Centurión 2 – Domingo de Ramos

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Lucas 19:28-44

Odio la Pascua. Qué amenaza tan grande para la seguridad nacional. Toda esa gente aglomerada en Jerusalén–casi no hay espacio para moverse. El aire se siente cargado de rencor y el calor es sofocante. Luego está el olor. No sólo a sudor. A sangre. Esos incontables animales que se sacrifican en el templo. Lo detesto. Si por mí fuera, haríamos que todos se queden en casa. Deberíamos cerrar las puertas de Jerusalén y acabar con eso de una vez. Pero yo sólo soy un centurión. ¿Qué sé yo? Entonces, traemos a todas las guarniciones–ponemos soldados en cada esquina, sólo para recordarles quién manda. Mis tropas están estacionadas en las puertas del este de la ciudad. Me gusta subir a la torre de vigilancia para ver cuando se avecinan problemas.

Había sido una mañana lenta, pero sabía que la cosa se pondría ruidosa en la tarde. Suben desde los pueblos, cantando sus interminables canciones, y nos quedan mirando cuando entran en la ciudad. Estaba vigilando la puerta cuando uno de mis hombres me agarró del brazo y me señaló algo fuera de la ciudad. Cuando vi lo que estaba apuntando, me dije a mí mismo, “Problemas”. Así que armé un escuadrón rápidamente y salimos de la ciudad para enfrentar la situación.

A medida que marchábamos por el camino, pude ver mejor lo que mi hombre había detectado. Había una gran multitud de gente amontonada en el centro de la larga fila de peregrinos, y había mucho movimiento–no me imaginaba qué podría estar pasando. Nos acercamos y entonces vi qué era. Algunos de ellos habían cortado ramas de palma y las estaban agitando mientras caminaban. ¡Esta gente! Saben que no se les permite mostrar símbolos nacionales. Nosotros les daremos los símbolos: símbolos romanos. Di la orden de apretar el paso y cuando la multitud se hizo para atrás para que pudiéramos pasar, pude ver todo más claramente. No sólo estaban agitando ramas: también las estaban colocando delante de una figura montada. Algunas personas estaban quitando sus capas y colocándolos sobre el camino. Pensé en todos esas procesiones de victoria en Roma, lo cual me confundió por un momento.

Sacudiéndome la cabeza para despejármela, tranquilicé a mis hombres, y me preparé para romper algunas cabezas para recordar a estos campesinos cuales eran las reglas. Entonces vi lo que estaba provocando todo el alboroto y por poco me echo a reír. Un tipo flaco sentado en un asno. Y la gente estaba actuando como si fuera de la nobleza. Pero no vi ningún arma. Nadie nos estaba mirando. Así que me relajé un poco. Sólo un poco.

Estaba a punto de ordenar a mis hombres a que acabaran con la pequeña procesión cuando todo se paró por si solo. Todos los ojos estaban puestos en el hombre en el burro. Así que yo lo miré también-y estaba llorando. Dijo algo que no alcancé a escuchar y luego se acabó la fiesta. La gente empezó a botar sus ramas de palma, recogió sus capas, y le siguió para entrar en la ciudad. Ya no parecía haber una amenaza. Más que otra cosa, la gente parecía confundida. Desde luego, ya no estaban cantando. Así que ordené a mis hombres a que se retiraran, y volvimos a entrar en la ciudad detrás de ellos. Miré al hombre en el burro. No tenía nada que lo distinguiera de los demás.

¿Quién habrá sido?

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