Comentario sobre 1 Corintios de Craig Blomberg

Introducción

Imaginémonos una iglesia devastada por las divisiones, en la que influyentes dirigentes se autopromocionan y se enfrentan unos a otros, cada uno de ellos con su grupo de leales seguidores. Uno de sus miembros tiene una aventura amorosa con su madrastra y, en lugar de disciplinarle, muchos se jactan de su libertad en Cristo para comportarse de este modo. Algunos creyentes demandan a sus hermanos ante los tribunales seculares y otros tienen relaciones con prostitutas. En respuesta a esta rampante inmoralidad, una de las facciones de la iglesia promueve el celibato—completa abstinencia sexual para todos los creyentes—como ideal cristiano. Y esto no es todo, porque se producen también enconados debates sobre el grado en que los nuevos cristianos han de romper con su pasado pagano. Los desacuerdos sobre los roles de hombres y mujeres en la iglesia aumentan la confusión. Y por si todo esto fuera poco, hay una constante expresión de supuestas profecías y mensajes en lenguas, pero no siempre de forma constructiva. ¡Un importante número de estos inmaduros cristianos ni siquiera cree en la resurrección corporal de Cristo!

¿Has oído alguna vez algo parecido? Es probable que ninguna iglesia de nuestro tiempo experimente a la vez esta misma combinación de situaciones conflictivas. Sin embargo, todas estas cuestiones siguen siendo sorprendentemente actuales. Naturalmente, la descripción anterior no corresponde a alguna iglesia contemporánea, sino a la iglesia corintia del siglo I. No obstante, si conseguimos entender la naturaleza de estos problemas y de las instrucciones divinamente inspiradas de Pablo como respuesta, comprenderemos mucho mejor numerosos debates que amenazan con dividir a la iglesia de hoy e impedir que tenga el impacto transformador en el mundo que Dios desea para ella.

Sin embargo, una cosa es comprender el mensaje de Pablo a la iglesia corintia del primer siglo y otra encontrar aplicaciones válidas para comunidades que viven en lugares del mundo y periodos de la historia diferentes. Pablo condena la desunión que había en Corinto, pero ¿hemos acaso nosotros de condenar las divisiones denominacionales que se produjeron por la herejía o apostasía de un grupo de iglesias? Puede que el ideal sea que los creyentes nunca se lleven unos a otros ante los tribunales, ¿pero qué hay que hacer si estos no se sujetan a la mediación cristiana? ¿Cómo pueden las iglesias de nuestro tiempo excomulgar a alguno de sus miembros cuando estos pueden denunciarles y ganar importantes litigios contra tales congregaciones? ¿Cómo aplicamos la evidente preferencia de Pablo por la vida célibe en un mundo en que prácticamente nadie promueve la soltería como estado deseable para todos los creyentes? ¿Deberían acaso los predicadores de nuestro tiempo seguir el ejemplo de Pablo y rechazar la ayuda económica de las iglesias a las que están ministrando en ese momento?

Pero encontrar aplicaciones válidas no es la única dificultad. También parecen abundar las aplicaciones inconsistentes. Los cristianos del Tercer Mundo que recién han oído y respondido al evangelio, se preguntan a menudo por qué los misioneros occidentales no parecen ver ninguna relevancia contemporánea en 1 Corintios 11:3–16 (sobre los asuntos del velo y el cabello de hombres y mujeres) y, sin embargo, subrayan la seriedad del pasaje siguiente, los versículos 17–34 (que hablan de no profanar la Cena del Señor). Por otra parte, la mayoría de los occidentales parecen encontrar toda clase de aplicaciones para la enseñanza de Pablo sobre comer carne sacrificada a los ídolos, aunque este sea un asunto prácticamente irrelevante en las secularizadas culturas de nuestro tiempo. No obstante a las congregaciones cristianas se les señala repetidamente este texto como fuente de instrucción sobre el consumo de alcohol o la elección de espectáculos apropiados. ¿Son legítimas esta clase de aplicaciones?

Por otro lado, los dirigentes de muchas de estas mismas iglesias parecen sentirse libres para desobedecer flagrantemente la clarísima enseñanza de Pablo sobre un asunto que es una constante preocupación en nuestro mundo, a saber, la manifestación de los dones carismáticos. Concluyendo su exposición de este tema, Pablo afirma terminantemente: “Así que, hermanos míos, ambicionen el don de profetizar, y no prohíban que se hable en lenguas” (14:39). Sin embargo, muchas iglesias conservadoras hacen precisamente esto prohibiendo el ejercicio de lo que se ha dado en llamar “dones especiales”, al menos en la adoración pública. Por su parte, las iglesias que evitan este error parecen con frecuencia repudiar la siguiente afirmación de Pablo: “Pero todo debe hacerse de una manera apropiada y con orden” (v. 40) lo cual, en su contexto, incluye órdenes como: “si se habla en lenguas, que hablen dos—o cuando mucho tres—, cada uno por turno; y que alguien interprete” (v. 27). ¿Cómo podemos explicar tales inconsistencias?

Probablemente no hagan falta más ejemplos para convencernos de la relevancia de 1 Corintios y de la necesidad de pensar cuidadosamente sobre cómo aplicar esta epístola. Sin embargo, antes de comenzar el comentario sobre el sentido original de la carta y su significado contemporáneo, hemos de esbozar las circunstancias que llevaron a Pablo a escribirla. Los siguientes comentarios no constituyen una introducción completa que el lector podrá encontrar en comentarios más tradicionales como los que se recomiendan en la bibliografía (p. 32). No obstante sí representan la información de trasfondo esencial que necesitamos para entender el marco de la carta y para avanzar al cuerpo del comentario propiamente dicho.

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