 43 de Marienburger Allee, una pareja de ancianos estaba sentada junto a su radio. En sus tiempos, la esposa había dado a luz a ocho hijos: cuatro niños y cuatro niñas. El segundo había caído en la Primera Guerra Mundial. Durante todo un año, su joven madre no había sido capaz de reaccionar. Veintisiete años después, una segunda guerra le arrebataría otros dos hijos. El marido era el psiquiatra más destacado de Alemania. Ambos se habían opuesto a Hitler desde el principio y se sentían orgullosos de sus hijos y yernos que habían estado involucrados en la conspiración contra él. Todos conocían los peligros.

Pero cuando la guerra por fin acabó, las noticias sobre sus dos hijos tardaron en llegar a Berlín. Un mes después se enteraron de la muerte de Klaus, su tercer hijo. Sin embargo, del pequeño, Dietrich, no sabían nada. Alguien había afirmado haberle visto con vida. Luego, un vecino les comentó que al día siguiente la BBC retransmitiría un funeral en Londres. Era por Dietrich. A la hora señalada, la anciana pareja encendió su radio. Muy pronto anunciaron la ceremonia en memoria de su hijo. Así fue como supieron que había muerto.

Mientras el matrimonio asimilaba la noticia de que el hombre bueno que era su hijo ahora estaba muerto, muchos ingleses encajaban las nuevas de que el fallecido, un alemán, era bueno. De este modo, el mundo comenzó de nuevo a reconciliarse consigo mismo.

El hombre que había muerto estaba comprometido en matrimonio. Era pastor y teólogo. Y fue ejecutado por el papel desempeñado en el complot para asesinar a Hitler.

Esta es su historia.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Dietrich Bonhoeffer y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s