Nuevo comentario en español en la serie NVI – Colosenses y Filemón (2)

Situación

través de sus cartas, Pablo mantiene conversaciones con las iglesias receptoras y éstas son una forma de sustituto para su presencia personal (2:5). Los receptores de su carta no tenían necesidad de que Pablo les explicara las situaciones eclesiales que motivaban su redacción, sin embargo nosotros desearíamos que el apóstol hubiera aportado más información para tener una idea más clara. Solo podemos leer entre líneas para adivinar lo que sucedía, y la carta a los Colosenses es especialmente enigmática. Cualquiera que haya oído por casualidad una conversación telefónica, e intentado adivinar quién llamaba y lo que estaba diciendo la persona que estaba al otro lado de la línea sabe por experiencia lo fácil que es sacar conclusiones erróneas.

Al parecer, la congregación de los colosenses se veía amenazada por una «filosofía», y ello producía cierta preocupación a Pablo y a Epafras, los misioneros que fundaron la iglesia. No sabemos cómo oyó Pablo acerca de las circunstancias que se daban en Colosas. A no ser que el apóstol hubiera recibido una noticia de último momento de alguien de la iglesia, es posible que fuera el propio Epafras quien le informara sobre los problemas que se estaban gestando en Colosas. Puede que el encarcelamiento de Epafras con Pablo (Flm 23) le impidiera ir en persona a la iglesia para intervenir.

En el pasado, era común aludir al problema como la «herejía colosense». Sin embargo, la utilización de este término induce al error, puesto que, con este término, se asume anacrónicamente que en el tiempo de Pablo existían ya criterios ampliamente aceptados para juzgar la ortodoxia. Se da también por sentado que los oponentes son cristianos que están corrompiendo la fe de los colosenses. Arnold utiliza la palabra «sincretismo» para evitar juzgar la enseñanza como «mala, herética o heterodoxa». Pablo, no obstante, la llama «filosofía» (2:8). Entrecomillar este término impide que lo entendamos como un sistema lógico de verdades y principios y permite que podamos aplicarlo a una forma de vida religiosa. La naturaleza de esta «filosofía» y el modo en que amenazaba a la congregación han venido llamando la atención de los eruditos por algún tiempo, pero no se ha alcanzado ningún consenso al respecto.

Para identificar la «filosofía» en cuestión solo disponemos de algunos retazos en una sección corta, pero claramente polémica (2: 8, 16–23). El problema se complica porque esta sección es el pasaje más ambiguo de la carta. Muchos intérpretes buscan datos fuera del texto, en el entorno de Pablo, que ayuden a ensamblar todas las declaraciones para que formen un patrón coherente. Pero es como buscar una aguja en un pajar. Y lo que es peor, las conjeturas ponen de relieve que los eruditos están buscando esta aguja mágica en pajares muy distintos. Cuando se examinan todas las propuestas en conflicto de los eruditos que reúnen impresionantes evidencias para apoyar sus argumentos, las contrapuestas explicaciones parecen relatos de hombres ciegos que se esfuerzan en describir un elefante mientras tocan partes distintas del animal. Esto no significa que si elaboramos una composición con todas las propuestas vamos a obtener la respuesta que buscamos. La evidencia es confusa y enigmática.

La naturaleza del error tiene una relevancia vital por lo que respecta al modo en que se interpreta todo el tono de la carta y alguna de sus expresiones individuales, sin embargo no podemos reconstruirla a partir de una lista de términos que tienen algún paralelo en otros movimientos religiosos o filosóficos del momento. Hemos de ser conscientes de que Pablo podría estar utilizando ironía, caricatura y exageración. Su propósito, al fin y al cabo, no era explicar a los colosenses las enseñanzas en cuestión, sino disuadirles de ser seducidos por ellas.

También hemos de ser cautos y resistirnos a ver alusiones a dicha «filosofía» en cada texto de la carta. Es posible que Pablo recoja algunos de los términos favoritos de los falsos maestros, que a continuación utiliza hábilmente para sus propios intereses. Sin embargo, casi todas las palabras de la carta han sido identificadas por algún comentarista como un eco de las enseñanzas de los oponentes. Tales argumentos tienden a ser circulares. Podemos esperar que Pablo aluda a las falsas doctrinas en la dura sección polémica (2:8, 16–23), sin embargo no hemos de esperar encontrar alusiones a ella a lo largo de toda la carta. Por tanto, al definir la naturaleza de la «filosofía», hemos de limitarnos a las afirmaciones directas que encontramos en la sección polémica de la carta y a la evaluación crítica que Pablo hace de ella. También deberíamos considerar los directos mandamientos de Pablo a los colosenses.

(1) Las afirmaciones directas de la sección polémica ponen de relieve lo siguiente sobre la «filosofía».

(a) Juzga a los colosenses por no someterse a la observancia de ciertos días santos y a restricciones alimentarias y rituales (2:16). Dejarse llevar por estas cosas les descalificará de algún modo o les privará del premio (2:18). Al parecer, los creyentes colosenses todavía no se han sometido a ellos puesto que los oponentes les menosprecian en estas cuestiones.

(b) Sus prácticas están vinculadas a reglamentaciones sobre comidas y bebidas, y la observancia de ciertos festivales, sabats y lunas nuevas (2:16; 2:23). Impone ciertas prohibiciones: «No tomes en tus manos, no pruebes, no toques» (2:21).

(c) Tiene cierto interés en la humillación de uno mismo, ángeles y visiones (2:18).

(2) La valoración negativa del error que hace Pablo pone de relieve lo siguiente:

(a) La «filosofía» en cuestión es un engaño vacuo, se basa en tradiciones humanas y en los espíritus (o principios) elementales del Universo, y no es según Cristo (2:8). Se desvía claramente de la enseñanza cristiana.

(b) Tiene «apariencia de sabiduría» (2:23). Los oponentes presentan argumentos persuasivos, y que suenan muy bien (2:4) que pueden llevar cautivos a los incautos (2:8). Puede que los oponentes identifiquen su enseñanza como «sabiduría», o que Pablo ridiculice su engañoso aspecto como poseedora de ella.

(c) Los oponentes «no se mantienen firmemente unidos a la Cabeza» de la cual procede el crecimiento que Dios imparte (2:19). Hemos de decidir si los opositores habrían estado en desacuerdo con esta afirmación si eran cristianos, o de acuerdo si no lo eran.

(d) Las reglamentaciones sobre comidas, bebidas y la observancia de días santos son solo una sombra de las cosas futuras, la sustancia de las cuales se encuentra en Cristo (2:17).

(e) Los dogmas se basan en «los principios esenciales [o espíritus elementales] de este mundo», de los cuales quienes están en Cristo han sido liberados (2:8).

(f) Tales preceptos son rechazados como «reglas y enseñanzas humanas» (2:22; cf. v. 8), que no pueden compararse con la revelación divina.

(g) Las alusiones en 2:18 a su «falsa humildad» (nrsv, «humillación voluntaria»), «adoración de ángeles» (o «adoración con ángeles»), y a «sus alardes de lo que no han visto […] envanecidos» son las expresiones más controvertidas de la carta; pero todas ellas se vinculan a una mente «carnal [NVI, razonamiento humano]».

(3) Pablo da las siguientes órdenes directas a los colosenses, que aportan más luz sobre la naturaleza de dicha «filosofía» y la relación de los colosenses con ella.

(a) Pablo aplica el material poético de 1:15–20 a los colosenses en 1:22–23 y les dice que han de permanecer firmes en la enseñanza que habían oído. No les dice que hayan de renunciar a ciertos errores.

(b) Pablo afirma en 2:9–10 que están ya completos, por la plenitud que han recibido en Cristo. Esta afirmación permite deducir que alguien pretende que tal plenitud no ha sido alcanzada, que necesitan algo más.

(c) Pablo transmite a los colosenses la certeza de su posición ante Dios en Cristo, «que es la cabeza de todo poder y autoridad» (2:10) y el artífice del perdón de sus pecados. De esta frase podemos inferir que, hasta cierto punto, los colosenses han perdido confianza en su posición, bien porque han comenzado a dudar de ella o porque alguien del exterior ha sembrado dudas al respecto.

(d) Pablo insiste en que Cristo es absolutamente suficiente para su salvación.

(4) Conclusión. En lugar de repasar todas las opciones que los eruditos han propuesto para explicar la naturaleza de la «filosofía», solo presentaré los argumentos de una de ellas. Los datos no sugieren que algunas personas ajenas al círculo de los cristianos se hubieran introducido de algún modo en la iglesia, o que algunos obstinados miembros de la comunidad cristiana hubieran sido seducidos por algún culto o práctica externa. Los oponentes son personas foráneas. La mayoría de los intérpretes ha argumentado que el error tiene cierta dimensión judía. Utilizando la navaja de Occam, podemos deshacernos de la innecesaria multiplicación de suposiciones que postulan un cierto mejunje pagano con guarnición judía. El punto de vista más actualizado y que explica más adecuadamente todos los datos es que algunos gentiles recién convertidos de Colosas estaban siendo importunados acerca de su fe por polemistas judíos que se sentían afrentados por sus reivindicaciones. Los judíos podían presentar persuasivamente sus argumentos a partir de las mismas Escrituras utilizadas por los cristianos. Por consiguiente, tales argumentos serían mucho más inquietantes y devastadores para una iglesia joven y en desarrollo que una filosofía pagana sincretista, una religión mistérica o una religiosidad popular con un revoltijo de supersticiones y prácticas.

Al hacerse cristianos, los colosenses habían creído que ahora eran herederos de las promesas de Israel. Pablo afirma que son «escogidos de Dios, santos y amados» (3:12), un lenguaje que, en la Escritura, se vincula claramente a la identidad judía. Tiene más sentido que los judíos se ofendieran con la presunción de los cristianos gentiles y respondieran replicando que su esperanza era falsa. Si tenemos en cuenta los datos que aporta el libro de los Hechos, lo más probable es que los oponentes fueran judíos indignados, puesto que la mayor parte de los incidentes conflictivos se producían con ellos. Los contendientes de una sinagoga local no estarían animando a los cristianos colosenses a seguir su liderazgo, sino informándoles de que, según la Ley, no reunían las cualificaciones necesarias para formar parte del pueblo de Dios.

No hay razón para creer, no obstante, que ya hubieran conseguido desatar a los colosenses de sus amarras teológicas en Cristo. La preocupación de Pablo es que consiguieran menoscabar la esperanza de los nuevos cristianos. Por consiguiente, el apóstol escribe para controlar la insidiosa influencia de una «falsa filosofía» y confirmar la fe de los colosenses (2:4–5). Han de tener cuidado de que nadie haga presa de ellos y les seduzca (2:8). La advertencia contra cuestiones de comida y bebida, festivales, adoración de ángeles y visiones pone implícitamente de relieve que no están ya practicando estas cosas (2:16, 18), puesto que los oponentes les están juzgando por no hacerlo. La respuesta de Pablo es, por consiguiente, una señal de advertencia, pero, más importante, es también una vacuna diseñada para inyectarles una certeza mayor.

En 4:12 Pablo menciona la preocupación de Epafras por sus amigos de Colosas: «siempre luchando en oración por ustedes, para que, plenamente convencidos, se mantengan firmes, cumpliendo en todo la voluntad de Dios». La expresión clave es «plenamente convencidos». El tema de la carta se expresa en la declaración de 2:6–7: «Por eso, de la manera que recibieron a Cristo Jesús como Señor, vivan ahora en él, arraigados y edificados en él, confirmados en la fe como se les enseñó, y llenos de gratitud». Estas palabras muestran que Pablo se preocupa de la crisis de confianza de la congregación. Bajo una avalancha de crítica hostil, los colosenses podían comenzar a percibir el cristianismo como una mera forma de judaísmo abreviado y ser embaucados por la idea de que únicamente el judaísmo ofrecía la plenitud que tanto anhelaban, así como protección de las fuerzas malignas. Pablo responde que los cristianos solo encontrarán plenitud en Cristo (2:10) y que han sido ya liberados de los poderes y autoridades.

Los siguientes datos apoyan el punto de vista de que los oponentes son contendientes judíos.

(1) Hacia finales del siglo III a.C., Antíoco III (223–187 a.C.) transportó un número sustancial de pobladores judíos desde Mesopotamia y Babilonia a Lidia y Frigia (Josefo, Antigüedades 12.3.4 § § 147–53 de la versión inglesa). Cicerón informa que en el año 62 a.C. Flaco, el gobernador de Asia, confiscó veinte libras de oro que habían sido recaudadas de aquella zona para el impuesto del templo (Flaco 28.68); calculando a partir de esta suma obtenemos la existencia de una población judía de más de 10.000 varones. Los judíos de la Diáspora no se apartaban en juderías marginadas, sino que se integraban en la sociedad y tenían tratos abiertos con sus vecinos gentiles. La iglesia, por tanto, tendría contactos informales con los judíos de la ciudad, y es probable que ese contacto creara fricción. Los judíos devotos, que se negaban a aceptar a Jesús como Mesías y vituperaban un Evangelio que aceptaba a los gentiles como coherederos, no iban a quedarse de brazos cruzados mientras, en su opinión, los gentiles plagiaban sus Escrituras y les robaban sus esperanzas.

(2) En 2:8, Pablo identifica el error como una «filosofía». Aquellos que defendían el judaísmo del influjo del mundo grecorromano elogiaban su antigua tradición como una venerable filosofía. Éstos hacían hincapié en que el judaísmo era racional y que sus leyes estaban de acuerdo con la Naturaleza, no contra ella. El judaísmo se ganó también una gran reputación como sistema sapiencial, por sus elevadas normas éticas y su conocimiento esotérico (cf. 2:23).

(3) La mención de la circuncisión, sabats, lunas nuevas, leyes alimentarias y reglamentaciones sobre la pureza no son elementos aleatorios seleccionados por un culto sincretista pagano o una filosofía enamorada del judaísmo. Se trata más bien de los característicos indicadores de identidad que, en el mundo antiguo, apartaban a los judíos y confirmaban su especial posición como pueblo escogido de Dios. En la obra de Justino Mártir, Diálogo con el judío Trifón, el rabino Trifón insta a Justino a circuncidarse y a «observar la celebración del Sabat, los festivales y las lunas nuevas de Dios».

Al hacer referencia a estas prácticas—comidas y bebidas, festivales religiosos, celebraciones de luna nueva y días de reposo—como «una sombra de las cosas que tenían que venir», a saber, Cristo (2:17), difícilmente podría Pablo estar haciendo referencia a rituales o reglamentaciones paganas. El apóstol ha de estar aludiendo al Antiguo Testamento. Por otra parte, si está hablando de ordenanzas judías, Pablo no podría renunciar a ellas como cosas completamente inútiles. Eran, sin duda, inadecuadas para conseguir salvación o perfección, pero apuntaban ciertamente hacia el perdón, la reconciliación y la nueva vida hecha realidad en Cristo.

(a) En 2:11 Pablo plantea el asunto de la circuncisión para reafirmar que los cristianos gentiles no estaban en desventaja ni descalificados por permanecer incircuncisos, como algunos judíos podían afirmar. Ellos habían recibido una circuncisión espiritual en Cristo, que les había hecho parte de los escogidos de Dios.

(b) Las prohibiciones alimentarias de 2:16 encajan mejor con las leyes judías sobre comidas, que eran también importantes indicadores de identidad. El comentario de carácter parentético de 2:22 en el sentido de que las prohibiciones que se enumeran en 2:21 se basan en «reglas y enseñanzas humanas» alude a Isaías 29:13. Jesús apeló a este pasaje en su censura a las interpretaciones farisaicas de las leyes alimentarias y la pureza ritual (Mt 15:9; Mr 7:7).

(c) En la literatura judía los sabats, lunas nuevas y festividades suelen ser expresiones alusivas a las principales celebraciones del judaísmo. Estas fiestas, según Ezequiel 20:18–20; 22:8, 26, «preservan la identidad de esta nación como pueblo de Dios de un modo especial, y muestran que Yahveh es el Dios de esta nación». La mención de los días de reposo es una prueba contundente, puesto que era una celebración característica de los judíos.

(d) La referencia a no tocar (2:21. NVI, «no tomes en tus manos») refleja el temor a la impureza ritual por contacto físico (Lv 5:2–3; 7:19, 21; 11:8, 24–28; Is 52:11). Dunn cita un paralelismo en la Carta de Aristeas 142: «Así pues, para evitar que nuestro ser se pervierta por el contacto con otros o por mezclarse con malas influencias, Él nos protegió por todas partes con purificaciones relacionadas con la carne y la bebida y con el tacto, el oído y la vista en términos de la Ley».

(e) Es sumamente difícil de dilucidar el sentido de la expresión «adoración de ángeles» que se consigna en 2:18. No alude a un específico culto angélico, sino que, en mi opinión, encaja con las extendidas especulaciones judías sobre los ángeles. Los judíos creían que la Ley había sido entregada por medio de ángeles (Hch 7:53; Gá 3:19; Heb 2:2), e insistir en una estricta obediencia a la Ley podía compararse con la veneración de ángeles. En varias corrientes del judaísmo se refleja también un gran interés en los seres angélicos. Cuando uno lee los «Cánticos del sacrificio sabático» (4Q 400–405) de los Rollos del Mar Muerto o el Testamento de Salomón en los escritos seudoepigráficos, por ejemplo, es inevitable la impresión de que los ángeles eran objeto de veneración.

(f) Los oponentes no son cristianos. La afirmación de Pablo en 2:20, «Si con Cristo ustedes ya han muerto a los principios de este mundo, ¿por qué, como si todavía pertenecieran al mundo, se someten a preceptos tales como […]?» parece implicar que, a diferencia de los cristianos colosenses, los oponentes no habían muerto con Cristo. En opinión de Pablo, los oponentes «no se mantienen firmemente unidos a la Cabeza» (2:19). Según parece, se aferran a otras cosas, como por ejemplo las tradiciones humanas (ver también Mr 7:8).

(g) La reafirmación de la relación de los colosenses con Cristo por parte de Pablo tiene lógica como respuesta a un desafío judío. Dios les ha revelado el misterio, oculto durante las eras y generaciones pasadas, que es las buenas nuevas de que el Mesías está entre los gentiles (1:26– 27). Los creyentes gentiles tienen «derecho» a la herencia de los santos, la herencia de Israel (1:12). Pablo afirma en términos categóricos que «no hay judío ni griego, circunciso o incircunciso» para aquellos que se van «renovando en conocimiento a imagen de su Creador» (3:10–11). Por consiguiente, los gentiles se han convertido en «escogidos de Dios, santos y amados» (3:12). Así, los colosenses han de recordar que su bautismo en la muerte de Cristo es una circuncisión mucho más efectiva que cualquier intrascendente incisión hecha en la carne. Sus oponentes no tienen realmente nada que ofrecerles y no han de sentirse azorados por ninguna de las críticas que se les dirigen.

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