C S Lewis, J R R Tolkien y la mitología

La nueva biografía de Lewis de Alister McGrath arroja interesante información sobre varios aspectos de la vida del “creador” de Narnia, y también sobre su relación con JRR Tolkien. Parece que Lewis animó a Tolkien a seguir adelante cuando este último estaba pensando en desistir de escribir, por no estar convencido del valor literario  de sus esfuerzos.  Por su parte, Tolkien tuvo un papel importante en el largo proceso que finalmente condujo  a Lewis a la fe cristiana.

Lewis, Tolkien y el concepto de la mitología

Tolkien argumentó que Lewis debería acercarse al Nuevo Testamento con la misma imaginación y expectativa que traía a la lectura de los mitos paganos en sus estudios profesionales. Pero, como Tolkien enfatizó, había una diferencia decisiva. Como el mismo Lewis manifestó en [una] carta, “La historia de Cristo no es más que un mito verdadero: un mito que trabaja en nosotros de la misma manera que los demás, pero con la gran diferencia de que realmente sucedió”.

El lector debe entender que la palabra mito no se utiliza aquí en el sentido general de “cuento de hadas”, ni el sentido peyorativo de una “mentira deliberada contada con el fin de engañar.” Sin duda, esa fue la forma en que Lewis alguna vez entendió el concepto de los mitos—incluso llegó a describirlos como mentiras, “susurrados a través de plata”. [Tolkien rechazó esa definición en su poema Mitopoeia, el cual lleva como encabezamiento: «Para uno que dijo que los mitos eran mentiras y por tanto sin valor, aunque sean “susurrados a través de plata”. De Filomito (el que es amigo de los mitos) a Misomito (el que odia los mitos)”. Lewis y Tolkien usaban el término mito en su sentido literario-técnico.

Para Tolkien, un mito es una historia que transmite “cosas fundamentales”, es decir, que trata de hablarnos acerca de la estructura más profunda de las cosas. Afirmó que los mejores mitos no son falsedades deliberadamente construidas, sino más bien cuentos tejidos por la gente para captar los ecos de verdades más profundas. Los mitos ofrecen un fragmento de esas verdades, no su totalidad.

No es difícil ver cómo las ideas de Tolkien trajeron claridad y coherencia al barullo de pensamientos que llenaba la mente de Lewis en ese momento. Según Tolkien, un mito despierta en sus lectores un anhelo de algo que está fuera de su alcance. Los mitos tienen la capacidad innata de expandir la conciencia de sus lectores, lo que les permite trascenderse a sí mismos. En el mejor de los casos, los mitos ofrecen lo que Lewis más tarde llamó “un centelleo de la verdad divina, real pero desenfocada, que cae sobre la imaginación humana”.

De esa manera, el cristianismo, en lugar de ser simplemente un mito entre muchos, es el cumplimiento de todas las religiones mitológicas anteriores. El cristianismo cuenta una historia real acerca de la humanidad, lo que da sentido a todas las historias que la humanidad le cuenta a sí misma.

Las ideas de Tolkien calaron en lo más profundo del ser de Lewis. Contestaron una pregunta que a Lewis le había molestado desde su adolescencia: ¿cómo podría sólo el cristianismo ser verdad, y todo lo demás falso? Lewis se dio cuenta de que no tenía que declarar que los grandes mitos de la era pagana eran totalmente falsos; eran ecos o anticipos de la verdad completa que se daba a conocer sólo en y a través de la fe cristiana.

El cristianismo llevaba a su culminación las apreciaciones imperfectas y parciales sobre la realidad esparcidas a través de toda la cultura humana. Tolkien le dio a Lewis una lente, una manera de ver las cosas, que le permitió ver el cristianismo como la realización completa de esos ecos y sombras de la verdad que surgían de las búsquedas y anhelos humanos. Si Tolkien estaba en lo cierto, las similitudes entre el cristianismo y las religiones paganas “deberían estar allí”. Sólo habría un problema si tales similitudes no existieran.

Lo que era tal vez más importante, Tolkien permitió que Lewis volviera a conectar los mundos de la razón y la imaginación. Ya no había que marginar o suprimir el reino del anhelo, tal como lo exigía el “New Look” [el contexto filosófico en que Lewis se encontraba en Oxford] y como Lewis temía que podría implicar la creencia en Dios. Ese reino podría entretejerse—de forma natural y convincente—en la narrativa global de la realidad que Tolkien había presentado. Como lo expresó Tolkien más tarde, Dios quiso que “los corazones de los hombres buscaran más allá del mundo y que no encontraran descanso en él”.

Lewis se dio cuenta de que el cristianismo le permitía afirmar la importancia de sentir anhelo y ansia dentro de un relato razonable de la realidad. Dios era la verdadera “fuente desde la que se me habían lanzado aquellas flechas de la Alegría…desde la infancia.” La razón y la imaginación se afirmaban por igual, reconciliadas por la visión cristiana de la realidad. Así, Tolkien le ayudó a Lewis a darse cuenta de que una fe “racional” no necesariamente tenía que ser estéril en términos imaginativos y emocionales. Cuando se entendía correctamente, la razón podía convivir con el anhelo y la imaginación en la fe cristiana.

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