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Fee HS

“…la meta no era simplemente preparar a una serie de individuos para el cielo, sino crear un pueblo que, por el poder del Espíritu, viviera la vida del futuro (la vida del propio Dios) en la era presente. El “fruto del Espíritu”, por tanto, tiene que ver principalmente con la vida de la comunidad”.

PREFACIO

Este libro tiene una historia un tanto accidentada. Es la obra que habría esperado escribir hace algunos años a petición de Hendrickson Publishers cuando me propusieron una “ligera ampliación” de un artículo acerca del Espíritu Santo en las cartas paulinas, que apareció en el Dictionary of Pentecostal and Charismatic Movements (Grand Rapids, Zondervan, 1988). Para mi sorpresa, mientras trabajaba en la redacción de ese artículo descubrí que no había ningún libro sobre el tema. De modo que me propuse escribir una obra que llenara este vacío.

Sin embargo, estaba también deseoso de apoyar las conclusiones que había expuesto en el mencionado artículo del diccionario. Con esta idea en mente decidí dedicarme a realizar una exégesis completa y concienzuda de todos los textos paulinos que mencionaban al Espíritu o su actividad. El resultado de este trabajo fue God’s Empowering Presence (Peabody, Mass.: Hendrickson, 1994. De aquí en adelante GEP, una obra muy extensa llena de (necesarios) detalles y de prolija argumentación.

De modo que el primer acercamiento acabó siendo un libro dirigido principalmente a estudiosos y pastores, que intentaba introducir cierto equilibrio en las presentaciones de la teología paulina. Aunque se ha hablado mucho del importante papel que desempeña el Espíritu en la vida y el pensamiento de Pablo, los eruditos del Nuevo Testamento en general, y en especial los paulinistas, han relegado este papel a un segundo plano. En parte escribí GEP para corregir esta situación.

Lo que ha llevado a la presentación de este material ha sido mi temor de que las cosas que verdaderamente preocupaban a Pablo—según yo las percibo—pudieran haber quedado sepultadas por la extensión del primer libro, o por la esquemática presentación que se hace de su teología en los últimos cuatro capítulos.

Este libro pretende acercar el material en cuestión al público en general. No se trata de una mera reedición del “mamotreto” sin las más de setecientas páginas de exégesis. Aunque es cierto que la mayor parte del contenido que aparece aquí procede de GEP, ha sido en gran parte redactado de nuevo y reordenado para enfocar aquellas cosas que me interesan especialmente.

Para dar una idea al lector de cuáles son las inquietudes que subyacen tras este libro, quiero explicarlas con detalle:

a. En pocas palabras, es algo que probablemente se capta solo al final de GEP, a saber, el testimonio generalmente inefectivo y la irrelevancia que se percibe en la Iglesia de la cultura occidental. Es aquí donde, a mi entender, se pone de relieve la verdadera diferencia entre Pablo y nosotros, donde en una cultura parecida a la nuestra, los primeros creyentes parecen haber sido más efectivos que nosotros. Estoy convencido de que esto se debe, en gran parte, a su experiencia de la realidad de la presencia del Espíritu.

b. Esto es, pues, lo que me hace sentir incómodo con los acercamientos al Espíritu que polarizan las cuestiones de los “dones” y el “fruto” y que parece caracterizar una buena parte del cristianismo contemporáneo. Para la Iglesia Primitiva el Espíritu era una presencia que capacitaba, y tal formación tenía que ver con fruto, testimonio y dones.

c. Algo crucial a esta experiencia fue la idea que la Iglesia primitiva tenía del Espíritu, como cumplimiento de las esperanzas judías del regreso de la presencia de Dios (de ahí la enorme importancia que tiene la imaginería del templo en los escritos de Pablo). Para los primeros cristianos esto significó que el Espíritu no era solo la presencia personal de Dios en ellos (individualmente) y entre ellos (colectivamente), sino que su comprensión de Dios había de ensancharse para llegar a ser trinitaria. Aunque Pablo no utilizó esta clase de lenguaje, su nueva comprensión de la existencia (como estar en Cristo) era pues, en esencia, completamente trinitaria.

d. Igual de crucial a la experiencia del Espíritu era la concepción que la Iglesia primitiva tenía de sí misma como “completamente escatológica”, en el sentido del “ya/todavía no”. Los primeros creyentes creían realmente que el futuro había comenzado, y esto estaba atestiguado por el don del Espíritu derramado, quien era también la garantía de la consumación futura.

e. En el centro mismo de esta nueva concepción estaba su percepción de sí mismos como pueblo de Dios recién constituido. La meta de la Salvación en Cristo, el núcleo de la teología paulina, era que Dios iba a crear “un pueblo para su nombre”. Y el don del Espíritu escatológico (el Espíritu que evidenciaba que el futuro había llegado, y que era la garantía de su consumación) es la esencia de esta Salvación. Una idea central de esta nueva concepción era que ahora se entraba a formar parte del pueblo de Dios de manera individual: por medio de la fe en Cristo y, especialmente, a través de la experiencia del Espíritu.

f. Sin embargo, aunque las personas llegaban a ser miembros del pueblo de Dios de manera individual, la meta no era simplemente preparar a una serie de individuos para el cielo, sino crear un pueblo que, por el poder del Espíritu, viviera la vida del futuro (la vida del propio Dios) en la era presente. El “fruto del Espíritu”, por tanto, aunque se lleva a cabo por medio de la participación individual, tiene que ver principalmente con la vida de la comunidad (como sucede, en general, con la ética de Pablo).

g. El “Espíritu doxológico”, que es ahora el agente clave en la adoración del recién constituido pueblo de Dios, dota también a su pueblo para que, tanto en esta dotación en sí, como en su diversidad, todo el cuerpo sea edificado para vivir su nueva existencia escatológica mientras los creyentes esperan el advenimiento final de Dios.

Esta experiencia personal y poderosa del Espíritu escatológico no solo les transformaba de manera individual, sino que les hacía efectivos como pueblo de las Buenas Nuevas en la cultura pagana greco-romana. Y esta es la razón por la que creo que tuvieron un enorme impacto, y por la que haríamos bien en hacer nuestra parte de esta realidad. Esta comunicación previa de mis inquietudes constituye un bosquejo esencial de lo que sigue.

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