Centurión 8 – ¿Un cuerpo robado o resucitado?

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Marcos 15:42-46, Mateo 27:62-66

Para cuando la tormenta amainó, los únicos que quedaban en el lugar de la crucifixión eran unas cuantas mujeres. Mis hombres y yo estábamos calados hasta los huesos, con frío y de mal humor. Fue un alivio ver llegar a nuestros reemplazos. Le miré a Jesús por última vez, y con las maldiciones de uno de los terroristas todavía resonando en los oídos, mis hombres y yo volvimos al cuartel para secarnos y calentarnos en el fuego.

Apenas me había puesto una túnica seca, llegó un mensajero de la oficina del gobernador. Parecía estar molesto porque estábamos en el cuartel y no en la crucifixión. Me encogí de hombros y le pregunté qué quería. “El gobernador quiere saber si Jesús de Nazaret ha muerto”.

“¿No te fijaste cuando fuiste al Gólgota?”, le pregunté.

“Dos de los hombres seguían gimiendo, y no me toca a mí determinar si el silencio del otro comprueba que está muerto. Ese es tu trabajo, centurión. El gobernador quiere un informe. Y lo quiere ya.” Me apresuré a ponerme la armadura y seguí al hombre hasta el palacio de Pilato.

Cuando llegué allí, vi a un hombre de aspecto nervioso parado delante de Pilato. A juzgar por la calidad de su ropa, probablemente era un miembro rico e importante de la clase dirigente de Jerusalén, pero no me acordaba de haberlo había visto allí la noche anterior. Me acerqué a Pilato, quien dijo: “Ah, centurión. Este hombre afirma que Jesús de Nazaret ya está muerto, y me está pidiendo la entrega de su cuerpo para poder sepultarlo.” Se detuvo a pensar, como si sopesaba los méritos de esta solicitud tan poco usual. Después de todo, no enterramos a los insurgentes–los dejamos colgando como ejemplo para los demás. Al tomar su decisión, dijo, “Me inclino a conceder tu petición. Sin embargo, parece demasiado poco tiempo para que este hombre ya esté muerto. ¿Puedes confirmar que en realidad ha muerto?”

“Sí, señor, está muerto. Le metimos una lanza en el costado–los líquidos ya se habían separado”.

Miró al otro hombre y le dijo: “Está bien, José, puede tener el cuerpo de su rabino.” Volteándose hacia mí, dijo: “Centurión, acompaña a este hombre, baja la cruz y dale el cuerpo de Jesús de Nazaret.” Lo llevé al Gólgota y ordené a los soldados a que bajaran el cuerpo de la cruz. Mientras el hombre estaba envolviendo el cadáver de Jesús en una sábana, me eché un último vistazo a este hombre aparentemente insignificante que, sin embargo, había atraído a algunas personas muy importantes–tanto en la vida como en la muerte. Pero esto era el final de todo eso.

La noche siguiente, mi amigo me dijo que los sumos sacerdotes habían ido a ver a Pilato esa misma mañana, temiendo que los seguidores de Jesús robarían el cuerpo. Parece que estos judeos creen en la resurrección corporal, y si Jesús realmente había afirmado que no sólo iba a morir sino también a resucitar, supongo que tiene sentido evitar que sus seguidores roben su cadáver para luego poder difundir un rumor de ese tipo. Pilato les dio unos cuantos guardias de entre los soldados de mi amigo para cuidar la tumba. Si los seguidores de Jesús planeaban robar el cadáver, estaba seguro de que la presencia de los guardias los disuadiría.

Pero una vez más, jamás me imaginé lo que iba a ocurrir.

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