Comentario sobre 1 Corintios de Gordon Fee (3)

INTRODUCCIÓN 

III. ALGUNAS CUESTIONES CRITICAS

En términos generales, 1 Corintios está notablemente exenta del tipo de cuestiones que encajarían bajo este título. En las introducciones corrientes pueden hallarse comentarios a este respecto. Es bastante seguro fechar la carta en la primavera (ver bajo 16:8), ca. 53–55 d. C., dependiendo del momento de la partida de Pablo de Corinto (Hechos 18:18) y de la extensión de su estadía en Éfeso. La única cuestión realmente importante es si la carta es o no una unidad. Por diversas razones, varios estudiosos la han dividido (junto con 2 Corintios) en diversas cartas enviadas por Pablo a Corinto. El punto de partida es la mención que hace Pablo de la Carta Anterior en 5:9, carta que se presume resulta visible en algunas secciones de 2 Corintios. Luego, sobre la base de las supuestas contradicciones entre algunas secciones de nuestra 1 Corintios, la carta ha sido segmentada en tres cartas.

Pero esas teorías caen por tierra en cuatro puntos: (1) El hecho mismo de que haya tan poco acuerdo entre las teorías sugiere que las diversas reconstrucciones no son tan viables como sus proponentes quisieran hacérnoslo creer. (2) Las supuestas contradicciones pueden resolverse, invariablemente, por medios exegéticos. Por ejemplo, como se argumenta en el presente comentario, las tensiones que algunos detectan entre 8:1–13 y 10:23–33 son consecuencia de que Pablo está abordando dos asuntos bastante diferentes, aunque relacionados. (3) En conexión con esto, dichas teorías pasan por alto una forma básica de argumentación que se halla en esta carta, el patrón «a-b-a». En cada caso la primera sección «a» coloca el asunto en una perspectiva teológica más amplia y general; la sección «b» es una digresión explicativa de alguna especie, pero que resulta crucial para el argumento en su conjunto; y la segunda sección «a» es la respuesta muy específica al asunto en cuestión. (4) Cuando uno se da cuenta de que el documento tiene perfecto sentido en la forma en que nos ha llegado, entonces dichas teorías resultan tan innecesarias como imposibles de probar. Como concluye Hurd (p. 47), la evidencia no parece «suficientemente fuerte como para sostener el peso de la prueba que este tipo de teoría siempre debe llevar.»

IV. CONTRIBUCIONES TEOLÓGICAS

Si bien 1 Corintios no es consultada con frecuencia—excepto por los eruditos—para explorar la teología paulina, sus contribuciones teológicas ocupan un puesto destacado en la historia de la iglesia. Porque aquí Pablo está haciendo lo que mejor sabe hacer: demostrar la vigencia del evangelio en la vida práctica. Para él, la prueba final de la verdad del evangelio es su capacidad de abrirse paso en las exigencias de la vida cotidiana en ciertas situaciones muy delicadas. Es mucho lo que aquí se podría decir; las presentes observaciones se limitan a tres aspectos, cada uno de los cuales es también crucial para entender bien la carta en su conjunto.

1. Escatología. Tanto como en cualquiera de sus escritos, el marco esencialmente escatológico del pensamiento teológico de Pablo resalta a todo relieve en esta carta. Para Pablo este modo de pensar tiene su foco en el acontecimiento de Cristo, su muerte y resurrección, y el subsiguiente don del Espíritu. La resurrección de Cristo señala el gran viraje de los siglos; el don subsiguiente del Espíritu escatológico es evidencia segura de que el fin ha comenzado. Pero el hecho de que todavía vivamos en cuerpos sujetos a la corrupción (15:49–53), y de que haya aún una futura parusía del Señor (11:26; 15:23) con una resurrección subsiguiente (15:20–28), es también evidencia clara de que lo que ha comenzado no ha llegado todavía a su plena consumación. De modo que para Pablo, los creyentes son gente totalmente escatológica, determinada y condicionada por la realidad del futuro que ya ha comenzado, pero están todavía a la espera de la gloria final. Por lo tanto, somos «ya» y «todavía no».

Este marco está siempre presente en Pablo, pero en ninguna parte es tan evidente como aquí. Esto se aplica no sólo a su lenguaje (p.ej., el reino de Dios es una realidad ahora [4:20] pero todavía no [6:10–11; 15:50]) y a sus expectativas (p.ej., los corintios, aunque llenos de dones, aguardan todavía la revelación del Señor Jesús [1:4–8]; en la Cena del Señor proclamamos su muerte hasta que vuelva [11:26]), sino especialmente a su modo de entender la vida cristiana actual. Por una parte, como el futuro ya se ha puesto en marcha, toda la existencia actual de uno queda determinada por esta realidad (7:29–31). Los miembros del pueblo de Dios viven «como si no»; no están, como los demás, condicionados por el orden presente que está caducando. Ese punto de vista domina a cada paso los imperativos éticos de Pablo. Los creyentes no pueden llevarse unos a otros ante los tribunales paganos porque, a la luz de su existencia escatológica, cosas como el reivindicarse por los agravios son meras trivialidades (6:1–6); los cristianos no pueden asistir a los banquetes paganos porque los antiguos juicios contra la idolatría se han escrito para advertir a aquellos a quienes les ha sobrevenido el final de los tiempos (10:11). Todos los valores y formas de conducta puramente humanos ya han sido juzgados por Dios en Cristo; ya el mundo presente está pasando (1:26–28; 7:31). Por eso los creyentes deben realizar los juicios internos en el presente (5:12–13); la iglesia debe purificarse de la vieja levadura para poder ser un pan nuevo (5:7–8).

Por otra parte, ese futuro que ya ha comenzado y que condiciona en modo absoluto la existencia actual está todavía a la espera de su consumación final. Pero ese futuro es tan cierto como la vida misma. Una vez más, esta certeza ha quedado garantizada por la resurrección. Así como Dios resucitó al Señor, así nos resucitará también a nosotros (6:14; 15:1–28). Cristo es las primicias, la garantía que Dios mismo ha dado de la cosecha completa. Cuando Cristo regrese, no sólo resucitará a los muertos y transformará a los vivos, sino que mediante dichos acontecimientos también habrá destruido por fin al último enemigo, la muerte misma (15:24–28, 54–57).

Pero ni el futuro cierto ni la realidad de la existencia escatológica en el presente significan que uno ya haya llegado completamente. La muerte es nuestra (3:22), pero todavía algunos mueren (11:30); el presente y el futuro son nuestros (3:22), pero el paradigma de la vida ética actual es nuestro Mesías crucificado (4:10–13). Así que la vida cristiana es una paradoja, una serie de aparentes contradicciones mantenidas en tensión todas juntas. La garantía no radica en las circunstancias presentes, sino en la absoluta certeza del futuro que ya ha determinado también nuestra existencia actual. La carta entera debe entenderse como producto de este marco esencial (ver bajo 4:1–5; 6:1–6; 7:29–31; 15:12–28, 35–38).

 2. El evangelio y la vida ética. Conectada con el marco escatológico que acabamos de señalar se encuentra la insistencia de Pablo en la obediencia radical a Cristo como norma de la existencia cristiana. Si Romanos y Gálatas dejan bien claro que uno no se salva por la obediencia a la ley, 1 Corintios deja igualmente claro que los salvados deben vivir su vida en obediencia a «los mandamientos de Dios» (7:19) y a «la ley de Cristo» (9:21). Si esa obediencia no es exigida para entrar en la fe, sí es exigida en cambio como manifestación de la fe.

Pablo entiende la ética cristiana en términos de «llegar a ser lo que se es», perspectiva que brota de varias formas en 1 Corintios. Pablo nunca escatima el imperativo, pero siempre lo pone en el contexto de la previa acción de Dios a favor nuestro en Cristo. Así Pablo manda a los corintios que desechen la vieja levadura para poder convertirse en un pan nuevo, porque en Cristo, nuestra Pascua, ya se han hecho un pan nuevo (5:7–8); no pueden acudir a las prostitutas porque sus cuerpos ya han sido apartados para Cristo por medio de su resurrección y ya son un solo Espíritu con él (6:14–17); deben dejar de actuar como lo hacían en su antiguo modo de vida pagano porque si no lo hacen no heredarán el reino, pero al mismo tiempo deben recordar que algunos de ellos eran así y ya no lo son gracias a la acción de Cristo y del Espíritu (6:9–11).

En una ética así hay algunos absolutos, precisamente porque algunos pecados son totalmente incompatibles con la vida en Cristo (la inmoralidad sexual, 6:12–20; el asistir a banquetes en los templos paganos, 10:14–22). No se trata de ley, en el sentido de adquirir una condición aceptable ante Dios. Pero es algo absoluto porque ciertas formas de conducta contradicen absolutamente el carácter de Dios. Por otro lado, los simples escrúpulos religiosos—la circuncisión (7:19); la carne que se vende en el mercado y que antes fue consagrada a los ídolos (8:1–13; 10:23–30)—carecen de significación para el creyente porque han sido abolidos en Cristo. La única excepción aparece cuando un comportamiento así ofende a otro (10:31–33).

La norma para toda conducta es Cristo mismo (11:1) tal como su vida es mediada por la vida del apóstol (4:16–17; 11:1). Con esto el evangelio no se convierte en ley, pero tampoco queda despojado de su verdadera respuesta. Todo es por gracia, pero esa gracia trae el Espíritu, que a su vez da capacidad para imitar a Cristo.

 3. La iglesia. Tal vez la más grande contribución teológica de nuestra carta a la fe cristiana es la forma en que Pablo entiende la naturaleza de la iglesia, especialmente en su expresión local. Si el evangelio mismo está en juego en la teología y conducta de los corintios, también lo está su expresión visible en la comunidad local de personas redimidas. El resultado esencial es que hay más enseñanza sobre la iglesia en este escrito que en ninguna de las cartas de Pablo.

Predominan dos grandes imágenes. Primero, la iglesia local es el templo de Dios en Corinto (3:16–17). Con esta imagen Pablo subraya algunos puntos: (a) Como templo de Dios que son, ellos deben vivir como la alternativa de Dios tanto frente a los templos paganos como frente al modo de vida que los rodea. En efecto, esta es precisamente la inquietud de Pablo en gran parte de la carta: que hay tantos campos difusos, que los cristianos corintios casi no pueden distinguirse de la Corinto en que viven (cf. 5:1; 6:7; 10:32; 14:23). (b) Lo que los hace templo de Dios es la presencia del Espíritu Santo en medio de ellos. Así, en contraste con los ídolos mudos que los rodean, ellos mismos son el santuario del Dios viviente por su Espíritu. Y cuando el Espíritu de Dios se manifieste entre ellos mediante la palabra profética, los paganos serán escrutados y juzgados en su corazón y llegarán a reconocer que Dios está en medio de su pueblo (14:24–25). (c) Tan sagrado es para Dios su propio templo, que aquellos que pretendan destruirlo—como están haciendo ellos con sus pleitos y su sabiduría mundana—serán ellos mismos destruidos por Dios (3:17). Esta forma de entender su existencia como un pueblo en medio del cual Dios está poderosamente presente por su Espíritu nos permite comprender 5:1–13, donde la iglesia es purificada mediante la expulsión del incestuoso, mientras que él mismo va a experimentar la salvación mediante un acto así. Según parece, el ser sacado de esa comunidad va a conducirlo al arrepentimiento.

En segundo lugar, la iglesia es el cuerpo de Cristo (10:17; 11:29; 12:12–26). Con esta imagen Pablo demuestra esencialmente dos puntos: (a) Bajo la imagen se halla la necesidad de la unidad. Como con la imagen anterior, la clave para la unidad es su experiencia común del Espíritu (12:13). Ya se trate de judíos o griegos, esclavos o libres, ellos son uno solo en Cristo por medio del Espíritu. Precisamente porque son un solo cuerpo en Cristo, los ricos deben dejar de abusar de los pobres en la Cena del Señor (11:22, 29); y los que son más visibles no pueden decirles a los menos visibles: «no os necesitamos» (12:21–26). Dios ha dispuesto el cuerpo de tal modo que todos los miembros sean esenciales los unos para con los otros. (b) Pero su principal interés con esta imagen es la necesidad concomitante de la diversidad. En vez de la uniformidad que valoran los corintios, Pablo los insta a reconocer la necesidad que tienen de todas las diversas manifestaciones del único Espíritu. De otro modo no habrá cuerpo, sino sólo una monstruosidad (12:15–20).

Dada esta preocupación de Pablo, por lo tanto, resulta interesante que no haya enseñanza sobre la estructura eclesiástica como tal. No se menciona a los «ancianos», ni a los «obispos» y «diáconos» de Filipenses 1:1. Además, no hay la menor insinuación en cuanto a la naturaleza y los momentos de sus asambleas de culto, ni en cuanto a quién las dirige. Aparecen dos expresiones de culto. Según 11:17–34 se reúnen en un mismo lugar para tener una comida que se efectúa en conjunción con la Cena del Señor. Pero nada sabemos acerca de la frecuencia con que tenían esta comida comunitaria, ni de su relación con la expresión del culto vocal a que se hace referencia en 14:26, ni de si este último se realizaba en conjunción con el anterior (lo cual es muy probable) o si reflejaba una asamblea separada con su identidad propia. En cualquiera de los dos casos, Pablo recalca la naturaleza verdaderamente comunitaria de ese culto. Hay que tomar las medidas necesarias para que «cada uno» participe de modo que el cuerpo entero sea edificado. El propósito de ese culto es doble. Por una parte, los cantos, las oraciones y las acciones de gracias van dirigidas hacia Dios (11:13; 14:14–17); por otra, distintas formas de hablar van dirigidas hacia la comunidad para que sea edificada.

Es menester una palabra final respecto a la considerable importancia de esta carta para la iglesia de hoy. El carácter cosmopolita de la ciudad y de la iglesia, el acusado individualismo que se manifiesta en tantas de las aberraciones de conducta de los cristianos corintios, la arrogancia que acompaña su forma de entender la espiritualidad, la forma de acomodar el evangelio en tantos sentidos a la cultura circundante: éstos y muchos otros rasgos de la iglesia corintia no son sino espejos que se le presentan a la iglesia de hoy. Asimismo, la necesidad de un discipulado modelado según la «debilidad» de Cristo (4:9–13), de que el amor lo gobierne todo (13:1–13), de que el objetivo del culto sea la edificación (14:1–33), de que la inmoralidad sexual se vea como lo que realmente es (5:1–13; 6:12–20), de que los matrimonios tengan la expectativa de ser permanentes (7:1–40): éstos y muchos otros puntos son en todo sentido tan pertinentes para nosotros como para aquellos a quienes se dirigió la carta inicialmente. Mi oración es que este comentario nos ayude a escuchar la voz de Pablo, inspirada por el Espíritu, de un modo aún más claro en nuestros días.

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