Centurión 7 – El Rey crucificado

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Juan 19:1-16, Lucas 23:32-46, Mateo 27:45-54

El viernes en la madrugada–cuando estaba teniendo un sueño muy agradable–uno de mis hombres vino a despertarme y me dijo que me necesitaban en el palacio del gobernador. Me puse la armadura rápidamente y fui para allá. ¿Qué estaría pasando?

Desde lejos, podía escuchar voces exaltadas. La gente estaba furiosa y gritando–no era algo que estaba acostumbrado a oír en el palacio del gobernador, mucho menos a esas horas del día. Al doblar la esquina, me encontré con una pequeña turba de gente. Estaban alterados y discutiendo–y me sorprendió ver al mismo Pilato parado en la parte superior de la escalera, discutiendo con algunos de los líderes del templo. Varios miembros de su guardia personal lo acompañaban–supuse que nos querían a nosotros ahí por si acaso pasaba a más. Luego, dos soldados trajeron a alguien. Me parecía que lo había visto antes en alguna parte pero su rostro estaba bastante golpeado, y estaba vestido con un manto de púrpura, y tenía lo que parecía ser una corona hecha de espinas en la cabeza.

Pilato lo señaló con la mano y dijo: “He aquí el hombre”. Y en ese momento, me di cuenta de quién era. El hombre en el burro. Jesús. ¿Qué demonios había hecho para meterse en este lío? Cuando lo vieron los sumos sacerdotes empezaron a gritar, “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” Eso era lo que menos esperaba escuchar. Un grupo de judeos pidiendo que crucificaran a uno de los suyos a gritos. Me imaginé que le habían tendido una trampa a este pobre. Le miré a Pilato y vi el disgusto en su rostro–algo estaba pasando. Se volvió hacia la multitud y les dijo que iba a soltar a Jesús. Ellos le contestaron a gritos: “Si sueltas a éste, no eres amigo de César; todo el que se hace rey se opone a César”. Otra sorpresota para mí–los líderes religiosos estaban citando el derecho romano al gobernador que detestaban.

Vi un arrebato de cólera en la cara de Pilato, que se sentó en el tribunal–estaba a punto de anunciar la decisión que había tomado. Todos se quedaron callados. Con una mirada de desprecio, dijo, “He aquí vuestro rey”. Bueno, eso sólo les sacó de quicio de nuevo. “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” Pilato tuvo que gritar bien duro, “¿Que crucifique a vuestro rey?” Si yo no lo hubiera escuchado con mis propios oídos, nunca lo habría creído. Los sumos sacerdotes gritaron, “No tenemos más rey que César.” Luego todo se calmó. Todo el mundo los estaba mirando con incredulidad–hasta Pilato. Pero ellos simplemente se cruzaron de brazos y se mantuvieron firmes, como si no acababan de decir algo que ningún judeo había dicho desde que los conquistamos.

Pilato llamó mi atención con la mirada e hizo señas para que me acercara. Me dijo que llevara a Jesús y que lo crucificara con los otros que estaban en la lista de ejecuciones para ese día. Luego se volvió hacia la multitud, y con una última mirada de desprecio para los líderes religiosos, se lavó las manos de todo el asunto, y se metió adentro. Entonces llevé a Jesús a través de las calles de Jerusalén hacia el basurero municipal, e hice lo que había hecho tantas veces antes–clavé sus muñecas y tobillos a una cruz y la paré para que muriera a plena vista de todos.

A la par de él crucifiqué dos “guerrilleros”, como ellos se dicen. Nosotros los llamamos terroristas. Normalmente eso hubiera sido todo. Hubiéramos regresado un mes más tarde para bajar los cadáveres. Pero la cantidad de gente que se había hecho presente para la crucifixión era inusualmente grande, así que pedí a mis hombres que montaran guardia–no quería más problemas. Tomé un momento para ver a este hombre, este Jesús, este supuesto “Rey de los Judíos”. Pilato me había dado una orden más–que escribiera esas palabras en una tabla y que la colocara encima de su cabeza. Su última estocada para la elite del templo y los herodianos. Lo vi morir, al igual que cientos más. Pero ninguno como él. No gritó, no pidió misericordia, no maldijo. Uno de los terroristas dijo, “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo…y a nosotros”. El otro le dijo que se callara, luego miró a Jesús y le dijo: “Jesús, acuérdate de mí cuando vayas a tu reino”. ¿Qué demonios quiso decir con eso? Él iba a morir en esa cruz–¿qué clase de reino iba a tener? Jesús lo miró, le sonrió–¿escuchaste eso?–le sonrió y le dijo: “Te prometo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Más tarde, el otro terrorista me maldijo. Ni me molesto en contestarles cuando dicen esas cosas. En lugar de eso, le miré a Jesús y él me miró a mí, y dijo, “Padre, perdónalos…no saben lo que están haciendo.” Nunca había oído algo semejante de alguien que estaba crucificando. A partir de ese momento, casi no podía quitarle los ojos al hombre.

Empezó a oscurecerse y aparecieron nubes de tormenta. La gente empezó a irse, a buscar donde taparse. El viento empezó a soplar fuerte y grandes gotas de lluvia comenzaron a caer. Jalé la capa para cubrirme–supongo que podría haberme tapado también, pero algo hizo que me quedara al pie de la cruz del centro. Iluminada por los rayos, vi la cara de Jesús una vez más, y le escuché decir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” Luego murió. Sin lugar a dudas. Él eligió ese momento para morir. Y luego la tierra tembló bajo mis pies y me agarré de la cruz para no perder el equilibrio. Y miré la cara golpeada y ensangrentada de este hombre, y de repente dije, “Realmente este hombre era el Hijo de Dios.”

Tal vez sea un Rey. Tal vez incluso ese mesías en que ellos creen. Pero, ¿por qué pronuncié el título del Emperador? Quizás porque en el momento de su muerte vi en él un poder más grande que cualquier otro que jamás había conocido. Y lo vi en un hombre que estaba muriendo en una cruz.

¿Qué clase de locura es esa?

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