Los Evangelios de la Salud y la Prosperidad de Gordon Fee – 2

LA ENFERMEDAD DE LOS EVANGELIOS DE LA SALUD Y LA PROSPERIDAD
GORDON D. FEE

EL “EVANGELIO” DE LA PROSPERIDAD

El cristianismo estadounidense está siendo infectado rápidamente por una enfermedad insidiosa, el así llamado evangelio de la salud y la prosperidad, aunque de “evangelio” tiene muy poco.

En sus formas más descaradas (Hermano Al, Reverendo Ike, etc.), dice simplemente: “Sirve a Dios y hazte rico (o estés sano)”. En sus formas más respetables pero más perniciosas, construye catedrales de cristal que cuestan USD15 millones a la gloria del cristianismo suburbano afluente. O dice: “Tu prosperidad (y salud) son la voluntad de Dios.”

El mensaje dice así: “La Biblia lo dice. Dios lo dice. Así que, piensa los pensamientos de Dios. Reclámalo. ¡Y es tuyo!”

Acepto que no todos los seguidores de este evangelio tan de moda lo dicen o lo hacen de forma tan audaz, y que las dos (la riqueza y la salud) pueden ser declaradas por separado, pero las distorsiones bíblicas y teológicas detrás de ambas son similares. En efecto, la teología de este nuevo “evangelio” parece adecuarse mucho más al sueño norteamericano que la enseñanza de Aquel que “no tenía dónde recostar la cabeza”.

En esta sección, me dirijo únicamente a la cuestión de la prosperidad, y debe tenerse en cuenta desde el principio que no se trata de un ataque personal contra nadie. Por el contrario, estoy convencido de que muchos de los personajes más conocidos de este movimiento, por ejemplo, Oral Roberts, Kenneth y Gloria Copeland, Kenneth Hagen y Robert Schuller, no son gente ladina tratando de hacerse rico a expensas de los demás. Sin embargo, su mensaje en realidad es una distorsión peligrosa de la verdad de Dios, un mensaje que en última instancia sólo nuestra condición de seres humanos caídos puede encontrar atractivo, no nuestra vida en el Espíritu.

Los problemas son tanto bíblicos como teológicos. Entonces, primero echemos un vistazo a su uso de las Escrituras.

1. El problema básico con el culto a la prosperidad se encuentra justo en el área que los propios evangelistas consideran su punto fuerte–la interpretación de las Escrituras. De hecho, mucho de lo que dicen suena bíblico y es precisamente por eso que tantas personas bien intencionadas caen en la trampa. Oral Roberts, por ejemplo, en varias ocasiones recuerda a la gente que poner las cosas materiales delante de Dios es pecado, y Robert Schuller argumenta con razón que Dios ama a los ricos y los pobres. En su libro The Laws of Prosperity, Kenneth Copeland dice, entre otras cosas que el dinero, aunque no es malo en sí mismo, es un “pésimo dios”; que la verdadera prosperidad es tanto espiritual como financiera; que la prosperidad no debe ser un fin en sí mismo, sino un forma de ayudar a los demás; y que uno debe tomarle a Dios la Palabra, y confiar en él. Estas, y muchas otras cosas, se dicen con verdad, ¿quién puede criticarlas?

Evidentemente, la crítica no tiene que ver con estas verdades aisladas, sino con la conclusión final, que siempre vuelve a una reafirmación constante: la prosperidad (financiera) de cada uno de sus hijos es la voluntad de Dios, por lo que un cristiano que vive en pobreza está fuera de la voluntad de Dios, vive una vida derrotada por Satanás. Y, por lo general, hay una segunda afirmación escondida dentro de esta: puesto que somos hijos de Dios (los “niños del rey”, como a algunos les gusta expresarlo), siempre debemos ir en primera clase, debemos tener lo mejor y lo más grande, un Cadillac en vez de un Volkswagen, porque eso solo le trae gloria a Dios (una teología curiosa, dada la naturaleza de la Encarnación y la crucifixión). Sin embargo, dichas afirmaciones no son bíblicas, no importa cuánto ropa bíblica se les ponga. Los problemas básicos aquí son hermenéuticos, es decir, tienen que ver la interpretación de las Escrituras. Incluso los laicos que no conocen la palabra “hermenéutica” y que no poseen el conocimiento especializado necesario para interpretar la Biblia, sienten que allí es donde se encuentra el verdadero problema.

Lo más preocupante de su uso de las Escrituras, tomando el libro de Copeland como ejemplo, es la forma puramente subjetiva y arbitraria en que interpretan el texto bíblico. Copeland, por supuesto, afirma todo lo contrario, pero la evidencia habla por sí misma. En la primera página, nos dice que “estamos poniendo la Palabra de Dios por encima de todo a lo largo de este estudio, ¡no lo que pensamos que dice, sino lo que dice en realidad!” (la letra cursiva y los puntos de exclamación son del propio autor). Es una afirmación noble, pero ¿qué quiere decir? Insinúa que otras interpretaciones diferentes a la suya se basan en lo que la gente piensa, no en lo que dice la Biblia. Implícita también está la idea de que la buena interpretación debe comenzar con el plain meaning (significado claro) del texto.

El significado claro del texto, sin embargo, es precisamente lo que Copeland y los demás no nos dan, texto tras texto. Por supuesto, el significado claro del texto siempre es la primera regla, así como el objetivo final, de toda interpretación válida. Pero, primero que nada, el “significado claro” tiene que ver con la intención original del autor, con lo que hubiera sido claro para aquellos a quienes fueron dirigidas las palabras originalmente. No tiene que ver con la forma en que alguien de la cultura blanca suburbana norteamericana de finales del siglo 20 ve su propio entorno cultural reflejado en el texto a través del prisma frecuentemente distorsionado del lenguaje del siglo 17.

Tomemos, por ejemplo, el texto de la “Escritura básica” de este movimiento (3 Juan 1:2): “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas y que tengas salud, así como prospera tu alma”. Al respecto, Copeland dice: “Juan escribe que debemos prosperar y tener buena salud”. Pero, ¿es eso lo que el texto dice realmente? ¡Qué va!

En primer lugar, la palabra griega traducida como “prosperado” significa “que le vaya bien”, lo mismo que un amigo me dijo en una carta hace dos días: “Le pido a Dios que esta carta les encuentre a todos bien”. En la antigüedad, esta combinación de desearle al destinatario “que las cosas le vayan bien” y que “tenga buena salud” era el saludo habitual en una carta personal. Aplicar el deseo de Juan para Gayo a la prosperidad económica y material de todos los cristianos de todos los tiempos es totalmente ajeno al texto. Juan no pretendía eso y Gayo no lo podría haber entendido así. Por lo tanto, no puede ser el “significado claro” del texto.

Está bien que aprendamos a pedirle a Dios que “todo les vaya bien” con nuestros hermanos y hermanas”, pero afirmar, con base en ese texto, que nuestra prosperidad financiera es la voluntad de Dios es abusar del texto, no usarlo. Uno tendría que afirmar también que todos los cristianos desde aquel entonces han estado fuera de la voluntad de Dios por no haber ido a la casa de Carpo en Troya para llevarle el capote a Pablo (2 Tim. 4:13), o que todos los cristianos con dolencias estomacales no deben orar para que Dios les sane, sino más bien dejar de tomar agua y beber vino (1 Tim. 5:23). Porque eso, también, es lo que los textos dicen, en el sentido de Copeland.

Cabe señalar, además, que la “vida abundante” en Juan 10:10, el segundo texto importante de este movimiento, tampoco tiene nada que ver con la abundancia material. “La vida” o “vida eterna” en el Evangelio de Juan es el equivalente del “Reino de Dios” en los sinópticos. Literalmente significa “la vida de la era venidera”. Es la vida en y de Dios y es su regalo para los creyentes en la época actual. La palabra griega perisseuo, traducida “en abundancia” en la Reina Valera, significa simplemente que los creyentes deben disfrutar de este regalo de vida al máximo. Ni la palabra “vida” ni “al máximo” implica la abundancia material. Además, dicha idea es totalmente ajena al contexto de Juan 10, así como a la totalidad de las enseñanzas de Jesús.

Aparte de estas malinterpretaciones de los “textos básicos”, hay varios casos, en el libro de Copeland en especial, en que simplemente hace caso omiso del significado claro de los textos, porque este va claramente en contra de sus interpretaciones no válidas. En esos puntos, su “interpretación” supuestamente proviene del “Espíritu Santo”. Pero veamos lo que hace Copeland en el caso de la historia del “joven rico”. Sugiere que Jesús está afirmando que la riqueza del muchacho es producto de toda una vida de obediencia, y sólo estaba pidiéndole que la regalara a fin de poder darle aún más, lo cual es tan claramente contrario a la intención del texto que Copeland debería tener cuidado al atribuirle al Espíritu Santo su subjetividad. De lo contrario, el Espíritu Santo, que inspiró el texto original con su significado claro, ahora se encuentra contradiciéndose.

Por lo tanto, la hermenéutica de Copeland (y sus amigos) en realidad no está intentando darnos sólo lo que la Biblia realmente dice. Es casi totalmente subjetivo, y no proviene del estudio sino de la “meditación”, que en el caso de Copeland significa una especie de asociación libre basada en un compromiso previo–totalmente equivocado–con la comprensión de los textos “básicos”.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Gordon Fee. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s