Comentario sobre 1 Corintios de Gordon Fee (1)

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Sin duda alguna, esta es la obra maestra de Gordon Fee. Leer este estudio es como tomar un curso práctico de exegésis o hermenéutica (interpretación de la Biblia). Quizás me he dedicado a estudiar esta carta tanto por eso: uno aprende por qué es tan importante estudiar la Biblia de esta forma y no aceptar las explicaciones literales y superficiales de los versículos, fuera de su contexto (proof-texting, como se le llama en inglés). Luego se puede aplicar la misma técnica a todos los libros de la Biblia.

INTRODUCCIÓN

I. LA CIUDAD Y SUS HABITANTES

Al igual que para cualquier otro documento del Nuevo Testamento—y más que para la mayoría de ellos—, los diversos factores sociológicos, económicos y religiosos que configuran el ambiente de la ciudad de Corinto ejercen una profunda influencia sobre nuestra forma de comprender las cartas que dirigió Pablo a la iglesia de dicha ciudad. Su ubicación estratégica como centinela del istmo de sólo 5:950 metros de anchura que hacía de puente entre el Peloponeso y la tierra firme, y que separaba el Golfo Sarónico del de Corinto, le garantizó una historia ilustre. Dominaba tanto el tránsito comercial terrestre como el comercio entre Italia y Asia, para la mayoría del cual resultaba más seguro y más cómodo tomar esta ruta del «interior» en lugar de rodear el Peloponeso.

La historia de la ciudad consta esencialmente de dos partes. Como ciudad-estado griega, floreció tanto antes como después de la edad de oro de Atenas (s. V a.C.). Pero como líder de la Liga Aquea a mediados del siglo II a.C., entró en conflicto con Roma y fue destruida por el cónsul romano Lucio Mumio en 146 a.C. La localidad quedó dormida por cien años, hasta que Julio César la volvió a fundar en 44 a.C. como colonia romana. La razón para volverla a fundar fue probablemente doble. Primero, su ubicación estratégica para el comercio (tal como la describe Estrabón) hacía que fuera casi inevitable fundarla de nuevo. Todos los ingredientes necesarios para el auge económico se hallaban allí disponibles: una defensa natural en el Acrocorinto; suficiente abastecimiento de agua de las fuentes; la relación con Roma; el ser señora de dos puertos para el comercio entre Oriente y Occidente; y el dominio de los Juegos Istmicos, cuya importancia sólo era sobrepasada por los Olímpicos (ver bajo 9:24–27). En segundo lugar, según Estrabón (8:6:23c), Corinto fue repoblada por libertos de Roma. Dado que la condición de éstos era apenas superior a la de los esclavos, y dado que Roma con frecuencia tendía a sobrepoblarse de libertos, ésta era, por una parte, para Roma una forma cómoda de deshacerse de dificultades potenciales, y por otra, para el liberto una manera de aprovechar la oportunidad de surgimiento socioeconómico.

Como lo deja bien claro la descripción que hace Estrabón unos cincuenta años más tarde, la prosperidad retornó a la ciudad casi de inmediato. Puesto que el dinero atrae a la gente al igual que la carroña atrae a las moscas, Corinto experimentó rápidamente un enorme influjo de gente tanto del Occidente como del Oriente, junto con todas las ventajas y los males concomitantes a un crecimiento así. Los romanos dominaban; traían consigo no sólo sus leyes sino también su cultura y sus religiones. Pero a su vez el mundo romano había sido helenizado por completo; y como Corinto era griega por su historia, mantuvo muchos de esos lazos: la religión, la filosofía, las artes. Y del Oriente vinieron los cultos mistéricos de Egipto y Asia, y los judíos con su sinagoga y su creencia «singular» en un Dios único.

Puesto que Corinto carecía de una aristocracia terrateniente, se desarrolló pronto una aristocracia del dinero, junto con un espíritu ferozmente autónomo. Pero no todos alcanzaban la riqueza, por lo cual había miles de artesanos y de esclavos que constituían la masa de la población. Sin embargo, lo más probable es que la espléndida riqueza de la ciudad haya rebosado hasta beneficiar también a todo ese sector de la población.

Como suele ocurrir con centros así, el vicio y la religión florecían el uno junto a la otra. La antigua Corinto ganó tanta reputación por los vicios sexuales, que Aristófanes (ca. 450–385 a.C.) acuñó el verbo korinthiazō (= actuar como un corintio, fornicar). La sala de Asclepio en el actual museo de Corinto ofrece mudas evidencias de esta faceta de la vida urbana; en una pared se halla un gran número de exvotos de arcilla que representan los órganos genitales humanos, que se habían dado en ofrenda al dios por la curación de esa parte del cuerpo, aparentemente dañada por las enfermedades venéreas. No obstante, la mayoría de los estudiosos del Nuevo Testamento han tendido a exagerar este aspecto de la vida corintia, confiando en la descripción (sin duda errónea) que hace Estrabón de las mil prostitutas sagradas que se supone ofrecían su mercancía en el templo de Afrodita en el Acrocorinto. Para comenzar, Estrabón se refería a la Corinto antigua, e inclusive en ese caso es dudoso que su información fuera exacta. No hay duda de que allí cundía el pecado sexual; pero probablemente era del mismo tipo que uno esperaría encontrar en cualquier puerto donde el dinero corría con libertad y donde podían conseguirse mujeres y hombres.

La expresión religiosa de Corinto era tan variada como su población. Pausanias describe por lo menos veintiséis lugares sagrados (no todos eran templos) dedicados a los «muchos dioses» (el panteón grecorromano) y a los «muchos señores» (los cultos mistéricos) que menciona Pablo en 1 Corintios 8:5; y eso que Pausanias no menciona la sinagoga judía, de la cual se ha hallado una parte del dintel, con la inscripción «sinagoga de los hebreos». Si bien no hay evidencia de ello, es indudable que la misma riqueza que atraía a artesanos y comerciantes fascinaba también a todo tipo de artistas y filósofos, que llegaban a Corinto en busca de mecenazgo. Probablemente dentro de este último grupo había también un buen número de ambulantes y charlatanes.

El conjunto de estas evidencias sugiere que la Corinto de Pablo era simultáneamente, en el mundo antiguo, el equivalente de Nueva York, Los Ángeles y Las Vegas.

Los fragmentos dispersos de evidencias que podemos tomar de los Hechos, 1 Corintios y Romanos sugieren que la iglesia era, desde muchos puntos de vista, un espejo de la ciudad. En 1 Corintios 12:13, Pablo interrumpe su alegato para subrayar la diversidad de quienes han llegado a ser juntos un solo cuerpo: judíos, griegos, esclavos y libres. Esta mezcla se comprueba también de otras maneras. De las personas que se nombran, por lo menos tres son judías (Aquila, Priscila, Crispo), aunque llevan nombres latinos. Otras tres (o cuatro) que también tienen nombres latinos probablemente son romanas (Fortunato, Cuarto, Gayo, Ticio Justo), de las cuales por lo menos una (o dos) (Gayo, Ticio Justo) estaba entre los miembros más ricos. Las demás llevan nombres griegos (Estéfanas, Acaico, Erasto), y de éstas por lo menos Estéfanas y Erasto eran de posición acomodada. Según 1:26, sin embargo, no muchos de ellos venían de los estratos socioeconómicos superiores; de hecho, la evidencia de 7:20–24 sugiere que algunos eran esclavos. La mención de la familia de Estéfanas (1:16) refleja probablemente una situación en que, además de los familiares mismos, se incluían esclavos o libertos que formaban parte de la casa (ver bajo 16:15–17). Si nuestra interpretación de 11:17–34 es correcta (q.v.), algunas de las tensiones en la comunidad eran precisamente entre los acomodados y los pobres.

Aunque en la comunidad había algunos judíos, hay muy pocos elementos en la carta que sugieran un trasfondo judío. Por lo menos, tres textos que se refieren a su antiguo modo de vida indican explícitamente que habían sido idólatras y, por ende, principalmente gentiles (6:10–11; 8:7; 12:2). Otros puntos insinúan lo mismo: p.ej., toda la cuestión de asistir a los festines en los templos en 8:1–10:22 es un fenómeno estrictamente gentil; la actitud respecto al matrimonio, en que se lo consideraba pecado, en el capítulo 7, difícilmente encaja con el judaísmo, incluso con el judaísmo helenístico; el recurrir al procónsul o a los magistrados de la ciudad en busca de justicia (6:1–11) encaja con los procesos normales de griegos y romanos dentro de la ciudad, en tanto que a los judíos se les prohibía pedir juicio a los gentiles. Lo que alegaban en cuanto a su derecho de acudir a las prostitutas (6:12–20) y su negación de una futura resurrección corporal (15:1–58) son también elementos que suenan más helenísticos que judíos.

Es así como el panorama que surge es el de una comunidad predominantemente gentil, la mayoría de cuyos integrantes se hallaban en el polo inferior de la escala socioeconómica, aunque había dos o tres familias ricas. Como antiguos paganos que eran, traían a la fe cristiana una visión helenística del mundo y una actitud también helenística con respecto a la conducta ética. Si bien eran la iglesia cristiana de Corinto, todavía llevaban dentro de sí una proporción desordenada de Corinto, la cual se manifestaba en diversas actitudes y formas de comportamiento que exigían que se practicara una cirugía radical sin matar al paciente. Y esto es lo que trata de lograr 1 Corintios.

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