Centurión 3 – Un alboroto en el templo

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Mateo 21:12-17

El lunes por la noche yo estaba en el cuartel, tomando algo para relajarme después de otro día dedicado a “mantener la Paz Romana.” Un amigo mío, otro centurión, estaba hablando de algo que había presenciado en el templo. Ahora bien, no nos dejan entrar en el templo, pero tenemos la Fortaleza Antonia justo al lado que usamos para poder estar al tanto de lo que está pasando. ¡A los líderes del templo eso no les gusta para nada! De todos modos, hubo un alboroto bastante serio en el área de los cambistas hoy.

Es que todos los peregrinos vienen de los pueblitos y traen animales para sacrificar. O traen dinero para comprar un animal-o aves si están muy cortos de dinero. Y, por supuesto, donde hay dinero de por medio, todo el mundo quiere su tajada. Así que, los campesinos traen lo mejor de sus rebaños, pero no siempre cumplen con el “estándar exigido por el templo”. Se ven lo suficientemente blancos para mí, pero yo no soy sacerdote. Así que deben comprar uno de los corderos aprobados oficialmente. Y, como son los días santos, siempre manipulan los precios un poco. Si traes dinero para comprar un animal, tienes que cambiarlo por la moneda sancionada por el templo. Al parecer, el denario-nada menos que la moneda del imperio-no es aceptado en su templo. Hay un montón de kioscos donde puedes cambiar tu dinero. Sobra decir que se cobran intereses. A veces me pregunto si estoy en el negocio equivocado.

Bueno, alguien se molestó por la presencia del mercado hoy y armó un alboroto. ¿Y adivina quién era? Ese tipo en el burro. Él es muy flaco pero no lo pensó dos veces para botar las mesas y tuvieron que correr los cambistas para recoger sus monedas. Y a atrapar las palomas que iba soltando el tipo mientras gritaba a los comerciantes. ¡Fue muy entretenido! Mi amigo el centurión decidió que no era problema de Roma, así que se quedó viendo el show. Algunos de los sumos sacerdotes vinieron a investigar, pero para cuando llegaron allí, las cosas se habían calmado y el flacucho estaba sentado en unas gradas, rodeado por niños y lisiados. Mi amigo dijo que los sacerdotes no parecían estar muy contentos. ¡Me imagino que no! Cuando terminó de describir la acción, le pregunté si pensaba que el hombre era una amenaza. Se echó a reír. “¿Qué? ¿Él? Jamás.” Entonces dijo: “Pero hay que tener mucho cuidado en la Pascua. Así que puse a uno de mis pilluelos a seguirle-puede meterse en los lugares donde nosotros no podemos entrar. Me va a mantener informado de lo que este hombre está haciendo.” Uno de mis hombres le preguntó: “¿Sabemos quién es este hombre?” Y oí su nombre por primera vez.

“Jesús. Jesús de Nazaret.”

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